20 horas antes
El cuarto aún olía a ellos.
A piel tibia, a luna filtrándose por la ventana abierta, a algo que no quería ser nombrado, pero ahí estaba en el aire latente. Lucy, la loba de la manada Falcone con quién él venía teniendo una historia sin nombre, permanecía recostada sobre las sábanas desordenadas, con el pecho subiendo y bajando lentamente, los ojos cerrados como si así pudiera prolongar un instante lo que ya se estaba deshaciendo en el aire.
Savage se incorporó primero.
Se sentó al borde de la cama, apoyó los antebrazos sobre los muslos y pasó una mano por su nuca revvolviendo su cabello dorado en el proceso, estaba pensativo. Su cuerpo musculoso estaba relajado, pero su mente ya no estaba allí. Nunca lo estaba después, especialmente ese último tiempo.
Lucy lo supo antes de que él hablara. Lo supo porque lo conocía. Porque llevaba meses aprendiendo a leerlo en sus silencios.
—Tenemos que hablar —dijo él, finalmente.
Ella abrió los ojos despacio. No sonrió.
—¿Ahora?
Savage asintió sin mirarla.
—Sí. Ahora.
Lucy se incorporó un poco, sosteniendo la sábana contra su pecho. La luna dibujaba sombras sobre los músculos de él, sobre las cicatrices que hablaban de guerras, de obediencia, de lealtades que no la incluían. Al igual que él, que hacía un enorme esfuerzo para dejarla fuera de su vida.
—No podemos seguir viéndonos —continuó Savage, con una calma que dolía—. Esto… ya no es una buena idea.
El corazón de Lucy dio un salto seco.
—¿Cómo que no es una buena idea? —preguntó, forzando una risa breve—. Hace un momento estabas duro dentro de mí y tu cuerpo no parecía opinar lo mismo, así que ¿Desde cuándo exactamente esto no es buena idea?
Savage se levantó y comenzó a vestirse, de espaldas a ella. Cada movimiento era preciso, controlado, como si estuviera poniéndose una armadura.
—Vamos, Lucy —dijo, usando su nombre como si fuera un límite—. Sabes exactamente a qué me refiero.
Ella se puso de pie también, descalza sobre el piso frío.
—No. No lo sé —replicó, la voz temblándole apenas—. Si lo supiera, no te estaría preguntando como una maldita idiota.
Savage se giró entonces. Sus ojos eran claros, impenetrables. Hermosos. Inalcanzables. Cómo todo él.
—Esto no va a ningún lado —dijo—. Y no quiero que te hagas ideas de cosas que no existen.
Lucy lo miró como si no lo reconociera.
—¿Ideas? —repitió—. ¿Eso crees que es esto, una idea?
Él suspiró, impaciente.
—Sabes perfectamente a lo que me refiero...Y, nunca te prometí nada.
Las palabras cayeron como un golpe directo al plexo solar de la pantera.
Ellos eran de diferentes especies pero claramente eso no impedía que retozaran, incluso, podrían vincularse, emaprejarse.
Pero él nunca se quedaba con nadie lo suficiente como para que eso ocurriera. Y el mating o emparejamiento podía darse de dos maneras, a lo largo del tiempo o sino, era como algo que estallaba desde el principio en medio de tu pecho.
Era complicado, lo suficiente como para que él hubiera decidido hacía tiempo que no quería involucrarse de esa manera, había visto a amigos suyos sufrir por eso. Y aunque no era lo mismo, él había sufrido enormemente al perder a su madre pero sobre todo a su hermana pequeña y no pensaba exponerse a sentir así de esa manera de nuevo. La sola idea le daba ganas de vomitar a Savage.
Los ojos de Lucy se llenaron de lágrimas antes de que siquiera pudiera evitarlo. Porqque ella si tenía sentimientos por él, y claramente ya no podía ocultarlos, de allí el planteo del lobo de la manada Summer parado frente a ella.
—Eres un bastardo —dijo, con la voz quebrada por las emociones desbordadas—. Un bastardo sin sentimientos, eso es lo que eres.
Savage no reaccionó. No alzó la voz. No se defendió.
En el fondo lo sabía, ella tenía razón.
—Siempre fui claro contigo.
—No —respondió ella, negando con la cabeza—. Fuiste cómodo. Que no es lo mismo.
Se abrazó a sí misma, como si de pronto tuviera frío. O pudiera protegerse de algo invisible.
—Tarde o temprano vas a tener que emparejarte —continuó—. No puedes huir de eso toda la vida. Eres un changer, Savage. No eres inmune, y lo sabes.
Él esbozó una sonrisa lenta, peligrosa. Esa que tantas veces la había hecho perder el aliento y mojar sus bragas, pero que en ese mismo momento odiaba desde lo más profundo de su alma.
—En ningún lado dice que esté obligado a emparejarme —dijo—. No soy el alfa. No tengo ese deber.
Lucy lo miró con una mezcla de dolor y rabia.
—Eres su teniente general —escupió—. La mano derecha de Viktor. El ejemplo de toda la maldita manada. No puedes fingir que estás por encima de todo y todos, Savage.
Escupió esa última palabra pero él, casi indiferente. se encogió de hombros de modo indolente.
—Puedo hacerlo. Y lo hago. De hecho es lo que estoy haciendo ahora mismo.
Ella dejó escapar una risa amarga.
—Entonces ojalá te enamores —dijo, cada palabra cargada de veneno—. Ojalá encuentres a alguien que te destruya por completo.
Él no respondió.
—Ojalá te emparejes con alguien que no te quiera —añadió—. Que te mire como tú me estás mirando ahora.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
Lucy se dio la vuelta, tomó su ropa del suelo y se vistió a toda prisa. Antes de salir, se detuvo en la puerta.
—Y cuando eso pase, porque pasará —dijo sin mirarlo—, acuérdate de mí, bastardo.
Finalmente la puerta se cerró de un golpe.
Savage quedó solo en el cuarto. El silencio volvió a ocuparlo todo.
Caminó hasta la ventana y miró la luna llena. Su lobo se agitó en su interior, incómodo, inquieto de una forma que no comprendía.
—Jamás —murmuró—. Jamás me emparejaré.
Pero algo, muy dentro de él, respondió con un latido oscuro.
Y por primera vez…
Savage no estuvo tan seguro de eso, incluso, tuvo un mal presentimiento al respecto.