Después del acontecimiento en el callejón, la situación entre nosotros era de lo más desoladora. A pesar de nuestro encuentro apasionado, Noa actuaba como si entre nosotros no hubiera pasado absolutamente nada. Me hablaba de lo más normal cuando trabajábamos y regresó a sus mismas andadas de conquista. En cuanto a mí, no dejaba de pensar en sus labios suaves contra los míos, en sus manos sobre mi espalda y, sobre todo, en la emoción que me había causado haber probado su carne tibia. Pero al mismo tiempo, odiaba que actuara como si no hubiese pasado nada.
Su indiferencia me hería. Jamás alguien me había ignorado de esa manera, ni siquiera Damien u otro chico en mi vida. Noa era difícil, tremendamente idiota, lo que provocaba que mis sentimientos se agitaran constantemente en mi pecho. Tenía ganas de hablar con él, pero era evidente que no estaba interesado. Para Noa, solo había sido un beso extraño en un callejón después de haberse calentado la noche anterior. Las ganas de tirarme de los cabellos acosaban mis pensamientos cada vez que analizaba la situación, porque, al fin y al cabo, yo era la única que se hacía un lío en la mente.
Estaba más que claro, Noa era frustrantemente inalcanzable, y yo estaba aferrada a alguien que no quería que lo alcanzara.
– ¿¡Solo se besaron!? – Exclamó Alex cuando les conté a él y a Olivia sobre lo que había pasado en el callejón – Qué extraño, Noa no es de los que se quedan en primera base – Dijo esa noche encogiéndose de hombros, junto con una Olivia pensativa.
Lo cual solo incrementó mis dudas sobre Noa, quien era un misterio, y yo odiaba los misterios. Por ello, decidí dejar ese tema en paz. Noa me había demostrado que no debía alimentar ilusiones estúpidas y yo debía entenderlo de una buena vez, así que fingí que no me importaba.
Una semana después, específicamente un viernes, el restaurante estaba a reventar de comensales, como cada fin de semana. Latti y su grupo cantaban como era habitual, y no había más que trabajo y el insoportable temperamento de Isabella, que no dejaba de darme órdenes y criticar lo que hacía. Este comportamiento comenzó después de bailar con Noa hacía una semana.
A pesar de fastidiarme, era mi jefa y no tenía la mínima intención de perder mi empleo. Ya hablaría después con Joyce, quien lucía radiante esa noche con su lindo vestido gris oscuro, resaltando con su lisa melena rubia. Mientras atendía a los comensales entre risas y cortesía.
Luego, mientras lavaba mi trapo junto al lavavajillas, que tenía trabajo de sobra, Isabella apareció en la cocina gritando mi nombre. Puse los ojos en blanco y el su-chef le indicó dónde estaba.
Solté un resoplido cuando ella se acercó a mí como una locomotora.
–Stella–, me llamó. Yo me giré para mirarla. Isabella me miró de arriba abajo, observando mi pantalón mojado y mi cabello desalineado. –Te necesito atendiendo a los comensales–, me dijo, sacándome del área de lozas. –Alístate porque tomarás órdenes y ayudarás a los meseros a organizar las mesas–, dijo mientras ella me ayudaba a acomodar los mechones sueltos de mi cabello y se quitaba el delantal para dármelo. Parpadeé incrédula. –Necesito que no arruines la noche, Stella. Estamos llenos y, además, tendremos un comensal muy importante dentro de una hora. Ve con Olivia y ayúdala a decorar su mesa –. Me ordenó, empujándome levemente hacía el área de comensales.
Resoplé sin decir nada. Me limitaría a obedecerla; además, los nervios me picaban. Al fin me serviría, después de un par de meses pidiendo una oportunidad. Al fin me la daban. Lo único malo era que era justo en una noche tan atareada como esa. Pero arreglando mi blusa y el mandil de Isabella en mi cintura, sequé mi rostro brilloso para salir.
Efectivamente, la noche era ajetreada, incluso más de lo acostumbrado. Isabella no se daba abasto con los comensales y no quería que las ordenes se atrasaran. Por lo tanto, entendí el motivo por el que me había solicitado. Unas manos extra no eran mala idea.
Así que, poniendo mi mejor cara, llegué hasta Olivia, que preparaba una mesa reservada. Una mesa que estaba perfectamente ubicada entre la entrada y el frente de barra y, por supuesto, junto a Latti, quien cantaba bellamente entre la música bien ajustada y nada estridente.
Pestañeé al percatarme del trato en particular de esa reservación. Esa mesa era la única que portaba un bello arreglo de enormes lotos sagrados blancos. Tuve un poderoso latido. No era la primera vez que veía esas flores. Hacía casi dos años las vi por todos lados en Italia. No eran flores originarias de ese lado del mundo, sino exactamente de Rusia. Lo sabía. Por lo tanto, con manos temblorosas, acomodé el hermoso jarrón de cristal con las flores en el centro de la mesa, mientras Olivia refunfuñaba algo al ubicar un par de elegantes velas blancas.
Me pasé la lengua por los labios y me dispuse a acomodar los platos y las copas (que estaban perfectamente limpios), lo más normal que pude. En cierto punto, después de terminar de alisar el mantel, giré los ojos hacia la barra, donde vi a Noa trabajando junto con el novato.
Él no se percató de que lo estaba mirando entre la conversación con Olivia y su labor. Mi piel vibró al recordar lo atractivo que se veía cuando la luz de las calles iluminaba un lado de su rostro. Recordé el sabor de sus labios y su respiración agitada. Tragué saliva con dificultad.
¿Cómo hacer para que ya no me importara? ¿Cómo olvidarlo?
Olivia me dio un leve empujón en el hombro, sacándome de mi concentración. Parpadeé y la miré con el ceño fruncido.
–Ve a la barra y dile a Noa que envíe una copa de clericot a la mesa del fondo –. Me dijo cruzando los brazos.
Me enderecé.
– ¿Yo? ¿Pero…? –espeté.
–Vale, ayúdame, Stella. El comensal de esta mesa no tarda en llegar y aún tengo mucho por hacer–. Olivia hizo un puchero y solté aire por la nariz.
–Está bien, lo haré–. Solté un bufido y en silencio me dirigí hasta la barra, que estaba atiborrada.
Noa levantó la mirada cuando me vio llegar y después me sonrió con los labios cerrados. Mi corazón latió con fuerza. ¡Maldito idiota! Con solo una simple sonrisa podía desarmarme. Mis piernas cosquilleaban cuando me acerqué a la barra, con toda su atención puesta en mí.
– ¿Sí? –Dijo él mientras servía un Martini en las rocas. Tomé todo el aire que pude a mis pulmones.
–Dame una copa de clerico, es para una mesa de Olivia–. Apoyé las manos sobre la superficie limpia de la barra, y Noa estacionó sus ojos amarillos de nuevo en mis labios por unos cortos segundos.
–Claro, espérame–. Musitó mientras Alex se acercaba a nosotros con rostro de auxilio.
– Ya no lo soporto y parece que hoy salimos tarde – se quejó él.
– Tienes cara de que necesitas una bebida – le dijo Noa, mientras sacaba una copa y la colocaba frente a mí.
– Mierda, sí, la necesito, es como mi gasolina – reí ante su reacción, mientras Isabella aparecía cerca de nosotros. Sentí sus bonitos ojos clavados en mi espalda, aunque lucía nerviosa.
– ¿Qué le sucede? – pregunté mientras la observaba atender a unos comensales un par de mesas más allá.
Noa apretó los labios y ella me devolvió la mirada.
– Parece ser que es por el comensal importante – intervino Alex. Miré detenidamente a mi compañero mientras Noa vertía un líquido dorado en la copa. Lo vi titubear al escuchar a Noa hablar.
– ¿De qué comensal hablas? – pregunté.
– ¡Ah! Justo está entrando – dijo Alex excitado. Observé la reacción de Isabella, quien pareció enderezarse y ponerse rígida como una regla. Fruncí los labios y me preparé para ver al comensal que tanto nerviosismo causaba en la encargada, pero Noa llamó mi atención justo antes de que el comensal pasara a mis espaldas.
–Aquí está la bebida, llévala a su mesa –. Dijo, con los labios apretados de irritación.
Entreabrí los labios, soltando el aire de mis pulmones. ¿Qué demonios había generado ese cambio en él?
—Claro, capitán —respondí, tomando la copa para avanzar hasta la mesa del fondo. Sin embargo, estaba tan ocupada atendiendo otras mesas que no me di cuenta de cuándo el comensal importante se instaló en la mesa que había preparado junto a Olivia hacía un tiempo. Regresé a la barra, ya que parecía que acumulaba varios pedidos de cócteles que debía ordenar a Noa. En ese momento, Isabella se acercó con cautela.
—Por favor, saca una nueva caja de platos de la bodega. Los lavaplatos no están sacando los platos rápido. Llévaselos a cocina y regresa —me ordenó.
Me afané en cumplir su pedido, y tras unos veinte minutos, finalmente llegué a la cocina cargando una caja pesada. Alguien me ayudó, pero lo único que escuché fueron las quejas de los cocineros y del sous-chef mientras peleaban con Olivia y otra mesera por el orden de unos platos.
— ¿Y ahora qué? — Sequé el sudor de mi frente mientras me sacudía el polvo.
— Siempre que llega un comensal importante, se arma este lío — me contestó una mesera que esperaba un plato, con las manos en las caderas, observando la escena. — Es demasiado exigente con la comida.
— ¿Y quién es ese comensal tan importante? — inquirí.
— Parece que es el hijo de uno de los mejores amigos y socios del chef, quien, claro, sabes que es el dueño del “Le Figaro” — dijo ella.
— Oh, ya veo, Jenny — musité, parpadeando, mientras Olivia lanzaba maldiciones; parecía que su comensal “especial” la tenía de los nervios.
Soltando aire, me di la vuelta para regresar a la barra, tal como me lo había indicado Isabella, y, algo ajetreada, llegué hasta allí. Noa me señaló un grupo de copas listas para servir. Exhalé profundamente mientras entraba en la barra, pues aún tenía que acomodar varias copas limpias para que Noa tuviera suficiente.
—Te ves hermosa así —me susurró, mientras le entregaba una pequeña cajita con copas nuevas y lavadas, dejándome completamente helada. Pestañeé y luego entrecerré los ojos, lo que a él le causó extrañeza.
—Debo entregar estas copas, con su permiso —le respondí, tomando una charola para colocar todos los cócteles sobre ella. Noa borró cualquier atisbo de emoción y se detuvo a mirarme con recelo. Celebre mi victoria ante él y me dispuse a acomodar las delicadas copas.
Pero, inesperadamente, escuché una ligera risa que se alzaba por encima del canto melodioso de Latti, lo que me hizo fruncir el ceño. Esa risa me transportó a pasajes de mi vida de los que no quería ni acordarme. Extrañamente, mi cerebro cosquilleó y el agarre de las copas en la charola que sostenía con una mano titubeó. Me aclaré la garganta justo al levantar la mirada hacia el frente, hacia los comensales.
Entonces, sobre la mesa reservada frente a mí, pude ver una mata de pelo rubio, perfectamente peinada hacia atrás. Me congelé a mitad de mi trabajo, observando fijamente a un atractivo chico de piel pálida, labios melocotón y bellísimos ojos verde claro, que hablaba animosamente con una chica de cabello rubio, recogido en un elegante chongo suelto. Ella, mientras se envolvía el torso con un costoso abrigo de piel n***o, me daba la espalda.
Mis ojos y mi cerebro entraron en una desconexión que me sacó de la realidad. Mi corazón explotó dentro de mi cuerpo al mirar fijamente a aquel de mirada gélida. Sin parpadear, mis ojos se deslizaron hasta su oreja derecha, donde una argolla igual a la mía tintineaba bajo la luz romántica del restaurante. Él levantó un poderoso brazo, confirmándome que en realidad era él, pues los tatuajes de sus manos resaltaban sobre su piel blanca como la leche.
—Damien —susurré su nombre en un hilo de voz.
Fue como si todo a mi alrededor se desmoronara y todo lo que había logrado se perdiera en ese momento; moriría.
Estaba al borde de un infarto. Mi cuerpo, congelado, comenzó a temblar por completo. La charola que llevaba en la palma izquierda resbaló, derribando las copas que había acomodado previamente. El estruendo despertó mi cuerpo y, en ese instante, el razonamiento superó al shock. El sonido estridente de las copas romperse haría que él mirara hacia mí, así que, cuando las primeras copas impactaron contra el suelo, la adrenalina inyectada en mi torrente sanguíneo me impulsó a agacharme tras la barra para escapar de aquellos ojos que estaba segura me observarían.
Noa se inclinó hacia mí con pánico en la mirada, mientras yo comenzaba a entrar en un ataque de ansiedad. ¡No, no, no, no, no! Me quedé mirando al suelo, con el cuerpo rígido y la respiración y el corazón desbocados. Noa se puso de cuclillas y apoyó su mano contra mi brazo.
—¿Estás bien? ¿Te lastimaste? —me preguntó, observando los vidrios rotos a mi alrededor. Yo, sin embargo, estaba tan consternada que no podía responderle. De pronto, el espacio comenzó a asfixiarme y sentí mis piernas cosquillear, como si quisieran salir corriendo. Fue en ese momento que empujé mi cuerpo a moverse. Miré a Noa con el pánico bien grabado en mis ojos.
—Y-yo lo siento, no, yo... —dije, sintiendo el nudo en mi garganta que amenazaba con romperme en llanto. De un brinco, me puse de pie, con Isabella acercándose, confusión en su rostro.
— ¿Qué mierda pasó? — pregunto ella mirando el destrozo en el suelo tras la barra — ¿Stella? — Me contempló como si fuera un bicho raro. No quería girarme. Si lo hacía, sabría que no solo él me estaba mirando, sino algunos comensales que se habían percatado del incidente. Sin embargo, un nuevo ruido estridente desvió la atención de mí.
El sonido de un plato romperse me causó un estremecimiento, pero me aventuré a dirigir mis ojos hacia el origen del ruido, causando que tuviera un infarto. Damien había tirado un plato mientras me observaba fijamente con serenidad, junto a Annia, quien tenía sus bellos ojos color caoba bien abiertos en una expresión de sorpresa bien marcada en ellos. Luego reparó en su primo y finalmente en mí.
— Perdona, Isabella, tengo que irme — escapé de sus ojos verdes lo más rápido que pude, mientras sentía las piernas como gelatina. Estaba perdida, descubierta y ya no podía hacer nada. No había escapatoria. Por ello, con prisa, entré a la cocina, que era lo más cerca que tenía para intentar reponerme de mi cuerpo evidentemente afectado. Tuve que sostenerme de la mesa metálica donde colocaban los platos listos para servir, o de lo contrario, mis piernas me habrían arrojado al suelo.
— ¡No, no, no! ¡Stella, si vas a vomitar, no lo hagas en mi cocina, vete afuera! — Me gritó el chef apuntándome con su pala. Parpadeé consciente de que me miraban, pero en ese punto en realidad no me importaba que lo hicieran. Mi mente estaba en una vorágine entre recuerdos, y lo que acababa de pasarme.
Me llevé la mano al rostro mientras me dirigía a la puerta trasera, antes de que Isabella o cualquier otro me detuviera para pedirme explicaciones. Primero tenía que controlarme, o de lo contrario, me desmayaría. A duras penas logré salir al aire frío que golpeó mi cara como un puño, y allí me desmoroné.
Vi en mi mente los recuerdos, todo lo que había vivido, lo que me había orillado a escapar. Ahora, se encontraba sentado en la mesa del restaurante donde trabajaba. Quise gritar de frustración. ¡JODER! El destino era cruel, tremendamente atroz. ¿Por qué?
Mis ojos se llenaron de lágrimas, las cuales tuve que contener cuando Olivia e Isabella aparecieron en el callejón y me llamaron como locas.
— ¡Stella! —Gritó Isabella, roja de ira. Me limpié las lágrimas con un movimiento rápido. — ¿Qué pasó? — Exigió la encargada, mientras Olivia me miraba con preocupación.
— Perdóname, es solo que no me sentí bien. Pagaré las copas — respondí, haciendo un esfuerzo inhumano para no desmayarme.
— Bueno, querida, por supuesto que las pagarás —dijo, con una mano en la cintura.
—Yo volveré a trabajar—musité con todas las ganas de no regresar, de activar mis pies y correr por el callejón, lejos de allí.
Ni siquiera quería regresar a mi departamento; quería volver a abandonarlo todo y perderme en un lugar nuevo. Pero estaba consciente de que no podía hacer algo así otra vez.
Ya no contaba con el dinero de un principio y estaba atada por tiempo indefinido a Nueva York.
Apreté los dientes, controlando mis temblores y las náuseas en mi vientre. Regresaría a trabajar, pero no estaba lista para volver a ver a los ojos al diablo.