La profesora Crawford bajó el plumón, se volvió hacia los alumnos y apoyó las manos en el escritorio.
— Muy bien, chicos... — dijo con una sonrisa astuta — Este año leeremos más de lo que están acostumbrados, pero antes de imponerles algo, quiero saber ¿Qué les gustaría leer? — un murmullo se extendió por el aula, algunos alzaron la mano sin esperar turno.
— ¿Sí, Madison? — la profesora señalo a una chica del fondo.
— Orgullo y prejuicio, obvio. — dijo la morena con una sonrisa pretenciosa — Aunque dudo que alguien aquí lo entienda. — vio hacia la esquina contraria.
— Excelente elección... — respondió la profesora sin reaccionar al veneno del comentario — ¿Otro? — un chico musculoso en primera fila propuso El código Da Vinci, alguien más mencionó Los Juegos del Hambre.
Otro soltó con entusiasmo Harry Potter, provocando algunas risas, el ambiente era ligero, relajado, hasta que habló él.
— El corazón de las tinieblas. — dijo Leo, sin levantar la mano.
La voz grave, cargada de seguridad, resonó en la sala, algunos se giraron para mirarlo, otros simplemente hicieron una mueca, como si ya estuvieran cansados de sus comentarios intensos.
— ¿Whitmore? — preguntó la profesora, ligeramente sorprendida — ¿Por qué? — Leo se encogió de hombros.
— Porque no hay redención real, porque el horror existe en todos y porque pocos se atreven a mirarlo de frente. — un murmullo incómodo se esparció como humo entre los pupitres.
Aileen bajó la mirada a su cuaderno, no tenía ganas de opinar, no quería hablar, no quería exponerse, se mordió el interior del labio mientras sus dedos jugaban con el borde de la hoja, hablar de libros no era lo difícil, lo difícil era abrir la boca sin temblar, la profesora notó su silencio, la miró por un instante, pero no insistió.
— Tendremos tiempo para leer un poco de todo... — concluyó Crawford — Pero ya que Leo se atrevió a ir al fondo, me parece justo que también pasemos por Austen, para todos los paladares. — la campana sonó, estridente, impaciente.
Aileen guardó el cuaderno de literatura con movimientos meticulosos y sacó otro, de tapas negras y líneas cuadriculadas, sabía que el siguiente bloque era matemáticas; no le emocionaba, pero al menos era bueno mantener la mente ocupada, estaba por alisar la portada del cuaderno cuando sintió un golpecito suave en el brazo.
Era la chica rubia que se sentaba a su lado, la misma que había lanzado el comentario sarcástico minutos atrás, ahora le extendía un papel doblado en cuatro, con una sonrisa en los labios y las cejas alzadas como si estuviera por contarle un secreto indecente.
— Te lo mandan. — dijo en tono cómplice, como si compartieran algo más.
Aileen lo tomó sin decir nada, aunque sintió que todos los ojos cercanos estaban pendientes de su reacción, desdobló el papel con calma, como si no le importara, pero al leerlo, tuvo que contener la mueca que se le escapaba.
"¿Siempre muerdes así cuando te provocan o solo el primer día?"
Sintió el calor subirle a las mejillas, pero se obligó a que no se notara, apretó los labios, los ojos clavados en el papel, fingiendo indiferencia, a lo lejos, percibía la risa disimulada de dos o tres detrás de ella. Giró lentamente la cabeza, hasta que sus ojos dieron con los del chico que no paraba de mirar, Leo Whitmore estaba recostado en su asiento, con una pierna estirada hacia el pasillo, los brazos cruzados sobre el pecho y una media sonrisa que no llegaba a ser burla, pero tampoco simpatía.
Como si la estuviera estudiando, como si le divirtiera saber que ella había mordido el anzuelo, Aileen dobló el papel con cuidado, lo metió en su estuche sin romper contacto visual, y luego susurró con voz apenas audible, cargada de sarcasmo.
— ¿También babeas cuando alguien te ignora o solo en los días impares? — la rubia a su lado soltó una risa, sorprendida.
Varias cabezas se giraron, Leo no respondió de inmediato, se limitó a mirarla, ahora sin la sonrisa, sin rastro de burla, solo un destello ¿De sorpresa? ¿De interés? Entonces entró el nuevo profesor, un hombre de barba espesa y voz profunda, que no perdió tiempo en pasar lista ni en presentarse. Sacó el plumón y escribió fórmulas en la pizarra mientras los alumnos volvían a acomodarse en sus sillas, con protestas perezosas y ojos aún encendidos por el juego anterior.
Aileen abrió su cuaderno, bajó la mirada, pero ya no lograba concentrarse, no por las matemáticas, sino por la sensación de que, a pesar de la gente, del murmullo de fondo y del zumbido de la luz fluorescente, alguien la seguía mirando, alguien con ojos ambarinos y demasiadas preguntas por responder.
— ¡Abran el libro en la página cuatro! — ordenó mientras giraba hacia la pizarra y comenzaba a escribir fórmulas con trazos veloces, sin preocuparse por presentarse.
Pero en mitad del primer trazo, se detuvo, sus ojos recorrieron el aula como escaneando un inventario hasta detenerse en Aileen.
— Tú... — dijo sin preámbulos, con un gesto de la barbilla — No te había visto antes ¿Nombre? — era un hombre electrico.
— Aileen Carter. — respondió ella, firme, aunque no muy interesada en llamar más la atención de la que ya tenía.
Él asintió como si lo anotara mentalmente.
— Bien, Carter, acompáñenos, a la pizarra. — hubo una ligera ola de murmullos.
Aileen sintió las miradas clavarse en su espalda mientras se ponía en pie, respiró hondo, cruzó entre los pupitres con paso seguro y tomó el marcador que él le tendía. El ejercicio estaba claro: una ecuación cuadrática con una raíz oculta entre fracciones molestas, ella analizó el problema con rapidez, no tenía problemas con las matemáticas.
Seis medallas colgaban en la pared de su cuarto como prueba irrefutable, su padre solía llamarla su "pequeña mente brillante" antes de desaparecer de su vida. Tomó el marcador y empezó a escribir, los trazos fueron firmes, rápidos, al terminar, dio un paso atrás, el profesor entrecerró los ojos, cruzó los brazos y asintió con lentitud.
— Correcto... — dijo, sin un atisbo de sorpresa, pero sí con algo de aprobación — Bienvenida al último año, Carter. — ella asintió, dejó el marcador en su lugar y regresó a su asiento.
Mientras caminaba de vuelta, sintió que el murmullo se había detenido un segundo y que, entre todos, los ojos de Leo la seguían más intensamente que antes, no le gustaba presumir, nunca lo hacía, pero algo en ese momento, en cómo había callado la clase sin decir una palabra, le supo bien y cuando volvió a sentarse, sin mirar a nadie, supo que ya la habían empezado a observar por algo más que por ser la nueva.
El profesor dictó el resto de la clase con velocidad, repasó los temas más importantes del año anterior como si temiera perder tiempo valioso: factorización, funciones, límites, la mayoría bostezaba o garabateaba en sus libretas, pero Aileen anotaba sin distraerse, no porque lo necesitara, sino porque escribir le ayudaba a no pensar en todo lo demás.
Cuando el timbre sonó, el murmullo fue instantáneo, sillas arrastradas, mochilas alzadas, voces elevadas, Aileen sacó su lonchera de la mochila, una bolsa de tela con cierre que su abuela le había preparado con esmero, la abrió con cuidado y sonrió al ver el contenido; dos empanadas, el jugo, una manzana cortada en cubos, pero en medio de esa tranquilidad breve, algo la sacudió.
Alguien pasó junto a ella, sin detenerse, sin mirar y la empujó con la cadera de forma intencional, apenas alcanzó a mantener el equilibrio en su silla cuando un papel doblado cayó sobre su mesa. Aileen lo observó con el ceño ligeramente fruncido, el empujón no fue casual, tomó el papel entre los dedos, lo desdobló despacio, la letra era rápida, inclinada, escrita con bolígrafo n***o.
"¿También sabes morder cuando no es en defensa propia?"
Alzó la mirada, pero no había señales evidentes de quién lo había dejado, a su alrededor, algunos chicos reían entre ellos; otros caminaban hacia la salida o hacían fila en la puerta, nadie la miraba directamente, excepto él. Leo estaba recostado en su silla, los brazos cruzados, los ojos ámbar clavados en ella como si midiera su reacción al milímetro.
Aileen sostuvo su mirada un segundo, no sonrió, no frunció el ceño, solo dobló el papel con calma, lo guardó dentro del bolsillo de su mochila, y empezó a comer, no le daría el gusto, aunque su corazón sí latía un poco más rápido. Cerca de ella, una chica de uñas pintadas, Madison, se recostó sobre la mesa, mascando chicle como si el mundo le fuera completamente irrelevante, su cabello n***o y lacio resaltaba sus ojos verdes.
— Eres valiente... — murmuró, sin mirarla — No muchos le contestan a Masón y sobreviven para contarlo. — Aileen arqueó una ceja.
— ¿El imitador de cerdos? — Madison soltó una risa nasal.
— Ese... — hizo una pausa, luego la miró de reojo — Me caes bien, solo cuida la espalda, aquí las cosas se complican cuando llamas demasiado la atención. — Aileen la observó en silencio ¿Un consejo? ¿Una advertencia? ¿O ambas cosas?
Aileen apenas había dado el segundo bocado a su empanada cuando escuchó un carraspeo artificial justo frente a ella, alzó la vista. Cuatro chicas la miraban como si evaluaran una pieza de arte moderno, con esa mezcla de fingido interés y juicio velado que siempre olía a problema. La que lideraba el grupo no necesitaba anunciar su rol: lo llevaba en la postura, alta, esquelética, con una melena rubia perfectamente planchada que parecía brillar bajo las luces del salón, labios pintados de rojo carmín y uñas acrílicas que parecían garras.
— Hola... — dijo con voz melosa, aunque sus ojos azules apenas disimulaban el veneno — Soy Tiffany, presidenta del comité estudiantil, del equipo de porristas de futbol americano y básicamente de todo lo que importa en este lugar. — Aileen parpadeó, tragó sin apuro.
— Y yo estoy desayunando. — respondió con calma.
Tiffany no se movió, ni siquiera pestañeó, en cambio, giró apenas el rostro y señaló a la chica a su derecha.
— Ella es Sophie... — cabello caramelo, piernas de bailarina, humor de víbora, Sophie le sonrió con superioridad y masticó chicle como si fuera parte de su ADN — La castaña de pecas es Lara, muy aplicada, típica niña buena con un lado oscuro o eso cree... — Lara hizo un gesto con la mano, tímido, sin mucha convicción — Y la de n***o es Harper, le gusta el cine raro y tiene tres exnovias. — Harper solo alzó una ceja, no saludó.
Aileen las miró a todas como quien observa un desfile curioso, pero prescindible, luego volvió a bajar la vista a su manzana.
— ¿Quieren algo o solo vienen a recitarme el anuario? — ella no quería amigas y menos como esas.
Tiffany rio, una risa hueca y teatral, pero sus ojos se entrecerraron como si algo en la respuesta le hubiera tocado un nervio.
— Solo queríamos darte la bienvenida, Blackwood es un pueblo pequeño, ya sabes, las cosas corren rápido. — explico la rubia.
— ¿Las cosas? — alzo una ceja para verlas de nuevo.
— Los rumores, las miradas, las etiquetas... — enumeró Tiffany como si hablara de cosméticos — Y tú hiciste una entrada, interesante. — esas cuatro estaban buscando intimidarla.
— ¿Por lo del sonido de cerdo? — dijo Aileen mientras sorbía un poco de jugo — ¿O por el chico que me mandó una nota de primaria? — Sophie resopló divertida.
— Te lo advertimos porque, bueno, sería una lástima que terminaras comiendo sola todos los días. — Aileen sonrió, pero no era una sonrisa dulce.
— No me molesta comer sola, me molesta la comida mala, los malos modales y las amenazas disfrazadas de sororidad. — las mesas cercanas se quedaron en silencio por un latido.
Lara se removió incómoda, Harper esbozó una sonrisa casi imperceptible, Tiffany apretó la mandíbula.
— Qué valiente... — murmuró Sophie — O qué tonta. — entrecerró los ojos.
— Depende de quién escriba la historia. — replicó Aileen.
Justo cuando Aileen se estaba limpiando las manos con una servilleta, Harper, la pelinegra de cabello corto y puntas alborotadas, se acerco a ellas con una sonrisa perversa en los labios.
— Puedes sentarte con nosotras si bajas un poco la grasa de esa barriga... — dijo, señalando su cintura con un gesto desdeñoso — Y claro, si traes las meriendas todos los días, preferimos galletas sin azúcar, pero que sepan a algo. — Aileen giró la cabeza lentamente hacia ella, como si no hubiera escuchado bien.
Harper le sostuvo la mirada, confiada, pero justo cuando iba a responder, una voz chillona le ganó el turno.
— ¡Déjala en paz, novia de Chucky! — gritó una chica desde una mesa cercana, con un tono burlón.
Algunas cabezas se giraron, el comentario voló como una piedra lanzada con precisión quirúrgica, el rostro de Harper se tensó al igual que el de Tiffany, sus ojos se clavaron como cuchillos en la que había hablado, una rubia de cabello corto y ojos marrones, Aileen sonrió con calma, y sin apartar la vista de Harper, tomó un sorbo de su jugo.
— Vaya... — dijo, con dulzura venenosa — ¿Entonces tú eres el comité de admisión a la servidumbre escolar? Qué alivio, pensaba que eran solo porristas. — Harper parpadeó.
— ¿Cómo dijiste? — no pensaban que Aileen les respondería.
— Que no sabía que había que postularse para ser la mascota del grupo, aunque supongo que alguien tiene que cargar las mochilas y repartir las galletas. — respondió Aileen, ladeando la cabeza con teatral inocencia.
Sophie soltó una risita ahogada incomoda, Tiffany la miró como si acabara de romper protocolo.
— Me gusta tu forma... — dijo Madison desde el fondo, levantando la vista de su libro — A los zombies los confundes, no saben si besarte o correr. — Aileen se echó a reír, sincera, clara.
Antes de que Aileen pudiera retomar su desayuno, una figura se plantó junto a la mesa como un vendaval, la rubia de cabello corto, la misma que había gritado "novia de Chucky", se cruzó de brazos y miró al grupito con cara de tedio.
— Circulen... — ordenó — Antes de que les eche sal como a las babosas. — Sophie dio un paso atrás, visiblemente incómoda, Tiffany, en cambio, se giró con furia contenida.
— ¿Qué dijiste, basura reciclada? — la odiaba.
— Que te vayas, Barbie de saldo, antes de que te derritas bajo el sol. — replicó la rubia con calma, Harper bufó.
— Inténtalo, rubia de bote, a ver si tienes lo que se necesita para arrancarme las extensiones sin que termines llorando. — la chica dio un paso hacia ella.
Sus ojos tenían el brillo seco del fuego contenido, no gritaba, no sonreía, solo emanaba una amenaza silenciosa que congeló el aire por un segundo.
— Si me tocas... — dijo, bajando la voz como quien afila un cuchillo — Te juro por mi madre que vas a necesitar una nueva cara y un diccionario, porque lo que te voy a decir cuando estés en el suelo ni siquiera lo vas a entender. — Tiffany parpadeó, Harper la tomó del brazo, empujándola para alejarla del lugar, no sin antes lanzar una mirada venenosa a Aileen.
— Esto no se queda así. — susurro Sophie.
— Ojalá se quede bien lejos. — respondió Aileen con frialdad.
Cuando el grupo se marchó, la rubia se giró hacia Aileen con una media sonrisa.
— No me agradezcas, odio a las plásticas y tú pareces tener cerebro y dientes. — se sentó en la mesa a su lado.
— Tengo ambos... — respondió Aileen, levantando su jugo a modo de brindis — Y empiezo a pensar que este instituto no será tan aburrido. — dio un trago más.
— Soy Chloe Bennet por cierto, aunque aquí me llaman "la maldita", con cariño, claro. — Aileen soltó una risa.
— Aileen, solo Aileen. — Chloe asintió.
— Entonces vamos a divertirnos, solo Aileen. — le guiño un ojo.
Aileen apenas había recuperado el ritmo de su desayuno cuando alguien de la mesa del frente se giró hacia ella, un chico de cabello castaño oscuro, ojos vivos y una sonrisa fácil la observaba con curiosidad divertida.
— Tienes agallas ¿Eh? — le dijo — No cualquiera le planta cara a las víboras del instituto y menos si Masón Grimm está mirando. — Aileen alzó una ceja, masticando tranquilamente su empanada.
— ¿Debería saber quién es? — el chico soltó una risita.
— El chulo oficial del lugar, capitán del equipo de fútbol americano, galán por decreto propio, cree que todas suspiran por él y cuando digo todas, me refiero a cualquier cosa con pestañas. — hizo un gesto hacia la esquina, era el mismo que hizo el sonido de cerdo.
— Qué miedo... — respondió ella con fingido asombro — ¿Y tú eres? — alzo una ceja.
— Thomas... — amplio su sonrisa — Thomas Ortega... — dijo, extendiendo la mano por encima del respaldo de su silla — También soy nuevo en este grupo, pero llevo años en el instituto, me gusta observar antes de actuar y hoy fue interesante. — ella aceptó su apretón de manos sin soltar su bebida.
— Aileen Carter y no fue interesante, fue patético. — Thomas rio con más ganas.
— Bienvenida a Blackwood High, te va a encantar, si sobrevives la primera semana. — Aileen sonrió de medio lado, y pensó que quizás el lugar no era tan terrible, había víboras, sí, pero también había Chloe, Madison y Thomas, y eso ya era algo.
— En esta clase hay de todo, como en un mal documental de Discovery Channel... — le dijo Chloe, con una galleta a medio comer — Por allá... — señaló discretamente con la barbilla — Están las jirafas, los del equipo de baloncesto, míralos, siempre en la puerta como si vigilaran la sabana. — Aileen alzó la vista y notó a los cuatro chicos altos en la entrada, entre ellos Leo, con los brazos cruzados y expresión aburrida.
— ¿Y qué más hay en este zoológico? — Chloe sonrió con malicia.
— Allá está la nutria, Madison... — dijo, señalando a una chica que se reía con la cabeza echada hacia atrás — Siempre está en el agua, o sea, en el chisme y este... — apuntó con el pulgar hacia Thomas, que jugaba con un bolígrafo mientras hablaba con un compañero a su lado — Es el murciélago, sale de noche, aparece cuando nadie lo espera y tiene un radar para encontrar dramas. — lo escucho reírse.
— ¿Y las víboras? — Aileen miro hacia atrás.
— Ah, esas te las presentaron solitas ¿No? — rio Chloe — Las reinas del veneno, cuidado con esas, te muerden sin despeinarse. — Aileen soltó una carcajada, casi escupiendo el jugo.
— ¿Y tú qué eres? — Chloe se encogió de hombros con aire desafiante.
— Un gato montés, probablemente, araño si me provocan, pero también duermo mucho. — Aileen no podía parar de reír, por primera vez desde que llegó, sentía que quizá ese instituto no sería un desastre total.
Chloe se inclinó hacia Aileen con una sonrisa traviesa, pero su voz bajó apenas a un susurro.
— ¿Ya conocías a Leo? — Aileen la miró sin entender.
— ¿Leo? No, es la primera vez que lo veo. — Chloe frunció los labios, pensativa.
— Curioso, ese chico no muestra interés por nadie, jamás, ni por las populares, ni por las nuevas y hoy va y te pasa un papelito... — Aileen arqueó una ceja — Leo no juega con nadie, no habla más de lo necesario, no sé qué hiciste, pero le llamaste la atención. — Aileen bajó la vista al papel todavía doblado en su cuaderno, su nombre no estaba escrito, pero la pregunta seguía ahí, como una chispa encendida.
"¿Siempre muerdes así cuando te provocan, o solo el primer día?"
No podía evitar sonreír, el timbre sonó, arrastrando con su eco los últimos murmullos, todos regresaron a sus asientos, algunos aún con risas disimuladas, preparándose para la clase de Estudios Sociales, Aileen acomodó sus cosas con calma, sacó el recipiente de cubitos de manzana y lo dejó sobre la mesa, la tapa estaba abierta y justo cuando iba a tomar uno, una mano apareció fugaz y robó un cubito sin decir nada.
Alzó la mirada, lista para fulminar a quien fuera, pero se encontró con los ojos ámbar de Leo, que ya se alejaba hacia su lugar con el trofeo entre los dedos y una sonrisa apenas curvada en los labios.
— Robo con violencia. — murmuró ella, sin que él la oyera.
Leo no volteó, pero al sentarse, levantó el cubito de manzana como si brindara en su dirección antes de llevárselo a la boca, Aileen no supo si quería lanzarle el resto del recipiente o esconder la sonrisa que luchaba por asomarse.
El profesor Whitaker saludó con cortesía a Aileen antes de sumergirse de lleno en la clase. Comenzó a hablar con pasión de historia, como si cada palabra le pesara con siglos, escuchó algunas opiniones del grupo, especialmente de los alumnos más participativos, y Aileen se mantuvo en silencio, al principio, pero bastó que uno de los comentarios simplificara una revuelta social a "una pataleta inútil" para que alzara la mano.
— No creo que fuera inútil... — dijo con voz firme, aunque sin sonar desafiante — Fue una forma de resistencia frente a un sistema que los había ignorado durante generaciones. — el profesor arqueó una ceja, interesado.
— ¿Y qué alternativa propondrías tú? ¿La violencia como respuesta a la injusticia? — Aileen no retrocedió.
— No se trata de justificar la violencia, sino de entender de dónde nace, cuando se agotan las vías pacíficas, lo que sigue no es elección, es consecuencia. — la clase se tensó, atenta.
El profesor contraargumentó, cuestionó sus fuentes, empujó su lógica, pero Aileen no cedió, respondía con claridad, hilando ideas, citando nombres, apoyando sus puntos, el debate duró varios minutos y aunque el profesor era bueno, no pudo evitar sonreír al final.
— Vaya, señorita Carter, no todos los días me dan una paliza tan educada. — dijo con tono afable, lo que provocó algunas risas en el salón.
Aileen solo sonrió con discreción y se recostó en su silla, mientras sentía unas cuantas miradas nuevas clavadas en ella, entre ellas, la de Leo. Mientras Aileen comenzaba a buscar su libro, el profesor Whitaker, aún con una media sonrisa en el rostro, comentó con tono casual.
— Con ese tipo de argumentos, no me sorprendería si Aileen vuelve a ganar algún premio de debate en este instituto, quizá hasta cinco más. — Aileen se detuvo un segundo, sintiendo cómo el calor le subía al rostro.
— Seis. — dijo alguien en voz baja y enseguida varias cabezas se giraron.
Ella cerró los ojos un instante, molesta consigo misma por haber reaccionado y fingió que no había escuchado, no le gustaba presumir, mucho menos en un lugar nuevo, Thomas, desde su asiento, la observó con una sonrisa de medio lado.
— ¿Seis premios de debate? — él murmuró hacia Chloe — Ok, eso explica mucho. — pero Chloe, sin apartar la vista de Aileen, añadió en voz baja.
— Campeona de debate, sobresaliente en matemáticas y estudiante de enfermería en su antiguo instituto. — Aileen la vio de reojo intentando descifrar como es que sabia eso.
— ¿Qué hace alguien así aquí? — preguntó Thomas, sorprendido.
— Buena pregunta. — respondió Chloe, pensativa.
El timbre anunció el final de las clases matutinas y como una estampida, los estudiantes se dirigieron hacia la cafetería, el lugar comenzó a llenarse rápidamente; risas, charlas, bandejas que se deslizaban y zapatos chirriando contra el suelo encerado.
Aileen prefirió no formar parte del sistema de alimentación del instituto, en su lugar, compró lo que le apetecía; un emparedado de carne con salsa barbacoa picante, un vaso con fruta fresca y una soda bien fría, no tenía intención de socializar, así que recorrió con la mirada el amplio salón hasta encontrar la mesa más apartada, cerca de una esquina, donde la luz del mediodía entraba tímidamente por las ventanas altas.
Caminó hacia allá con paso tranquilo, evitando las miradas curiosas, los codazos cómplices y las risitas que aún no distinguía si iban dirigidas a ella o no, no le importaba, solo quería almorzar en paz. Mientras Aileen comía en silencio, concentrada en su emparedado, un chico de grados menores se le acercó titubeando, parecía nervioso, como si llevara una misión importante, pero no estuviera del todo seguro de querer cumplirla, le extendió una barra de chocolate, con la envoltura apenas arrugada.
— Te lo mandan. — murmuró antes de girarse y salir corriendo como si hubiera lanzado una granada.
Aileen lo siguió con la mirada, confundida, hasta que lo vio detenerse justo al lado de Leo, el chico más alto, recostado contra una columna, le entregó un billete sin el menor intento de disimulo, ni una sonrisa, ni una palabra, solo ese gesto frío y descarado que la hizo fruncir el ceño, tomó la barra entre sus dedos, sopesándola, chocolate n***o con almendras, justo su favorito.
— Vaya forma de declarar la guerra. — murmuró para sí, entrecerrando los ojos.
Aileen terminó de comer con calma, disfrutando cada bocado, el emparedado estaba perfecto, la fruta fresca y la soda lo bastante fría para despejarle la mente, sin embargo, dejó el chocolate a un lado, no era momento de caer en provocaciones, ni siquiera si venían envueltas en su dulce favorito. Cuando alzó la vista, Leo ya no estaba en su sitio, la columna donde se había apoyado minutos antes lucía vacía, pero la sensación persistía, esa extraña certeza de ser observada, como si una mirada aún se aferrara a ella desde algún rincón invisible del comedor.
Pasó su mano por el brazo, un escalofrío leve la recorrió, no tenía miedo, pero sí una creciente inquietud, algo le decía que ese primer día apenas estaba comenzando.