9. Humillación
POV Clarisse
Bajo del auto con paso titubeante. Después de sus últimas palabras, el ambiente había cambiado, como si alguien hubiera cerrado de golpe una puerta invisible. La charla se deslizó hacia temas de trabajo: avances en proyectos, fechas de entrega, detalles rutinarios.
Era como si la tensión de antes jamás hubiera existido.
Al final, simplemente dijo que era hora de irnos.
Sin embargo, mi cuerpo no dejó de estar tenso, como si sobre mí se estuviera tejiendo una telaraña que comenzaba a atraparme y a cortarme el aliento.
Sobre todo cuando tocó el tema de Alan…
¿Harías lo que fuera para salvarlo?
Sin dudarlo. Lo que estuviera en mis manos. Suelto un suspiro y saco la llave de mi bolso.
Por suerte no es tan tarde. Al abrir la puerta de la casa, la penumbra me envuelve con un silencio suave. Avanzo hacia la sala y la imagen que se dibuja frente a mí me da un vuelco en el corazón.
Alan está recostado en el sofá. El control remoto descansa en una de sus manos, mientras el otro brazo rodea a Connie, que duerme acurrucada contra su pecho. Entre sus pequeños brazos, el viejo señor Oso, con su pelaje un poco desgastado, parece custodiar sus sueños. Un nudo me cierra la garganta. Aquel oso había sido el último regalo que me dio Maddox, apenas dos semanas antes del colapso. Fuimos juntos a una feria de la ciudad y él, entre risas, ganó el premio para mí.
Me acerco en silencio. En ese momento, Alan abre los ojos.
—Llegaste… —murmura, soltando un bostezo que me contagia de inmediato.
—Ahumm. Sí, ya estoy aquí… —respondo en voz baja. —¿Cenaron algo?
Me siento a su lado, mientras él acomoda con cuidado a la niña.
—Sí. Connie me pidió un emparedado, así que eso cenamos. —Su voz sonaba ronca de sueño. —¿Cómo te fue?
—Se puede decir que bien. —Dudo un instante. No sabía si contarle que habíamos estado a solas, que la cena con Maddox había terminado siendo algo mucho más privado de lo que él había insinuado.
Alan entreabre los ojos, una chispa traviesa asomando en su mirada.
—¿Algo que me quieras contar? ¿Pensabas engañarme? —pregunta, fingiendo indignación.
Lo miro con los ojos muy abiertos.
—¿De qué estás hablando? —protesto en un susurro. —Sólo hablamos de negocios.
Sonríe y estira la mano para darme un suave golpecito en la rodilla.
—Sólo bromeaba. —Se incorpora con un movimiento perezoso. —¿Vamos a dormir?
Cuando se inclina para cargar a Connie, lo detengo con un gesto.
—Es muy pesada. Voy a despertarla —susurro.
Él me mira, impasible, mientras yo me agacho junto a la niña. Connie se remueve con un leve gruñido, abriendo apenas los ojos. La despierto con caricias suaves, murmurándole al oído. Ella se queja entre sueños, pero termina abrazándose a mi cuello.
La llevamos hasta su habitación, la arropamos con cuidado y, por un instante, nos quedamos en silencio, observando su respiración tranquila. El viejo señor Oso reposaba ahora en sus brazos como un guardián fiel.
Sólo entonces, en ese breve espacio de calma, siento cómo la noche me devuelve un poco de paz. Tomo la mano de Alan y, sin decir nada, lo sigo hacia nuestra habitación, con el corazón aún agitado por todo lo que no me había atrevido a contar.
Más tarde, mientras estamos acostados, despiertos, ninguno habla. Por encima de la sábana toma mi mano y la aprieta.
—Dime una cosa…—susurra apenas en un hilo de voz.
—¿Qué cosa?
—¿Ya te arrepentiste de lo que pasó hace diez años?
Cierro los ojos y mi mente, casi por inercia, regresa al pasado.
Las imágenes llegan como un eco, difusas al principio, hasta volverse tan nítidas que parecen un sueño demasiado real. Veo lo que pudo haber sido, la vida que nunca existió más allá de mi imaginación. Y, por un instante, me pregunto si de verdad habría sido capaz de sostener aquel otro destino que tantas veces idealicé.
—No… —susurro apenas, como si esa única palabra bastara para poner un límite a los fantasmas.
No añado nada más. Dejo que el silencio de la noche nos envuelva, espeso y sereno, como un manto que apaga cada intento de respuesta. El aire huele a tierra húmeda y, por un segundo, creo escuchar los latidos de mi propio corazón, obstinado, recordándome que sigo aquí.
Sí, han sido años difíciles, llenos de tropiezos y cicatrices que todavía saben doler. Pero en lo más profundo de mí sé que, de algún modo, todo tomó el rumbo que estaba destinado a seguir. Quizá no era el camino que soñé, ni el que me habría hecho feliz en aquel
entonces.
Y mientras el silencio se adueña de la noche, comprendo que no se trata de olvidar lo que no fue, sino de aceptar que incluso las ausencias, esas que pesan como una herida, también moldearon la persona en la que me he convertido.
*****
—¿Lista para la reunión? —La voz profunda de Maddox me hizo dar un salto en mi silla. Pude ver como sus labios se curvaron en una media sonrisa.
—S-si. Todo listo. —Me pongo de pie para tomar las carpetas y seguirlo. Entramos a sala de juntas, donde los directivos saludan al jefe con demasiada pleitesía. No puedo dejar de pensar en el joven Maddox que solía ser cortés y amable. Hoy es un hombre de mirada fría que luce como si el mundo le debiera algo.
Maddox toma asiento en la cabecera de la mesa, con esa expresión de acero que lo caracteriza.
—Señorita Hutton —dijce en voz alta, para que todos escuchen—, por favor exponga el resumen de los reportes financieros del último trimestre.
Me detengo en seco, sorprendida.
—¿Yo? —pregunto co|n un hilo de voz.
—Sí, usted. ¿O acaso hay otra Clarisse en esta sala? —su tono cortante arranca una risita incómoda de uno de los ejecutivos.
Trago saliva. No estoy preparada para exponer, solo para entregar los documentos. Aun así, respiro hondo, doy un paso al frente, abro la carpeta y trato de ordenar mis ideas.
—Ejem… el último trimestre muestra un crecimiento del siete por ciento en las operaciones internacionales, principalmente en contratos con firmas tecnológicas…
Mi voz temblaba, pero me obligo a continuar. Los directivos me observan expectantes, algunos con gesto severo. Maddox, mientras tanto, me mira como un halcón, paciente, esperando el momento de cazar el error.
Y el error llega. Confundo una cifra. La corrijo de inmediato, pero el calor sube a mis mejillas, delatándome.
—¿Está segura de esos números, señorita Hutton? —me interrumpe Maddox con frialdad. —Porque aquí —levanta uno de los documentos— hay una diferencia de dos puntos porcentuales. ¿Es su descuido o desconoce el reporte que usted misma preparó?
El silencio cae como un hachazo. Siento que la garganta se me cierra.
—L-lo lamento. Fue un error de lectura —balbuceo.
Maddox se recuesta en la silla y cruza los brazos con un gesto helado.
—En mi empresa no hay margen para errores. Y menos en una sala de juntas frente a inversionistas.
Un murmullo recorre la mesa. Bajo la mirada, el corazón latiendo a mil por hora, con la vergüenza y la rabia mezclándose en mi pecho. Quiero desaparecer.
Finalmente, él da un golpe seco con la pluma contra la mesa.
—Corríjalo, señorita Hutton. Y asegúrese de que no vuelva a repetirse.
—Sí, señor —respondo con rapidez.
—Puede retirarse.
Recojo mis papeles y salgo casi huyendo de la sala. El aire en el pasillo me sabe a cuchillos. Me apoyo contra la pared y cierro los ojos con fuerza. Quiero gritar, llorar, maldecir. Pero no puedo. No allí. No frente a él. Debo, una vez más, tragarme el orgullo.