Capítulo 1: El precio de un deseo [1/2]
El reloj de la torre marcaba las once de la noche cuando Martín salió de la oficina. El parque que cruzaba todos los días para acortar el camino a casa estaba solitario, como de costumbre: faroles con luz tenue, árboles frondosos que proyectaban sombras largas y el sonido lejano del tráfico de la avenida principal. No era la primera vez que caminaba a esas horas, y nunca había sentido verdadero miedo, pero esa noche el aire parecía más pesado, como si la atmósfera misma estuviera cargada de algo que no alcanzaba a distinguir.
Llevaba en el bolsillo el poco dinero que le había quedado después de pagar la renta, su teléfono móvil y un anillo sencillo que le había regalado su abuela. Iba pensando en lo difícil que se había vuelto todo: el trabajo mal pagado, la incertidumbre del futuro, la sensación de que en la ciudad nadie se preocupaba por nadie, que la violencia y la indiferencia eran moneda corriente. “Todo es tan vacío”, murmuró para sí mismo, sin darse cuenta de que dos figuras se habían separado de entre los arbustos y se acercaban en silencio por detrás.
—Oye, tú —le llamó una voz áspera.
Martín se giró rápido. Eran dos hombres, con el rostro cubierto parcialmente por gorras, miradas duras y manos metidas en los bolsillos de sus chaquetas.
—Dame lo que traigas. Dinero, celular, todo —exigió uno de ellos, dando un paso adelante.
Martín sintió cómo se le tensaba el cuerpo. Instintivamente apretó el puño, no por el valor, sino por la frustración de tener que entregar lo poco que tenía.
—No tengo mucho, pero… —intentó decir, pero no terminó la frase.
El otro asaltante se movió con rapidez inesperada. Vio el brillo metálico por una fracción de segundo antes de sentir un dolor agudo, punzante, que le atravesó el costado izquierdo, justo debajo de las costillas. Fue como si le hubieran clavado un hierro candente que se abría paso hacia adentro. Abrió la boca para gritar, pero solo salió un susurro ahogado. Sus piernas flaquearon y cayó de rodillas sobre el cemento frío y húmedo.
—¡Rápido, vámonos! —escuchó decir a uno de ellos, y luego pasos que se alejaban corriendo.
Martín se quedó allí, solo, sintiendo cómo la sangre se le escapaba entre los dedos que apretaba la herida. El dolor era inmenso, pero peor era la sensación de que su vida se apagaba poco a poco. Su visión se nublaba, los sonidos se volvían lejanos y confusos. En ese instante, entre la confusión y la amargura, un pensamiento surgió con claridad extraña en su mente: ¿Así es como termina todo? En un parque, solo, asesinado por nada… Si hubiera vivido en otra época, tal vez las cosas tendrían más sentido. Al menos en la Revolución, aunque hubiera peligro, habría causas, habría lucha… preferiría haber vivido unos años en ese tiempo antes de morir, que terminar así, sin nada.
Fue un deseo nacido de la desesperación, un pensamiento fugaz que se desvaneció junto con su fuerza. Su respiración se volvió superficial, su cuerpo se relajó y, con un último suspiro, cerró los ojos creyendo que ese era el final.