La noche había caído sobre el territorio Summer como un manto pesado de terciopelo n***o, salpicado de estrellas que parecían más cercanas de lo habitual. La entrada principal a la cueva —un arco natural de roca erosionada por siglos de viento y lluvia, flanqueado por antorchas que ardían con fuego azul changer— estaba custodiada por dos lobos en forma humana: Chambers, uno de los tenientes de Viktor, alto y de hombros anchos, con el cabello rapado y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda, dándole un aspecto más recio; y otro soldado silencioso cuyo nombre nadie mencionaba en voz alta.
Viktor esperaba de pie en el centro del arco, brazos cruzados, expresión seria. Savage estaba a su lado, pero no como siempre: inmóvil, con la mirada fija en el sendero oscuro que bajaba de la montaña. No había dicho una palabra desde que Draco se fue. Su lobo interior estaba inquieto, paseando en círculos mentales, pero su cuerpo permanecía quieto, como si cualquier movimiento pudiera romper algo frágil dentro de él.
Un remolino de aire frío anunció la llegada antes que el sonido. El espacio frente a ellos se dobló como una tela rasgada, y de la nada emergió Peyton: alto, delgado, vestido completamente de n***o —pantalones tácticos, chaqueta de cuero ajustada, botas militares—. Su cabello oscuro estaba perfectamente recortado, y sus ojos de mirada intensa no parpadeaban. Era callado por naturaleza, pero su presencia llenaba el espacio sin esfuerzo.
A su lado apareció Gia.
Impresionante no le hacía justicia. Gia era una híbrida pura de changer y humana, nacida de una unión prohibida décadas atrás que había marcado la historia en más de una manera: era la hija ilegítima ni más ni menos que de John F. Kennedy Primero., el primer ministro que había sido asesinado y padre del actual primer ministro John Kennedy Junior y hermano suyo. Criada en el ostracismo, había sido bailarina de burlesque y se había ganado la vida desplumando a changers hasta que se metió con el equivocado. Eso la llevó a una persecución por parte del antiguo Comando Changer, donde conoció a Peyton, quien quedó prendado de ella al instante. Juntos huyeron, y el resto, como quien dice, fue historia. Terminaron siendo alojados en la manada Falcone, pues Michael —hasta entonces enemigo acérrimo de Peyton— creyó que allí nadie los buscaría. De eso habían pasado años que parecían décadas, mucha agua corrió bajo el puente, y ahora eran miembros plenos de la manada. Peyton, quien una vez había sido el enemigo más odiado de Michael, hoy era parte de su familia. Y Gia también: la mujer que había salvado a la manada con sus poderes durante un ataque del Comando. Juntos combinaban la telequinesis de él con la telepatía de ella, convirtiéndose en prácticamente imbatibles.
Tan poderosa como atractiva, su cabello largo cobrizo caía en ondas perfectas hasta la mitad de la espalda, brillando como fuego líquido bajo la luz de las antorchas. Sus ojos eran de un verde intenso, casi luminoso, con motas doradas que parecían moverse cuando la mirabas fijamente. Su cuerpo era escultural: curvas definidas pero fuertes, piel pálida con un leve resplandor que hablaba de su linaje mixto. Y su aroma… un perfume imposible de describir con palabras humanas: flores salvajes mezcladas con tormenta eléctrica y algo antiguo, como libros viejos y lluvia de verano. Era adictivo, calmante y a la vez electrizante. Cuando entraba en un lugar, el aire cambiaba.
Peyton inclinó la cabeza hacia Viktor en un saludo silencioso. Viktor le devolvió el gesto y extendió la mano para un apretón firme.
—Gracias por venir tan rápido —dijo Viktor.
Peyton solo asintió una vez. No necesitaba palabras.
Gia, en cambio, sonrió con esa sonrisa suya que podía ser arma o bálsamo. Miró a Savage y alzó una ceja.
Savage, que normalmente saludaba a Peyton con un “hola, chucho, ¿aún te sostienen fuerte de la cadena?” en tono burlón y un golpe en el hombro, permaneció en silencio. Ni un gruñido, ni una sonrisa torcida. Solo los miró, y luego desvió la vista hacia la entrada de la cueva.
Gia frunció el ceño ligeramente y habló telepáticamente con Peyton, su voz mental suave y juguetona.
“¿Viste eso? Savage está muy raro.”
Peyton respondió sin mover un músculo, su mente cálida y seca como siempre.
“Sí. Inusualmente mudo. Nunca creí que algo iba a enmudecerlo.”
Gia soltó una risa mental, ligera como campanillas.
“Eres terrible. Mi hermoso lobo.”
Peyton le mandó un beso telepático —un roce cálido y breve en su mente— y ella le devolvió un cariño fugaz antes de volver la atención al grupo.
Viktor les indicó el camino con un gesto.
—Pasen. Leona está con ella en la enfermería. Chad custodia la puerta.
Entraron en la cueva. El pasillo principal era ancho, iluminado por vetas de cuarzo que brillaban con luz propia. El aire era fresco, con olor a musgo y piedra antigua. Caminaron en silencio, solo el eco de sus botas y el leve roce de la tela de Gia.
Al llegar a la enfermería, Chad estaba de pie junto a la puerta, brazos cruzados, expresión neutra. Dentro, Leona revisaba un monitor. Ada estaba sentada en una silla al lado.
Viktor entró primero y miró a Ada con el ceño fruncido.
“Te dije que te fueras”, le transmitió telepáticamente, voz grave y exasperada.
Ada alzó la barbilla, desafiante.
“No empecemos, porque duermes en la cucha del perro esta noche.”
Él gruñó en su mente y paraa aflojarlo, ella le mostró una foto erótica en su mente —ella misma, en una pose que sabía que lo volvía loco— y Viktor alzó una ceja, gruñéndole telepáticamente.
“Ada…”
Ella sonrió inocentemente y le mandó un beso mental. Viktor sacudió la cabeza, pero una comisura de su boca se curvó apenas.
Savage ignoró el intercambio. Se acercó a Leona, voz baja.
—¿Cómo está?
Leona suspiró, mirando hacia la puerta cerrada de la habitación interior.
—Descansa. Le di un sedante suave. Está exhausta, pero estable. El drenaje de Draco la ayudó con el dolor emocional, pero sigue en shock. No para de murmurar sobre su mundo, sobre Ariel… sobre ti.
Gia, que había entrado detrás, se apoyó en el marco de la puerta y miró a Savage con una sonrisa traviesa.
—Así que estabas casado todo este tiempo, ¿eh? —dijo en voz alta, bromeando—. Qué calladito te lo tenías, Savage.
Él hizo un sonido que no llegó a ser ni gemido ni gruñido: un resoplido ahogado, casi doloroso.
—No es gracioso, Gia.
Ella suspiró, perdiendo la sonrisa juguetona. Se acercó y le puso una mano en el brazo.
—Perdón. Sé que no lo es.
Gia miró hacia la puerta cerrada, luego a Viktor.
—Bien. Ahí voy. Deseenme suerte.
Cuando dio un paso, Savage le tomó el brazo con gentileza, pero firme.
—Ten cuidado con ella —susurró, voz ronca—. Por favor.
Gia lo miró a los ojos. Extendió su mente hacia él, envolviéndolo en una oleada de calma suave, como una manta tibia. El tirón en su pecho se alivió un poco, el lobo se aquietó.
“Todo estará bien”, le transmitió telepáticamente, voz suave y segura. “Confía en mí.”
Savage soltó su brazo lentamente, asintiendo una sola vez.
Gia se giró hacia la puerta. Peyton se quedó atrás, apoyado contra la pared, vigilante pero en silencio. Viktor le puso una mano en el hombro a Savage.
—Vamos a resolver esto —dijo en voz baja.
Savage no respondió. Solo miró la puerta por donde Gia acababa de entrar, el aroma a rosas filtrándose por debajo como un susurro que no podía ignorar.
Dentro de la habitación, Aya dormía inquieta, con el ceño fruncido y las manos apretadas contra el pecho. Gia se acercó despacio, sentándose al borde de la camilla. Extendió una mano y rozó la frente de Aya con los dedos.
El contacto fue instantáneo: una oleada de imágenes, emociones, recuerdos. Un laboratorio iluminado por luces frías, risas compartidas sobre microscopios, rosas en un jarrón sobre una mesa de cocina. Luego, el caos. Dolor agudo, como una puñalada en el pecho. El rostro de Ariel pálido en una cama de hospital, las promesas rotas. Y entre todo eso, un detalle que Gia captó con claridad: el bebé. Un embarazo reciente, un hijo que Aya había perdido en el duelo, o quizá nunca llegó a nacer.
Gia cerró los ojos, absorbiendo todo sin juicio. No profundizó en los secretos científicos —eso vendría después—, pero sintió el núcleo: duelo puro, amor que no había muerto, confusión absoluta, y una maternidad rota que aún sangraba.
“Estás en casa”, le transmitió mentalmente, aunque Aya aún dormía. “O al menos, en una que te va a recibir con los brazos abiertos.”
Fuera, en el pasillo, el grupo esperaba. Savage no se movió ni un centímetro. El tirón en su pecho era ahora un latido constante, como un segundo corazón que no le pertenecía del todo.