Aya seguía respirando con dificultad, las manos apretadas contra el pecho como si intentara contener algo que se le escapaba por dentro. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero ya no eran solo de shock: había miedo puro, crudo, animal.
Leona se sentó junto a ella en la camilla y le tomó una mano con cuidado, sin apretar demasiado.
—Respira conmigo de nuevo, Aya. Inhala… exhala. Todo va a estar bien si nos cuentas la verdad. No quiero asustarte, pero… entrar ilegalmente en territorio de una manada es un crimen federal. Si no nos ayudas a entender qué pasó, Viktor no va a tener más remedio que tratarte como una amenaza. Y créeme, no quieres eso.
Aya la miró con los ojos muy abiertos, vidriosos.
—Es una locura —susurró—. Esto es un sueño. Tiene que ser un sueño. Me voy a despertar en cualquier momento y voy a estar en mi cama, o en el sofá de mis padres, o…
Leona suspiró suavemente. Sin decir nada más, levantó su mano derecha. Los dedos se extendieron con naturalidad, y de pronto las uñas se alargaron, se curvaron, se volvieron negras y afiladas como garras de obsidiana. Brillaron bajo la luz tenue de la lámpara.
Aya se quedó inmóvil. El aire se le atoró en la garganta.
—Increíble… —murmuró, casi sin aliento. Extendió una mano temblorosa, como si quisiera tocarlas para comprobar que eran reales, pero se detuvo a mitad de camino—. Es… real.
Leona retrajo las garras con la misma facilidad con que había aparecido, y le ofreció una sonrisa pequeña, casi maternal.
—No es un sueño, Aya. Esto es real. Y tú estás aquí.
Aya soltó una risa débil, temblorosa.
—Me siento como Alicia en el país de las maravillas… solo que acá son lobos, no conejos.
Leona dejó escapar una risa suave, genuina.
—A mí siempre me gustó esa historia. Aunque prefería el Sombrerero Loco antes que la Reina de Corazones.
Aya sonrió un segundo, pero la sonrisa se desvaneció rápido. Bajó la mirada a sus manos, que seguían temblando.
—¿De dónde vienes? —preguntó Leona con voz calma, volviendo al tema.
Aya levantó los ojos.
—De aquí —dijo, y la voz le salió más firme de lo que esperaba—. De California. De este país. De este mundo.
Leona frunció el ceño ligeramente.
—Eso no es posible. No hay registro de ti en ninguna base de datos de la manada, ni en las fronteras, ni en los radares. ya te busqué por tus huellas digitales. Nadie entra ni sale sin que lo sepamos. A ver…Describe lo mejor que puedas lo que pasó en las últimas veinticuatro horas.
Aya se puso sombría. Su mirada se perdió en algún punto lejano de la pared.
—Estaba en la casa de mis padres… queda cerca de la cueva. Estaba mal. Muy mal. —Tragó saliva—. Tomé mis cosas, necesitaba pensar. Fui caminando hasta la cueva. Me fui a acampar allí, acomodé mis cosas, estuve un rato sin hacer demasiado, luego me puse en mi saco de dormir, empecé a llorar… y cuando desperté… —Sacudió la cabeza—. No es posible. No es posible que esto sea real.
Leona se inclinó un poco más hacia ella.
—¿Qué cosa no es posible?
Aya levantó la vista, y las lágrimas volvieron a llenarle los ojos.
—Que Ariel esté vivo. Murió hace un año. En un accidente de auto. Lo vi… Lo vi muerto en el hospital. ¿Cómo es posible que esté vivo? ¿Cómo?
Leona la miró con una mezcla de compasión y desconcierto.
—Está muy vivo, Aya. Y nunca se murió. Ni en un accidente, ni en nada parecido. Lo conozco desde que era un cachorro.
Aya se quedó helada. El aire se le escapó en un suspiro tembloroso.
Leona decidió probar algo más.
—¿Quién es el mandatario de Estados Unidos ahora?
Aya parpadeó, confundida por el cambio de tema.
—Trump. Donald Trump.
Leona la miró extrañada, como si acabara de escuchar algo absurdo.
—¿Trump? —repitió, casi divertida—. ¿En serio?
Aya frunció el ceño.
—¿Por qué me preguntás eso?
Leona suspiró, cruzó los brazos y se recostó un poco contra la pared.
—Porque aquí el presidente de Estados Unidos es John Kennedy Junior.
Aya soltó una risa incrédula, casi histérica.
—¿John Kennedy Junior? Eso es imposible. Murió en un accidente de avión en… en los noventa. Todos lo sabemos.
Leona no sonrió esta vez. Su expresión se volvió seria, casi sombría.
—¿En qué año estás tú, Aya?
—2025 —respondió ella sin dudar.
Leona la miró fijamente durante varios segundos largos.
—Aquí estamos en 2045.
El silencio que siguió fue tan pesado que pareció aplastar el aire.
—No… no… no es posible —susurró Aya. Empezó a sacudir la cabeza lentamente, como si pudiera negar la realidad con el movimiento—. ¿Qué es lo que pasa acá? ¿Qué carajos está pasando?
Leona se quedó mirándola en silencio, estudiándola con esos ojos almendrados que parecían ver mucho más de lo que decían.
Al final, exhaló despacio.
—No lo sé —admitió en voz baja—. Pero vamos a descubrirlo. Te lo prometo.