10. Cuánto la amé

1114 Words
10. Cuánto la amé POV Clarisse En cuanto termina la junta, salgo casi corriendo. Siento un nudo en la garganta que no puedo disimular; mis pasos resuenan en el pasillo como un tambor que acompaña la urgencia de mi huida. Empujo la puerta del baño y me encierro en el primer cubículo que encuentro. Apenas el cerrojo encaja, dejo que las lágrimas me traicionen. Caen amargas, ardientes, como si cada una llevara un pedazo de dignidad arrancado de cuajo. Fue cruel. Lo sé. Pero también sé que no será la última vez. Quiere verme minimizada, derrotada… a sus pies. Y yo, atada de manos, tengo que soportarlo. Busco mi teléfono en el bolso con dedos temblorosos. En la pantalla aparece la fotografía que me sirve de refugio: Alan y Connie sonríen frente al lago, las mejillas encendidas por el sol de la tarde. Mi familia, mi pequeño mundo intacto. Me aferro a esa imagen como si en ella encontrara el recordatorio de que, fuera de estas paredes, todavía hay amor, todavía hay vida. Me limpio los ojos con la parte interna de la muñeca. Respiro hondo, intentando recomponerme, cuando el sonido de unas risas interrumpe mi momentánea calma. Voces femeninas se filtran entre los azulejos. —¿En su oficina? ¿A qué hora? —pregunta una voz cargada de presunción. —El viernes, cuando ya no había nadie. Me dijo que esperara y que subiera cuando me diera la señal —responde otra. Reconozco a Karen, presumiendo, con un dejo de picardía. El viernes. Ese día yo salí temprano porque Alan tenía una cita médica. Mi estómago se contrae. —¿Y qué pasó? —insiste la amiga, ansiosa. Una risita nerviosa llena el aire. —De todo. Ese hombre es un sueño. Cierro los ojos con fuerza, como si así pudiera bloquear esas palabras. No quiero que me afecte, pero lo hace. Es un veneno lento, y siento cómo me quema por dentro. Las voces se alejan, los pasos se pierden. Solo entonces me atrevo a salir. Camino hasta el lavabo, abro la llave y dejo correr el agua helada sobre mis manos antes de llevarlas a mi rostro. El frío me devuelve un poco de control, de apariencia. Frente al espejo, mi reflejo parece el de otra: ojos enrojecidos, un rastro de tristeza que el maquillaje no podrá borrar del todo. Aun así, con un gesto automático, acomodo mi cabello y estiro la blusa, como si la simple rutina de arreglarme pudiera coser las grietas invisibles. Cuando por fin regreso a mi lugar, lo encuentro allí. Mi jefe está de pie, junto a mi escritorio, con los brazos cruzados y una expresión que no sé descifrar. En sus ojos hay algo que parece conflicto… o tal vez solo es una sombra que mi dolor imagina. —Tardaste mucho —dice con voz neutra, casi fría. —Necesito que me entregues la minuta de la reunión. Su mirada me sostiene apenas un segundo, pero ese segundo basta para recordarme por qué estoy aquí. Y para obligarme, una vez más, a tragarme las lágrimas. ***** POV Maddox  Desde mi asiento, observo cómo la puerta se cierra tras ella con un leve clic. Una chispa de satisfacción me recorre el cuerpo: la había llevado exactamente a donde quería. En mi mundo no existían las escapatorias; su dignidad pendía de un hilo que yo podía cortar cuando quisiera. Y ella lo sabía. Lo vi en el temblor imperceptible de sus manos, en el modo en que apretaba los labios para no dejar escapar una sola emoción. Pero, cuando su silueta desapareció, una punzada inesperada me atravesó. La imagen de sus ojos brillando de humillación se quedó grabada en mi mente como un golpe seco. No lo vi venir. Una parte de mí—la más enterrada, la que debería estar muerta—quiso levantarse y correr tras ella, envolverla entre mis brazos, recordarle al chico de dieciocho años que alguna vez la amó con una intensidad que ahora me parece casi ridícula. Sacudo la cabeza, con brusquedad. No. Eso murió el mismo día que ella me traicionó. Lo único que queda en mí es el odio. O eso quiero creer. ***** Horas después, escucho el sonido suave de unos nudillos golpeando mi puerta. Sé que es ella incluso antes de que pronunciara una palabra. Su respiración contenida me traiciona. —Adelante —ordeno, sin apartar la vista de los documentos que finjo revisar. Clarisse entra con pasos firmes, aunque la tensión de sus hombros la delata. Trae en las manos la carpeta que yo sabía que había revisado hasta el cansancio. —Aquí está el reporte actualizado —dice, y deja el documento sobre mi escritorio. No intenta acercarse más de lo necesario. Alzo la mirada lentamente, saboreando el silencio que se forma entre nosotros. —¿Ahora está correcto? —Sí, señor. —¿Lo revisó tres veces? —pregunto, sin parpadear. —Cinco —susurra, la voz apenas un soplo. Dejo que una sonrisa helada se curve en mis labios. —Bien. Aprendió la lección. Sus labios se tensan en una fina línea. Podía ver el orgullo batallando con la rabia detrás de sus ojos. —Con su permiso. Se gira, lista para escapar de mi oficina, pero mi voz la alcanza antes de que llegue a la puerta. —Clarisse. Se detiene. El corazón—lo supe porque la respiración se le corta—se le encoge en un solo latido. Se vuelve hacia mí, sin levantar del todo la barbilla. —¿Sabe por qué la expuse esta mañana? —pregunto, cada palabra medida como un disparo. —Porque quería humillarme —respondió, más rápido de lo que imaginaba. Su valentía todavía me sorprende. Arqueo una ceja. —Al menos es honesta. Pero no. Lo hice porque, en esta empresa, las debilidades se pagan caro. Y usted… —me inclino hacia adelante, dejando que mi voz descendiera a un susurro cortante— todavía tiene muchas. Veo cómo se le tensa la mandíbula, cómo lucha para no dejar caer la mirada. Finalmente, la baja, tragándose las palabras que seguramente arden en su lengua. No responde. Solo se gira y sale, como si cada una de mis frases hubiera sido un golpe que debía soportar en silencio. Cuando la puerta termina de cerrarse, el despacho queda sumido en un silencio pesado. Creo sentir el eco de mi propia voz rebotando en las paredes. Y, contra todo lo que me he prometido, la punzada vuelve: una grieta diminuta en el muro de odio que llevo años alimentando. La odio, me repito. Pero una parte de mí, traidora e incontrolable, aún recuerda cuánto la amé.
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