Erróneamente, creí que Isabella me podría a atender a los comensales esa primera noche, pero estaba completamente equivocada. A donde me envió fue a acomodar cajas, traer copas para que no faltaran y limpiar. Este trabajo resultó extenuante y algo humillante, pues era la mandadera de los cocineros y de los meseros, quienes solo me llamaban para aliviar su carga, solicitando que les acercara o buscara lo que necesitaran. Incluso Alex, el chico que parecía haberse acercado para hablarme, no fue más que un desgraciado que me hacía trabajar más. Sin embargo, lo hice sin protestar; no deseaba perder mi empleo por falta de desempeño. Así que me esforcé, pero cuando dieron las siete de la tarde, estaba completamente cansada y totalmente abrumada. No estaba acostumbrada a ese ritmo de trabajo, pero a pesar del agotamiento, mantenía mi paso. Afortunadamente, había aprendido a lidiar con la presión, la tensión y el ritmo apresurado, por lo que, ante los ojos siempre vigilantes de Isabella y la gerente, no podían tener ninguna queja de mi trabajo.
Cuando Alex se acercó una vez más a mí, estaba lista para el siguiente reto.
—Preciosa, mueve ese lindo trasero y lleva hielo a la barra —me dijo. Lo miré con ojos acusatorios, y él levantó una mano en señal de rendición—. Noa me pidió que te dijera —dijo mientras me pasaba de largo como si estuviera en una maratón.
—De inmediato —contesté, poniéndome en marcha. Con una velocidad sorprendente, cargué una bolsa de hielo hasta la barra, que estaba medio vacía de comensales. Sin embargo, toda la seguridad que había logrado acumular en esas pocas horas se desvaneció cuando los ojos de Noa se encontraron con los míos. Sentí cómo el cansancio convertía mis piernas en gelatina, por lo que me sostuve de la barra cuando llegué.
—Tranquila, nueva, no querrás que te desechen como a la última —interrumpió una voz femenina, que logró sostener la bolsa de hielo de mis brazos para evitar que cayera sobre la bonita alfombra. Medio jadeante, comprobé que se trataba de aquella chica que me había ignorado. Me incorporé disimulando mientras ella me quitaba la bolsa de las manos con un gesto de diva en el rostro—. Por favor, no digas que estás cansada, no has hecho nada.
—Olivia, ya déjala en paz —interrumpió Noa mientras tomaba la bolsa de hielos de los brazos de la chica, que le regresó la mirada con aires de celebridad.
—¡Ahggg! —respondió ella.
—¿Hablas de la rubia de linda sonrisa? Y no, no estoy cansada —confirmé, mirándola con fastidio, pero ella me examinó de arriba abajo.
—Sí, me parece que su nombre es París —musitó Olivia con ironía, dirigiendo su atención hacia mí y luego hacia Noa—. ¿Si era ese su nombre, no es así, Noa? —El chico puso los ojos en blanco.
—¡Eres tan molesta! —exclamó él, comenzando a preparar una bebida. Una sensación incómoda me hizo titubear mientras miraba a Noa, con los labios apretados y el ceño fruncido.
—¡Uy, pero qué grosero! Solo pregunto porque eres quien se aprende los nombres de las nuevas de inmediato —dijo con complicidad, mientras el chico soltaba aire por la boca.
—¿Qué pasó con ella? —pregunté, interrumpiéndolos más por mi propia salud mental que por otra cosa. Olivia sonrió, mirándome con los ojos muy abiertos.
—¡Ah, eres de esas chicas que aman un buen chisme! —se carcajeó.
—¿No tienes mesas que atender, Olivia? —le preguntó Noa, acercándose a nosotras por sobre la barra, mientras mi corazón latía con fuerza.
—Las estoy cubriendo yo por el momento —respondió Alex mientras limpiaba una copa de vino con una servilleta perfectamente blanca.
—Lo suponía —replicó Noa, volviendo a su trabajo. Antes de ello, me lanzó una mirada rápida que dejó mi vista atrapada en él mirándolo como una idiota.
—¡Ey, cierra la boca! —exclamó Alex, agitando su mano frente a mis ojos y rompiendo mi embobamiento.
—¿Qué? —parpadeé, saliendo abruptamente de mi letargo.
—No te preocupes, querida Stella, sabemos que Noa causa ese efecto en las nuevas —se burló Olivia, mirando entre risas a Alex. Fruncí el ceño mientras observaba de reojo a Noa, quien estaba en la orilla opuesta a nosotros, atareado en servir bebidas.
—No sé de qué están hablando —respondí, tragando saliva con dificultad. La risa de ambos meseros estalló en carcajadas, que cubrieron con las manos para no evidenciarse ante los comensales. Una punzada de enojo contaminó mi corazón. ¿Qué demonios les importaba?
—¡Qué tierna! —continuó burlándose de mí Alex, haciendo un puchero, mientras Olivia se cruzaba de brazos, evidentemente cansada de mi endiosamiento.
—Escucha, chica, es mejor que no te involucres con él. Noa es un muchacho complicado—. Masculló Olivia, acercándose discretamente a mí. Mi pecho se sacudió como si tuviera un ave aleteando impaciente dentro.
—¿Por qué? — Un estremecimiento me subió por la espalda.
—Los chismes después del trabajo—. Apareció la voz de Isabella detrás de mí, tomándome completamente por sorpresa. Tanto Alex como Olivia se miraron entre sonrisas cómplices.
—Ya nos íbamos, jefa—. Musitó Alex, sacudiendo su trapo blanco en el aire para marcharse junto a Olivia, quien me miraba de reojo. Yo cerré los ojos y solté aire por la boca, para luego girarme hacia Isabella.
—Solo vine a dejar hielo, ya me iba también—. Dije, alisándome el mandil con elegancia. Isabella me miraba con los brazos cruzados en el pecho; su mirada era fija pero severa.
—Te quiero en cinco segundos fuera de mi barra, entonces, Stella—. Amenazó. De inmediato, me puse en marcha y salí disparada para continuar con mi trabajo tras bambalinas. Antes de atravesar las puertas que separaban el salón de la cocina, eché una última mirada. Tuve una visión en la que Noa se acercaba a Isabella con una sonrisa diferente en los labios.
Temblorosa, ingresé pensativa; ahora sabía que yo era el reemplazo de esa chica mil estrellas. Sin embargo, lo que desconocía era la advertencia de Olivia. Mi mente maquinó; tampoco era tan difícil sacar conclusiones. Las razones podrían ser las más básicas y yo albergaba una fantasía en mi interior, una que mantenía recluida en mis adentros.
—¡Garrotera! —me gritó el chef en cuanto entre a la cocina. Lo miré, y él me indicó que fuera a lavar. Me señaló los platos acumulados en la loza, donde un par de lavalozas no daban abasto con el trabajo. Volví a suspirar; aún faltaban unas horas para que el turno terminara.
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Las manos me ardían. Había estado lavando platos y copas hasta que cerraron el restaurante, así que las escondí en mi chaqueta cuando regresé de cambiarme. Estaba agotada; no había descansado ni un momento, ni siquiera durante mi descanso de 20 minutos, porque siempre había algo que hacer. Pero, al fin, había llegado el final de la jornada laboral y estaba lista para regresar a casa.
—Bien hecho, de verdad trabajas bien bajo presión —dijo Joyce al salir por el pasillo rumbo a la salida. Me detuve, mirándola, con los mechones de cabello sueltos sobre la cara y sonreí.
—Gracias por el trabajo —respondí mientras ella pasaba de largo. Luego, me miró de nuevo.
—Mañana te quiero a tiempo, querida —dijo, provocando que la emoción casi me hiciera gritar. El trabajo era mío, completamente mío.
—Así será —aseguré.
—Solo recuerda que todavía estás a prueba, no te confíes —advirtió antes de continuar caminando por el pasillo. Asentí con la cabeza mientras la veía desaparecer, silenciosa y elegante. Me recargué en la pared del pasillo, permitiéndome un momento para reposar el cansancio y la emoción.
Pero, sin perder más tiempo, llegué a la cocina, donde los cocineros estaban por terminar de limpiar. Allí se encontraban todos los meseros y empleados del “Le Figaro”. Isabella fue la primera en mirarme aparecer; ya todos se habían quitado el uniforme y me observaron cuando ella se dirigió hacia mí.
—Joyce quiere que mañana vengas temprano. Te tomarán las medidas para tu uniforme —dijo, cubriendo su cuerpo con su suéter marrón. Asentí. Ella miró a Noa, quien entraba al lugar luego de cambiarse. Mi cuerpo reaccionó, sintiéndolo tan guapo y perfecto.
—Vámonos entonces —le dijo. Él asintió, y eso hizo que una punzada desagradable se apoderara de mi pecho. Alex y Olivia se acercaron, mientras yo observaba cómo Isabella y Noa salían por la puerta trasera, despidiéndose de todos con un gesto de la cabeza.
—Nos vemos mañana, garrotera —dijo Olivia, agitando su mano frente a mi cara. La miré con decepción, mientras Alex salía junto a una de las meseras que no conocía.
—Hasta mañana —le respondí a Olivia, casi en un hilo de voz, antes de marcharme sin que nadie más se despidiera de mí. Suspiré, pero de inmediato salí del restaurante rumbo a mi departamento, con todas las ganas de llegar. Estaba completamente agotada.
En mi camino a pie, reflexioné. Era verdad, ahora las cosas parecían estar a mi favor; tal parecía que la racha comenzaba a enderezarse. Sin embargo, todavía no entendía por qué me sentía tan desecha, no solo por el arduo trabajo, sino también por los torturantes pensamientos que me acosaban sin piedad. Recordé unos lindos ojos azul cielo que me miraban desde un lago de agua clara. Suspiré. ¿Iván estaría orgulloso de lo poco que había logrado?
Sentí un cosquilleo desagradable que subía por mi cuerpo, así que tuve que abrazarme a mí misma. De pronto, el frío caló en cada parte de mí. Tragué saliva con dificultad mientras atravesaba bulliciosas calles cargadas de tráfico y gente. Aquel día sentí un impulso nuevo, uno que había descubierto recientemente, así que, sin reprimirlo, llevé la mano hacia el lóbulo de mi oreja. Sentí en él el pequeño aro metálico, frío al tacto; lo acaricié durante unos segundos, disfrutando de su forma redondeada. Luego, de pronto y sin previo aviso, unas ganas inconmensurables de llorar me invadieron, tanto que tuve que detenerme para concentrarme en no romper en llanto en medio de la calle. Ese sentimiento había estado oculto durante meses y, de repente, emergía para acosarme de nuevo.
Mi corazón se disparó en mi pecho. “No, no, no, no de nuevo”, pensé. Conocía esa sensación tan desagradable. Después de meses, aparecía cosquilleando en cada parte de mí, anunciándome que estaba a punto de estallar. Disimuladamente, me oculté en un callejón desierto, donde dejé que las lágrimas fluyeran a su ritmo mientras me preguntaba por qué, de repente, como muchas veces en los meses pasados, mi pecho ardía, como si tuviera una braza incandescente que me quemaba sin piedad. ¿Por qué? Si todo parecía ir bien, si las cosas se estaban enderezando, ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Me repetía una y otra vez en mi mente, al mismo tiempo que lloraba sin control. El ataque de ansiedad me cubría como un manto oscuro de desolación, pero debía frenarlo. Yo misma tenía que ser suficiente. No podía permitir que mis demonios se apoderaran de nuevo de mi mente; no los volvería a dejar entrar, pues los míos eran particularmente crueles.
Así que respiré profundamente y luché contra las secuelas dolorosas que había dejado mi pasado cruel. Me abracé a mí misma para encontrar control. Tenía frío, estaba agotada y mi mente era un torbellino de dolorosos recuerdos. Me agarré el pecho, intentando calmarme. ¡Joder!, ahora más que nunca necesitaba a mi madre, su consuelo y sentir sus cálidos brazos. Sin embargo, ya había pasado tanto tiempo desde la última vez que vi su rostro que casi había olvidado cómo era, y mucho más, cómo era tenerla contra mi cuerpo. Me tiré de los cabellos, tratando de mitigar las emociones que siempre podían conmigo. Limpiando mi rostro consternado y tomando en cuenta mis sentimientos frágiles, me dispuse a continuar, sin importarme que la locura acechara de nuevo, ni las miradas recelosas de las personas que observaban mi rostro afectado.
Enfoqué mi mente, un ejercicio que funcionaba, al menos por un tiempo. Sin embargo, en ese momento, resultaba muy necesario. Concentré mis objetivos: “Primero, establecerme; segundo, buscar a mi padre; y tercero, lo más importante, dejar el pasado atrás”. Me los repetí una y otra vez, cada paso, cada segundo, hasta que visualicé frente a mis ojos la puerta de mi departamento. Cerré los ojos, apretando las manos con fuerza, consciente de que aún tenía mucho que hacer. Al entrar, volví a enfocarme; necesitaba dormir temprano, el trabajo no me esperaba y no permitiría que nada me afectara.
Sin embargo, me sentí vencida al girar la mirada hacia la cómoda a mi izquierda, donde reposaba un retrato enmarcado de una hermosa chica de abundante melena rubia, con unos ojos enormes color caoba y envuelta en un abrigo de piel blanca. Esa chica me abrazaba, y la alegría se reflejaba en nuestros rostros juveniles. Rompí de nuevo con el poco control que me quedaba; rápidamente llevé las manos a los labios para silenciar el grito de dolor que me provocaba ser presa de la vulnerabilidad. ¿Cuándo me dejarían en paz? ¿Cuándo terminaría? Me había alejado, había puesto miles de kilómetros de por medio y parecía que no podía escapar del diablo.
¡Oh, Iván! Exclamé entre sollozos, mirando hacia el techo del departamento. ¡Por favor, ayúdame! Imploré, completamente rota, devastada y desconsolada, mientras me desplomaba en la puerta de entrada. Volví a consolarme abrazándome, al fin y al cabo, solo me tenía a mí misma.