Capítulo 10. Cajita de cristal

1443 Words
Luego de un par de días Michael observaba a Alma desde la distancia a través de la ventana de su habitación (la cual por cierto era espejada y ella no los podía ver), estaba con los brazos cruzados y una expresión sombría en su rostro. Gia había insistido en que un paseo por el territorio sería beneficioso para ella, pero la idea de exponer a Alma al exterior lo ponía en tensión. Sabía que cada segundo fuera de las paredes seguras del refugio que le proporcionaba ese lugar con todos sus sistemas de seguridad , aunque los mismos cubrían de hecho todo el perímetro, era un riesgo, pero Gia tenía un punto y era bueno a su pesar. Alma necesitaba respirar, sentir el aire fresco, aunque fuera dentro de los límites controlados de la manada. —Michael, no podemos seguir manteniéndola encerrada como si fuera una prisionera, es contraproducente por si no lo has notado ya —dijo Gia suavemente, tratando de apaciguar la preocupación que veía en los ojos de él—. Sé que te preocupa su seguridad, pero las protecciones que has activado son excepcionales. Es casi imposible que alguien, incluso un teletransportador muy experimentado pueda sacarla de aquí con los cortafuegos de última generación que has colocado— el sistema funcionaba como una especie de cúpula invisible que protegía a la manada de intrusiones, Pero aún así él tenía miedo. Michael frunció el ceño, sin ceder todavía. —No me gusta la idea de exponerla, Gia. Es demasiado peligroso — insistió con su ceño fruncido y sus brazos cruzados. —Entiendo tu miedo, pero esto no es solo por ella —Gia mantuvo la mirada fija en él, intentando hacerle ver más allá de su propia preocupación—. Es por ti también. Alma no es la única que está sufriendo con esta situación. Si la ves más tranquila, más feliz, eso también te ayudará a ti. Y tenemos una galería vidriada, a prueba de absolutamente TODO— exclamó e hizo un ademán con sus brazos, justamente Michael la había mandado a construir para una eventualidad así, era el camino que conducía a la manada a un nuevo bunker mejor que había construido desde la última intrusión del comando, si por alguna razón los túneles subterráneos fallaban estaba esa galería y se podía salir perfectamente desde la enfermería y aparte tenía un magnífico sistema de ventilación que permitía sentir todos los aromas del exterior—. Podríamos pasear ahí, y ella podrá ver el exterior sin estar en riesgo — dijo ella un poco fastidiada y de modo elocuente pensando que ni ella tenía tan protegidos a sus cachorros. Aunque entendía los miedos de Michael a veces sentía que exageraba y era contraproducente. El Alpha permaneció en silencio por un momento, sopesando las palabras de Gia. Finalmente, suspiró profundamente y asintió, aunque con cierta reticencia evidente. —Está bien. Pero solo por un rato, y bajo TU supervisión. Gia esbozó una leve sonrisa, agradecida por su decisión. Sabía que no había sido fácil para él ceder pero que era lo mejor... Poco después Alma caminaba lentamente por la galería vidriada tenía un conjunto simple de algodón y unas zapatillas de tela, andaba con la mirada fija en la vegetación que se extendía más allá del cristal observando maravillada. Podía ver el verde brillante de los árboles, el cielo despejado, y por un momento, se sintió casi normal. Casi. A pesar de estar rodeada por esa barrera de vidrio, la sensación de libertad la envolvía, pero también la abrumaba. Sus dedos rozaron el cristal con delicadeza, como si al tocarlo pudiera sentir algo más que frío y dureza. Sus ojos se llenaron de melancolía mientras intentaba recordar cómo era el mundo más allá de esas paredes de cristal. Cerro los ojos por un breve instante intentando recordar. Gia, que caminaba a su lado silenciosa, y observaba cada movimiento de Alma con cuidado. Sabía que aquel paseo era tanto una bendición como una tortura para ella, pero también era necesario. Necesitaba ese contacto, aunque fuera limitado, con lo que había perdido. Necesitaba sentirse más que una rata de laboratorio, y ella más que nadie sabía cómo eso se sentía. De repente, un pequeño puma apareció al otro lado del cristal, presionando sus patas contra él con curiosidad. Alma que había abierto sus preciosos ojos, se sobresaltó ligeramente, y una sonrisa tenue se dibujó en sus labios al ver la criatura juguetona. —Johnny, ¡no! —exclamó Gia, con un tono de reprimenda, mientras intentaba alejar al cachorro con la mente. Pero antes de que pudiera hacer nada, el pequeño puma se teletransportó al interior de la galería, apareciendo junto a ellas con un ligero chasquido en el aire. Alma se quedó inmóvil, observando al puma con una mezcla de asombro y ternura. Mientras tanto, Gia apretó los labios con frustración y se comunicó telepáticamente con Peyton. —TÚ HIJO está aquí dentro de la galería, Peyton. Sácalo, yo no estoy pudiendo —ordenó, intentando mantener la calma pues por un instante se había paralizado del miedo. Pero la respuesta de Peyton no fue la que esperaba. —El blindaje de la galería es muy bueno, Gia. No puedo sacarlo de ahí, es como si me rechazara —respondió mentalmente su compañero, con un tono que no ocultaba su sorpresa. Aunque para variar tan comunicativo su lobo, era bastante escueto aunque lo entendía, según recordaba estaba en una parte crítica de entrenamiento de los soldados más jóvenes así que ella debería lidiar con su hijo sola aunque la idea de tener a Alma cerca la ponía nerviosa con su hijo allí frente a ella. Finalmente Gia dejó escapar un suspiro pesado, pero no de alivio. Mientras tanto, Alma se agachó lentamente, extendiendo una mano hacia el pequeño puma que la olfateó con curiosidad. —¿Es tu hijo? —preguntó Alma en voz baja, sin apartar la mirada del cachorro. Gia la observó con atención antes de asentir. —Sí, es Johnny. Lo siento, NO SE SUPONÍA QUE DEBÍA ESTAR AQUÍ— dijo en voz alta mirándo a su pequeño fíjamente mientras telepáticamente lo reprendía y le informaba lo que le esperaría en su casa. Alma sacudió la cabeza con suavidad, sin apartar los ojos del pequeño, que ahora jugueteaba con las cintas de sus zapatos de lona. Entonces, como si un pensamiento oscuro la invadiera, se levantó y miró a Gia directamente a los ojos. —El lobo... el soldado comando, ¿es su padre, no? Gia titubeó por un momento, temerosa, pero finalmente asintió. —Sí, Peyton es su padre. Pero Alma, Peyton es más de lo que parece. Me salvó, aunque no lo creas. Yo…fui víctima de Fox, igual que tú... que muchos otros. Y Michael... Michael nos acogió en la manada, nos protegió a pesar de todo, aunque odiaba a Peyton y a todo lo que él representa — dijo frotándose las manos nerviosa. Aunque Michael la matará, si esa mujer dañaba a Johnny de cualquier modo iba a asesinarla. Alma sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, como si las palabras de Gia hubieran desenterrado algo enterrado en lo más profundo de su ser. Su voz tembló cuando volvió a hablar aunque no hizo alargue para hacer nada. —¿Es por mí que los odia, verdad?— preguntó con los ojos vidriosos mirando directamente su rostro. Gia entonces la miró con tristeza, con una compasión que parecía cruzar todas las barreras que alguna vez existieron entre ellas. Pues pudo sentir su profundo dolor. —Sí, Alma. Es por ti — finalmente admitió. Entonces el silencio se instaló entre ambas mujeres, cargado de emociones no dichas, y de un dolor compartido que las unía y las separaba al mismo tiempo. Johnny, ajeno a la tensión en el aire, seguía jugueteando, sin saber lo que pasaba en ese mismo instante. Y mientras la madre del pequeño puma observaba a Alma, vio algo más allá del sufrimiento en sus ojos. Vio una chispa una necesidad de comprensión y, quizás, de algo más que no pudo identificar en ese preciso momento. Pero sabía que el camino hacia esa recuperación sería largo y doloroso, tanto para Alma como para Michael, en el proceso. Gia suspiró, sabiendo que el tiempo curaría algunas heridas, pero que otras quizás nunca sanarían del todo. Pero en ese momento, con Alma acariciando suavemente a su pequeño y revoltoso puma, Gia supo que había hecho lo correcto al convencer a Michael de permitirle aquel pequeño respiro, aunque solo fuera dentro de las paredes de vidrio de aquella "cajita de cristal" que era su refugio en ese momento.
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