Una oportunidad

2713 Words
“Entre sueños, era medianoche… El ambiente en el bosque de Isola Santa, en Italia, era caluroso. Habíamos ido de vacaciones un verano hacía tanto, y ese día de mediados de junio, el bosque estaba bellamente iluminado por lámparas en forma de flores que colgaban de los árboles de arce, dándole una apariencia de cuento de hadas que deslumbraba a simple vista. En mis sueños, mi estómago dolía de tanto reír, mientras una versión más joven de mí misma jugueteaba entre los troncos, escondiéndome de unos ojos verde claro, del color de un lago bajo el sol. Mi aliento apresurado me delataba, y el cabello suelto se pegaba a mi nuca por el calor de la carrera y del ambiente. La noche era mágicamente silenciosa y poderosa, mientras la luz de la luna regalaba su brillo en los lugares donde las lámparas no iluminaban. Aquella vez, entre el recuerdo convertido en sueño, entrecerré los ojos, forzándolos a mirar más allá de la tenue luz azul de la luna y de la amarilla de las lámparas. Sin embargo, todo estaba tan silencioso y vacío que tuve que asomarme mucho más entre el grueso tronco para comprobar que nadie viniera en mi encuentro. Luego, un chasquido cerca me hizo ponerme en alerta, y con el aliento entrecortado miré hacia el sonido que parecía provenir de todos lados. Mi corazón golpeó en mi pecho con tal fuerza que lo sentía palpitar en mis oídos. Me llevé las manos a los labios ardientes para mitigar el ruido de mi respiración apresurada, mientras mis ojos se movían rápidamente en todas direcciones, buscando algún indicio de movimiento o cualquier silueta. Después de buscar, logré ver que, a mi derecha, tres troncos enmarcaban la esbelta figura de una chica de lindo rostro pálido, con cabellos rubios y ojos color caoba. Casi grité del susto cuando la vi hacerme un gesto de silencio con su dedo, de uñas largas y rojas. Controlé mi corazón mientras observaba a la muchacha, quien solo un par de años más tarde me regalaría un retrato de nosotras dos juntas. Sin embargo, un nuevo chasquido nos hizo mirar a nuestro alrededor, volviendo a activar mi alerta. Parpadeé, contemplando a la chiquilla recargada en el tronco, y de pronto jadeé, sintiendo unas ganas infinitas de dejar de jugar. Pero estaba tan anclada al suelo seco que no podía moverme ni un poco. Más chasquidos resonaron en el aire. Quise hablarle, pero parecía que no podía escucharme desde donde se encontraba. Mis manos comenzaron a cosquillearme. ¿Cómo algo tan simple podía ponerme tan nerviosa? Claro, era el asecho lo que me ponía ansiosa, provocando que mi cuerpo reaccionara de una manera en la que normalmente no lo haría. En mí, causaba un estremecimiento de anhelo que no podía describir, una necesidad inmensa por ser descubierta, que hacía que transpirara de pies a cabeza. Mi piel se erizó aquella noche. No tenía miedo, sabía quién me buscaba. Arañé la madera del tronco, lastimándome las uñas, mientras mi cuerpo se sacudía entre jadeos y temblores. Me estremecía por completo, consciente de que me estaba acechando, haciendo que el suspenso me encendiera como una brasa, mezclándose con el miedo de no saber qué pasaría y si, en verdad, era él quien me buscaba. Me mordí los labios con fuerza, provocando que la piel se reventara ante la presión de mis dientes. Probé mi propia sangre junto al latido de mi corazón, que latía al mil por hora. De pronto, unos pasos tronaron sobre las hojas secas. Miré a mi alrededor; parecía que estábamos solo mi amiga y yo, y ella parecía más que emocionada. Luego, en un giro que no pude prever, sentí cómo unas manos se enrollaban sobre mi cuello, como serpientes poderosas que apretaban mi piel, tomándome por sorpresa. Grité al encontrarme con el dueño de esos ojos verdes sobre mí. —Te encontré —gruñó. Grité.” Al mismo tiempo en que unas ligeras sacudidas me sacaron de la inconsciencia del sueño, tan rápidamente que al abrir los ojos ni siquiera podía ubicar dónde me había quedado dormida, me erguí del bulto de harina en la enorme despensa del restaurante. Parpadeé, observando cómo Alex estaba de pie frente a mí, con las manos en jarras y una sonrisa en el rostro. —Perdona que te despierte, pero ¿recuerdas que tienes trabajo que hacer? —dijo, con ironía en la voz, mientras señalaba su espalda. Me levanté de un salto, esforzándome por despejarme del sueño. —Perdona, era la hora de mi descanso y solo tomé una ligera siesta —contesté, peinándome y quitándome los restos de harina del pantalón y del mandil. Alex soltó unas carcajadas. —Lamento informarte que no fue una ligera siesta —dijo, y sentí un mini infarto al sacar mi celular del bolsillo del pantalón para comprobar la hora. ¡Mierda!, había dormido diez minutos más de los veinte que tenía de descanso. —¡Joder! —exclamé mientras me movía, con Alex caminando tras de mí. —Agradéceme, le dije a Isabella que estabas sacando más platos de la bodega para los comensales—. Alex se plantó a mi lado y lo miré fugazmente. —Mil gracias —respondí, tomando mi trapo al entrar a la cocina. Alex sonrió, mirándome desde la entrada. —¡Si la cagas, ya es por ti, Stella! —me gritó, asomando la cabeza por la puerta antes de volver a meserear. Solté un largo suspiro. El restaurante estaba completamente lleno, como había dicho Isabella. Para que los meseros pudieran rendir, era necesario darles lapsos de descanso mientras otro cubría su puesto. Pero, como yo era la garrotera, no gozaba de aquel lujo. Sin embargo, Isabella, al ver que no había parado en todo el día, amablemente me había dado 20 minutos, que había aprovechado para comer algo, aunque terminó convirtiéndose en una siesta que solo duró 10 minutos. Me puse a trabajar a una velocidad casi inhumana para poder recuperar los 10 minutos de retraso. Continué con mi labor, pero el restaurante parecía no tener fin, ya que los comensales no dejaban de llegar. —¡Stella! —me llamó el chef. Inmediatamente acudí. —Ofrece los postres de temporada; la fruta se me echará a perder si no sale —ordenó. Lo miré con ojos enormes. —Pe-pero, chef —tartamudeé mientras él se movía de aquí para allá, gritando órdenes y maldiciones—. Yo no puedo ir con los comensales... — ¡Me importa una mierda, garrotera! No quiero que los postres se arruinen, son tan delicados que solo tienen hoy —me soltó con energía, antes de continuar con su arduo trabajo. Chasqué los labios; no sabía qué debía hacer. Sin embargo, al final no me quedó más remedio que obedecer. Su chef era aterrador; a pesar de no parecer mayor de 40 años, era tan imponente y malencarado que no quería meterme en problemas con él. Así que, acomodando mi ropa, salí con mi mejor cara, tomé un grupo de menús del área de hostesses y me encaminé a hacer lo que debía. Logré ver cómo Noa me observaba acercarme. Frunció el ceño, mientras esbozaba una sutil sonrisa. Entrando en mi papel, me aproximé a las mesas, haciendo lo que sabía que debía hacer. Para mi sorpresa, no resultó complicado; conocía a las personas como ellos. Podía intentar convencerlos con mi experiencia. Además, no era estúpida; me acercaba a las mesas que estaban siendo atendidas al mismo tiempo que los meseros, así evitaría preguntas a las que pudiera no saber la respuesta. Un subidón de emoción ascendió por mi torrente sanguíneo; en verdad podía hacerlo. Enfoqué la vista hacia un costado, específicamente en un espacio perfectamente acondicionado donde me encontré con los ojos de Latti, quien entonaba baladas en un agradable tono de restaurante. Le sonreí cuando ella me devolvió la sonrisa, luciendo un largo vestido de noche de lentejuelas n***o, mientras sus compañeros me observaban con sonrisas silenciosas. Motivada, mantuve el ritmo e incluso me aventuré a recomendar vinos que sabía combinaban perfectamente con los postres dulces. Lo que al principio fue un éxito, se tornó en complicaciones cuando Isabella se acercó con cortesía a una de las mesas en las que me encontraba. Tiró de mi brazo con delicadeza, enrolló su brazo con el mío y me llevó a la salida del área. Mi corazón se sacudió. —Querida, ¿qué estás haciendo? —dijo en un tono cortés pero irritado. —Lo siento, pero el chef me dijo que… —¿Por qué le hiciste caso a Jerry y no me lo consultaste a mí? —me interrumpió, llevándome hasta un costado de la barra. La garganta se me secó; ¡mierda, me iban a correr! —Isabella, perdona, pero es que yo… —Stella, no… —Encargada —la interrumpió la voz de Joyce, quien se acercaba en un elegante vestido de noche n***o, con el cabello rubio suelto tras su espalda. Me aclaré la garganta mientras la miraba llegar; en verdad, era esbelta y alta. —Yo hablaré con ella —dijo. Isabella le sonrió, mirándome de reojo. —Claro, Joyce, adelante —respondió Isabella antes de avanzar hacia Noa, quien se acercó a ella con una media sonrisa en el rostro. —Yo creí que… —Sigue haciéndolo, los comensales deben probar ese delicioso postre de temporada que hace Jerry —dijo, estirando aún más su sonrisa, lo que generó en mí un desconcierto. —¿Cómo? ¿No vas a correrme? —respondí, algo sorprendida. Joyce cubrió sus labios marrones mientras se carcajeaba con elegancia. —No entiendo por qué dices eso, Stella —me dijo, mirándome con enormes ojos azules. Le sonreí. —Gracias —respondí. Tuve ganas de besarle la mano, pero me reprimí. Después, reanudé mi trabajo, y di lo mejor que mi conocimiento me permitía; tanto que, a lo lejos, podía ver a Joyce conforme mientras servía como anfitriona para sus comensales. Al final de la noche, todo había terminado y yo me sentía más energizada que cansada, a pesar de que el último comensal salió casi a la una de la mañana. —Parece que vas bien —comentó Latti, guardando su micrófono en su estuche. Suspiré, sentada en la plataforma donde había estado cantando. —Sí, eso parece —la miré con expresión de felicidad—. Aunque eso no me asegura que sea mesera. Es decir, había mucha gente; necesitaban ayuda —dije, mientras observaba a Noa terminar de limpiar la barra del bar. Latti se sentó a mi lado. —Oye, los chicos y yo iremos a gastarnos nuestra paga. ¿Quieres venir con nosotros? —me preguntó, mirándome con sus ojos maquillados. Parpadeé, sorprendida por la invitación. —¿En serio? —Claro —asintió con la cabeza. —¡Será genial que nos acompañes, Stella! —dijo Cole, el chico que tocaba el bajo. La emoción me inundó por completo; la noche estaba yendo bien. Por primera vez en semanas, deseaba salir. —¡Entonces vamos! —exclamé, poniendo de pie tan abruptamente que llamé la atención de algunos meseros que terminaban su trabajo. Sonreí; era momento de disfrutar lo que tanto me había costado. ………………………………………………………………………………………………………………………………………. Al final, terminamos en un conocido antro que parecía ser el más popular de la zona. Hasta ese punto, estaba completamente enfiestada, a pesar de que solo había bebido cócteles sin alcohol; en cambio, mis compañeros estaban haciendo un esfuerzo por no vomitarse encima. Sin embargo, a pesar de eso, bailamos entre un mar de personas que se contorsionaban unas con otras en un animado baile. Al poco rato, el calor se apoderó de mí; podía sentirlo recorriendo mi cuerpo, haciéndome sudar. Pero eso no impidió que me divirtiera a lo grande. Incluso me aventuré a bailar con Latti, quien estaba completamente enfiestada y ebrea. Reímos y nos divertimos hasta que, entrada la madrugada, decidimos que habíamos tenido suficiente; más por el cansancio del baile y el calor que por otra cosa. Determinamos ir a continuar la fiesta a un bar que cerraba a las 7 de la mañana y donde, además, la banda tocaba una o dos veces a la semana. En medio de carcajadas y risas, Latti sugirió que quería ser quien mirara a los músicos, así que nos dirigimos allí, un lugar que parecía más un bar de carretera que uno en Nueva York. Sin embargo, con la adrenalina y las ganas de seguir divirtiéndonos, no importó que hubiera quienes nos miraran con el ceño fruncido. Después de bailar sobre las mesas y de que Latti derramara bebidas debido a lo ebria que estaba, me abrazó con los ojos entrecerrados junto a Jackson, el chico que tocaba la batería. Me habló arrastrando las palabras: —¡Voy a cantar! —gritó por encima de la música en vivo que sonaba en el bar, un lugar donde todas las personas se habían levantado a bailar, a pesar de su reducido tamaño. —¿Estás loca? ¡Estás muy ebria! —La tomé de la mano mientras me guíaba hacia el escenario. —¡Mientras esté consciente, no la cagaré! —gritó, arrastrándome con ella. Protesté entre carcajadas. —¡Cole, no, deténla! —Alargué una mano hacia él, que se estaba carcajeando, pero él negó con la cabeza mientras Jackson me tomaba de la mano para llevarme al escenario junto a Latti. Los gritos y los aplausos no se hicieron esperar mientras Latti saludaba al cantante, a quien conocía bien, así que no resultó incómodo que se acercara al micrófono para cantar la letra de la canción que sonaba en ese momento. Pero yo estaba tan inmersa en el ambiente que canté junto a las personas que aplaudían a Latti. Jackson me abrazó de la cintura para ayudarme a corear. Fue hasta que mi nueva amiga me acercó el micrófono a los labios que me silencié, abriendo los ojos con un poco de pánico. —¡Canta, Stella! —me gritó ella, mientras todos comenzaban a corear que lo hiciera. Negué con la cabeza, apartándome un poco, pero Jackson, sujetándome por la cintura con un brazo, impidió que lograra escapar. Tragué saliva con dificultad. —¡Canta! —seguían gritando. Me mordí los labios. ¿Cantar? ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que alguien me había pedido eso? Mi pecho estallaba. Miré al público, que estaba en pleno bullicio, y allí, entre las personas apretadas que saltaban y gritaban en caos, vi a aquel con los ojos verdes mirándome. Un pinchazo atravesó mi corazón, que latía con fuerza. Entrecerré los ojos y tomé el micrófono de las manos de Latti. Escuché aullidos enardecidos y, finalmente, abrí los labios, comenzando a cantar con el mismo ánimo que mi amiga había mostrado. Ella me miró, completamente sorprendida de que tuviera ese talento. Las personas, al escucharme, se encendieron. Mientras las notas fluían de mi garganta, no pude evitar sentirme extraña, a pesar de que hacía mucho tiempo que no cantaba sola y, mucho menos, para alguien. Era un sentimiento atípico para mí. —¡Mierda, Stella! —gritó Latti abrazándome emocionada—. ¿Por qué no me dijiste que cantas? Mi amiga estaba eufórica, al igual que sus compañeros y las personas que bailaban al son de mi canto. Lo que nadie podría adivinar era que yo cantaba para alguien que se encontraba a miles de kilómetros de distancia y que, aun así, parecía estar tan presente que podía imaginarlo mirándome en silencio desde los cuerpos que se entrelazaban entre sí. Alguien que, incluso, no dejaba de aparecer en mis sueños; alguien que esa misma madrugada, cuando llegué a dormir a mi departamento, no me abandonó. En cuanto el sueño se apoderó de mí, allí estaba de nuevo, en medio del frondoso bosque italiano, buscándome entre los gruesos troncos de arce. Aquella vez no me escondía; me dejaba ver ante sus ojos de depredador. Allí, en plena noche, iluminada por la luz de la luna y las lámparas, me presentaba frente a él, a quien sabía que no me haría daño, pero que, sin embargo, no podía dejar de asustarme. —Te encontré —murmuraba entre la nebulosa de mis sueños.
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