El zorro, el lobo, el león y el conejo

2773 Words
Avanzamos por el empedrado callejón que desembocaba en una enorme mansión de piedra negra, mi corazón latió con fuerza en mi pecho, a pesar de no ser la primera vez que estaba en un lugar parecido a ese, no podía dejar de sentirme nerviosa, intuí que debía tratarse por el tiempo que llevaba alejada de ese estilo de vida, como si todo aquello fuera por primera vez, pese a que, claro estaba, era bien conocida en el tema, además, no solo estaba ese sentimiento, sino que, me daba cuenta, con ironía que, descubría el control que el heredero tenía sobre mi, pese a los años y los abismales kilómetros de distancia que habíamos tenido, yo continuaba cediendo como la primera vez, sonreí odiándome a mi misma, era tan vulnerable ante él, que no podía evitarlo, el calor que irradiaba su cuerpo, me desconcentro, sacándome momentáneamente de mis pensamientos, causándome un estremecimiento que se apoderó de mi cuerpo cuando verdaderamente comprobé que tenía el brazo enorme de Damien enredándose con el mío con elegancia, pues mi mente desenfocada, me arrojaba señales de estar en un ensueño propio de las fantasías de la mente dormida, desenfoqué los ojos del hermoso edificio encendido para comprobar al hombre que caminaba a mi lado, Damien lucía peligrosamente atractivo como lo recordaba, su mirada filosa asentaba sus ojos felinos mientras su cabello rubio peinado hacia atrás le daba esa apariencia severa pero también, refinada, él me sintió tensarme en su brazo, lo que hizo que rodara sus ojos claros hacía mí, tuve que apartar la mirada de él, completamente intimidada, pero había sido demasiado tarde, se había dado cuenta de que titubeaba con cada paso que daba, y, con ojos expertos, pude sentir como sonreía sutilmente ante mi evidente vulnerabilidad, me mordí los labios sintiendo como mi cuerpo seguía reaccionando de una manera poco decente, sacudí el pensamiento, no podía permitirme perder el control. Sin embargo, se mantuvo extrañamente silencioso, pues, el ambiente entre nosotros se sentía tenso, tragué saliva con dificultad al recordar lo mal que había resultado todo al final, y en lo doloroso que había sido aquella última vez que nos habíamos visto, allá en Montefiorelle, hacía casi dos años, marchitando todo sentimiento positivo o atractivo que pudiera haber sentido, dejando así paso, a emociones negativas ya más conocidas, un sabor amargo inundó mi lengua, había sido tremendamente triste todo ese tiempo, la soledad y los recuerdos malos, estaban acabando conmigo, las palmas de mis manos cosquillaron, de solo volver a recordar lo que que había tenido que pasar para llegar hasta allí, hasta ese preciso momento, mis rodillas cosquillaron, estaban por hacerse de gelatina, afianzando mi seguridad, puse la espalda recta, ahora, estaba de nuevo allí, regresando al mundillo oscuro del que había jurado nunca regresar, de la mano enguantada del mismo diablo. Mis pies se quedaron de piedra cuando llegamos a las elegantes puertas de caoba rojo de la entrada, mi piel se erizó al tener otro pequeño recuerdo, y, no pude evitar sonreír cuando una pequeña mirilla acomodada en un ala de las puertas se abrió en un sutil ruido metálico, y Damien solo tuvo que mirar a los ojos de quien nos inspeccionaba del otro lado para que, una de las puertas, se abrieran en silencio. ¡Ah, parecía ser que en todos los clubs era el mismo procedimiento!, pensé, en medio de una melancolica sonrisilla. Pero, a pesar de todo, y luego de apartar todo el derroche de malos pensamientos, force a mis pies a moverse con naturalidad y me llevaron en el interior oscuro y lúgubremente silencioso del interior, resoplé cuando quedé mirando una negrura antinatural, haciendo que mi corazón martillara en mi pecho, emocionado de volver a tener aquella experiencia que causaba en mi, un sentimiento de añoranza, pero ambos, tanto Damien como yo, aguardamos por unos cortos segundos hasta que unas luces rojas se encendieron, revelando el espacio donde de espaldas teníamos la entrada, a los costados, gruesas paredes negras y de frente, unas cortinas rojas de terciopelo, las cuales estaban tan cernidas unas con otras que no logré ver que escondían tras ella por más que forzara mi vista hacía ellas. Me relamí los labios, entrando en el casi ya olvidado papel que debía hacer en esos casos, por lo que me mantuve altiva, silenciosa y con la espalda bien recta, jugando así un papel que pensé, jamás volvería a interpretar, me limpié el sudor de las manos con la ropa luego de que las cortinas se abrieron ante mi, dejando ver un pequeño espacio donde había en el fondo otra puerta, menos vistosa que la de la entrada, pero igual de elegante, donde, además, frente a ella, se encontraba un hombre enmascarado, parpadeé mirando su traje sastre y su sombrero de copa, mi piel se estremeció, ante mis nervios a flor de piel, sentimientos que como siempre, luchaban por desprenderse de mi control, como si tuvieran vida propia, parpadeé mirando lo que tenía de frente, sin embargo, estiré mis labios en una fina linea suave, en una sonrisa modesta, pero cargada de todas las emociones que albergaba mi corazón. Siempre tan teatrales. Volví a pensar, con el punzante derroche de recuerdos de un pasado mio, apareciendo una y otra vez en mi memoria. El anfitrión tenía una charola de pulcra plata en las manos, en donde reposaba una fría y negra media máscara, mi cuerpo se sacudió, ante lo que mis ojos miraron, sorprendida miré lo que estaba puesto sobre la charola quedándome sin aliento, mientras mi corazón latía como el de un ratón, al sentí como si tuviera frente a mí a una vieja amiga, alargué una mano fría y sin quitar los ojos de la máscara me di cuenta de su forma, noté la nariz redonda y las largas orejas que salían en forma de almendra de la parte superior de la cabeza, sin aliento sentí el terciopelo n***o del que estaba hecho cosquillar las yemas de mis dedos, y con delicadeza, tomé la liviana mascara como si fuera un animalito, resoplé mirando a mi compañero con los ojos cristalinos y el rostro encendido por el sentimiento de añoranza. Damien soltándome del brazo, se acopló la suya sin dejar de mirarme, sus ojos verdes claro me inspeccionaron en silencio con hambre, el león de su máscara me devoraba. -El conejo-. Susurré regresando la mirada a los ojos vacíos de la máscara sostenida en mis manos ligeramente temblorosas. Pero, inevitablemente me la acomodé en el rostro, sintiendo como la tela suave cosquilló en mis mejillas luego de ajustarla con una cinta negra tras mi cabeza, me daba cuenta que no estaba soñando, aunque me sintiera como si estuviera en uno. El anfitrión hizo una leve inclinación apartándose de la entrada de enfrente, y sin dejar de reverenciar, tomó la perilla de la puerta para abrírnosla con elegancia, contuve el aire en mis pulmones, mirando hacía la entrada que se abría frente a mi. Apreté los dientes cuando la música tronó en el pequeño espacio, mi corazón seguía desbocado mientras las luces neón violetas y rosadas, se colaban por la puerta, revelando un largo y ancho pasillo que hervía en personas, todas ataviadas en todo tipo de lencería y máscaras de todas las formas y colores, además de la elegante y fantasiosa decoración que trasportaba la mente a ser parte de otro mundo, completamente diferente al que existíamos, era hermoso y exótico, y yo, no pude evitar fascinarme por lo creativo y misterioso que era, haciéndome sentir que regresaba al mundillo mágico del que había escapado despavorida. Damien me tomó de la mano, haciendo que tuviera un leve respingo, sacándome del espiral que ofrecía el extravagante club, para después comenzar a caminar conmigo de la mano, obligué a mis pies a moverse, e, inevitablemente me encontré en medio de aquel carnaval bizarro que no veía desde hacía mucho, no me di cuenta si el anfitrión cerró la puerta a nuestras espaldas, o si se detuvo a mirarnos caminar, pero, me concentre en mi alrededor. Todo respiraba, emanaba e irradiaba sexo, pero uno muy retorcido, si me detenía a mirar a cualquiera de mis lados podía encontrar un espectáculo eróticamente extraño, el misterio se colaba con cada rostro que miraba, mientras avanzaba como en cámara lenta, risas, de esas escuchaba un montón, cuchicheos y susurros, pero también encontraba dulces gemidos, que aparecían de todos los rincones; de la chica de mascara de seda, con su cabello alto y rizado, adornado de plumas y cristales, la que lamía los pies de otra de lencería azul pastel sobre una cama estilo rococo en la habitación abierta de mi derecha, o en el precioso muchacho de rizos marrones y mejillas espolvoreadas de rojo que daba piruetas sensuales en un aro que estaba atado del techo en suave seda roja, que besaba a una chica desnuda frente a un enorme hombre obeso que los miraba con un puro encendido en los labios, o también, en la ama que llevaba gateando a su esclavo tras ella, la que nos pasó de largo con una peligrosa sonrisa de labios rojos, mientras de vez en cuando miraba a su esclavo que gateaba desnudo tras ella mientras caminaba contoneando las caderas en un traje de látex… Tuve un estremecimiento. Si, ya lo recuerdo. Cuando regresé la mirada, Damien caminaba a unos pasos frente a mí, dándole la espalda al camino, la respiración se me cortó cuando lo vi mirarme por la máscara con esa ferocidad que solo recordaba en mis sueños más locos, lo seguí, parecía que ya conocía bien el camino porque no se estrelló con nada ni con nadie, lo que me hizo tener un poderoso sentimiento de envidia, él alargó un brazo de manos enguantadas, lucía tan sensualmente peligroso que inmediatamente me adelanté para alcanzarlo antes de llegar a unas anchas escaleras de mármol, su mano me resultó tibia pese al cuero de su guante azabache, no pude evitar sonreír cuando ambos subimos por las escaleras, mientras sentía el cosquilleo de la adrenalina y la expectación calarme cada parte de mi cuerpo, una sensación que genuinamente extrañaba, la emoción del misterio y la aventura siempre habían provocado en mi un efecto mucho mejor que una droga, por lo que seguí a Damien por las escaleras, esquivando cuerpos desnudos, cuerpos sudorosos y deseosos, hasta que desembocamos en otro nuevo pasillo, este no era diferente al primero, solo que estaba bordeado por habitaciones, cuartos en los que yo sabía que podría aguardarme, pero me mantuve silenciosa hasta que Damien me soltó, entre abrí los labios con el rubor coloreando mis mejillas, miré la expresión diciplinada de Damien, pero, seguí sus ojos cuando estos rodaron a un punto cerca de nosotros. Fruncí el entrecejo cuando una figura femenina se encontraba sentada en un cómodo sofá largo rosado, mientras se fumaba un cigarrillo, estaba cruzada de piernas y su abrigo de piel de oso polar la resaltaba de los demás, su cabello rubio estaba peinado en un chongo alto de mechones sueltos mientras los diamantes adornaban sus orejas y su cuello en una ancha y carísima gargantilla blanca, me quedé de piedra reconociéndola de inmediato, ella sintió la mirada, la vi mover su delgado cuello pálido en mi dirección mientras soltaba el humo de sus labios pintados de un hermoso beige mate, apreté las manos comprobando como entornó sus ojos caoba tras su máscara de zorro, la vi abrir los labios poniéndose de pie de un brinco, revelando ante mis ojos, lo hermosa que se veían envuelta en su sedosa lencería blanca que resaltaba su bien trabajado cuerpo, ambas, tanto ella como yo, nos quitamos las máscaras de un rápido movimiento, dejando ver nuestros rostros consternados, Annia parecía haber estado llorando, a pesar de la luz purpura, pude ver su maquillaje de ojos arruinado y sus ojos irritados, mis piernas reaccionaron de inmediato, me echaron a correr en su dirección, ella hizo lo mismo, y la vi correr de brinquitos con sus altos zapatos blancos de diamantes, los que brillaban morados con la luz neón. Ambas chocamos en un fuerte abrazo, ella enredo sus brazos en mi mientras besaba la coronilla de mi cabello, pues me sacaba media cabeza de alta, yo, la imité, la estreché en mi cuerpo mientras ella susurraba en ruso cosas que a esas alturas ya no entendía. -Oh, mi pequeña conejita-, dijo apartándose de mí, sin dejar de mirarme con algunas lágrimas intrusas resbalando por sus mejillas -te he extrañado tanto-. Me mordí los labios limpiándome los ojos humedecidos. -Cada día pensaba en ti Annia, yo también te he extrañado tanto-. Ambas nos volvimos abrazar, para después, luego de intercambiar unas pocas palabras fijé la mirada en Damien, quien miraba desde un punto cercano con sus poderosos brazos cruzados en su pecho, parpadee, Annia con una sonrisa melancólica en los labios se movió hasta acomodarse a mis espaldas para ayudarme a atarme la cinta de la máscara de regreso en mi cabeza, ella camino junto a mi hasta el sofá donde la había encontrado para acomodarse la suya, no debíamos exponer mucho nuestros rostros, ellos debían siempre estar en bajo perfil, y, en silencio los tres anduvimos por unos pocos minutos más, hasta que llegamos a una habitación cerrada, Damien solo tuvo que abrirla para que esta cediera, de la mano de Annia entramos a una enorme habitación tapizada de rojo y n***o, donde pude ver que una enorme cama se pavoneaba imponente en el costado derecho del cuarto, los postes de metal n***o de la cama detenía las cortinas rojas de lino que bordaban el colchón cubierto por pieles, me mordí los labios mirando las luces rojas que iluminaban todo como si estuviéramos en el infierno, moví mi cabeza a mi izquierda, en donde un enorme ventanal que abarcaba toda la pared izquierda, presumía una alberca privada, que era iluminada por sendas luces blancas, mientras que al girar mi vista al frente, la puerta del enorme baño lucía abierta, revelando el sauna y el jacuzzi que se asomaban por el pasillo dentro del cuarto de baño. Damien se desplomó sobre un pequeño sofá individual que estaba acomodado junto con otro, frente a la cama, la que en donde pude descubrir, crueles grilletes colgaban de los cuatro postes metálicos de la cama, Annia se cruzó de brazos, en un semblante triste. -Al fin el león, el zorro y el conejo, estamos reunidos-. Dijo ella en el cuarto, en donde el silencio reinaba, ya que las paredes estaban hechas para que el ruido no pudiera entrar, pero tampoco, salir. Damien se remolinó inquieto en su asiento, mientras apoyaba un codo en el descansabrazo del sofá, un nudo se me formó en la garganta, todos, nos quitamos las máscaras, pues, a pesar de las emociones que nos provocaba el estar al fin reunidos, sabíamos que no estábamos completos. -Solo falta el lobo-. Repuse haciendo que Damien torciera el gesto en irritación. Iván. Atravesó su nombre por mi mente, haciendo que mi estómago se retorciera en una desagradable sensación de náuseas, no miré las expresiones de ambos, los había dejado tétricamente silenciosos. -Es por eso que estás aquí, Stella-. Dijo Damien afirmando algo que todos sabíamos, pero que Annia tuvo que protestar. - ¿Seguirás con esto primo? – Ella lo miró, los pendientes en sus orejas tintinearon cuando giró su cabeza en la dirección de un Damien que miraba fijamente la cabecera de la cama. -Como siempre ha sido Annia-. Contestó regresándole la mirada, una mirada felina, severa y tremendamente poderosa -Para todos-. Le recordó él haciendo que ella resoplara. Luego dirigió su mirada hacia mí. - ¿No dirás nada Stella? -Me preguntó con un dejo de esperanza en su voz, pero yo no le contesté, ¿Qué podría decirle? Para eso había venido hasta acá. Ella apretó los labios, molesta. -Bien-. La escuché consternada, pero, abriendo su abrigo dejó ver su lencería, metió una mano delgada en él escote de su bralette y hurgo por unos cortos segundos, inmóvil la miré sacar un cigarrillo del interior, para después, encenderlo y darle una larga calada, el que soltó en un profundo suspiro, ella fulminó con la mirada a su primo que le regresó la mirada con ojos de bestia para después volver a dirigirse hacia mí. -Espero que esto no se vuelva a cagar como la última vez-. Masculló ella girándose sobre sus talones para marcharse, la música trono en el interior cuando abrió la puerta de madera tallada, echó un último vistazo antes de cerrar la puerta a sus espaldas. Dejándome luego de dos años, a solas con una bestia sedienta.
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