No quería perder tiempo. Latti me había dicho que el restaurante solía tener mucha demanda entre quienes deseaban entrar, pues la paga era excelente y los comensales eran, en su mayoría, personas adineradas. Sin embargo, también me había comentado que era difícil trabajar allí, lo que ocasionaba un constante flujo de empleados que entraban y salían. De modo que, enfocándome solo en lo positivo, me apuré en llegar temprano. Latti también me había aconsejado que debía verme lo más presentable posible, y para mí eso no representaba ningún problema; sabía cómo vestirme para cada ocasión. Así que, tras finalizar mi ritual de embellecimiento, partí hacia la dirección que ella me había indicado.
En el camino, me esforcé por no dejar que los nervios me vencieran; estaba acostumbrada a controlarlos. Tomé aire por la nariz cuando me planté frente al restaurante, que aparentaba estar cerrado. Sin embargo, tomé mi bolso y observé el lujoso exterior, donde brillaban unas enormes letras blancas con el nombre del local. Me relamí los labios, un gesto que siempre hacía cuando contenía mis nervios. Luego, alisando mi modesta pero cuidadosamente elegida ropa, entré en el interior, tratando de mitigar los nervios que se apoderaban de mi estómago.
Lo primero que percibí dentro fue el agradable aroma que provenía de todas partes. Después, me deslumbró lo elegante y hermoso que era el lugar. Las peonías blancas adornaban las mesas y la barra del bar, frente al salón, donde aguardaban las mesas cubiertas con finos manteles color marfil, bordeadas de sillas elegantes tapizadas en un hermoso terciopelo n***o. Las luces amarillas, a media luz, aportaban un toque romántico, como de película de amor, rematando la escena con la lustrosa alfombra vintage color café que realzaba la belleza y lo costoso del lugar. Un costo que, ni loca, podría permitirme si quisiera cenar en el “Le Figaro”.
Apreté las manos, sintiéndome completamente abrumada por lo difícil que sería poder entrar en un lugar como ese. Sin embargo, sabía que tenía una ventaja sobre los demás aspirantes: conocía muy bien el mundo del lujo y sabía cómo se desenvolvían las personas en entornos así. Además, poseía un amplio conocimiento sobre los platillos que podrían servir. Aunque ofrecían todo tipo de comida elegante, su especialidad era la italiana, mi país de origen.
Entorné los ojos y miré a la gerente, que me observaba desde una de las elegantes mesas traseras, donde me esperaba. Me aclaré la garganta, dirigiendo la vista hacia los pocos meseros que disimuladamente me observaban mientras cumplían con su labor en silencio. Sentí sus miradas clavándose en mi espalda, tanto que tuve que girarme al encontrar los ojos cautivadores de una hermosa chica de enormes ojos marrones y brillante melena castaña, sujeta en una larga coleta alta. Ella me miraba sin disimulo desde la barra junto a la entrada, limpiando copas y sin perder detalle de mis movimientos.
Tragué saliva con dificultad ante la mirada evidente de la joven, quien, por si fuera poco, era deslumbrantemente hermosa. Sin embargo, en un momento tuve que apartar la vista de sus ojos para acercarme a la gerente, que me esperaba con una elegancia inigualable. Le sonreí al plantarme frente a ella.
—Buenas tardes, yo…—
—Debes de ser Stella, ¿verdad? —dijo la mujer en un tono amable. Parpadeé un par de veces, sonriéndole.
—Sí, soy yo —le respondí. Luego, ella extendió una mano hacia el asiento.
—Bienvenida, querida. Soy Joyce, la gerente. Por favor, toma asiento —murmuró. De inmediato obedecí, sintiendo unas vibraciones oscuras ante el rostro amable de Joyce.
Ella me miraba con los ojos azules bien abiertos, mientras continuaba extendiendo una mano frente a mí. Durante unos cortos segundos no supe qué hacer, hasta que ella misma me guió con la mirada hacia mi currículum. Solté una risita nerviosa antes de extender mis documentos frente a ella para que los leyera.
La vi hurgar con la mirada en ellos mientras permanecía en silencio.
—Bien, parece que aquí dice todo lo que me dijiste por teléfono cuando agendamos tu entrevista —dijo, levantando los ojos de las hojas que acomodó a un costado sobre la mesa.
Me aclaré la garganta, mirándola.
—Oh, sí, este... yo...—
—¿En verdad sabes tratar con clientes como los nuestros? —preguntó, acomodando la barbilla bajo la palma de su mano.
Asentí con la cabeza.
—Por supuesto, tengo experiencia. Además, mi inglés no está mal…—
—¿Cuánto tiempo estuviste trabajando en Portugal? — me interrumpió sin apartar los ojos de mí. Parpadeé, sintiendo un latido acelerado en mi corazón.
“Oh, era verdad, incluso puse eso en mi currículum.”
—Un año y tres meses—, le respondí, mirándola con cierta duda. —Se-señora—. Ella intentó cubrir su sonrisa lo mejor que pudo, pero no lo logró.
Hubo un silencio incómodo. Luego, miró su teléfono para comprobar la hora. Apreté las manos en un puño; sentía que estaba arruinándolo todo y que no conseguiría ese empleo soñado. Finalmente, soltó un largo suspiro, visiblemente fastidiada.
—Escucha, Stella, voy tarde a una cena y aún queda una aspirante que tiene mil referencias mejores que las tuyas. Dime, por favor, ¿por qué debería contratarte en mi restaurante? — Parpadeó, con intensos ojos claros, mientras el control que tenía sobre mis nervios se resquebrajaba.
Esa mujer irradiaba tanto poder que me envolvía, sin embargo, no era la primera vez que me encontraba con personas como ella. De hecho, algo en mí me causaba gracia; parecía que, por más que intentara escapar de "él", en el fondo no podía hacerlo. Pero había una ventaja: sabía cómo actuaban las personas como Joyce. Para mí, no resultaba difícil; solo debía cambiar la conversación a mi favor. Porque si daba un paso en falso, sería yo la que se convertiría en el objeto de su ego.
—Escucha, Joyce —la tuteé. Ella levantó una ceja; era complicado, pero a ese tipo de personas poderosas les encantan los retos—. No quiero quitarte más tiempo, pero en verdad necesito el empleo. Sé que soy nueva en la ciudad, pero puedo ser de mucha ayuda en tu restaurante. Tengo buen conocimiento de los platillos que se sirven aquí; además, puedo ayudarte a vender más. Soy nativa italiana, sé moverme bajo presión y tengo mucha experiencia con los clientes. —Musité mirándola con seguridad, lo que pareció divertirla. Vi el interés en su mirada, incluso con ganas de indagar más. Hasta que ella habló, haciendo que toda la seguridad en mí se rompiera en mil pedazos:
—Querida, la mayoría de nuestros meseros hablan italiano. Que sepas el idioma no asegura nada. —Contestó en tono jocoso. Borré mi sonrisa de confianza y un temblor se apoderó de mí. ¡Claro! ¿Cómo no me había dado cuenta? Era un restaurante de lujo italiano. ¡Qué estúpida había sido! Esa oportunidad se había esfumado. Tuve ganas de estrellar mi frente contra la mesa. ¡Menuda idiota!
—Claro —fue lo único que pude responder, sintiéndome apañada en aquella situación. Sin embargo, Joyce borró su divertida sonrisa para mirarme con los brazos cruzados sobre su abrigo gris.
—Fue un gusto conocerte, Stella. Déjame tu currículum y te llamamos —dijo, catapultando las palabras mágicas que desmoronaron mis esperanzas de encontrar un buen empleo tan fácilmente como se pronuncian.
Sonreí, conteniendo las ganas de llorar, pues, al parecer, mi plan había fracasado. No podría completar mi búsqueda, y mucho menos alejarme de aquello de lo que intentaba escapar.
Con las piernas temblorosas, volví sobre mis pasos. Los ojos de la mesera guapa me inspeccionaban con detalle, pero continué sin mirarla. Luego, casi choqué con una chica de luminosa sonrisa y figura atractiva, que llevaba el cabello rubio suelto tras su espalda y unos papeles abrazados contra su pecho. Me disculpé y ella me sonrió.
—Oh, hola —dijo en una voz melodiosa—. Disculpa, pero, ¿conoces a la gerente Joyce? Vengo por un puesto de trabajo. —Musitó, haciendo que me desmoronara aún más. Asentí con la cabeza, disimulando que aquello no me afectaba en absoluto.
—Ella está por allá, en el fondo —le dije. La chica estiró aún más su sonrisa, me agradeció y la vi andar hasta la mesa donde Joyce la recibió con una expresión de alivio, lo que rompió aún más mi corazón. Tenía que ser la aspirante a estrella de la que la gerente me había hablado. Ya estaba; eso era todo. Así que decidí seguir con mi camino.
Humillada, salí del restaurante. Evité mirar el bonito exterior; si lo hacía, no podría contenerme más y lloraría. Continué mi trayecto, completamente derrotada. Hacía frío, pero me detuve a mitad de camino para levantar la mirada hacia el cielo nublado. Iba a llover, pero eso no hizo más que encender mis ganas de romperme en mil pedazos. Estaba muy lejos de casa, en un país diferente al mío, que, sin embargo, era millones de veces mejor que el de mi nacimiento. No porque fuese un país del primer mundo, sino porque me mantenía alejada del pasado, que aún, después de un año y cuatro meses, me hería como si lo ocurrido hubiese pasado apenas ayer.
Mi garganta se secó. Quizás para las personas no significara nada, pero para mí lo era todo. Representaba un escape, un alivio de lo que había vivido hacía un año; un acontecimiento que luchaba por borrar de mi mente. Además, en Nueva York estaba mi único familiar vivo, mi padre, al que no veía desde que tenía doce años, pero era lo único que me quedaba. Una lágrima iracunda se congeló en mi mejilla cuando reanudé mi camino. Debía regresar a mi departamento de mala muerte y ver si allí, con la mente más fría, podía formar un plan B.
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Lo que no funcionó fue que mi mente no se concentrara en nada; la pena se desató sobre mí como una avalancha. Parecía que hasta allí había llegado mi aventura, y ni siquiera había logrado cumplir con lo que me había propuesto. Tuve que tirarme de panza sobre mi cama dura al llegar devastada a mi departamento.
Allí lloré, dejando que las lágrimas fluyeran de mis ojos como cascadas. No quería regresar sin nada, ni enfrentar su mirada para decirle que había fracasado, que no había podido encontrar a mi padre y que, aún, escapaba de aquel pasado que me perseguía y me robaba el sueño por las noches.
Por la mañana, después de sopesar mis posibilidades, me levanté para intentarlo una vez más. Luego de dejar mi solicitud en una cafetería, la ansiedad empezó a picar mi curiosidad. Ya era por la tarde y sabía que “Le Figaro” debía estar por abrir, así que decidí ir a fisgonear. Mis pies me dolían, pero eso no impidió que pasara junto al restaurante y mirara por las ventanas con disimulo. Allí estaba, la flamante rubia, con su sonrisa exagerada en el rostro. Parecía recibir instrucciones de la mesera mirona; llevaba puesto el uniforme y su cabello rubio estaba recogido en un chongo ajustado y bien liso.
Rápidamente, me giré, dándole la espalda a la ventana; me invadió el deseo de volver a llorar. Estaba claro que ella era la indicada. ¡Adiós a un buen trabajo! No pude contenerme más y comencé a llorar en silencio, a mitad de la calle. Además, ya era hora de regresar, así que, sorbiéndome los mocos, me acomodé el tirante del bolso y metí mis manos heladas en los bolsillos de mi abrigo, cuando una voz masculina se dirigió a mí, sacándome de mi concentración.
— ¡Ey! —me dijo, y un respingo me cortó el aliento. Giré la mirada hacia la espalda, y allí me topé con unos lindos ojos color miel que me observaban con el entrecejo fruncido. Quedé sin aliento; un chico tremendamente guapo me inspeccionaba de pie frente al callejón, junto al “Le Figaro”. Tenía el cabello castaño, medio revuelto, rebelde en su frente y algo largo hasta las orejas. Su piel pálida resaltaba el color llamativo de sus ojos, enmarcados por sus cejas masculinas. Sus labios rosados estaban entreabiertos por la inquietud mientras me contemplaba, con una mano metida en su chaqueta negra y la otra sosteniendo su AirPod gris a centímetros de su oído. Mi corazón palpitaba como si fuera un caballo desbocado en mi pecho mientras yo terminaba de examinar las arracadas negras que perforaban los lóbulos de sus orejas.
—Oye, ¿estás bien? —me preguntó con interés. De pronto, el color inundó mi rostro, pues tener a un chico atractivo mirándome llorar en medio de la calle resultó ser demasiado vergonzoso para mí. Era tanta la incomodidad que limpié de inmediato las lágrimas de mis mejillas con la manga de mi abrigo, tratando de disimular que había estado llorando. Rápidamente me soné la nariz e intenté esconder mi rostro sonrojado e hinchado por el llanto.
—S-sí, estoy bien, gracias—respondí, inútilmente disimulando lo mejor que podía mientras comenzaba a avanzar. Los surcos de su ceño se hicieron más profundos, llenos de confusión, mientras intentaba encontrar mi rostro con esos bonitos ojos dulces como la miel.
—¿Estás segura? —insistió, guardando sus audífonos inalámbricos en la cajita que sacó del fondo del bolsillo de su chaqueta. No pude responderle más; me limité a asentir con la cabeza mientras me alejaba a paso veloz. La ansiedad me invadía; no quise comprobar si me miraba alejarme. Lo único que deseaba era dejar de humillarme aún más de lo que ya me sentía. No fue sino hasta que me perdí entre la multitud que pude respirar con libertad.
Giré por la calle a mi derecha y, en la orilla, me aplasté, tomando aire frío para mis pulmones. Con las manos hormigueándome, me asomé por el borde de la calle, como si así pudiera ver hasta el restaurante. Mi vergüenza disminuyó al darme cuenta de que no veía ni al restaurante ni al chico guapo mirándome como si fuera una loca al borde del colapso. Tragué saliva con dificultad, visualizando esos hermosos ojos miel que me miraban con intensidad. Mi piel vibró; verdaderamente era demasiado guapo. Su mirada se coló en mi mente de tal manera que no podía sacármelo del pensamiento.
Me restregué la cara. Aquel muchacho parecía entrar en el callejón del restaurante "Le Figaro" cuando, de repente, me descubrió. Mi corazón se estabilizó en mi pecho y sonreí al recordar lo que acababa de vivir. Cubrí mi sonrisa nerviosa y fría con mis manos temblorosas, solté aire por la boca y respiré hondo. Debía tranquilizarme y regresar a mi departamento. Aún con la vergüenza cosquilleándome en la cara, metí mis manos frías en los bolsillos, donde sentí un billete que no tenía contemplado. La alegría calentó mi corazón descontrolado al sacarlo del fondo. Mis ojos brillaron al ver los veinte dólares frente a mí, resplandecientes bajo la luz. Me mordí los labios, arrancándome la piel suelta de ellos, y levanté la mirada. ¿Sería oportuno gastarlos? Me pregunté en esos momentos. Fruncí los labios y, sin meditarlo mucho, me respondí: ¡Claro que era oportuno! Y ya sabía en qué gastarlos en Nueva York.
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En medio de la inconsciencia del sueño, mientras soñaba con ojos de hielo y cabellos tan oscuros como la noche, sentí cómo “algo” debajo de mí vibraba tan sutilmente que por poco no lo percibí. Sin embargo, a medida que salía de la inconsciencia, me daba cuenta, poco a poco, de lo que se trataba.
Abrí lentamente los ojos; el sol intenso caló de inmediato en mi vista, tanto que tuve que apretarlos. Emití un gemido; mi cabeza estaba a punto de estallar y las náuseas mantenían mi estómago de cabeza. Sin duda, había sido una mala idea gastar todo ese dinero en bebidas en el primer bar que encontré. Gemí incómoda cuando una nueva oleada de vibraciones llamó mi atención bajo la almohada. Fruncí el ceño mientras metía una mano pálida y toqué algo que no dejaba de sacudirse. Fue entonces cuando mi razonamiento se encendió: se trataba de mi teléfono celular, que parecía tener una llamada. Abrí los ojos de golpe, mientras mi pecho estallaba de incertidumbre. ¿Quién podría estar llamándome? Nadie tenía mi número, ¿a menos que…?
De inmediato saqué el aparato, que efectivamente mostraba una llamada entrante. Expectante, miré la pantalla luminosa; era un número que no tenía registrado. Sin embargo, podría ser de algún trabajo, así que, esforzándome, contesté la llamada, rogando que no fuera aquel de mi pasado.
— ¿Sí? —dije apenas en un hilo de voz, aguardando.
— Hola, ¡qué tal! —escuché la voz femenina de una chica, lo que me hizo relajar los hombros. “Al menos no era él”. —Mi nombre es Isabella, te llamo del restaurante “Le Figaro”. ¿Eres tú Stella Farinelli? —musitó, haciendo que mi cerebro entrara en estado de shock. Parpadeé, quedándome muda por unos cortos segundos. —¿Hola? —
— ¡Sí, sí! Soy yo, soy Stella —contesté, con el corazón a mil en el pecho. ¡Por todos los cielos!
— Oh, bueno, Stella. Te llamaba para preguntarte si podrías presentarte a trabajar esta tarde —dijo, haciendo que todo en mí se encendiera como un arbolito de Navidad. Quise gritar, pero disimulé mi emoción lo mejor que pude.
— Sí, sí, claro, puedo presentarme de inmediato —le respondí mientras me levantaba de la cama de un salto.
— ¡Excelente, Stella! —exclamó desde la otra línea. —Ammm, ¿podrías llegar a las doce y media? Bueno, el restaurante abre a las dos de la tarde, pero necesito que te presentes antes para darte indicaciones y además discutir tus horarios y la paga —dijo en un tono evidentemente amable.
—Claro, Isabella, estaré allí puntual—. La emoción no cabía en mí, y mucho menos la razón.
—Entonces te espero, Stella, hasta la tarde—. Se despidió antes de colgar la llamada. Fue en ese momento que lancé un grito tan poderoso que tuve que cubrir mis labios con una mano; no quería molestar a mis aterradores vecinos.
Miré la pantalla de mi celular, completamente emocionada, y me puse manos a la obra. Eran las nueve de la mañana y, a pesar de la resaca, me movilicé. Sin importar que el casero del edificio me hubiera mentido sobre el agua caliente en las mañanas, tomé una ducha fría que me ayudaría a despertar. Me puse los mejores pantalones y la blusa más bonita que encontré en mi maleta, y, recogiendo mi cabello n***o en un chongo flojo, salí del departamento con tiempo de sobra.
Jadeando, llegué una hora antes. Pensé que esperaría dentro hasta que diera la hora, pero lo reconsideré y decidí aguardar en medio de la tarde fresca. Cuando las doce y media aparecieron en la pantalla de mi celular, apreté la mandíbula y entré en el callejón vacío donde estaba la puerta trasera del restaurante. Me detuve frente a ella, mientras aspiraba el aire frío en mis pulmones. Sonreí; al fin, todo se estaba acomodando. Parecía que la mala racha se estaba yendo, y los nervios picaron mi vientre. Al fin y al cabo, parecía que Nueva York todavía tenía mucho que ofrecerme.