La cabaña de Cornualles estaba sumida en una calma antinatural. La tormenta de la noche se había retirado, dejando atrás un aire limpio y salino, y un silencio que contrastaba brutalmente con el rugido digital y emocional de la madrugada. El fuego de la chimenea era ahora un lecho de brasas rojas que apenas ofrecía calor. Max despertó primero, pero no se movió. Estaba acostado boca arriba, su brazo derecho inmovilizado bajo el cuerpo de Maya. Ella dormía profundamente, su respiración suave y regular, el cabello oscuro esparcido sobre su pecho. El peso de su cuerpo era la prueba tangible de que el Protocolo Tensión Cero había culminado no en un borrado digital, sino en una fusión física. Miró el techo. La pared de contención que había construido meticulosamente durante años —la separación

