Louis mantenía el ceño fruncido mientras caminaba junto a Frank a casa. Estaba tan molesto y triste que prefería callarse e ignorar al pequeño, que llegar a contestarle de forma brusca o grosera. — Lou, ¿por qué no me hablas? —Lloriqueó Frank. — Estoy triste, bebé —respondió tratando de tranquilizarlo. Se agachó y apretó los mofletes del niño para que éste riera un poco. — ¿Por qué? — Porque me siento un poco decaído. — ¿Por qué? Louis cerró los ojos y tomó varias respiraciones profundas—. Porque estoy enfermo. — ¡Oh! —Exclamó Frank de pronto y paró de caminar, para ponerse a saltar— ¡Déjame abrazarte para sanar tu dolor, Lou! El adolescente asintió conmovido y alzó al pequeño para que envolviera su cuello con sus pequeños bracitos. — Todo estará bien, Lou —susurró. El ojiazu

