Durante toda la jornada de trabajo, intenté evitar a Noa; no quería enfrentarme a su rostro después de haberle rozado los pantalones, que escondían intenciones claramente marcadas. Mucho menos quería recordar el bochorno que había sentido al cortar todo por mi bien, y, sobre todo, por el de él. Sin embargo, tras mentalizarme, me di cuenta de que él actuaba como si no hubiéramos sentido cada parte de nuestros cuerpos. Así que decidí concentrarme, como siempre, en mi trabajo.
A pesar de mis esfuerzos, Alex y Olivia intentaban sacarme la mayor información posible sobre lo que había sucedido con Noa después de que me llevara a mi departamento. Me había cansado de repetirles que no había pasado nada, lo cual parecían dudar. Según ellos, era casi imposible que no hubiera ocurrido algo entre nosotros. Sin embargo, para mi decepción, no les mentía para evitar el bochorno; en realidad, no habíamos hecho nada. Además, Noa tampoco había dado señales de que realmente quisiera que pasara algo.
Prometí contarles, en detalle, sobre el rechazo de Noa cuando salimos de trabajar, lo que resultaba en un mejor humor para los demás. En comparación, Isabella parecía estar extrañamente molesta conmigo; parecía que buscaba excusas para decirme que no estaba haciendo bien mi trabajo o me encontraba algún error, por mínimo que fuera, para incomodarse conmigo.
Incluso una de las meseras le había sugerido que intentara relajarse, pues, al igual que a mí, a ella también la reprendía. En cierto momento, Joyce la había enviado a descansar tras una discusión con Noa en el área de vinos. El rumor sobre su pelea se había esparcido como pólvora entre los empleados y, por supuesto, no pasó desapercibido para la gerente. Afortunadamente, el restaurante tenía un ritmo moderado, por lo que la tensión que dejó la disputa no afectó demasiado el ambiente entre los demás empleados.
Al final, cuando el restaurante cerró y yo me disponía a regresar a mi apartamento, Isabella me llamó.
—Stella —me dijo, mirándome fijamente a los ojos. Me estremecí y fruncí el ceño —Mañana no ayudarás con los comensales, estarás en la cocina —ordenó, con las manos en las caderas. Entorné la mirada, observándola detenidamente. Tenía los ojos irritados y un poco hinchados, parecía que había llorado. Parpadeé rápidamente.
—¿Puedo ayudarte en algo? ¿Es porque te peleaste con Noa? —le pregunté, tomándola por sorpresa. Ella apretó los labios sin apartar sus ojos de los míos.
—Descuida, “no es asunto tuyo, Stella” —musitó, caminando para luego pasar de largo, sin decirme nada más.
Los surcos de mi frente se hicieron más profundos. ¿Qué demonios estaba pasando? Me encogí de hombros. Quizás era eso que Noa había mencionado sobre su relación con el chico con el que estaba saliendo. Solté un suspiro por la nariz. Ya se le pasaría, pensé, pero me equivoqué. Isabella estaba completamente insoportable como el otro día, y parecía que había hecho las cosas a propósito cuando cambió mi rutina. El trabajo se duplicó y trabajé casi sin descanso hasta la tarde, donde tomé un breve respiro que fue interrumpido por Isabella.
– Estamos llenos otra vez, Stella. No quiero verte descansando –dijo, y me levanté de un salto. – Sabes que hay otro barista ayudando a Noa, ¿cierto? – Apreté los labios mientras la miraba con odio en silencio. "Lo sabría si tan solo me hubieras dejado hoy seguir mi rutina con los clientes", pensé. –Es un desastre, pero trabaja bien -masculló Isabella – Ve y saca hielo para ellos –. Me ordenó con las manos en la cintura.
Solté un suspiro asintiendo con la cabeza y luego me puse en marcha.
Y, efectivamente, el restaurante estaba lleno y tanto Noa como el nuevo estaban atareados. Con la bolsa de hielos en la espalda, entré para dejarlas en la hielera. El chico nuevo ni siquiera me miró cuando le facilité el hielo. Me limpié el sudor de la frente, lista para irme, pero Noa se dirigió a mí.
– Stella, ten–. Noa me entregó una de las bolsas negras de basura que estaban repletas de platos rotos. Fruncí el ceño mientras tomaba la bolsa pesada.
– ¿Qué pasó? –
– Una de las meseras tiró unos platos–. Dijo, empujándome fuera de la barra junto con él, que traía otra bolsa.
Hice una mueca consciente de que eso podría costarle parte del salario, si no es que todo.
–Vamos, tiremos esto – Noa caminó discretamente a mi lado, para que los comensales no se fijaran en las bolsas. Seguí al chico con aire cansado.
–Me sorprende que Joyce no la haya despedido – comentó un cocinero cuando Noa y yo entramos en la cocina y nos dirigimos hacia el callejón.
Él bromeaba, pero yo no le presté atención. Solo quería deshacerme de esas bolsas para terminar mi trabajo.
Salimos y la noche nos recibió con frío. Faltaba poco para que llegara el invierno. Resoplando, arrojé la bolsa de basura junto con Noa y me di la vuelta para regresar, cuando la fuerte mano de Noa me detuvo con un rápido movimiento. Al girarme hacia él, tomó mis mejillas con ambas manos y presionó sus labios contra los míos con ansia. Al principio, el shock me impidió procesar lo que estaba sucediendo, pero luego reaccioné como un interruptor, cerré los ojos y lo abracé, acercando su cuerpo cálido al mío.
Abrimos nuestros labios y enredamos nuestras lenguas en un beso apasionado, nuestras respiraciones resonaban en el oscuro callejón vacío. Nos movimos por el espacio hasta que me acorraló contra la pared junto a la puerta trasera del restaurante. Gemí cuando presionó su cadera contra la mía, mientras mis manos exploraban su espalda y sus piernas.
Nos separamos para tomar aire unos segundos, nos miramos, pero luego regresamos a devorarnos los labios en un frenesí que despertó de nuevo aquel instinto mío que esta vez no pude frenar en absoluto, pues ya era demasiado tarde para pararlo. Mi mente estaba nublada por el deseo de estar devorando la lengua hiperactiva de Noa, enredándose con la mía.
– Moría por besarte – susurró entre mis labios, luego de pasarme el brazo por la espalda para fundirme a su cuerpo caliente. Jadeé en respuesta, con los ojos y la mente nublados por mi instinto. Estaba hambrienta de él, lo había estado deseando desde hacía meses y ahora era completamente mío, solo para mi disfrute.
Tomando su lengua con la mía, la traje más a mi boca donde, con un hambriento movimiento, me hice presa de ella. Luego la mordí, haciendo que Noa abriera los ojos ante el dolor que le causó mi repentina acción. Le abrí la piel y una diminuta gota de sangre salió de la punta de su lengua. No fue hasta que probé el sabor metálico de su sangre que abrí los ojos y me aparté de él, respirando apresuradamente, mientras Noa me miraba con los ojos bien abiertos.
¡Maldición! Me había dejado llevar y, de inmediato, el rubor tiñó mis mejillas. ¡La había vuelto a cagar! Observé cómo Noa se relamía los labios, confirmando que realmente lo había lastimado. ¡Estúpida! Me reprendí.
– Es momento de irme– dije, y apartandome de él, entre rápidamente en la bulliciosa cocina, donde nadie reparó en mí.
A partir de ese momento, y a medida que pasaba la semana, decidí no volver a acercarme a Noa. No estaba lista para enfrentarlo después de lo sucedido en el callejón.