Capítulo 2. -La voz del desconocido

1768 Words
Susana llegó al edificio donde trabajaba tras un silencioso viaje en taxi. El conductor no dijo una palabra, y ella lo agradeció. Necesitaba silencio para procesar la inesperada conversación que había tenido esa mañana. Al bajar, el sol ya calentaba el concreto y las personas comenzaban a llenar las aceras con pasos apresurados. Frente a ella, el edificio se alzaba imponente, con su fachada de vidrio y acero que reflejaba el cielo despejado, anunciando un día brillante y agitado en la ciudad. Respiró profundo. Justo cuando estaba por entrar, lo recordó: tenía una cita con la señora Jones a primera hora. Un caso complicado, lleno de vacíos legales y emociones contenidas. Chasqueó la lengua con frustración y sacudió la cabeza. —Concéntrate, Susana. Hoy no hay espacio para el caos emocional —se dijo a sí misma mientras empujaba la puerta giratoria del bufete y entraba decidida. Apenas cruzó la puerta de su oficina, dejó el bolso sobre el escritorio y se quitó los tacones por un instante. Se pasó una mano por los rizos con cansancio, mientras soltaba un largo suspiro. —Necesito un café —murmuró. Se asomó por la puerta y le habló a Mariana, su secretaria. —¿Podrías traerme un café, por favor? Y busca el expediente de la señora Jones. Pídele que pase cuando esté listo. —Claro, doctora —respondió Mariana con rapidez. Susana se sentó, cerró los ojos unos segundos e intentó vaciar su mente. El caso de la señora Jones requería enfoque. No era legalmente complejo, pero emocionalmente, lo era todo. Unos minutos después, Mariana entró con el café y el expediente. —Ya está aquí la señora Jones —anunció. —Hazla pasar, por favor. Andrea Jones entró con una elegancia discreta. Vestía un traje sastre gris claro y llevaba el cabello recogido. Tenía el rostro pálido, y una expresión serena que ocultaba un evidente cansancio emocional. —Buenos días, señora Jones —dijo Susana—. Tome asiento, por favor. —Gracias, doctora. —He leído los últimos documentos del abogado del señor Rhale. Están ofreciendo la propiedad donde vivían y una pensión mensual. ¿Ha considerado esta opción? —No. No pienso aceptar eso. Esa empresa no es solo de él. Yo estuve desde el primer día, trabajando a su lado. Puede que él pusiera el capital, pero yo puse mi tiempo, mi esfuerzo y mi vida. —Entiendo. Y tiene todo el derecho de reclamar lo que le corresponde. Podemos presentar pruebas del trabajo que realizó dentro de la empresa, correos, registros contables, testigos… —No quiero vengarme. Solo quiero lo justo. —Y eso es exactamente lo que vamos a buscar —respondió Susana con firmeza. Cuando la reunión terminó, Susana la acompañó hasta la puerta, asegurándose de que se llevara copia de los documentos necesarios. —Gracias, doctora Gonzales. Sé que estoy en buenas manos. —Puede contar conmigo. No está sola en esto. Justo cuando Andrea cruzaba la puerta, Susana escuchó una voz en el pasillo. La misma del juzgado: firme, varonil, inconfundible. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Salió al pasillo, buscando entre los abogados que conversaban y los asistentes que iban y venían. Pero no estaba. Solo alcanzó a ver a dos colegas charlando. No era él. Frunció el ceño. ¿Había sido una coincidencia… o su mente jugándole una mala pasada? —¿Todo bien? —preguntó Andrea, al notar su expresión. Susana solo asintió. Andrea le dio una sonrisa de despedida y se retiró. Iban a dar las dos de la tarde cuando su estómago rugió. Dejó todos los papeles y se levantó en busca de un descanso para su mente y de algo con lo que calmar su hambre. Después de un almuerzo ligero —una ensalada tibia con pan artesanal y una limonada con hierbabuena— Susana regresó al bufete sintiéndose un poco más centrada. El breve descanso le ayudó a despejarse, aunque la voz del desconocido seguía resonando como un eco caprichoso. Al llegar a su oficina, se recogió el cabello en un moño improvisado y se puso a trabajar con intensidad. Los expedientes parecían multiplicarse. Uno tras otro, leyó declaraciones, firmó documentos, dictó observaciones para Mariana y corrigió fallos en las demandas que otros pasantes habían redactado a medias. Estaba tan concentrada que ni siquiera se molestó en mirar su teléfono. Fue un leve murmullo de voces y el sonido de pasos que se alejaban por el pasillo lo que le hizo alzar la vista. Afuera, el bufete ya estaba más tranquilo. Mariana ya no estaba en su escritorio, y los teléfonos habían dejado de sonar. Miró el reloj. —¡Dios mío! —exclamó, llevándose una mano a la frente. Eran las 6:12 p.m. —¡No! ¡No, no, no! —repitió, soltando la pluma con la que estaba corrigiendo un borrador. Tenía menos de una hora para llegar a casa, cambiarse y salir de nuevo. Y no podía llegar tarde. No al cumpleaños de Henry. Él era más que un amigo. Era su confidente, su apoyo desde la universidad, la única persona que la conocía tan bien como ella misma. ¿Cómo se te pudo olvidar? Se reprochó mientras recogía su bolso a toda prisa y apagaba la computadora. Cruzó las puertas del bufete con paso rápido, ya mentalizándose: tenía exactamente cuarenta y ocho minutos para bañarse, maquillarse y encontrar un vestido que no fuera ni demasiado formal ni demasiado casual. Nada podía salir mal. El taxi se detuvo frente a una de las discotecas más exclusivas de la ciudad, un lugar de luces tenues, neones elegantes y una fila de autos de lujo esperando en la entrada. Al bajarse, Susana se acomodó el vestido ceñido color vino que acentuaba sus curvas con sutileza. El escote en V le daba un aire sofisticado, sin cruzar la línea de lo atrevido. Sus tacones color perla hacían juego con los pendientes discretos que apenas se movían cuando caminaba. —¡Estás hermosa! —le dijo Katy apenas la vio, bajando del auto junto a Henry. —¡Y tú vas a matar a todos esta noche! —respondió Susana, sonriendo mientras se abrazaban. —Ya sabes, es el cumpleaños de mi rey —dijo Katy, guiñándole un ojo a Henry, que la besó con ternura. Si fuera por Henry, una cena sencilla para los tres, en un rincón tranquilo y lejos del bullicio, habría sido más que suficiente. Pero conocía demasiado bien a Katy, y sabía que eso jamás pasaría. Para él, después de su abuela, no existía nada más importante que ella… su amada. Y si hacerla feliz significaba seguirla hasta el fin del mundo, lo haría sin dudarlo. Una vez dentro, el lugar vibraba con música envolvente, luces que giraban en patrones suaves, y un ambiente cargado de energía nocturna. Se ubicaron en una mesa reservada cerca de la pista, donde les sirvieron bocadillos exquisitos y cócteles con nombres imposibles de recordar. Tras el segundo brindis y unas risas por alguna anécdota universitaria de Henry, Katy lo tomó de la mano y se lo llevó a la pista. —¡Vamos a bailar, cariño! Susana se quedó en la mesa, bebiendo despacio su trago frutal con vodka. Su mirada se perdió por un instante entre la gente que reía, bailaba y se dejaba llevar por la noche. Sus pensamientos vagaban, pero no por mucho. Lo sintió antes de verlo. Esa sensación… como si alguien la estuviera mirando. No una mirada casual. Una que pesa. Que toca sin tocar. Y entonces, sus ojos se encontraron. Él estaba al otro lado del salón, recostado con elegancia contra la barra. Traje oscuro, camisa abierta en el cuello. La piel clara contrastaba con el entorno. Su mirada, fija. Su expresión, contenida. La reconoció de inmediato. Él también lo hizo. El mismo hombre del juzgado. El que había escuchado esa misma mañana. El que ahora la miraba como si el mundo hubiese decidido ponerse en pausa justo para ese momento. Susana no supo si fue el alcohol, el ambiente o la intensidad de su mirada, pero algo se agitó dentro de ella. Su respiración se alteró apenas, lo suficiente para que se llevara la copa a los labios y fingiera que todo estaba bajo control. Cristian no se movió. Solo la miraba. Con una media sonrisa apenas visible. Como si supiera que había ganado algo sin decir una sola palabra. Fue entonces que se despegó de la barra con lentitud y comenzó a caminar. No hacia ella. Aún no. Sino en dirección contraria, como si dejara caer una provocación. Un desafío. Susana, sin quererlo, sonrió. —Esto se va a poner interesante —susurró para sí misma, dejando la copa sobre la mesa. —¿Todo bien? —preguntó Katy, regresando a la mesa con las mejillas encendidas por la música y el baile. —Sí, claro —respondió Susana, intentando disimular mientras tomaba otro sorbo. Pero su mirada regresó al lugar donde lo había visto por última vez. Él ya no estaba ahí. Su pecho se oprimió un poco. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué sentía que ese cruce de miradas no era casual? Intentó sacarlo de su cabeza mientras se unía a sus amigos en la pista de baile. Pero aunque sus pies se movían al ritmo de la música, su mente seguía anclada en esos ojos grises, fríos y profundos como un mar que invitaba a lanzarse… sin saber si saldrías a flote. Cerca de la medianoche, los amigos decidieron que era hora de retirarse. Katy y Henry se abrazaban con dulzura, intercambiando miradas de esas que no necesitan palabras. Antes de irse, Susana sacó un pequeño paquete envuelto en papel azul marino y se lo entregó a Henry. —Feliz cumpleaños, mejor amigo —le dijo con una sonrisa. Henry abrió el regalo y encontró una estilizada pluma fuente de colección, con una inscripción grabada: “Para escribir tus grandes ideas. Con cariño, S.” —Es perfecta —dijo, visiblemente emocionado—. Gracias, Susana. —Gracias a ti, por existir. Se abrazaron largo. Luego, Katy y Henry se despidieron con un beso que hablaba de un amor que iba más allá del tiempo, del ruido, de cualquier obstáculo. De esos que, si se miden en profundidad, le ganan incluso al sol. Susana tomó un taxi a casa. Ya en su habitación, mientras se desmaquillaba y se ponía su pijama favorita, pensó en los ojos grises que la habían detenido sin tocarla. Y supo, con una certeza inquietante, que esa no sería la última vez que lo vería.
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