El motor de la Ranger rugía bajo sus manos mientras el territorio se abría frente a él, oscuro y silencioso. Salvaje.
Savage condujo sin prisa, con una tensión densa apretándole el pecho, como si algo dentro de él no hubiera terminado de acomodarse.
La noche todavía pesaba.
Lucy.
Su nombre apareció sin permiso, como una herida mal cerrada. Nunca había querido lastimarla, carajo. Todo sse había salido de sus manos.
Apretó el volante con más fuerza y dejó que el camino de tierra lo guiara de regreso al corazón de la manada Summer. Las luces del puesto de vigilancia quedaron atrás. Nadie lo detuvo. Nadie preguntó.
En ese territorio, él no necesitaba explicarse. Era la mano derecha de Viktor, el alfa de la manada de lobos más importantes a ese lado del continente.
Aparcó frente a su cabaña cuando el cielo apenas comenzaba a aclarar. La manada tenía su emplazada dentro de una enorme cueva pero fuera, había algunas cabañas repartidas por allí y allá, la de él era una de esas.
Lobo solitario, eso le decían qué era y él estaba orgulloso de eso, mierda. Sin embargo lo que le había dicho Lucy por alguna razón había calado hondo en él.
Entró, cerró la puerta tras de sí y apoyó la frente contra la madera durante un segundo más de lo necesario. El silencio lo envolvió, pesado, incómodo.
Se quitó la ropa y fue directo a la ducha.
El agua caliente golpeó su espalda con fuerza, recorrió cada músculo, cada cicatriz. Apoyó las manos contra la pared de losa y cerró los ojos, pero no encontró descanso. Solo imágenes que no quería ver y palabras que no debía recordar.
Jamás me emparejaré.
Se lo había dicho a Lucy.
Se lo había dicho a sí mismo durante años, miles de veces.
Entonces no sabía porqué precisamente le estaba incomodando ahora.
El agua no logró arrastrar la inquietud que se le había instalado bajo la piel desde el intercambio con Lucy.
Cuando salió, intentó dormir pero fue en vano. No podía. Su lobo estaba despierto, inquieto, reclamando movimiento. Necesitaba correr. Necesitaba vaciarse. Necesitaba sentir la libertad del viento sobre su cara y sus patas apenas tocando el suelo, prácticamente planeando sobre el aire.
Se vistió rápido y salió antes de que el sol terminara de elevarse. El aire frío de la madrugada le llenó los pulmones. Se internó entre los árboles y, cuando estuvo lo suficientemente lejos, se despojó de su ropa que dejó prolija detrás de un árbol acomododada y luego, dejó que el cambio ocurriera.
La transformación lo atravesó como siempre: huesos que se reacomodaban, músculos estirándose, piel convirtiéndose en pelaje bajo una lluvia de luces que danzaban alrededor de su cuerpo. No había dolor, solo poder. Libertad. Sacudió su cuerpo como acomodarse y luego en cuanto el lobo tocó el suelo, salió disparado.
Corrió entre los pinos de Sierra Nevada, con la tierra húmeda bajo las patas y el aroma de la montaña envolviéndolo todo a su alrededor. Cada salto era un desahogo. Cada respiración, un intento de silenciar el ruido interior.
No supo que distancia atravesó.
Pero entonces…
Algo cambió.
Un olor. un inesperado aroma que llenó sus narinas e hizo aque el lobo inspirara y torciera su cabeza confundido.
Savage se detuvo en seco.
Frunció el hocico, desconcertado. Y volvió a aspirar el aire con profundidad.
Rosas.
No flores silvestres. No resina. No sangre.
Rosas. El inconfundible olor de rosas rojas.
Un aroma imposible en medio de la inmensidad de aquel territorio salvaje.
Su lobo se puso alerta, desconfiado. Aquello no pertenecía allí. Giró la cabeza hacia un costado y el otro, siguiendo el rastro, avanzando despacio entre los árboles hasta que la vio.
La cueva. La reconoció, quedaba muy al norte, evidentemente había corrido mucho esta vez.
Se acercó con cautela y entró. Sus patas pisando con cuidado.
Y entonces la vio.
Humana. Pequeña. Vulnerable. Dormida dentro de una bolsa, con el cabello oscuro desparramado y el rostro marcado por el rastro de lágrimas secas.
Savage dio un par de pasos para acercarse a olfatearla pero luego de golpe, se quedó inmóvil.
Algo le golpeó el pecho con una fuerza brutal. No era deseo. No era hambre. Era… reconocimiento. Una sacudida profunda que no sabía cómo nombrar pero que lo hizo echarse hacia atrás.
Cuando ella abrió los ojos, el mundo pareció contener el aliento.
No hubo miedo en su mirada. Solo confusión. Y algo más. Algo que le atravesó el alma cuando sus ojos se clavaron en los de él con intensidad.
La transformación ocurrió sin que pudiera detenerla.
La luz envolvió su cuerpo y, cuando el lobo desapareció, él quedó de pie frente a ella. Desnudo. Humano.
—¿Qué demonios…? —susurró ella estupefacta, mientras su cuerpo ahora de pie pareció ser atravesado por un temblor.
Savage dio un paso adelante, listo para tranquilizarla, para decir algo, cualquier cosa… pero entonces ella lo miró de verdad.
Y el color abandonó por completo su rostro. Lo observó como si hubiera visto un fantasma.
—Ariel… —murmuró.
Y entonces se desplomó.
Savage reaccionó por instinto. La atrapó antes de que tocara el suelo y la sostuvo entre sus brazos. Era liviana. Demasiado. Su cuerpo encajó contra el suyo de una forma que lo descolocó por completo.
—Carajo —murmuró.
La apoyó con cuidado sobre el suelo de la cueva y se alejó a regañadientes para buscar ropa. En el territorio siempre había prendas de emergencia. Las tomó, se vistió rápido y volvió junto a ella.
—Hey… —dijo en voz baja, sacudiéndola con suavidad—. Despierta.
Nada.
Su pulso era estable. Respiraba. Pero no reaccionaba.
Una inquietud fría le recorrió la espalda.
¿Quién eres?
¿Cómo llegaste aquí?
¿Y por qué hueles a algo que no debería existir en este lugar?
Viktor no iba a creerle. El alfa vería una infiltrada. Una amenaza. Una humana en territorio Summer en el contexto político que estaban viviendo con todos los cambios que había, no era un accidente. La apartaría, la interrogaría, solo esperaba que no la torturara.
Una humana en tierra de la manada y sin autorización, aún seguía siendo ilegal.
Savage pasó una mano por su cabello, frustrado.
—Maldita sea… —susurró.
La miró otra vez.
Hermosa. Extraña. Imposible.
Tocó su cabello largo con mucha suavidad.
Y por primera vez en mucho tiempo, Savage sintió algo que no podía controlar.
La certeza de que, desde el momento en que la había encontrado, nada volvería a ser igual.