Gia sostuvo a Aya en sus brazos durante lo que parecieron minutos eternos. El abrazo era cálido, maternal, como si Gia pudiera absorber parte del dolor que aún latía en el pecho de la joven. Aya sollozaba en silencio, con la cabeza apoyada en el hombro de Gia, inhalando ese aroma único de flores salvajes y tormenta que parecía calmar el caos en su mente. Poco a poco, los temblores disminuyeron. Aya se separó ligeramente, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, y miró a Gia con ojos enrojecidos pero un poco más claros.
—Gracias —susurró Aya, la voz rota—. No sé cómo lo hiciste, pero… sentí que no estaba sola por un momento.
Gia sonrió con ternura, sentándose de nuevo en el borde de la camilla. Sus ojos verdes brillaban con empatía genuina, pero también con una sombra de escepticismo que no podía ocultar del todo. Con sus poderes, acentuados a lo largo de esos últimos años, había visto demasiadas mentes fracturadas, demasiadas historias que parecían imposibles… y esta era la más extraña de todas.
—No fue nada —dijo Gia suavemente—. Solo te mostré que tu dolor importa. Que alguien lo entiende. Ahora… ¿quieres hablar un poco más? No te voy a presionar, pero necesito entenderte mejor, Aya. Para ayudarte de verdad.
Aya dudó, mirando sus manos entrelazadas sobre la manta. El eco de los recuerdos seguía flotando en el aire, recordándole a Ariel, al bebé, a todo lo perdido. Pero algo en la presencia de Gia la hacía sentir segura, como si estuviera en un confesionario donde las palabras no juzgaban.
—Está bien —murmuró—. ¿Qué quieres saber?
Gia se inclinó un poco hacia adelante, eligiendo sus palabras con cuidado.
—Háblame de tu carrera. Eres científica, ¿verdad? Draco lo vio en tus recuerdos. ¿Qué investigabas tú y… Ariel?
Aya tragó saliva. El nombre de su esposo aún le dolía como una herida fresca.
—Soy bióloga, me especialicé virología y genética aplicada. Trabajaba en la UCLA dando clases, y también en un laboratorio asociado. Ariel era biólogo especializado en cánidos, lobos salvajes. Investigábamos un virus emergente que afectaba a poblaciones de lobos en cautiverio y en la naturaleza. Un retrovirus zoonótico, algo nuevo. Mutaba rápido, afectaba el sistema nervioso… lo llamábamos provisionalmente "Virus Lupus-X". Pensábamos que podía saltar a humanos si no lo conteníamos. Ariel estaba obsesionado con la conservación; decía que los lobos eran indicadores de ecosistemas saludables. Yo me enfocaba en la parte genética: cómo el virus alteraba el ADN, posibles vacunas.
Gia asintió lentamente, pero su expresión se endureció ligeramente. No era entusiasmo; era cautela.
—Un virus que afecta lobos… y que podría saltar a humanos. Interesante. Muy interesante. —Hizo una pausa larga, mirando a Aya como si la midiera—. Y tu llegada aquí, justo con ese conocimiento… no sé si creer en coincidencias tan perfectas.
Aya frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Gia suspiró, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Aún no sé por qué estás aquí, Aya. De verdad, no lo sé. Podría ser un accidente, podría ser algo que te trajo alguien, o… no sé. Pero hace cientos de años, en este mundo, hubo un virus que dividió a la r**a humana para siempre. Lo llamamos el Virus A, o "el Cambio". Apareció en el siglo XV, durante las grandes plagas. Nadie sabe como surgió. Infectó a millones. Algunos murieron de inmediato. Otros mutaron. Desarrollaron poderes: fuerza sobrehumana, transformación en animales —changers, como nosotros. Lobos, osos, águilas, felinos… La humanidad se partió en dos. Humanos "puros" contra los cambiados. Guerras, purgas, tratados. Territorios como este que ves ahora nacieron de esa división. En nuestro mundo hay humanos, que envidiosos de los nuevos poderes y de los changers, han hecho muchos experimentos con nuestra gente.
Gia hizo una pausa, observando la reacción de Aya.
—Tu Virus Lupus-X suena… demasiado oportuno para los tiempos que vivimos acá, tiempos de cambios dónde el actual primer ministro, mi hermano, estopa queriendo cambiarlo todo, traer equidad entre las razas. Hay humanos y changers que no quieren eso…Y tú apareces aquí, de un mundo donde los lobos son solo animales, con conocimiento sobre un patógeno que ataca cánidos. No sé si es casualidad, si es un eco entre universos, o si alguien te envió a propósito. Pero me pone los pelos de punta para serte sincera.
Aya palideció, el miedo regresando como una ola fría.
—¿Crees que traigo el virus conmigo? ¿Que soy… peligrosa?
Gia negó con la cabeza, pero no con convicción absoluta.
—No lo sé. No huelo nada extraño en ti, no siento energía viral activa. Pero tampoco puedo descartarlo. Por eso mismo tengo que decirle todo a Viktor. Es el alfa de la manada Summer. Este territorio es suyo, y cualquier amenaza —o cualquier pieza de información que pueda hundirnos o salvarnos— le pertenece a él primero. Debes saber que debo contarle todo esto que hemos hablado a él. No puedo guardarme nada.
Aya se tensó, retirando la mano como si quemara.
—Por favor, no. No le des detalles de mi vida personal es lo único que te pido. Dile lo justo: que vengo de otro lugar, que perdí a mi familia, que estoy confundida. Si menciona el virus, los experimentos… podrían verme como una amenaza. O peor, usarme. Aún creo que es un sueño. Todo esto: lobos que hablan, que se transforman, un mundo donde el tiempo está mal. Despertaré en cualquier momento, en mi cama, con Ariel al lado.
Gia sacudió la cabeza con gentileza, pero firmeza.
—No es un sueño, Aya. Aunque yo misma nunca había conocido a alguien que pudiera viajar entre universos o en el tiempo. He visto muchas cosas raras: humanos con poderes psíquicos, changers que manipulan cosas o personas. Mi compañero Peyton es un teletransportador. Puede mover objetos, personas, incluso a sí mismo a distancias increíbles. Lo hace sin esfuerzo, como respirar. Y aquí, en este mundo, hay humanos y changers con poderes de todo tipo: telequinesis, empatía como Draco, curación acelerada. No es magia; es evolución, genética amplificada. Pero tú… tú eres algo que no hemos visto antes. Y por eso Viktor necesita saberlo todo. No para usarte, sino para protegernos. A todos.
Aya la miró fijamente, procesando. El peso de las palabras de Gia la aplastaba. Lágrimas frescas asomaron en sus ojos.
—¿Y si no quiero ser parte de esto? ¿Y si solo quiero volver?
Gia apretó su mano de nuevo, transmitiéndole una oleada cálida de calma mental.
—No sé si puedes volver. Pero mientras estés aquí, estás bajo nuestra protección. Viktor es justo. Te escuchará. Y Savage, el hombre que es igual a tu marido… él… te protegerá…
Gia se puso de pie lentamente.
—Descansa un poco más. Volveré pronto. Y Aya… piénsalo. Cuanto más sepamos, más rápido podremos ayudarte a encontrar respuestas.
Al salir, Gia cerró la puerta con suavidad. En el pasillo, Viktor y Savage esperaban. Peyton estaba a un lado, silencioso como siempre. Gia miró a Viktor directamente.
—Tenemos que hablar. Esto es... más grande… y más extraño… de lo que pensábamos.
Savage dio un paso adelante, voz ronca.
—¿Ella está bien?
Gia le sonrió con compasión, pero su mirada seguía cargada de duda.
—Es fuerte, Savage. Pero presiento que esto… esto podría cambiarlo todo.