Capítulo 4. La manada

1285 Words
Savage no dudó más. La levantó en brazos con cuidado, como si temiera que un movimiento brusco pudiera romperla. Era liviana, demasiado liviana para una adulta, y su cabeza cayó laxa contra su pecho. El aroma a rosas lo envolvió al instante, intenso, invadiéndole los sentidos de una manera que lo desconcertó todavía más. Su lobo gruñó en el fondo de su mente, un sonido inevitable. No era amenaza, era atracción. Algo en ella lo reclamaba. Y eso no era normal en él. Salió de la cueva y emprendió el regreso al corazón del territorio. No volvió a transformarse. Corrió en forma humana, veloz y preciso, sosteniéndola firmemente contra su cuerpo. La madrugada cedía ya al día; los primeros rayos de sol se colaban entre los árboles cuando cruzó los límites visibles de la manada. Las miradas no tardaron en llegar. —Savage… —Buen día, general. —¿Todo bien? Los saludos eran automáticos, respetuosos, pero las miradas seguían clavadas en la mujer inconsciente que llevaba en brazos. Algunos fruncían el ceño. Otros aspiraban el aire, claramente confundidos. Rosas. El murmullo se extendió como un susurro incómodo. Savage no se detuvo. Avanzó con paso firme hacia la enfermería, ignorando las preguntas mudas, la curiosidad y la desconfianza que pesaban en su nuca. Gruñó sin poder evitarlo. Al empujar la puerta de la enfermería, el aroma a hierbas y desinfectante lo recibió de inmediato. Leona, la doctora de la manada, alzó la vista desde la camilla que preparaba. —Savage, qué temprano —dijo con una sonrisa fugaz que se apagó al instante—. ¿A quién traes ahí? Él se acercó y la depositó con suavidad sobre la camilla. Al hacerlo, el cabello oscuro de la mujer se deslizó a un lado, revelando por completo su rostro. Leona frunció el ceño. —Es… —Savage vaciló—. No sé cómo explicarlo. La encontré en una cueva al norte. Estaba sola. Es humana. El entrecejo de Leona se profundizó. —¿En el norte del territorio? ¿Sola? ¿Cómo demonios atravesó las fronteras sin que nadie la detectara? Él asintió con su cabeza. —No tengo idea. Estaba inconsciente cuando llegué. No tiene heridas visibles. Pensé que tal vez era una teletransportadora, pero nuestros radares especiales deberían haber saltado, los soldados habrían aparecido o al menos un dron… Nada. Solo ella y yo. Leona lo miró extrañada, pero no insistió. En cambio, colocó dos dedos en el cuello de la mujer, comprobó el pulso y revisó sus pupilas con rapidez. —¿Ya hablaste con Viktor? —No —respondió Savage—. Todavía no. Leona abrió la boca para replicar, pero una presencia imponente cruzó el umbral. —¿Alguien me buscaba? La voz de Viktor llenó la sala sin esfuerzo. El alfa de la manada Summer entró con paso seguro, su sola presencia bastaba para imponer silencio. Leona se giró hacia él. —Justo a tiempo —dijo—. Quería hablarte de otra cosa, pero esto te va a interesar más. Viktor avanzó un paso… y se detuvo en seco. Aspiró el aire. —¿Qué es ese olor? —preguntó, ceñudo—. Rosas… Sus ojos se deslizaron hasta la camilla. Y se endurecieron. —¿Qué hace esa humana aquí? —preguntó sin rodeos. Savage se tensó, pero sostuvo la mirada. —La encontré esta mañana. En una cueva al norte. Estaba sola. No parecía saber dónde se encontraba. Viktor se acercó lentamente a la camilla. Observó el rostro de la mujer con atención fría, desconfiada. —Eso no responde mi pregunta —dijo—. ¿Cómo llegó una humana hasta el corazón de nuestro territorio sin ser detectada? Savage negó con la cabeza. —No lo sé. —¿Se cruzó contigo? —Sí. Viktor alzó una ceja. —¿Y sigue viva? —Savage no solo era su mano derecha; era uno de los soldados más letales de la manada. —Se desmayó —respondió él, tragando saliva con un nerviosismo que lo hizo maldecirse por dentro—. Cuando me vio en forma humana… murmuró algo y perdió el conocimiento. El alfa miró a Leona. —¿Es peligrosa? —Por ahora no detecto signos de ataque ni manipulación —respondió ella—. Está inconsciente, pero estable. Parece que agotó toda su energía, como una batería completamente descargada, ya sabes. Todos entendían el concepto: humanos o changers que usaban hasta el último ápice de poder terminaban así. Viktor volvió los ojos hacia Savage. —¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué más pasó? No estás como siempre. Savage tragó saliva. —Me llamó por un nombre antes de desmayarse —admitió al fin. Un escalofrío lo recorrió al recordarlo. Viktor se quedó inmóvil. —¿Qué nombre? —Ariel. El silencio se volvió denso, pesado. Leona miró de uno a otro, confundida. —¿Ariel? —repitió—. ¿Quién es Ariel? Los ojos de Viktor no abandonaron a Savage. —Ese no es un nombre cualquiera —dijo lentamente—. ¿Hablaste con ella antes de que se desmayara? ¿O te resulta familiar de algún modo? —No —respondió Savage con voz baja—. Apenas abrió los ojos, me miró… y susurró ese nombre. Nunca la había visto en mi vida, te lo juro. Viktor ladeó la cabeza de forma lobuna, estudiándolo con una intensidad que incluso a Savage le resultó incómoda. —¿Te llamó por tu verdadero nombre? Savage frunció el ceño, desconcertado. —¿Mi… verdadero nombre? Viktor asintió despacio, mirándolo de forma extraña. —No lo recuerdas, ¿verdad? El pulso de Savage se aceleró. —¿Recordar qué? Viktor no contestó de inmediato. Volvió a mirar a la mujer inconsciente y aspiró otra vez el aire, como si el aroma pudiera revelarle algo más. —Cuando eras pequeño, la manada Falcone te encontró. Los humanos habían experimentado contigo. Un comando changer te rescató… o tal vez te habrían llevado a otro laboratorio, pero los Falcone interceptaron el convoy y te liberaron. Eras un cachorro salvaje, por eso te pusieron Savage. Aunque al principio decías que te llamabas Ael. Savage sintió un frío recorrerle la espalda. —Sí… ¿y qué? Viktor lo miró directo a los ojos. —Mi padre investigó más sobre tu origen. ¿De verdad no recuerdas nada? Leona carraspeó, interrumpiendo con delicadeza. Recordaba bien la historia dolorosa de Savage: padre asesinado, familia despojada y condenada, abandonado junto a su madre y su pequeña hermana en el destierro. La madre murió. La hermana también. Luego lo capturaron para experimentos hasta que los Falcone lo rescataron. —A veces el trauma reprime recuerdos dolorosos, Viktor —dijo la doctora tras carraspear. —Mi padre quiso hablarlo contigo —continuó Viktor—, pero eras muy pequeño y habías sufrido demasiado. Estabas empezando a adaptarte, a formar parte de la manada. Para todos eras Savage. Era una nueva identidad. Parecías recuperar algo de felicidad… y respondías a ese nombre. Pero no era tu verdadero nombre. Ni siquiera Ael. Ese era solo el apodo que te puso tu hermana cuando eras pequeño. Tu nombre real, el que aparece en la partida de nacimiento que tu madre logró conservar, era otro. De pronto, un recuerdo atravesó a Savage como un relámpago. Se vio a sí mismo de muy pequeño, tambaleándose mientras aprendía a correr. —Ven con mamá, mi hermoso cachorro… mi pequeño Ariel… La piel se le erizó. Palideció. Entonces miró a la humana con horror puro. ¿Cómo demonios sabía ella algo que él mismo acababa de recordar en ese preciso instante? ¿Quién mierda era esa mujer?
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