Por alguna extraña razón, los nervios trataban de apoderarse de mi cuerpo, provocándome una sensación que casi había olvidado. Hacía tanto tiempo que no me sentía así que me resultaba tremendamente raro. Sin embargo, no dejé que ese sentimiento me dominara. Al tomar aire, entré por la puerta metálica, encontrándome en medio del bullicio de la cocina. Parpadeé al mirar a un grupo de personas afanosas que se organizaban. El chef revisaba los menús preparados para esa noche, mientras los cocineros terminaban de acomodar la cocina, que comenzaría a trabajar en una hora. Asombrada, observé a algunos de ellos cortando los vegetales para tener todo listo cuando empezaran las comandas; otros revisaban la cristalería, y algunos más se aseguraban de que la cocina estuviera impecablemente limpia.
Tomé aire por la nariz, dándome cuenta de que era la primera vez que trabajaba en un lugar así. Sí, había sido mesera en Portugal, pero en una pequeña cafetería frente a una playa en la hermosa ciudad de Faro, donde solo servía cafés y sodas italianas. La organización de esa cocina profesional, llena de cocineros afanosos y atareados, me sobrepasaba. Tragué saliva con dificultad y avancé un par de pasos en el interior, pero no sabía qué hacer. Todo me resultaba tan desconocido que medité sobre la mejor manera de actuar. Algunos me miraban, pero no había nadie que se acercara para darme indicaciones. Cerré los ojos, frustrada conmigo misma, y comprendí que debía moverme. Así que me acerqué a una chica que acababa de llegar.
De inmediato identifiqué que se trataba de una mesera, por el uniforme que llevaba puesto: una camisa de botones negra y un mandil del mismo color, con el nombre del restaurante bordado en letras blancas sobre la tela de la camiseta. Segura de mí misma, me acerqué dispuesta a que ella pudiera guiarme. La chica, una joven de rostro anguloso, cabello castaño y ojos cafés, levantó la mirada de su trabajo —que consistía en acomodar el mandil en su cintura— en cuanto sus ojos chocaron con los míos, marrones claros. Me aclaré la garganta al notar la expresión de extrañeza en su rostro. Abrí los labios para hablar, pero ella se marchó mirándome con el ceño fruncido, una vez que terminó de acomodarse.
Tuve una sensación de melancolía, ya que claramente ella sabía que le hablaría y, deliberadamente, me había ignorado. Me relamí los labios, mirando a mi alrededor con vergüenza. Algunos de los cocineros presentes se dieron cuenta, así que bajé la mirada. Sin embargo, cuando ya no sabía qué más hacer, de las puertas del área de comensales emergió aquella chica fisgona que me había mirado sin disimulo durante el día de la entrevista de trabajo. Tuve una corazonada y, de inmediato, hicimos contacto visual. Su mirada era tremendamente poderosa; la sentí clavarse en mí como dagas. Un estremecimiento se apoderó de mi cuerpo, dejándome completamente inmóvil sobre el suelo pulido de la cocina que iniciaba. Ella entornó los ojos y avanzó hacia donde me encontraba con una seguridad que jamás había visto en nadie.
—Tú debes ser Stella, ¿verdad? —dijo ella con una voz poderosamente sexy. Parpadeé, fría como una estatua, y forcé a mi cerebro a reaccionar. No debía estropear mi primer día de trabajo, y menos en un lugar como ese.
—Sí, soy yo —contesté con inseguridad. Ella sonrió, mirando de reojo las reacciones de sus compañeros cocineros. Mi corazón latió con fuerza; no era difícil adivinar que me veían como un bicho raro, pero, ¿cómo culparlos? No daba más que esa impresión.
Tomé aire por la nariz. Debía mejorar si quería causar una buena primera impresión, así que le devolví la sonrisa.
—Bien, yo soy Isabella, la encargada —dijo mientras levantaba una ceja oscura—. Hablamos esta mañana por teléfono.
Asentí con la cabeza.
—Oh, sí, hola. Ammm, pues, ¿dime qué hay que hacer? —pregunté, poniendo en práctica el control de mis nervios. Había vivido mil cosas que avergonzarían a cualquiera; algo así no debía representar gran cosa. Sin embargo, había algo en la mirada de esa chica que no me permitía sentirme cómoda.
—¡Esa es la actitud! —exclamó mirándome—. Ven, te presentaré mientras te digo dónde está todo. —Musitó, y poniéndonos en movimiento, Isabella comenzó a indicarme dónde estaba cada cosa: cada copa, el vino, la despensa, cada mantel, así como a cada cocinero de aquella enorme cocina. Aquello fue lo más fácil en realidad; a pesar de sus miradas de rechazo y sus silencios incómodos, lo que realmente me resultaba difícil era tratar directamente con los comensales. Por suerte, aún faltaba una hora para eso, por lo que podía hacerme a la idea.
Isabella me llevó hacia el interior del restaurante, específicamente a la oficina de la gerente. Para mi sorpresa, vi a la mujer tras su escritorio, hablando por teléfono con proveedores. La mujer de ojos azules nos miró al llegar, pero solo asintió en señal de saludo a Isabella y nada más. Entonces, Isabella me condujo a través de los elegantes pasillos hasta que desembocamos en el área de comensales, la cual lucía bellamente vacía de clientes, aunque no de meseros. Estos, afanosos, encendían las velas en las mesas y acomodaban con cuidado los platos sobre ellas. Parpadeé, visualizando a la chica que me había ignorado por completo; estaba concentrada en limpiar las copas sobre las mesas y ni se dio cuenta de mi presencia. Isabella sonrió al ver mi expresión de asombro.
—El restaurante abre a las 2 en punto y cierra a las diez y media de la noche —continuó, tocándome el hombro para atraer mi atención—. Sígueme —me ordenó, volviendo por el pasillo por el que habíamos llegado—. Los viernes, sábados y domingos tendrás que entrar a las 3, pero es cuando cerramos más tarde, a las 11 y media.
Asentí con la cabeza mientras la escuchaba.
—Los lunes son tus días de descanso, Stella —me miró sin dejar de caminar. La observaba con detenimiento; parecía etérea, segura de sí misma y, sobre todo, increíblemente hermosa, incluso con un uniforme de mesera. Tragando saliva con dificultad, la escuché decir:
—Puedes intercambiar los días de descanso con alguien, pero... —me miró mientras avanzaba— solo si es realmente necesario o si yo así lo considero. Regresó su mirada al pasillo y continuó:
—Permisos solo conmigo, no se molesta a la gerente. ¿Entendiste? —dijo con ojos grandes.
—Sí. —respondí.
—Ahora ven —dijo en el mismo momento en que llegamos a un área muy diferente al resto del restaurante—. Aquí es donde nos cambiamos. Tu uniforme está dentro del casillero 4; debe quedarte, pareces ser talla chica —me miró, girándose frente a mí mientras yo me sacaba la chaqueta de mezclilla. Isabella parpadeó, observando mi torso, y luego hizo una mueca entre parpadeos—. Oh, al menos chica de la cintura, porque no sé si te quedará de arriba —finalizó, mirando mi busto generoso. Dibujé una sonrisa cargada de vergüenza mientras intentaba ocultar mis pechos cruzándome de brazos.
—Espero que no sea un problema —respondí, evitando la mirada de la chica mientras me movía hacia el casillero indicado. Lo abrí y vi que, efectivamente, dentro había una camisa negra y unos pantalones del mismo color. Los saqué para mirarlos y hice un puchero sin que ella me viera. Isabella no había fallado; en verdad, parecía que no me cerrarían por el busto. Tragué saliva con dificultad mientras la miraba. Ella soltó aire por la nariz, cruzada de brazos.
—Lo será hasta que te entreguen la tuya. Solo será por un par de días, quizás. Por lo pronto, podrías ponerte una blusa extra bajo la camiseta —sugirió.
—Pero no tengo ropa extra o algo así… —respondí, un poco insegura.
Isabella puso los ojos en blanco. Luego la vi moverse hacia uno de los casilleros, el que estaba más alejado. Lo abrió con una llave que guardaba en el bolsillo de su pantalón y sacó una blusa de tirantes color n***o. Me la arrojó y la tomé en el aire, regresándole la mirada.
—Póntela; mañana me la traes —se acercó, fastidiada—. Limpia —recalcó.
—Gracias, Isabella. Por supuesto —respondí con gratitud.
—Cámbiate entonces —dijo, mirando la pantalla de su celular—. No se tarda en abrir y te quiero en cinco minutos frente a la barra.
Ordenó mientras caminaba de regreso al pasillo. Solo le respondí afirmativamente, mirándola marchar. Luego, me quedé completamente sola, lo que me sirvió para soltar todo el aire contenido en mi estómago. Cerré los ojos, aun con los nervios presionando por salir de mi autocontrol.
¡Todo al final saldría bien!
Al instante, me quité la ropa. La camisa, la que claro estaba, me quedaba pequeña del busto. Por lo que resultó una salvación que Isabella me prestara su ropa. Así que abotoné la camiseta hasta debajo del busto, intenté que la blusa debajo del uniforme cubriera adecuadamente y luego me acomodé los pantalones de vestir, que me quedaban flojos de la cintura. Solté un bufido; luego, me compraría unos de mi talla. Por el momento, debía disimular con el mandil que me quedaba un poco amplio.
Por último, me miré en el espejo que estaba fuera de los baños. Comprobé mi rostro pálido, parpadeé y abrí la llave del agua, con la que acomodé los mechones negros de mi cabeza mientras contemplaba mis ojos marrón claro con detenimiento. Podía hacerlo; había pasado por tantas cosas que no debía estresarme por algo tan sencillo como esto. Sin embargo, mi mente me llevó a la idea de intentar comprender por qué estaba allí, si me había quedado más que claro que aquella chica de agradable sonrisa era quien se había ganado el puesto. Me mordí los labios, meditando en ello, y luego me puse en marcha.
Regresé por donde Isabella me había llevado hasta llegar a la barra. Allí, algunos meseros ya estaban listos y me sorprendí al verlos mirándome cuando llegué. Busqué con la mirada a la encargada, pero no vi rastro de ella por ninguna parte. Sin embargo, totalmente por sorpresa, escuché una voz que me llamaba desde detrás de mí, más específicamente desde la barra, donde estaba recargada con un evidente rostro de desconcierto.
— ¡Ey, nueva! — Dijo una voz masculina que vagamente reconocí. Un latido en mi corazón delató la sorpresa que me causó, pero, naturalmente, me giré para mirar quién me hablaba. Casi pego un grito al descubrir al mismo chico que me había dejado sin aliento aquel día que lloraba en la calle, después de que aquella chica rubia me ganara el puesto. Parpadeé mientras lo observaba recargado desde el otro lado de la barra. Sus increíbles ojos miel me miraban con seriedad. Estaba tan cerca, a mi costado izquierdo, que podía oler su agradable perfume masculino. En segundos, recorrí su atractivo rostro pálido; su cabello semilargo caía en gruesos rizos sobre su frente y orejas, mientras una brillante cadena plateada resaltaba en su pecho, que estaba envuelto en un uniforme de camisa negra con los dos primeros botones desabrochados y las mangas dobladas, lo que le daba una apariencia peligrosamente sexy.
De inmediato, sentí aquella conexión que me dejó completamente sin aliento. Él era completamente hipnótico; no podía dejar de mirarlo. Mi cuerpo entró en un modo que no experimentaba desde hacía mucho tiempo, mientras caía en cuenta de que casi había olvidado aquella sensación de ardor que se apoderaba de mí. Mi piel se erizó al contemplar sus labios rosados, sus ojos atrapados entre los mechones de su cabello, las venas de sus brazos y la forma de su cuello blanco y aparentemente terso. De inmediato, mi corazón galopó en mi pecho tan fuerte que sentí el latido en la garganta. Todo resultó tan poderoso como una explosión. Era increíble a la vista y, además, olía a limpio y a perfume, lo que encendió una sección en mi cerebro como si realmente estuviera envuelto en llamas.
Vibré completamente, absorta en él, hasta que fue su expresión de cejas fruncidas la que me devolvió a la realidad.
—¿En verdad estás bien? —me preguntó, sacándome del letargo. Tragué saliva con dificultad al darme cuenta de lo rara que debía verme frente a él.
—¿Ah? Sí, sí, claro, yo...—
—Sí, bueno, el otro día estabas llorando en mitad de la calle. —dijo, mirándome fijamente. Mi cuerpo reaccionó; él provocaba en mí una respuesta que creí haber perdido para siempre, así que, disimuladamente, me aparté de la barra.
—No, yo no estaba llorando. —respondí, sintiéndome avergonzada por el hecho de que él me hubiera visto en un momento tan patético.
Él dibujó una media sonrisa que me transportó a otro mundo.
—Como tú digas. —musitó, levantándose de la barra para buscar algo bajo ella. Aparté la mirada, sintiéndome completamente tonta.
—Escucha —dijo—, Isabella me pidió que te diera tu mandil, el que llevas puesto, regrésalo al casillero.
Lo vi sacar un pedazo de tela oscura que me extendió sobre la barra con interés.
—Oh, gracias —me relamí los labios, sintiendo sus ojos escrutándome descaradamente—. Por cierto, soy Stella... —hablé, consciente de que mi rostro debía lucir sonrojado. Sin embargo, aquel momento se interrumpió cuando un mesero joven se acercó a nosotros. Tenía un rostro simpático y el cabello claro, sujeto en una coleta.
—Cuidado, preciosa —exclamó el chico, recargándose en la barra junto a mí, interrumpiendo lo que iba a decir—. Ese muerde. —Dijo mirando al de ojos miel, quien estiró más su sonrisa mientras ponía los ojos en blanco.
—¿Cómo? —pregunté, mirando al mesero, quien reía con jocosidad.
—Solo te advierto, hay mucho depredador por aquí —afirmó, mirándome con una sonrisa burlona. Entreabrí los labios, completamente confundida.
—Eres un completo idiota, Alex —replicó el guapo barman, dirigiéndose al mesero mientras se miraban con diversión.
—¿Depredador? —soné ingenua, aunque mi mente ya procesaba. En realidad, comprendía a lo que Alex se estaba refiriendo. "Depredadores", claro; me había topado con los de su tipo hacía algunos años. Mi piel se erizó cuando los recuerdos afloraron. "Depredadores", estaba absolutamente cansada de ellos.
—Soy Noa, mucho gusto en conocerte, Stella —interrumpió mis pensamientos. Al mirarlo de nuevo, toda advertencia careció de importancia y la magia volvió.