Pasaron horas y nadie entraba, ya identificaban mis manos no les pasaba la sangre, empezaban a teñirse de un morado bastante fuerte.
Por fin abre la puerta y entra Una vez con una bolsa. Tierra la puerta y mí mira, luego observa mis manos y colaca una mueca.
- ¿No te quitaron las cuerdas? - Negué con la cabeza — Doy una maldita orden y no la obedecen— Sacó su navaja del pantalón y cortó la cuerda.
Miré mis manos e hice movimientos para adaptarme a la sensación.
Él las tocó y acarició mis muñecas.
Aguanté un grito por su toque.
- ¿Te duele? —Preguntó y asentí varias veces— ¿Y por qué no lo demuestras? No esperaba esa pregunta, tal vez que me ofreciera un calmante o algo.
No le contesté ¿Qué necesita responder a eso ?, él me acercó más a él y yo subí mi mirada a sus ojos mieles.
- ¿No quieres contestarme? Te iba a premiar con comida decente —Murmuró sacudiendo la bolsa.
¿Habla en serio?
—Eso es algo que solo me importa a mí — Miré la bolsa. Moría de hambre.
Él se sentó en la cama, sacó un envase de la bolsa y un termo.
Abrió el envase y había una hamburguesa, nunca tuve tantas ganas de comerme una hamburguesa en mi vida, sacó otro envase y había espaguetis con Nuggets de pollo.
—Siéntate y ven — Obedecí y comencé a comer todo rápidamente, él me entregó el termo y al tomar el noté que era jugo de naranja.
Terminé de comer todo en menos de cinco minutos, por fin me clasifica llena.
—Gracias — Murmuré y subí mi mirada a su rostro.
Él acercó su pulgar a mis labios y quitó restos de kétchup de la hamburguesa.
En ese preciso momento entra Seis provocando que Once alejara su pulgar de mi anatomía.
Ella tenía una bandeja con restos de comida.
—Creí que comería esto—Dijo Seis mirando los envases de la cama confundida.
—Ha rebajado como cinco kilos, no puedo matarla—Ella asintió mirándome.
—Permiso—Salió de la habitación.
Hubo un silencio incomodo hasta que Once habló.
—Debo irme—Se levantó y yo tomé su mano inconscientemente, él lo notó y yo lo solté rápidamente. —Vendré a curar esto—Tomó mis muñecas delicadamente. —Lástima que ya no te puedes divertir mirando un lago sin motivo—Sonreí, olvidaba como se sonreía. —Genial, sonreíste—Él no pudo evitar sonreír conmigo. —Te veo luego—Abrió la puerta.
—Once—Lo llamé— ¿Tardaras mucho? —Mordía su labio inferior delicadamente.
—Espero que no—Asentí.
Salió de la habitación.
UN MES MÁS TARDE
Todo es tan difícil, estoy tan agotada, es aburrido estar encerrada en el mismo lugar durante tanto tiempo, ser maltratada por enormes chicos y no tener ni fuerza para resistir.
Según mis cálculos llevo más de un mes aquí y solo he visto a Once una vez en este mes, les parecerá raro, pero lo extraño. Tal vez me siento muy sola.
Abren la puerta de la habitación y entra Once con Seis.
—Once—Murmuré sorprendida.
Él suspiró al verme.
— ¿Cómo estás?
Casi rio de ironía ¿En serio se atreve a preguntarme eso? ¿Acaso está ciego?
— ¿Esa pregunta es en serio? —Él asintió, miré a Seis que nos observaba atentamente—Creo que estoy sufriendo de claustrofobia, las paredes se cierran, estoy llena de moretones porque tus malditos perros falderos no paran golpearme, estoy llena de golpes en la espalda por los latigazos que me dan y mis pesadillas no ayudan...He estado mejor en otras ocasiones.
Normalmente intento contener el lenguaje inadecuado y básicamente lo que siento, pero he explotado.
—Ordene que sin golpes—Miró a Seis.
—Uno y Tres no quieren lo mismo, no han parado, a pesar de lo que Cinco, Siete y yo decimos—él me observó de nuevo.
—Trae un botiquín y avísales a Uno y Tres que serán castigados por pecadores—Ella asintió y salió. —Levántate, ¿No te han cambiado la ropa? —Negué con la cabeza—Parece que tengo que hacerlo todo yo, quítate la ropa para ver lo que te hicieron—Me quité la camisa con cuidado ya que me dolía todo el cuerpo. Miré mi estómago lleno de golpes, él me tocó y yo me queje por el dolor. Sus ojos estaban en mi espalda. —Dios mío—Su expresión me decía que estaba mucho peor en la espalda.
Seis y Cinco entraron.
—Aquí está el botiquín, jefe—Se lo dio a Once.
—Maldición—Escuché murmurar a Cinco.
—Ponte boca abajo—Me dijo Once y obedecí. —Te dolerá un poco, pequeña—Me avisó—Puedes quejarte—Mordí mi labio y puso alcohol en mi espalda, sentí ardor, dolor, no sabía ni diferenciar lo que sentía.
Gruñí de dolor.
— ¡Maldita sea!—Grité.
Al diablo todo, está mierda duele como nunca.
Media hora aproximadamente fue cuando él terminó de limpiar mis heridas.
—Trae ropa limpia de mi habitación—Dijo Once y Cinco fue a buscar. — ¿No le han dado comida?
—Sí, señor...Yo soy la que le he dado—La miré y ella se veía demasiado buena para ser parte de una banda mafiosa.
Cinco entró con ropa en sus manos y se la dio a Once.
Me ayudó a levantar y me quité el short rápidamente, me extendió un pantalón de pijama de algodón, pude notar que es de hombre, me queda gigante, amarré el cordón fuerte para que no se me cayera, me dio una gran camisa gris y me la ayudó a poner. Me puse unos calcetines limpios.
—Acuéstate—Le hice caso. —Vengo después de castigar a los chicos—Me dijo y tomé su mano fuerte, él miro nuestras manos.
Se sentían asperas contra mi suave piel.
—No me dejes sola de nuevo—Murmuré.
—Cinco y Seis se quedaran contigo mientras vuelvo—Acarició mi mano con su pulgar.
Salió de la habitación y el vacío volvió a mí.
Tenía miedo de nuevo, miré a Cinco y Seis que susurraban entre sí.
—Cada vez sus castigos son peores—Murmuró Cinco y yo miré hacia otro lado para escuchar la conversación. —La otra vez Tres quiso tocarla...Ni siquiera alcanzó a tocarla y él lo dejó hecho papilla —Suspiré.
—A mí una vez me castigo... Todavía tengo pesadillas—Dijo Seis con una mueca.
¿A qué clase de castigos se refieren? Esto es tan confuso.
Siete entró a la habitación.
— ¿Qué hacen aquí, cariño? —Miró a Cinco.
—Órdenes del jefe, porque Scarlett no quiere quedarse sola y como es una maldita princesa a la que hay que complacer, tenemos que cuidarla—Dijo Cinco con un tono de voz mas fuerte.
Siempre tan decentes.
—Váyanse si quieren...Me da igual—Murmuré jugando con mis uñas.
—Lamentablemente, princesa...Aquí se hace lo que ordena Once y si no lo hacemos nos castigara y no es lindo—Me habló Siete como si de una bebé se tratara.
Mordí mi labio frustrada.
—No me llames princesa.
—Que mal que no te guste...Porque no hare nada de lo que me pidas, princesa—Ojala fuera una princesa en la parte triste de su historia con final feliz...Lamentablemente esta es la realidad.
Desperté gritando por las pesadillas, estaba sudando y estaba caliente, moría de frio y noté que estaba con la temperatura muy alta.
Me empezó a dar náuseas y lo siguiente que ocurrió fue que me levanté y corrí al baño para vomitar lo poco que he comido.
Abren la puerta del cuarto de baño.
—Scar—Murmuró la voz ronca de Once.
Limpié mi boca con papel higiénico y le di bomba, bajé la tapa y me senté mirando a Once.
—Te ves fatal—Suspiré.
—Gracias, me lo dicen seguido—Dije sarcástica. — ¿Te volví a despertar? —Pregunté, él negó con la cabeza.
—No podía dormir—Enjuagué mi boca y Salí del baño con él pisándome los talones.
Me senté en la cama y recogí mi pelo en una cola de caballo desordenada.
—Te traeré agua—Salió de la habitación.
¿Qué estarán haciendo mis padres? ¿Qué estarán haciendo para encontrarme? ¿Estarán bien? No lo sé... En este mes que llevo aquí encerrada me di cuenta que la vida es mucho mejor rodeada con tu familia.
Once entra con un vaso de agua y me lo entrega, tomé un poco ya que si bebía mucho volvería a vomitar.
Él tocó mi frente con su mano.
—Estás hirviendo—Lo miré y me encogí de hombros. —Despertaré a las chicas para que me ayuden a bajarte la temperatura.
Se dirigió a la puerta.
—No—Paró en seco y me miró—No las molestes por una estupidez.
—No es una estupidez, estás hirviendo—Me miró con asombro. —Dame un minuto.
Salió de la habitación y a los cinco minutos entraron Cinco y Seis junto a Once.
Seis me tocó la frente, Cinco tenía un envase lleno de agua con hielo y un pañito mojado.
—Acuéstate—Ordenó Cinco y Seis me puso el pañito helado en la frente, un escalofrió recorrió mi cuerpo.
Por qué no solo me deja morir aquí tranquilamente.