Capítulo 4: La Prueba de la Sumisión

1317 Words
Capítulo 4: La Prueba de la Sumisión El silencio en el PentHouse de Maximillian Sterling no era paz; era una ausencia total de vida. Me sentí como una exhibición de arte moderno, costosa e ignorada. A las once de la noche, la cena (un plato gourmet que no podía distinguir y que dejé intacto) fue retirada por un hombre que solo asintió con la cabeza. Yo no tenía permitido hablarle. Las reglas. La jaula. Me obligué a ir al gigantesco vestidor anexo a mi habitación. Saqué la bolsa de seda que Max me había dado. Dentro, un conjunto de lencería n***o, tan minúsculo y transparente que apenas cubría la piel. No era ropa interior; era un disfraz de sumisión. Me lo puse con las manos temblando, sintiendo una náusea helada. Mi reflejo en el espejo era el de una extraña. La becaria arquitecta había desaparecido. Me metí en la cama, el encaje picándome la piel. Intenté leer uno de mis viejos libros, pero mis ojos no podían concentrarse. Toda mi atención estaba enfocada en el único objeto plateado que había en mi mesa de noche: el teléfono. No tenía pantalla, ni botones. Solo era una línea directa con el hombre que me había comprado. Tic-tac. El tiempo se arrastraba. Once y media. Doce. Doce y veinte. Mi cuerpo se debatía entre la esperanza de que se hubiese olvidado de mí y el terror electrizante de la espera. Quería que sonara. Quería que no lo hiciera. Esta ambivalencia era la droga que él me había inyectado. A las doce y cuarenta y cinco, el silencio se hizo añicos. El teléfono plateado sonó. No con un timbre; con un pitido autoritario, mecánico y constante. Un sonido que exigía atención inmediata. Salté de la cama como si me hubieran disparado. El corazón me retumbó en los oídos. La mano me temblaba tanto que tuve que sujetar el teléfono con ambas para llevarlo a mi oído. —¿Sí? —apenas pude susurrar. —Ven a mi habitación, Maya. Ahora. —Su voz era áspera, profunda, sin prefacio, sin dulzura. Pura orden. —Voy en camino, Max. Colgué. El teléfono se quedó mudo, regresando a su estado de objeto frío e inerte. Me levanté. El encaje n***o era el único escudo que tenía. Caminé por mi ala, abrí la puerta y me enfrenté al vasto y silencioso salón principal. La luna brillaba a través de la pared de cristal, convirtiendo el mármol en un río de plata. Tuve que cruzar ese río, ese espacio de poder, hasta el ala oeste. La caminata fue la más larga de mi vida. Me obligué a no correr, a mantener la barbilla en alto, recordando por qué hacía esto: por mamá, por su casa. No por el deseo ardiente que Max despertaba en mi vientre. Llegué a la puerta de madera maciza. No toqué. —Adelante. —Su voz, resonando a través de la madera, me hizo respirar profundo. Entré. La habitación de Maximillian era más grande que mi antiguo apartamento. Una cama king-size suspendida sobre una plataforma dominaba el centro, y la luz provenía de la ciudad, no de lámparas interiores. Estaba a oscuras, solo que sus ojos grises brillaban en la penumbra. Él estaba sentado en el borde de la cama, solo con la parte inferior de sus pantalones deportivos. Tenía un vaso de whisky en la mano y me miró de arriba abajo con una inspección lenta y destructiva. —Te tomaste tu tiempo —dijo. Su tono era de reproche, no de pasión. —Llegué tan pronto como sonó el teléfono. —No. Te detuviste en el pasillo. Podría sentir tu duda desde aquí. Acércate. Di unos pasos. Mi cuerpo reaccionó de inmediato a su proximidad. El aire a su alrededor era denso, caliente. —Me gusta la lencería —dijo, dando un sorbo al whisky—. Una prueba de que entiendes las reglas. El artículo 5.3 es un contrato muy sensible, Maya. ¿Lo has memorizado? —Sí. Exclusividad. —Y obediencia. —Se levantó. Era una torre de músculo y piel dorada. Me sentí como un ratón atrapado. Dejó el vaso en la mesita de noche con un golpe seco—. Quítatelo. Sentí el calor subir a mi cuello. A pesar de todo, sentí vergüenza. —¿Aquí? —Aquí. O quieres que yo lo haga de la misma manera que rompí tu vestido anoche, Maya. La amenaza velada hizo el truco. Mis dedos temblaron mientras desataba el lazo de seda del bralette, dejando mi pecho expuesto a la penumbra. Luego la diminuta braga. Me quedé desnuda en medio de la opulencia, sintiéndome la cosa más barata y a la vez, la más valiosa de su colección. Max no me tocó. Simplemente me miró, saboreando mi vulnerabilidad. —Gírate. Me giré, dándole mi espalda. Me humillé. Su mano bajó, gruesa y áspera, y se posó en la curva de mi cadera, atrayéndome hacia la dureza de su cuerpo. Su aliento cálido me golpeó el oído. —No tienes derecho a mirarme. No tienes derecho a dudar. Eres mía, Maya. Mi desahogo, mi propiedad. No olvides por qué estás aquí. No es amor. Es un negocio. —Sus palabras eran un veneno delicioso, una excusa para la oscuridad que me atraía. Me empujó hacia la cama, sin delicadeza. Caí sobre las sábanas de seda. Él se subió a la cama conmigo, su peso una ancla. No hubo besos lentos, ni caricias suaves. Solo la necesidad urgente y brutal de un hombre que necesitaba ejercer su poder sobre algo real. Sus manos eran posesivas, recorriendo cada centímetro de mi piel, dejándome sin aliento con cada roce. No me preguntó si estaba lista. Me tomó. Era una lección de propiedad física, una confirmación forzosa del contrato que habíamos firmado. El dolor inicial se convirtió rápidamente en un placer vertiginoso, ese tipo de placer prohibido que siempre me había aterrorizado. Me obligué a cerrar los ojos, a pensar en la casa de mi madre, pero los gemidos que escapaban de mi garganta eran solo para Maximillian. —Di mi nombre —ordenó, con la voz baja y gruñona mientras me clavaba a las sábanas—. Dime quién te posee. —Max… —grité, mi voz desgarrada, sintiendo la humillación total y el éxtasis simultáneo. Ese fue el clímax. Rápido, brutal, y con un poder que me dejó temblando y deshecha. Se apartó de mí casi de inmediato, tan frío y distante como el mármol del piso. Me sentí usada, pero, para mi horror, no solo por él. Me había usado a mí misma. —Buen trabajo, Maya. —Volvió a sentarse, sirviéndose otro vaso de whisky. Parecía completamente imperturbable—. Puedes retirarte. Y en la mañana, no olvides el desayuno. Necesito que me acompañes a la oficina de un cliente. Necesito que luzcas perfecta. Me vestí rápidamente con la lencería abandonada. Mi cuerpo aún temblaba. —Buenas noches, Max. Él no respondió. Solo bebió su whisky, mirando por la ventana como si yo nunca hubiera existido. Salí de la habitación sintiéndome contaminada, pero con la casa de mi madre un poco más segura. A la mañana siguiente, no podía mirarme en el espejo. Solo veía a la mujer que había firmado la firma del diablo y que había pagado la primera cuota. Pero la prueba de fuego no sería el sexo, sino la lealtad. Mientras esperaba a Max en el vestíbulo del PentHouse, mi celular privado, que aún no me había atrevido a encender, sonó. Era un mensaje de texto de un número que no conocía. "Maya. Te vi en la lista de Sterling Holdings. ¿Una becaria de diseño con un salario ejecutivo? Algo no me cuadra. Tenemos que hablar. Es por tu bien. —Daniel" El Tercero en Discordia. Y Max ya estaba bajando por el ascensor privado, con esos ojos grises que podían ver el alma.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD