Michael se quedó de pie en el pasillo, las manos temblorosas mientras intentaba reordenar sus pensamientos. Sabía que había cometido un error, uno que posiblemente arruinaría todo. Ese beso... no debió haberla tocado. Nunca. Ahora no solo había empeorado su relación con Alma, sino que la culpa lo carcomía por dentro. Sus emociones, sus impulsos, habían vencido a su razón, y lo peor de todo era que la veía a ella como lo único bueno que aún tenía en la vida. No podía pensar ni en su manada ni en nada más con ella allí.
Con un suspiro cansado, escuchó pasos detrás de él. Era Ada, la pareja de Viktor Summer, Alpha de la manada de lobos vecina y amigo suyo. Al verla, intentó recomponerse, pero sabía que no iba a ser fácil engañarla. Ada era de esas personas que veían más allá de lo evidente, y su naturaleza protectora así como su infinidad de poderes hacía que siempre estuviera buscando cómo ayudar.
—Te ves para la mierda —dijo Ada con total sinceridad, cruzándose de brazos mientras lo examinaba de arriba abajo.
—Gracias por la franqueza —respondió con sarcasmo—. Siempre tan directa. Y pensar que una vez me pareciste indefensa — murmuró recordando cuando Viktor la compró en un mercado de esclavas humanas, fue el mismo día que él compró a Kitty para salvarla...Solo que Ada resultó ser mucho más que la compañera de Viktor, era una humana de laboratorio cuyo padre adoptivo había rescatado de allí, creciendo como una chica común y pobre humana. Pero con un sinfín de poderes que despertaron junto a Viktor, aparte de ser la orgullosa madre de tres cachorros. Dos mellizos y uno más pequeño.
Ada alzó una ceja, pero no dijo nada más sobre su estado. En lugar de eso, cambió rápidamente de tema, como si ya estuviera acostumbrada a lidiar con ese tipo de situaciones. Era una digna compañera del lobo enorme que la acompañaba aunque fuera pequeña y rubia de ojos claros y siguiera, para él que no la conocía, pareciendo indefensa.
—Viktor te mandó saludos —dijo mientras se acercaba—. Está preocupado por ti. Y no solo él. Queremos ayudarte, Michael. Esto está empezando a afectarte más de lo que quieres admitir...— murmuró ella de modo elocuente.
—Nadie puede ayudarme —replicó Michael, con voz ronca, apartando la mirada hacia el suelo—. No en esto.
Ada suspiró, cansada de escuchar esa misma frase una y otra vez. Ella y Viktor habían intentado de todo, pero parecía que Michael no quería dejarse ayudar.
—Quiero verla —dijo, su voz firme pero con una nota de compasión—. Quizá yo pueda hacer algo. Quizá pueda hablar con ella, romper el hielo. De humana a humana...
Michael alzó una ceja y negó con la cabeza.
—Gia ya está ayudando. No sé qué más podrías hacer.
—Gia y yo somos diferentes, Michael ...Lo sabes...—dijo Ada, dando un paso hacia él—. A veces, solo hace falta una nueva perspectiva. Además, no vine hasta aquí para que me digas que no — dijo y cuadró sus hombros "frágiles".
Él la observó en silencio durante unos segundos, como si estuviera evaluando su sinceridad. Sabía que Ada era de las pocas personas que no lo juzgarían, que realmente se preocupaban por él. Y, aunque odiaba admitirlo, quizá ella tenía razón. Quizá Alma podría abordar a Alma con algo más que el enfoque más pragmático de Gia.
—Está bien —murmuró al fin, rindiéndose—. Si insistes.
Ada asintió y lo siguió mientras él la guiaba por los pasillos del centro. En el camino, se encontraron con Savage, el escolta de Ada y teniente principal de su manada, quien estaba charlando con Peyton. Al ver a Michael, ambos se enderezaron un poco.
—Savage, Peyton —los saludó Michael brevemente, con un leve gesto de la cabeza.
Peyton respondió con un asentimiento, mientras Savage le lanzaba una mirada inquisitiva a Ada, asegurándose de que todo estuviera en orden. Aunque era protector, confiaba plenamente en las habilidades de la mujer que escoltaba.
—Todo bien —dijo Ada antes de que Savage pudiera preguntar algo—. Michael me está llevando a ver a Alma.
Savage simplemente asintió y regresó a su conversación con Peyton, mientras Michael y Ada continuaban hacia la sala donde Alma estaba recluida.
Cuando llegaron, Michael se detuvo frente a la ventana espejada que daba a la habitación. Alma estaba allí, sentada en una silla, hojeando distraídamente un libro, pero parecía ausente. Como si su mente estuviera a miles de kilómetros de distancia. Michael sintió un nudo en la garganta al verla así, tan vulnerable, tan rota.
—Allí está —susurró, sin apartar la mirada de ella—. Ella... no es la misma.
Ada se quedó en silencio unos segundos, observando a Alma a través del cristal. Había escuchado muchas historias sobre ella, sobre sus logros como científica académica , había leído sus libros y sus tratados, y también sabía todo sobre lo que le había pasado en manos de Fox. Pero ver a esa mujer, la sombra que quedaba de quien solía ser, le golpeó más fuerte de lo que esperaba.
—Es increíble que haya sobrevivido a todo esto —dijo Ada en voz baja.
De repente, Alma levantó la cabeza, como si hubiera sentido que la observaban. Sus ojos, oscurecidos y profundos, se encontraron con los de Ada a través de la ventana. Durante unos segundos, el tiempo pareció detenerse, y ambas mujeres se miraron fijamente. Alma ladeó la cabeza, curiosa, como si intentara descifrar quién era esa desconocida que intuía que la estaba mirando.
—Voy a entrar —dijo Ada, con una determinación tranquila—. Deséame suerte.
Michael la observó un instante antes de asentir. Si alguien podía ayudar en ese momento, probablemente era Ada. Quizá, solo quizá, ella pudiera hacer algo que él o Gia no habían logrado.
Ada empujó la puerta y entró lentamente a la habitación. Alma no se movió, pero sus ojos la siguieron con cautela, su cuerpo tenso como si estuviera preparada para defenderse en cualquier momento.
—¿Quién eres? —preguntó Alma, su voz fría y distante—. ¿Viniste a ver al bicho de laboratorio acaso? Tú no eres de esta manada...— afirmó despacio.
Ada se detuvo a unos metros de ella, manteniendo una postura relajada pero sin invadir su espacio personal.
—No vine a ver a ningún bicho de laboratorio y no, soy amiga de Michael y compañera del Alpha Summer, somos vecinos—respondió Ada, con una pequeña sonrisa—. Y respondiendote, solo vine a conocer a una científica brillante. A eso vine.
La respuesta pareció tomar por sorpresa a Alma, quien frunció el ceño, como si intentara comprender las verdaderas intenciones de Ada. Después de todo lo que había pasado, la desconfianza era su principal arma de defensa.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Alma, más relajada pero aún desconfiada.
—Nada —dijo Ada, suavemente—. Solo quería conocerte. Sé por lo que has pasado, y no tienes que hablar de ello si no quieres. Pero a veces, hablar con alguien que no está involucrado directamente... ayuda.
El silencio que siguió fue tenso, pero Alma no parecía tan a la defensiva como Michael había temido, ya. Había algo en la manera de hablar de Ada, en su honestidad, que parecía estar calando en Alma. Aunque no lo admitiera, algo en ella quería escuchar más.
Alma volvió a mirarla, esta vez con menos frialdad.
—¿Por qué te importa? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Ada la miró directamente a los ojos.
—Porque soy una humana como tú y sé lo que es sentir que todo está perdido. Y porque, a veces, una mano amiga es lo que más necesitamos, aunque no lo querramos admitir — dijo y extendió su mano —. Yo soy Ada, bueno — dijo y sonrió con sinceridad —.Ada Summer...
Luego de mirar su mano por un momento, Alma con recelo extendió la suya y la estrechó.
— Alma Suárez...o eso me han dicho por aquí...