Capítulo 5: el primer interrogatorio

1880 Words
Capítulo 5: El Primer Interrogatorio El café sabía a ceniza, pero me forcé a darle otro sorbo. El amargor en mi lengua era un eco débil del terror químico que se agitaba en mi estómago. No era solo la bebida; era el aire en el ala de cristal del pent-house lujoso, tan denso y pesado que sentía que mis pulmones luchaban por expandirse. Intenté lucir impecable. El vestido n***o de diseñador que ahora era mi uniforme era una armadura, y la capa de maquillaje, aunque excelente, apenas lograba disimular la palidez cadavérica que la falta de sueño y la ansiedad habían pintado en mi rostro. El sol de la mañana, cegador y cruel, se reflejaba en la superficie pulida de la mesa de mármol de Carrara, pero no conseguía calentar el ambiente. Aquí, a cien pisos sobre Manhattan, incluso la luz parecía ser propiedad de Maximillian Sterling. Él estaba sentado en la cabecera de la mesa, un trono informal. No comía. Solo revisaba un periódico económico de tinta negra y olor a papel caro, vestido con un traje de tres piezas tan afilado y gris como el acero de un bisturí. Su quietud era lo más aterrador de todo. Un depredador en reposo. Un volcán inactivo. Su atención estaba en las cifras y los mercados, una calma perfecta que contrastaba con el caos total que él había desatado en mi vida. La única conexión con mi pasado, con la vida antes del contrato, era el estúpido teléfono plateado que reposaba en la mesita auxiliar, justo al alcance de mi mano, y lo que yo había leído en él antes de que él despertara. El nombre Daniel. Max me observaba. Sin levantar el periódico, sin mover un músculo facial, yo sabía que cada centímetro de mi lenguaje corporal estaba siendo analizado. Mi mano se tensó alrededor de la taza. El contrato, ese pacto con el diablo, no solo me había quitado mi cuerpo; me había quitado mi derecho a la privacidad, mi derecho a la mentira piadosa, y mi derecho a la indiferencia. El silencio se rompió. No fue un grito, ni un golpe. Fue peor: fue una pregunta formulada con la calma de quien ya conoce la respuesta y solo busca la confesión. —¿Te gusta el café, Maya? —Sí, Max. Está perfecto —respondí, usando el nombre que él había impuesto para la intimidad tóxica de su pent-house. Mi voz sonó sorprendentemente firme, un logro que me costó casi toda la fuerza que me quedaba. —Bien —dijo, y la palabra flotó, sin aterrizar. El periódico descendió con lentitud y deliberación. Sus ojos grises, como dos placas de hielo viejo, se clavaron en mí. Estaban llenos de una intensidad fría y un celo silencioso que me hizo temblar—. Ahora, cuéntame. ¿Quién es Daniel? Mi corazón dio un vuelco tan violento que sentí el latido en las sienes. El aire se congeló en mis pulmones. La boca se me secó. ¿Cómo lo sabía? Intenté respirar, intenté recordar mi coartada, intenté recordar que tenía que ser fuerte, pero la presión de su mirada era como un peso físico aplastándome. La paranoia era real. Sabía que él podía tener acceso a cualquier cosa, a cada cámara de seguridad, a cada registro de mis llamadas, a cada bit de información digital. —No sé de qué me hablas —mentí, sintiendo cómo el calor se me subía por el cuello. Era una mentira burda. Yo no era una actriz, y él era un experto en leer las microexpresiones que delataban el miedo. —No mientas, Maya. Te da un color muy feo. —Dejó el periódico a un lado con un ruido seco sobre el mármol. Se levantó. Ese fue el momento de la verdad. Un simple movimiento se convirtió en la acción más amenazante que había presenciado. Su cuerpo era puro poder. Max avanzó alrededor de la mesa, un depredador que rodea a su presa, alargando el castigo. Cada paso era lento, perfectamente calibrado. Finalmente, se detuvo a mi lado. Estaba tan cerca que sentía el calor irradiando de su traje, mezclándose con el potente y caro aroma de su colonia de sándalo y pachulí. Me sentía atrapada entre su cuerpo y la silla, entre el pent-house y el abismo de la ciudad. —Ayer, mientras esperabas que te llevaran a tu jaula de oro, recibiste un mensaje de un tal Daniel —Su voz era baja, gutural, controlada, pero con un filo de amenaza—. Tu respiración cambió. Tu pulso se disparó. Mi seguridad me lo notificó. Tragué. Mi seguridad. Tenía monitores en mis implantes, no, no en mis implantes, eso era exagerado, pero él tenía ojos por todas partes. Seguramente mi pulso fue registrado por la pulsera de actividad que me obligó a usar para "controlar mi salud". Se me revolvió el estómago. —Me gusta mi propiedad enfocada, Maya. No me gusta la distracción. Así que, de nuevo, y esta es tu última oportunidad para la verdad: ¿Quién es Daniel? —Es… un colega. De la división de marketing. Me invitó a cenar antes de... de que se firmara el contrato. Solo eso. —Mi voz era un susurro patético. Su rostro se ensombreció. El aire en la habitación se hizo irrespirable. La calma se había roto, dejando al descubierto el Alfa posesivo que habitaba bajo el traje de mil millones de dólares. —¿Te invitó a cenar? —Su voz era casi un gruñido. Se inclinó peligrosamente sobre mí, apoyando las manos a ambos lados de mi silla, haciendo un esfuerzo obvio por no tocarme. La distancia se sentía más opresiva que el contacto—. ¿Y qué dijo exactamente ese 'colega' sobre tu repentino ascenso de becaria a mi sombra personal? —Solo… me preguntó por qué estaba en la lista ejecutiva si yo era una becaria. Me pareció extraño. Nada más. Max, impaciente, tomó mi barbilla con sus dedos fuertes, forzándome a mirarle directamente a los ojos. El contacto era frío y firme, no violento, pero sí una clara demostración de que mi cabeza le pertenecía. —Mírame, Moya radost. Eres mía. Todo tu tiempo, tu cuerpo, y, especialmente, tus contactos sociales, me pertenecen. Daniel no tiene derecho a inmiscuirse en mis asuntos. Y tú no tienes derecho a darle acceso a nuestra intimidad. —Su pulgar acarició mi labio inferior, un gesto de advertencia silenciosa—. ¿Cuál fue tu respuesta a su mensaje? —No respondí. Aún no. —La verdad me dio un ligero respiro. —Excelente. —Su mirada se relajó ligeramente, aunque la posesión seguía ardiendo en el fondo de sus pupilas grises—. Porque yo voy a responder por ti. Y no solo por ti. Sacó su teléfono de alta seguridad del bolsillo interior de su chaqueta. Entró a mi cuenta de mensajería con una clave que ni siquiera recordaba haberle dado. Debió tomarla de mis huellas dactilares o mediante alguna tecnología que yo ni siquiera podía imaginar. Mi privacidad era una broma macabra. Mis manos se cerraron en puños bajo la mesa. Estaba invadiendo mi única porción de autonomía. Escribió una respuesta a Daniel tan rápido que apenas pude leerla por encima de su hombro. No fue una simple negativa; fue una sentencia de muerte social para Daniel. "Gracias por tu preocupación, Daniel. Estoy muy ocupada con mi nuevo y exigente puesto de asistente personal ejecutiva de Max. No tendré tiempo para cenas, ni para hablar de trabajo personal. Deseo que tengas un buen fin de año. Saludos." Envió el mensaje y luego hizo algo que me heló la sangre. Bloqueó a Daniel de mi lista de contactos, borró todo el hilo de conversación y luego eliminó toda la aplicación de mensajería de mi móvil. —Ahora, no existe —dijo, dejando mi teléfono sobre la mesa, como si fuera un juguete obsoleto—. No quiero que nadie se acerque a ti. Eres mi asistente. Mi sombra. Mi… desahogo. Y eso debe ser tu única realidad. Me levanté de golpe, incapaz de soportar su cercanía y su total falta de respeto por mi existencia como ser humano independiente. —¡No tienes derecho a hacer eso! ¡Es mi vida! ¡Él es solo un compañero de trabajo! Max me agarró del brazo antes de que pudiera dar un paso completo. Me giró y me estampó suavemente contra su pecho, la fuerza justa para inmovilizarme sin dañarme. Me obligó a levantar la barbilla con su otra mano, forzándome a mirarlo. —Tu vida ya no es tuya, Maya. Firmaste la Cláusula 5.3. Dice "exclusividad impuesta por el Empleador, sin excepción". Y eso significa que mi celo es tu ley. —Me acercó tanto que sentí el latido de su corazón, fuerte y firme, contra mi pecho. Era un ritmo de posesión, no de amor—. No solo no te acuestas con nadie más, sino que nadie más te mira. Nadie te contacta. Si te miro, eres mía. Si te toco, eres mía. Y si alguien más te mira, le haré saber que está poniendo sus manos sobre algo que ya tiene dueño y que no piensa compartir. Se separó un poco, pero mantuvo sus manos en mis brazos, aprisionándome. Su mirada se endureció aún más, llevando el tono de amenaza de vuelta al plano profesional. —¿Y qué vas a hacer, Max? ¿Vas a despedirlo por enviarme un mensaje de texto? —lo desafié, sintiendo una punzada de valentía (o locura) por usar su nombre. —Peor —susurró, con esa sonrisa fría y calculadora que siempre prometía dolor—. Le daré suficiente presión en su división como para que su vida profesional sea un infierno insoportable. Le encargaré proyectos imposibles, auditorías sin fin. Y cuando se hunda, porque lo hará, te miraré a ti, y me aseguraré de que entiendas el mensaje. Tú eres mía. Punto. Me empujó suavemente hacia el ascensor privado, forzando un contacto físico breve y dominante que me dejó sin aliento. El control posesivo era la gasolina de nuestra relación. —Ahora, vamos a esa reunión. Quiero que uses el vestido rojo, ese que resalta el contraste entre tu piel pálida y la tela. Quiero que todos te miren, que se pregunten, pero que sepan, sin ninguna duda, que eres intocable. Que eres mi propiedad exclusiva del Magnate. Salimos del pent-house, con la tensión hirviendo entre nosotros. Él había establecido la línea de batalla. Yo estaba atrapada, pero algo había cambiado. Al ver cómo destruía la vida de Daniel con tanta facilidad, me di cuenta de que si quería salvar la casa de mi madre, no solo debía obedecer. Debía mentir. Tenía que encontrar una manera de hablar con Daniel en secreto, para salvarlo, y para salvar mi única coartada de becaria. El terror a Maximillian era real, pero el miedo a que mi madre terminara en la calle era mucho, mucho mayor. Tenía que desobedecer. Tenía que encontrar mi camino de vuelta a la desesperación, incluso si eso significaba arriesgarme a un castigo que sabía que sería devastador. Y en ese instante, en el ascensor bajando a la sede de Sterling Holdings, mi mente comenzó a trazar el plan de la Gran Traición.
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