Capítulo 3 — Cruces peligrosos

1004 Words
Ya era jueves, el segundo día de la audiencia. Susana se levantó temprano, saludó a sus padres y salió a correr un momento; eso la ayudaría a despejar un poco la mente. Regresó a casa cuarenta minutos después, con las mejillas encendidas y el corazón más liviano. Se tomó un jugo de zanahoria, luego se dio una ducha larga y se preparó para ir al trabajo. Al llegar, Mariana ya estaba en su lugar. La saludó como de costumbre y fue directo a su oficina, no sin antes pedirle que le llevara todos los documentos del caso Jessica de la Rivera, acusada del asesinato de su esposo. Era un caso complicado. Habían encontrado a la acusada con el arma homicida y las manos llenas de sangre. Todo apuntaba a ella. Pero Susana tenía la certeza de que algo no cuadraba. Debía repasar cada detalle, no dejar cabos sueltos. La libertad de Jessica dependía de su destreza. Cuando faltaban cuarenta minutos para las diez de la mañana, se dirigió al juzgado con los archivos en mano, rogando al cielo que todo saliera como lo había planeado. Aunque no lo admitiera, también deseaba —muy en el fondo— encontrarse de nuevo con aquel dios griego desconocido. Ese extraño la descolocaba. Antes de ingresar a la sala, recibió un mensaje de su secretaria avisándole que tenía una reunión por la tarde con su jefe, el señor Denis Lander. Reunión de suma importancia. Susana saludó al personal con una sonrisa cordial. Al ver a Jessica sentada en su lugar, con unas ojeras profundas y el labio roto, sintió una punzada en el pecho. Ahora más que nunca, tenía que demostrar su inocencia. Sacarla de ese infierno llamado cárcel. La saludó con un apretón de manos, como queriendo transmitirle seguridad. Jessica la miró con ojos cansados, pero agradecidos. Minutos después, el juez hizo acto de presencia. Se dio por iniciada la audiencia. El fiscal llamó a sus testigos, cada uno más incriminatorio que el anterior. Las pruebas parecían contundentes. Pero Susana no perdió la calma. Cuando llegó su turno, se puso de pie con elegancia. Sus tacones resonaron firmes sobre el piso mientras caminaba hacia el estrado. Interrogó con precisión quirúrgica, dejando al descubierto contradicciones, detalles dudosos, inseguridades. Desmanteló uno a uno los argumentos del fiscal, con astucia y temple. Un murmullo recorrió la sala. El fiscal la fulminó con la mirada, pero Susana apenas esbozó una sonrisa. El juez golpeó el mazo, ordenó silencio y dio por finalizada la sesión. El juicio continuaría la semana siguiente. Susana se despidió de su clienta con una mirada alentadora. Luego tomó sus cosas y salió del juzgado. Pidió un taxi que la dejó frente a su cafetería habitual. Pidió lo de siempre y devoró el almuerzo con gusto. La mañana había sido pesada. Al salir, se dispuso a cruzar la calle cuando un BMW apareció a toda velocidad. Frenó en seco, a centímetros de ella. El susto le heló la sangre. Se llevó la mano al pecho, intentando calmar su corazón agitado. —¡¿Es que no ves, idiota?! —gritó, sacando el dedo medio sin pensarlo. Desde el volante, el conductor —oculto tras unos lentes oscuros— sonrió y negó con la cabeza, antes de arrancar nuevamente. Susana resopló y retomó su camino. Al llegar a la oficina, recogió algunos papeles y se dirigió a la sala de juntas. Estaba tan inmersa en sus pensamientos que apenas notó cuando Denis Lander entró, acompañado de un hombre que reconoció de inmediato. El corazón le dio un vuelco. —Les presento al licenciado Cristian Escalón —anunció Lander—. Es nuestro nuevo integrante en la firma. Todos lo saludaron. Cristian estrechó algunas manos con amabilidad. Cuando llegó hasta Susana, sus miradas se encontraron como un choque eléctrico. —Mucho gusto —dijo él. —Igualmente —respondió ella, sintiendo un cosquilleo cuando sus manos se tocaron. Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Hubo algo en ese contacto que desestabilizó a ambos. Cristian volvió junto a Lander, quien continuó anunciando los nuevos casos asignados. Cuando mencionó que Susana trabajaría junto a Cristian en uno de los expedientes más importantes del trimestre, a ella se le borró el color del rostro. Trató de objetar, pero no le salió la voz. Luego hablaré con mi jefe —se dijo—. Le invento cualquier excusa. Trabajar con este hombre es un peligro… para mi salud mental. La reunión terminó. Susana se retiró, no sin antes lanzarle una última mirada disimulada a Cristian, quien aún la observaba. Fue al baño; necesitaba despejarse. Se lavó la cara y retocó el maquillaje. Respiró hondo. Jamás imaginó que aquel desconocido sería su colega y que ahora tendría que verlo todos los días. Al salir, se topó con él en el pasillo. Era como si el destino no pensara dejarla tranquila. —¿Me estabas esperando? —preguntó ella, con un dejo de ironía. —Solo quería asegurarme de que estabas bien —respondió Cristian, con esa voz que le desordenaba el alma—. Te noté incómoda en la reunión. —Estoy bien. Solo fue… inesperado. —¿Volver a verme? —Verte aquí. Pensé que lo del juzgado había sido una casualidad. —Y ahora sabes que no —respondió él con una media sonrisa—. El destino tiene sus formas. —¿Crees en eso? —Creo en las señales. Y tú apareciste dos veces en menos de cuarenta y ocho horas . Eso no es normal. Susana tragó saliva. Él dio un paso más. —Esto es un ambiente profesional. Tenemos que actuar como tal. —¿Eso quieres tú… o eso crees que deberías querer? Silencio. La cercanía de Cristian la envolvía. —Quiero ganar ese caso. Todo lo demás es ruido. —Entonces trabajaremos juntos. Y veremos si el ruido se convierte en música. Susana bajó la mirada. Él sonrió con suavidad y se retiró. Ella se quedó quieta, intentando recomponer su respiración. Ese hombre era su ruina.
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