Capítulo 11. El bebé

860 Words
Aya estaba de nuevo en su departamento de Baja California, dos semanas después del funeral de Ariel. El silencio era ensordecedor. La cama parecía inmensa. Cada noche se despertaba llorando, extendiendo la mano hacia el lado vacío donde Ariel solía dormir. Sus dedos acariciaban la almohada fría, buscando el calor que ya nunca volvería. “Ariel…”, susurraba contra la tela, como si él pudiera responder. Luego se encogía sobre sí misma y lloraba hasta quedarse sin lágrimas, hasta que el amanecer la encontraba exhausta y vacía. Dejó de dar clases en la universidad. No podía mirar a sus alumnos sin quebrarse. Cada vez que veía a una pareja joven caminando de la mano por el campus, sentía que el mundo se burlaba de ella. La directora le dijo que se tomara todo el tiempo que necesitara. Aya nunca volvió. Sus padres la llamaban todos los días, puntuales a las siete de la tarde. Vivían encerrados en su casa desde hacía años. Agorafobia severa. Nunca habían salido, ni siquiera en su boda. Aya nunca los juzgó; los quería tal como eran. Pero en esos meses de duelo, sus voces por teléfono eran lo único que la mantenía anclada. “Hija, ¿comiste algo hoy?”, preguntaba su madre con voz temblorosa. “¿Quieres que te enviemos algo?”, ofrecía su padre. Ella siempre decía que sí, aunque luego dejaba la comida enfriarse sobre la mesada. Lo único que le dio fuerzas para seguir fue el embarazo. Lo descubrió poco antes del accidente. Estaba embarazada de once semanas. Un milagro. Un último regalo de Ariel. El bebé se convirtió en su razón de existir. Se obligaba a comer aunque no tuviera hambre. Hablaba con la panza todas las noches: “Tu papá era el hombre más bueno del mundo… te va a cuidar desde el cielo, mi amor”. Compró ropa diminuta, pintó la habitación de un suave gris perla, armó la cuna con sábanas blancas bordadas. Colgó un móvil de estrellitas sobre la cuna y se quedaba horas mirándolo girar, imaginando la risa de su hijo. Los últimos dos meses fueron los más duros. Su amiga Valery insistió en mudarse con ella. “No te voy a dejar sola, Aya. No discutas”. Aya aceptó. Valery cocinaba, la obligaba a caminar, la abrazaba cuando lloraba a las tres de la mañana. Su presencia era lo único que hacía soportable la soledad. Pero el día que rompió fuente, Valery no estaba. Había salido a hacer unas cosas por la tarde y aún no había regresado. Aya sintió el líquido caliente bajándole por las piernas mientras preparaba el desayuno. Al principio pensó que era solo una pérdida. Luego el dolor llegó, agudo, implacable. Llamó a Valery, pero el teléfono sonó en vano. Llamó a su obstetra: “No puedo llegar en menos de cuarenta minutos, Aya. Ve al hospital ahora”. Llegó sola a la guardia. El dolor era desgarrador. Algo andaba mal. Lo supo desde el primer contracción fuerte. El corazón del bebé latía lento, demasiado lento. La atendió un médico de guardia que ella nunca había visto. “Vamos a tener que apurarnos”, dijo con voz tensa. La llevaron a la sala de partos. No hubo tiempo para anestesia epidural. El dolor fue brutal, animal. Y entonces nació. Un varoncito perfecto. Cabello rubioi como el de Ariel, nariz pequeña, labios como los de su padre. Pesó 2.850 gramos. Pero no lloró. No lloró. El médico lo levantó y lo colocó sobre su pecho. Estaba tibio aún, pero inmóvil. El silencio en la sala fue ensordecedor. Aya lo miró. Era la viva imagen de Ariel. Los mismos rasgos, la misma forma de la boca. Lo acunó contra su pecho desnudo, besando su cabecita fría. “Mi amor… mi chiquitito…”, susurró entre lágrimas. “Papá te está esperando… no tengas miedo”. Lo sostuvo durante lo que parecieron horas. Nadie se atrevía a quitárselo. Lloró sin consuelo, besando cada dedito, memorizando su olor, su peso, su piel. El dolor era tan grande que sentía que se partía en dos. Su cuerpo temblaba. Su corazón se rompía una y otra vez. Cuando finalmente se lo llevaron, Aya gritó. Un grito que salió del alma, gutural, desgarrador. El grito de una madre que acababa de perder lo único que le quedaba del hombre que amaba. Gia retiró lentamente los dedos de la frente de Aya. Aya estaba despierta. Sus ojos oscuros, hinchados de llorar, la miraban fijamente. Lágrimas frescas rodaban por sus mejillas. Gia tenía los ojos llenos de lágrimas. Su voz tembló cuando habló: —Lo siento mucho, Aya… —susurró—. Lo siento tanto… Se inclinó hacia adelante y la abrazó con fuerza, envolviéndola en sus brazos cálidos y firmes. Aya se quebró contra su pecho, llorando en silencio, aferrada a la única persona que acababa de vivir su dolor más profundo como propio. Gia cerró los ojos y la meció suavemente, dejando que las lágrimas de ambas se mezclaran. —Estás aquí ahora —murmuró contra su cabello—. Y no estás sola. Ya no estás sola.
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