El depredador y la presa

2755 Words
Tuve que dar explicaciones, no solo a Isabella, sino también a Joyce, pero, parecía que conservaría mi trabajo a pesar del escándalo, pero, Joyce, había decidido que ayudaría a los demás meseros a levantar ordenes de los comensales, afortunadamente, no tenía que acercarme a Damien, puesto que era la mesa de Olivia, por lo que estaba a salvo de él por quien sabe cuánto tiempo, que por si fuera poco, me ignoraba completamente, actuaba como si nunca me hubiera conocido, no en cambio, Annia, su prima, quien no podía quitarme los ojos de encima, pues, además se veía bastante inquieta y afectada, pero ella se mantenía elegante ante las miradas de los demás, más no de la mía, que la conocía a la perfección, mi corazón se estrujaba al entender que ella se encontraba allí, tenía ganas de correr a abrazarla pero no lo haría, lo que fue difícil, muy complicado el poder concentrarme en mi trabajo, pero no tenía más remedio, lo único que me quedaba era que ambos se marchasen, cosa que no pasaba, pues, a pesar de ni siquiera haber comido después de volver a verme, se limitaron a beber en silencio. Me estacioné en la barra, diciéndole a Noa sobre los cocteles nuevos que tenía que servir y que claro estaba, yo no llevaría, y esperé mientras él en silencio se apresuraba con su trabajo, mientras que yo, le di la espalda a Damien y a Annia, no estaba dispuesta a mirarlos, no podía, me volvería a desmoronar. -La noche es bastante extraña ¿No crees? -Alex se acopló a mi lado mientras doblaba su trapo para después meterlo dentro de su mandil. - ¡Y vaya que lo es! – Respondí mientras me frotaba la frente con la mano. Alex me miró de arriba abajo con una mueca en los labios. -Parece que a Isabella le está por dar un infarto-. Siguió el chico mirando a la encargada que atendía a una mesa un poco lejos de la barra, mientras en el restaurante podían escucharse las voces de los comensales, pues, Latti y su grupo se estaban tomando un descanso. -Claro-. Mascullé con un toque de ironía en la voz, la cabeza me comenzaba a punzar dolorosamente. -Si bueno, hiciste un show frente al que le gusta-. Dijo, haciendo que me girara a mirarlo. - ¿Qué? ¿Acaso hablas de…? - Alex asintió con la cabeza. -Aja-, me miró a los ojos -nuestro comensal estrella, el tipo play boy que tiene cara de malote, ese-. Alex se giró dándole la espalda a los comensales, el alma se me fue a los pies, cerré los ojos soltando aire de los pulmones ¡Lo que faltaba! -Mierda-, susurré para después prestarle atención a Alex - ¿Pero él y ella…? - -Oh claro que no, Isabella se conforma con solo mirarlo de lejos, es un cliente bastante especial y, además intocable, tiene viniendo como unos cinco años, a veces lo hace con su padre-. Confesó haciendo que los infartos en mi corazón no dejaran de ocurrir, todo estaba de mal en peor. “Claro, ¿Cómo no adivinarlo?”, pensé, Le figaro era uno de los restaurantes más famosos por ser de los más elegantes y con la mejor comida italiana de la zona, pensándolo mejor, no era extraño que el destino nos juntara en cierto momento, apreté las manos en puño. Luego Olivia se acercó mientras Noa le entregaba las copas a Alex, quien las acomodó de inmediato en la charola. -Stella-, me llamó mi amiga, la miré con cara de agotamiento -el comensal de la reservación te envía esto-, parpadeé mirando que Olivia me extendía lo que parecía una gruesa pulsera de oro sobre la cuenta -dice que es por lo de las copas-. Abrí los ojos mirando el bello accesorio, que parecía una pulsera dorada que tenía grabado sobre el metal un león tras un pequeño conejo al que se quería devorar, un nudo se me formó en la garganta al momento de reconocer la pieza que yo sabía era de oro puro, los dedos me cosquillaron al volver a verlo, pero no lo tomé de un primer momento, primero lo asimilé, pero inevitablemente lo tomé entre mis manos como si fuera un animalito delicado. - ¡Que envidia, yo también quiero que me compensen así por tirar media bajilla! -Se quejó Alex antes de irse con la charola en un brazo, Olivia me miró con atención mientras que Noa lucía tremendamente incómodo. -Ah estas alturas, nadie regala algo como eso, si no quiere algo-. Noa habló mirando con ojos irritados a Damien quien tenía un codo sobre la mesa mirando con atención la expresión de mi rostro afectado. -Si bueno, yo no me opondría si tenía que pagarle el regalo-. Ronroneó Olivia. Enajenada lo acoplé a mi muñeca metiéndolo directamente a mi mano, pues era solo una pieza firme sin seguros o broche, el metal frio de inmediato cosquilleo en mi piel al mi cuerpo reconocer su tacto pesado, los ojos se me llenaron de agua, la pulsera era mía, era de lo que más me había costado deshacerme aquella noche en la que había escapado. Levanté los ojos irritados hacia él, quien bebía de su copa con elegancia, cuando mi mente tuvo una respuesta contradictoria a la que había tenido en un primer momento, pues, esté liberó adrenalina a mi cuerpo, pero no una de alarma, sino una de deseo, me ericé recordando la pulsera y a Damien, pero, asustada por mi reacción salí de la barra para ir a la soledad de la bodega, en donde esperaría hasta que llamaran por mí, o hasta que el restaurante cerrara, mientras contemplaría con nostalgia el oro en mi muñeca, así lloraría por un rato, así rememoraría mientras mi instinto empujaba con la fuerza al doble en mi mente. Por suerte, nadie me requirió, Joyce parecía haber sido quien lo había permitido, al verme luego de aquella crisis, por lo que muy a pesar de Isabella, pude esperar entre llantos hasta que Olivia apareció para avisarme que ya podía irme, que era hora de cerrar, por lo que debilitada por las emociones me puse en marcha, tocando mi pulsera me preparé con rápides, quería escapar, por lo que le pedí a Olivia que me despidiera de todos y que yo después le agradecía a Joyce. -Pero Stella, dime ¿Si está todo bien? Te ves afectada por algo-. Me preguntó agarrándome por los hombros, le sonreí a duras penas, pero tomándola de las manos la aparté un poco. -Descuida-. Fue todo lo que pude decirle, para luego, marcharme, yéndome unos veinte minutos más temprano que los demás. Salí por la puerta trasera, el frio me volvió a recordar que el invierno no estaba tardando, por lo que me cubrí bien con mi abrigo y salí del callejón con la noche sobre mí, sin embargo, yo sabía que no había terminado para mí, pues, en cuanto puse un pie fuera del oscuro callejón, sentí una poderosa mirada calarme en mi costado derecho. Naturalmente giré la mirada en la dirección, era tarde por la noche por lo que, la calle estaba desierta, casi no había ni un alma caminando en el frio de la oscuridad, por lo que fue fácil reconocer a Damien de pie en medio de la acera, con las manos metidas en su gabardina color n***o mientras fumaba un cigarrillo recargado en la pared de mi lado derecho, del restaurante, había un lujoso auto esperando con la puerta abierta frente a Damien quien no me miró cuando aparecí del callejón, un nudo se me formó en la garganta cuando del auto n***o estacionado, las piernas de Annia salieron de él para después sacar su delgado cuerpo envuelto en el voluminoso abrigo de piel, ella con el humo escapando de su boca me miró con ojos cristalinos, mis ojos no pudieron contenerse más, pues, dejé que las lágrimas salieran de mis ojos como cascadas mientras ella y yo avanzábamos para encontrarnos en un esperado abrazo que se había quedado pendiente después de casi dos años. Pero la potente voz de trueno de Damien nos hizo frenar en seco, a casi un brazo de distancia de estrecharnos entre nosotras. -Esperaba que luego de salir del callejón, salieras corriendo, como acostumbras hacer-. Intervino soltando el humo de su cigarrillo, jadeé mirando a Annia quien me miraba con tristeza, me limpié las lágrimas de las mejillas sintiendo la ira colarse por todo el largo de mis venas, acaricié la pulsera de mi muñeca izquierda para reprimir las ganas de abofetearlo en el rostro. -Damien-. Dije con un sabor ácido entre mis labios. -Sabía que estabas escondida en este país, solo que realmente no pensé que te encontraría en el restaurante favorito de papá-, dijo volviendo a darle una calada a su cigarro, Annia lo miró con los labios apretados -bastante interesante la situación diría yo, pero dime Stella-, me miró con brillantes ojos de gato - ¿Cómo te las pasado metida como una rata aterrada después de robarme “MI DINERO”? – Damien siempre había sido tremendamente hiriente, apreté los ojos con rabia. -Primo-. Lo reprendió Annia mirándolo con reproche, pero él la ignoró tirando lo que quedaba de su cigarrillo, para después aplastarlo bajo su zapato, metiendo las manos en los bolsillos de su gabardina para acercarse unos pocos centímetros a mí. Lo miré con ojos asesinos. -No tuve más remedio que hacerlo-, lo miré con los ojos irritados -tenía que alejarme de “ti”-. Escupí con veneno, haciendo que Damien pestañeara herido. - ¡Basta ustedes dos! -, Annia levantó un poco la voz -No volveré a ser su réferi-, nos miró -no aquí-. Pero Damien tragó saliva con dificultad. -Annia espérame en el auto-. Le ordenó, ella lo miró con ira. - ¡Damien no! -. -Has lo que te digo-, la miró -tengo que hablar con Stella-. Le dijo, ella me miró con ojos melancólicos, para después mirar al imponente chico de 1.90 de estatura, para finalmente, volver a reparar en mí, pero yo, asentí con la cabeza, lo que hizo que ella se fuera mirándonos con miedo. Se hizo el silencio entre nosotros cuando Annia entró en el auto, donde el chófer esperaba en silencio. -Me temo que ya hemos hablado lo suficiente que ya no hay nada que decir-. Espeté, pero él negó con la cabeza. -No Stella, tú y yo aún tenemos mucho pendiente-. Musitó, pero yo negué con la cabeza. - ¡Claro que si Damien! -, lo miré muy por encima de mi - ¡Ya he tenido suficiente! – Lo encaré por unos cortos segundos para después, girarme sobre mi propio eje, me iría, no estaba lista para tener que hablar lo que a ambos nos dolía, pero él me tomó la muñeca izquierda con firmeza, haciendo que el mecanismo de mi pulsera accionara, pues, estaba diseñada para apretarse como si fuera una esposa, respingué cuando el dolor me caló la piel, haciendo que reaccionara en ardor, pues, conocía para lo que la pulsera había sido hecha, y mi cuerpo de por si liberándose de su castigo tomó posesión de mi mente, levanté los ojos hacia él con hambre. - ¡No irás a ningún lado Stella! -. Gritó apretando su mano, pero yo accioné. - ¡Basta Damien! – Le contesté de la misma forma, apartándome su mano de mi muñeca de un violento movimiento. - ¡Es suficiente! -Nos gritó Annia luego de salir del auto de un brinco, ambos, tanto Damien como yo, la miramos con los ojos bien abiertos -los están viendo-. Dijo, rodé la mirada hacia las ventanas del restaurante, donde me di cuenta que tanto él como yo habíamos terminado casi en la puerta de entrada del “Le figaro”, y que Noa y Alex estaban fuera con rostros sorprendidos mientras algunos meseros, Olivia e Isabella miraban desde la ventana con pánico en los ojos. - ¿Esta todo bien aquí? -Preguntó Noa con las mangas de los brazos enredadas y todas las intenciones de quitarme a Damien de encima. ¡Mierda! Mascullé débilmente, eso era lo que me faltaba. -Descuiden, no pasa nada-. Dije sonriéndoles, ellos abrieron más los labios. - ¿Estás segura? -Alex me preguntó mirando a Damien con ojos amenazantes, Damien me soltó dibujando una sonrisa burlona en los labios. -No se preocupen-. Tomé a Damien de la muñeca y lo arrastré del otro lado de la calle, Annia les sonrió a mis amigos mientras estos se cruzaban de brazos sin meterse dentro del local, parecía ser que esperarían hasta que termináramos. -Escucha Damien, no quiero problemas en mi trabajo, me costó tanto tenerlo que…-La nariz me cosquilleo, volvería a llorar, él apretó los labios mirándome con tristeza mientras se restregaba el rostro con las manos. -Stella-, dijo mi nombre con dulzura -yo tampoco quiero esto, pero…- se relamió los labios -esto puede demasiado conmigo-. Tomó mi mano que temblaba, me sorbí los mocos al mismo momento en que él metía mi mano en el bolsillo de su gabardina, mis dedos de inmediato tocaron lo que pareció una tarjeta, apreté los ojos negando con la cabeza en medio del llanto. -No, Damien por favor-, el dolor se apoderó de mí -no otra vez-. Mi voz se quebró, al mismo tiempo en que saqué la tarjeta del bolsillo. -Stella, lo necesito, además es una invitación-. Dijo con un toque de debilidad en la voz, levanté la tarjeta mirando una simple dirección sobre el fino papel. -Deja de hacer esto, no voy a hacerlo-. Bajé la mirada, él se mordió el labio ensombreciendo sus ojos. - Te conozco, sé que lo necesitas-, metió las manos de regreso a sus bolsillos -te esperaré-. Finalizó comenzando a regresar al auto, donde Annia esperaba mirándonos junto a los demás. Tragué el nudo que se me había formado en la garganta, mientras esperaba a que entrara en el coche, para luego verlos marchar en mitad de la noche, soporté lo mejor que pude, para luego simplemente marcharme de allí, con las miradas de todos clavadas en mí. Pero no fue hasta que me perdí en la noche, en medio del frio fue que lloré como una niña, pues, Damien tenía razón, necesitaba desesperadamente un poco de mi adicción, un poco de la obsesión que nos había envuelto a Damien y a mí por muchos años, apreté la tarjeta haciéndola bola con mi puño, pero inevitablemente me detuve a mirarla de nuevo, y fue cuando unas ganas incontenibles de reír se apoderaron de mí, que no me detuve a no hacerlas, allí entre las calles desiertas me reí al darme cuenta que no había escapado ni una mierda, que nunca había dejado el pasado atrás y que había sido una estúpida por creer que así había sido, por lo que envuelta en un arrebato de locura, pedí un uber de inmediato, el que no tardo en pasar por mí y en silencio deje que me llevara a la dirección marcada en la tarjeta, donde sabía, estaría él. Luego de un largo camino en silencio, pronto llegué a mi destino, el chófer del uber me miró por el espejo retrovisor cuando aparcó junto a unas enormes rejas de entrada metálicas, en medio de un camino desierto, donde un hombre alto, vestido de unos pantalones de vestir negros y una camisa blanca apretada en el cuerpo esperaba fuera de estas rejas, de pie en el frio nocturno, con un arnés apretándole el pecho y una máscara de león puesta. - ¿Es aquí señorita? – Me preguntó con desconfianza en la voz, pero yo no le respondí, simplemente me limité a entregarle el dinero exacto y bajé del auto, el conductor no esperó a que pasara algo, simplemente se fue acelerando, y el misterioso hombre me miró tras la máscara por unos momentos, entreabrí los labios sintiendo el ardor despertando en mi cuerpo. - ¿Cómo sabías que vendría? – Le pregunté cuando me ofreció su mano cubierta de un apretado guante de látex. -Porque sé que te mueres por volver-. Masculló el hombre apartándose la máscara del rostro, el que me miró con hermosos ojos verde claro. Mis ojos brillaron sin emociones. -Entonces, muéstrame que tienes para enseñarme aquí-. Dije al mismo instante en que entrábamos por las rejas, rumbo una enorme casa estilo gótico. -Te sorprenderás querida, llevo esperándote por dos largos años-. Dijo, y yo no pude evitar sonreí.
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