UN AÑO ANTES
El aula estaba en silencio.
No porque fuera pequeña ni porque los estudiantes no hablaran nunca, sino porque Aya Roberts sabía cómo capturar la atención de su alumnado. Caminaba de un lado al otro frente a la pizarra digital con la seguridad de quien domina su materia y ama lo que hace, y por eso sus clases eran tan concurridas. Cada movimiento era preciso, cada palabra estaba medida. El proyector mostraba una imagen ampliada del ADN: hélices brillando en tonos azules y rojos, girando lentamente como si contuvieran todos los secretos del mundo.
—Las mutaciones no son, por definición, algo negativo —explicaba—. Son respuestas. Adaptaciones. La vida siempre encuentra caminos, incluso cuando el entorno intenta destruirla.
Su voz era firme, clara. Había algo tranquilizador en su manera de hablar, como si incluso el caos pudiera ordenarse si se lo observaba con la lupa correcta.
Algunos estudiantes tomaban apuntes con rapidez. Otros la miraban sin disimular admiración. Aya no lo notaba. Estaba concentrada, como siempre, refugiada en ese mundo lógico donde todo tenía una causa, una explicación, un orden. Allí donde nada ocurría porque sí.
Su celular vibró sobre el escritorio.
Frunció apenas el ceño. Nadie la llamaba durante las clases. Nunca. Ni siquiera Ariel. Jamás. Lo ignoró y continuó.
—Si analizamos los virus desde una perspectiva evolutiva, veremos que…
El celular vibró otra vez.
Más fuerte. Más insistente.
Un murmullo recorrió el aula. Aya dudó apenas un segundo antes de mirar la pantalla.
Número desconocido.
Algo le apretó el pecho sin motivo aparente, una presión sorda, irracional. Aun así, respiró hondo y levantó la vista hacia sus alumnos.
—Cinco minutos —anunció—. Lean el material del módulo cuatro.
Se apartó hacia un costado del aula y atendió.
—¿Hola?
—¿Aya Roberts? —preguntó una voz masculina, profesional, demasiado neutra.
—Sí, soy yo.
Hubo una pausa breve, calculada. Demasiado larga.
—¿Usted es la esposa de Ariel Roberts?
—Si ¿porqué, qué pasó?
—La llamamos del Hospital General. Necesitamos que se acerque de inmediato. Su esposo ha sufrido un accidente.
El mundo se quedó sin sonido.
Aya abrió la boca, pero no salió nada. El aula, los estudiantes, la pizarra… todo se desdibujó.
—¿Qué tipo de accidente? —preguntó al fin, con la voz ya quebrada.
—Debe venir, doctora. Es urgente.
—¿Está consciente? ¿Está herido? —insistió—. ¿Dónde está mi esposo?
—Por favor, venga lo antes posible.
La llamada se cortó.
Aya se quedó mirando la pantalla del celular como si fuera un objeto extraño. El corazón le golpeaba con una violencia desmedida, errática. Regresó al aula como si caminara bajo el agua, con los oídos zumbándole.
—Clase suspendida —dijo—. Nos vemos la próxima semana.
No esperó preguntas. No escuchó las sillas moverse ni los murmullos preocupados. Salió del edificio casi corriendo.
Ariel nunca llegaba tarde.
Ariel siempre respondía.
Ariel siempre volvía a ella no importaba qué.
El trayecto al hospital fue una sucesión borrosa de semáforos en rojo, bocinas lejanas y respiraciones cortadas. Sus manos temblaban sobre el volante. Cada segundo parecía una eternidad. Cuando llegó, el edificio se alzó frente a ella como una amenaza inevitable, gris, implacable.
Entró.
El olor a desinfectante la golpeó de lleno, áspero, clínico, irreal.
—Mi nombre es Aya Roberts —dijo en el mostrador—. Me llamaron. Mi esposo tuvo un accidente.
La enfermera levantó la vista y algo cambió en su expresión.
Ese fue el primer golpe.
—Un momento, por favor.
Aya supo entonces que nada iba a salir bien.
Un médico se acercó poco después. Su bata estaba impecable. Su rostro, cansado.
—Señora Roberts, acompáñeme por favor.
Caminaron por un pasillo largo, interminable. Las luces blancas parecían no terminar nunca. Se detuvieron frente a una puerta cerrada.
—Hubo un accidente automovilístico —explicó el médico—. Aparentemente un camión perdió el control.
Aya asintió, automática. Analítica. Aferrada a la lógica como a un salvavidas.
—¿Dónde está? —preguntó—. Necesito verlo.
El médico respiró hondo.
—Hicimos todo lo posible.
Las palabras no encajaron.
—¿Qué significa eso? —preguntó despacio.
—Lo siento mucho.
No hubo discursos. No hubo rodeos. Solo esa frase.
Y el mundo se quebró.
Aya negó con la cabeza una y otra vez.
—No —susurró—. Usted se equivoca. Ariel iba a volver a casa hoy. NO.
Las piernas dejaron de sostenerla. Cayó al suelo del hospital con un grito desgarrado que le rasgó la garganta, un sonido primitivo, animal. Sintió manos sujetándola, voces llamándola, pero todo estaba demasiado lejos.
Minutos después, cuando ya no quedaban lágrimas, la dejaron entrar.
Ariel yacía inmóvil sobre la camilla. Su rostro estaba golpeado, pero completamente pacífico. Como si durmiera.
Aya se acercó despacio, como si el más mínimo movimiento pudiera romperlo. Tomó su mano.
Fría.
Apoyó la frente contra su pecho, esperando lo imposible.
—Ariel… —susurró.
No hubo respuesta.
El llanto que la sacudió fue silencioso al principio, roto, casi infantil. Le acarició el rostro con manos temblorosas, recorriendo cada rasgo que conocía de memoria.
—No te vayas —murmuró—. Por favor… no todavía.
Se inclinó sobre él, acercando los labios a su oído, como si aún pudiera escucharla.
—Me necesitas —dijo, con un hilo de voz—. Yo… yo te necesito.
Tragó saliva. El pecho le dolía tanto que parecía que iba a partirse en dos.
—Estoy embarazada, mi amor.
La palabra quedó suspendida en el aire, pesada, insoportable.
—Iba a decírtelo hoy —continuó entre sollozos—. Quería que fuera especial. Pensé que volverías a casa.
Apretó su mano con desesperación.
—No puedes dejarme sola —susurró—. No ahora. No así. NO.
NO, no, no, no.
Pero él no respondió.
Nunca lo haría.
Cuando finalmente la separaron de su cuerpo, Aya ya no era la misma mujer que había entrado a ese hospital.
Algo se había roto para siempre.
Y nada ni nadie lograría devolverle aquello que acababa de perder.