Volvió al salón antes que la mayoría, el murmullo lejano del pasillo apenas se colaba por la puerta entreabierta, cuando se acercó a su mesa, notó algo fuera de lugar, un pequeño papel doblado descansaba sobre la madera, justo encima de su cuaderno, lo abrió con cuidado.
"¿Vas a despreciarme de esa forma tan cruel solo por un chocolate?"
Aileen enarcó una ceja, exhaló por la nariz sin reír y dobló el papel con la misma calma con que lo había abierto, lo deslizó dentro de su bolso sin emitir palabra, sin mirar hacia atrás, se sentó, cruzó las piernas y abrió su cuaderno de literatura. Podía sentirlo, la misma mirada fija, firme, persistente, como si su indiferencia lo retara a seguir escribiendo.
La profesora de arte entró como una ráfaga de color; una blusa con estampado de pinceladas, collares de cuentas y una cartera enorme de la que asomaban papeles, tubos y hasta un pincel olvidado, no se presentó ni pidió nombres, solo miró alrededor con ojos agudos, como si eligiera piezas para su próxima obra, y señaló directamente a Aileen.
— Tú... — dijo, señalándola con un lápiz morado — Ve a la biblioteca por materiales para dibujo, pide el paquete para el grupo doce. — Aileen se levantó con una pizca de confusión.
— No sé dónde está la biblioteca. — admitió.
La profesora no lo dudó ni medio segundo, volvió su mirada hacia el fondo del aula, como si ya supiera a quién involucrar.
— Leo, acompáñala. — él alzó la cabeza lentamente desde su asiento, como si lo hubiera estado esperando.
Se puso en pie sin decir una palabra, caminó hacia la puerta y esperó a que ella lo siguiera, Aileen dudó un instante, luego ajustó la manga de su blusa y caminó detrás de él, sin mirarlo, el pasillo se sentía más largo con sus pasos sincronizados y el silencio entre ambos pesaba como plomo entre los lockers.
— ¿No te gustó el chocolate? — preguntó él al fin, con su voz baja, casi monótona, sin mirarla, ella tampoco lo miró, solo contestó, firme.
— No me gustan las sorpresas que vienen con deuda. — Leo soltó una risa breve, sin alegría.
— Entonces vas a tener un problema aquí. — ella no respondió.
Siguieron caminando, dos líneas paralelas que no sabían si iban a chocar o fundirse, mientras caminaban por el pasillo, Aileen se dio cuenta de la diferencia de altura entre ambos. Él le sacaba fácilmente más de tres cabezas, y sus pasos largos la obligaban a acelerar un poco el ritmo para no quedarse atrás.
— ¿Vas a ser mi bully todo el año? — preguntó ella de pronto, sin mirarlo, Leo se rio, una risa seca, pero sin malicia.
— No... — dijo — Solo el primer día, después me aburro. — Aileen frunció los labios, conteniendo una sonrisa que no quería dejar salir.
— Qué generoso de tu parte. — murmuró.
— Lo sé. — respondió él, sin ninguna modestia.
La biblioteca apareció al final del pasillo como un pequeño refugio entre tanto ruido, Aileen aún no sabía si el chico que caminaba a su lado era un problema o una distracción peligrosa. Fue Leo quien se adelantó a pedir los materiales, la bibliotecaria los observó por encima de sus lentes; primero a Aileen, luego a Leo, y finalmente esbozó una sonrisa cómplice antes de desaparecer entre los estantes traseros.
— ¿Siempre mandan a los nuevos con escolta? — murmuró Aileen, cruzándose de brazos.
Leo no respondió, solo se giró un poco hacia ella, como si evaluara su perfil bajo la luz tenue del pasillo de libros, cuando la bibliotecaria regresó con dos cajas llenas de cuadernos de dibujo y lápices, él fue quien se inclinó para tomarla. Antes de enderezarse, alzó una mano y atrapó suavemente un mechón del cabello de Aileen, lo acercó a su nariz con total naturalidad, como si eso fuera algo común.
— Hueles a manzana y fuego. — comentó con voz baja, sin soltar el mechón.
Aileen dio un paso atrás, lo miró como si acabara de escuchar un idioma nuevo y negó con la cabeza.
— Eres raro. — Leo soltó una risita, sin parecer ofendido.
— Lo han dicho antes... — replicó, echando a andar con una caja en brazos — Pero nadie me llamó "raro" con esa cara de querer seguir escuchando. — Aileen se quedó un segundo en su lugar, sin saber si estaba más molesta o intrigada.
Luego caminó tras él, negando con la cabeza, pero sin borrar la sonrisa que se formaba en sus labios, Aileen caminaba con esfuerzo, apretando los dientes mientras sostenía la caja de materiales, pesaba más de lo que aparentaba y eso hacía que su paso fuera lento, casi torpe, a su lado, Leo iba con la otra caja como si cargara una almohada, él la miró de reojo, alzó una ceja con burla contenida y soltó.
— Con esas piernitas de grillo no vamos a llegar ni antes del cierre del año escolar, dámela. — Aileen lo fulminó con la mirada.
— No necesito ayuda. — masculló, acelerando el paso solo por orgullo.
Pero la caja se ladeó, resbaló de sus brazos y en un intento de salvarla, su pie resbaló también, estuvo a punto de caer, pero antes de que tocara el suelo, unas manos firmes atraparon la caja y la estabilizaron, Leo ya tenía la otra bajo el brazo.
— ¿Decías? — dijo con una sonrisa torcida, mientras cargaba ambas sin esfuerzo, Aileen se cruzó de brazos, ofendida.
— Podías dejarme caer, así te librabas de mí. — frunció el ceño.
— Podría... — respondió él, mirándola con intensidad — Pero prefiero quedarme a ver cómo te levantas. — ella frunció el ceño, pero por dentro, algo se removió.
— Eres insoportable. — murmuro.
— Y tú, adorable cuando te enojas. — le guiñó un ojo y siguió caminando, como si no acabara de decir nada fuera de lo normal.
Aileen lo siguió en silencio, sin saber si quería empujarlo, o sonreír, cuando entraron al salón, las conversaciones bajaron de volumen por un segundo, Aileen cruzó la puerta con las manos vacías, el rostro serio y la cabeza en alto, detrás de ella, Leo cargaba sin esfuerzo las dos cajas, como si fueran de papel. Las dejó con cuidado sobre el escritorio de la profesora de arte, que apenas los miró por encima de sus lentes de colores, demasiado ocupada sacando plumones, pinceles y lo que parecía un títere.
— Perfecto, chicos, siéntense y no tiren pintura, que tengo un vestido nuevo. — dijo mientras batía una paleta de colores sin mucho sentido.
Aileen regresó a su asiento, sentía las miradas encima, especialmente las de Chloe y Thomas, que no disimulaban nada, Leo, por su parte, caminó tranquilo hasta su lugar, se dejó caer en la silla y le lanzó una mirada ladeada por el rabillo del ojo, ella fingió no notarlo.
— ¿Le regalaste el pelo también? — susurró Chloe con una sonrisa torcida.
Aileen la empujó suavemente con el codo, sin poder evitar reírse.
— Cállate. — Leo solo estiró las piernas debajo de su mesa, apoyó un brazo en el respaldo de su silla y no dejó de mirarla.
La profesora de arte palmeó con fuerza el escritorio.
— Hoy haremos un dibujo a mano alzada, no me importa si es realista, expresionista o parece una aberración de Picasso después de un mal café, solo dibujen, usen a sus compañeros de mesa como referencia si quieren. — un murmullo cruzó el aula mientras las miradas iban y venían buscando pareja.
Aileen bajó la vista a su mesa vacía, nadie se acercó, fingió no notar cómo Tiffany giraba los ojos y movía su silla lo más lejos posible.
— ¿Profesora? — preguntó Aileen, alzando la mano, su voz sonó firme, aunque por dentro deseaba estar en cualquier otro lugar.
— Dime, cariño. — pasó suavemente la mano por sus rizos.
— ¿Puedo usar mi celular para dibujar? No tengo compañero. — la profesora la miró, luego repasó el salón con sus ojos delineados en azul eléctrico.
Nadie se movió hacia Aileen, nadie dijo nada, suspiró.
— Sí, puedes usarlo... — respondió al fin, con un tono amable — Al menos tú pareces tener intención de trabajar. — Aileen sacó su celular y abrió la aplicación de dibujo que usaba desde pequeña.
Apoyó el brazo en la mesa, trazando con el dedo índice líneas suaves, buscando concentrarse en algo que no fueran las risas ni los cuchicheos. Aileen no necesitaba mirar a su alrededor, mientras todos garabateaban o peleaban por lápices de colores mordidos, ella buscó en su galería la única imagen que nunca eliminaba: una foto de Gabriel sonriendo con esa expresión medio burlona, medio protectora, que siempre tenía para ella.
Dejó el celular apoyado contra el estuche, sin prestarle atención a Leo ni al murmullo del aula, sacó su propio estuche de lápices, un estuche de cuero marrón que había envejecido con dignidad, con el nombre "A. Carter" grabado en la esquina. Dentro, había una colección perfectamente ordenada de lápices profesionales: grafito, carboncillo, sanguina, sus herramientas de batalla, no necesitaba nada más.
No usó regla, ni goma de borrar, solo su pulso, su instinto y años de práctica. Los trazos fluyeron como si los tuviera tatuados en los dedos, primero los ojos, que eran lo que más extrañaba, Luego la forma de su rostro, el mechón rebelde de su flequillo, cada línea era una caricia, un reencuentro. Dibujar era como beber agua, necesario, vital.
Su primera pintura había sido a los cinco años, una figura torpe de colores chillones, Gabriel, le pasaba los tarros de témpera mientras ella pintaba con las manos, con la cara, con todo el cuerpo, desde entonces, había crecido con un pincel en la mochila y su hermano a su lado. Gabriel siempre había creído en su talento, incluso cuando los demás solo veían a una niña reservada que hablaba poco y observaba mucho, él le decía que algún día expondría en galerías, ella solo quería seguir dibujándolo.
El aula siguió con su ruido de fondo, pero para Aileen no existía nada más allá de la hoja, Leo miraba de reojo, no entendía el dibujo ni el rostro del chico que tomaba forma con cada trazo, pero sí supo algo; ella no era como las demás y eso lo fascinaba.
Aileen terminó el dibujo con un último trazo firme, dejó el lápiz sobre la mesa y respiró hondo, como si acabara de liberar algo que llevaba días guardando, se levantó despacio, con el cuaderno entre los dedos, y caminó hacia el escritorio sin mirar a nadie. Cuando la profesora vio el dibujo, se le cayeron los lentes por la punta de la nariz, parpadeó varias veces, los acomodó temblorosa y volvió a mirar la hoja con los ojos bien abiertos.
— ¿Tú hiciste esto ahora mismo? —preguntó, su voz subiendo de tono con una mezcla de sorpresa y reverencia, Aileen se encogió de hombros, incómoda con tanta atención — ¿Puedo mostrarlo? — insistió la profesora.
Ella dudó, la idea de que todo el salón viera ese retrato, ese pedazo de su alma dibujado en papel, no le gustaba, Gabriel era suyo, ese momento también, pero la profesora ya se había levantado con el cuaderno en alto, cruzando el salón como si llevara una obra maestra. La sostuvo frente al grupo y comenzó a hablar de líneas, profundidad, técnica y emotividad, decía que era el tipo de talento que no se enseñaba, que solo nacía, los murmullos no tardaron, algunos chicos se inclinaron sobre sus mesas para ver mejor, otros solo rodaron los ojos.
Aileen apretó los labios, deseando volver a su asiento y desaparecer entre los cuadernos, fue entonces cuando lo notó, Leo, que antes parecía tan relajado, tan burlón, ahora la observaba con otra expresión. Más seria, más contenida, como si ese retrato le hubiera dicho algo que él aún no comprendía, Aileen sostuvo su mirada por un segundo, solo uno y luego la apartó, volvió a su sitio sin decir nada, guardó su estuche con manos lentas y bajó la mirada al escritorio, deseando que el resto de la clase terminara pronto.
La profesora mostró varios dibujos más, algunos con buen trazo, otros que eran, peculiares, por no decir otra cosa, cada obra fue recibida con aplausos tibios o risas disimuladas, dependiendo del autor, el ambiente se volvió más ligero, como si todos olvidaran por un momento que estaban en clase. Cuando sonó el timbre, un estruendo de mochilas cerrándose y sillas arrastrándose invadió el aula, los estudiantes se lanzaron hacia la puerta como si hubieran estado presos durante horas, algunos reían, otros gritaban y unos cuantos simplemente corrían sin mirar a quién empujaban en el camino.
Aileen no se apresuró, con movimientos medidos, comenzó a guardar su estuche de lápices, alineando cada uno en su sitio antes de cerrarlo con cuidado, colocó el dibujo dentro de una carpeta rígida y revisó que nada quedara fuera de lugar, no tenía intención de salir con esa estampida de adolescentes fuera de control.
Se quedó sentada unos segundos más, escuchando cómo el bullicio se alejaba por el pasillo, la sala comenzó a vaciarse lentamente, como una playa después de la marea alta, solo quedaban un par de alumnos rezagados, y la profesora recogiendo papeles con entusiasmo. Al levantarse, Aileen se ajustó la mochila sobre un hombro, cuando Aileen caminó hacia la puerta, lo vio.
Leo estaba recargado en la pared, las manos en los bolsillos, y frente a él estaba otro chico igual de alto, de piel trigueña y mirada aguda, ojos ámbar tambien, la profesora lo había llamado Noah más temprano. Hacían un contraste inquietante: uno parecía observarlo todo con ese aire relajado y burlón; el otro, con ojos que parecían medir distancias y personas con la misma facilidad con la que alguien calcula un tiro perfecto, ambos se giraron hacia ella al mismo tiempo, como si la hubieran estado esperando.
Sin decir una palabra, se hicieron a un lado, dejando entre ellos un estrecho pasillo hacia la puerta, Aileen se detuvo por un segundo, era tan poco espacio que tendría que pasar cuidadosamente para no rozarlos. Levantó la barbilla y dio un paso adelante, con ese andar firme y controlado que usaba cuando no quería que nadie notara lo rápido que le latía el corazón, pasó por el centro, sin mirarlos, sin girar la cabeza ni una fracción de segundo.
Justo cuando creía haber escapado de esa pequeña trampa, los escuchó reír, no a carcajadas, sino con esa risa contenida y baja que dice más de lo que cualquier palabra puede expresar, Aileen no se detuvo, solo apretó el paso, pero su mente ya estaba registrando todo: la mirada, el espacio milimétrico, la risa y la extraña sensación de que el juego apenas comenzaba.
Aileen soltó el seguro de su bicicleta y se preparaba para salir del instituto cuando, como si el día aún no hubiera terminado de fastidiarla, Masón Grimm se le cruzó en el camino, el mismo idiota que había hecho el sonido de cerdo en clase. Se apoyó en una columna, con esa sonrisa torcida que a él le parecía encantadora y a los demás simplemente desagradable.
— ¿Qué dices, muñeca? ¿Te vienes conmigo un rato? — Aileen ni se molestó en fruncir el ceño, lo miró con la expresión más plana que tenía y respondió, sin detenerse.
— No. — y se fue.
Sin mirar atrás, sin acelerar, sin darle el gusto de reaccionar, a veces, el mayor golpe es la indiferencia. Aileen fue directo a la cafetería, había recibido un mensaje de su abuela pidiéndole que pasara por ahí antes de volver a casa, al llegar, notó el bullicio de siempre, el lugar estaba lleno y las tres meseras corrían de un lado a otro, apenas dándose abasto, Eleonor, tras la barra, la saludó con una sonrisa cargada de alivio.
— Llegaste justo a tiempo, mi amor ¿Me das una mano mientras te preparo algo rico? — Aileen dejó su mochila tras el mostrador y se ató el cabello sin decir nada.
No necesitaba responder, ya estaba remangándose las mangas, a veces, ayudar era la mejor forma de sentirse en casa. Mientras Aileen servía una mesa cerca de la ventana, la campana sobre la puerta sonó con su característico ting, y al alzar la vista, su estómago dio un vuelco.
Leo acababa de entrar con sus tres amigos, sonreían, despreocupados, como si fueran dueños del lugar, Noah caminaba a su lado, seguido de otro chico con una gorra hacia atrás y uno más con lentes oscuros colgando de la camiseta, al verla, no se molestaron en disimular; sus miradas fueron directas, demasiado directas.
— No puede ser. — murmuró para sí, ajustándose el delantal.
Las otras meseras estaban a tope con pedidos, bandejas rebosantes y clientes impacientes, Aileen supo lo que venía antes de que su abuela siquiera la mirara, suspiró. Le tocaba a ella atenderlos, con paso firme, tomó una libreta y se acercó a su mesa, Leo ya estaba recostado sobre el respaldo de su silla, con esa sonrisa que parecía burlarse del mundo entero.
— ¿Qué desean? — preguntó sin una pizca de amabilidad en la voz.
— Nosotros. — respondió uno de ellos, haciendo que los demás soltaran una carcajada.
Leo no dijo nada al principio, solo la observó.
— Una limonada para mí... — dijo al fin — Pero que la traiga ella. — Aileen apretó la mandíbula y anotó en silencio, no pensaba darles el gusto de verla molesta.
Noah pidió una soda con hielo, Elías pidió té frío y River, con una sonrisa descarada, pidió limonada doble, mientras Aileen anotaba con rapidez y sin mirarlos directamente, Leo inclinó un poco la cabeza y dejó caer su comentario con voz suave, pero lo bastante fuerte para que todos lo oyeran.
— ¿Y tú? ¿No estás en el menú? — ella levantó la mirada con calma, sin alterar el gesto, había aprendido a reconocer ese tipo de humor y también a devolverlo sin perder el control.
— No... — respondió con una media sonrisa — Pero mi rodilla rompe-nueces sí. — River soltó un silbido largo, divertido.
— ¡Uf! — exclamó Elías entre risas — Directo al orgullo. — Noah se acomodó en la silla, cruzando los brazos.
— No la vas a tener fácil, hermano. — Leo solo se rio, bajando la mirada hacia la mesa mientras tamborileaba con los dedos, como si esa respuesta le hubiera resultado más interesante de lo que esperaba.
Aileen cerró su libreta.
— Les traigo sus bebidas. — se fue sin mirar atrás, con la seguridad de quien sabe que nadie la va a doblar tan fácilmente.
Aileen desapareció tras las puertas de la cocina y el silencio se instaló por un segundo en la mesa, Noah fue el primero en romperlo, con la mirada fija en Leo.
— ¿Estás seguro de querer meterte con ella? — preguntó sin importarle nada.
Leo seguía sonriendo como un idiota encantado, los ojos aún clavados en el lugar por donde Aileen se había ido, no dijo nada enseguida, solo se recostó contra el respaldo de la silla, pasó una mano por su cabello y soltó una pequeña risa, como si acabaran de confirmarle algo que él ya sabía.
— Más que seguro... — dijo al fin, sin dejar de mirar hacia la cocina — Es única, no como las demás, ella no se dobla, no se traga mis juegos, no me teme... — los otros lo observaron en silencio, algo entre la diversión y la advertencia flotando en el ambiente — Y va a ser mía. — añadió Leo en voz baja, casi como un secreto que se decía a sí mismo.
Luego volvió a sonreír, pero ahora era diferente, más contenida, más peligrosa, River levantó una ceja, Elías se cruzó de brazos, Noah se frotó la nuca.
— Buena suerte con eso, Romeo. — murmuró Noah.
Leo no respondió, no la necesitaba, Aileen salió de la cocina con la bandeja en equilibrio, movía los pies con seguridad, acostumbrada a sortear mesas, bolsos tirados y niños inquietos, colocó cada bebida frente a su dueño con rapidez, sin siquiera mirarlos demasiado, por simple formalidad, o porque su abuela la estaría observando desde algún rincón, preguntó.
— ¿Van a querer algo más para comer? — Leo la miró con ese brillo constante en los ojos, ladeó la cabeza.
— ¿Le escupiste a mi bebida? — los otros tres se quedaron congelados, las pajillas detenidas en sus bocas, mirándola como si esperaran una respuesta letal.
Aileen entrecerró los ojos y esbozó una sonrisa lenta, casi dulce.
— Claro que no... — respondió con calma y los chicos comenzaron a beber — Solo la endulcé con un poco de mata ratas. — River se atragantó, Elías soltó una carcajada baja y Noah murmuró algo que no se entendió del todo, Leo no parpadeó.
— Sabía que me gustabas por algo. — murmuró, alzando su vaso como si brindara con ella.
Pero Aileen ya se estaba alejando, dándoles la espalda con toda la indiferencia del mundo, aunque no podía evitar sentir el peso de esa mirada fija, insistente, como si Leo estuviera empezando a ver más allá de su sarcasmo.
Finalmente, Aileen pudo sentarse en la barra, exhalando como si acabara de terminar una maratón, su abuela le puso enfrente un plato con pastel de arándanos recién horneado y un vaso alto de té frío de frambuesa, antes de que pudiera siquiera tomar el tenedor, Eleonor la rodeó con los brazos y comenzó a llenarla de besos en las mejillas.
— Mi niña hermosa, trabajas como una campeona. — decía mientras la apretaba con ternura.
Aileen se dejó querer, aunque murmuró un "abuela, por favor" entre dientes, con las mejillas rojas. Leo, aún en su mesa con los amigos, no le quitaba los ojos de encima, observó toda la escena, sin esa sonrisa burlona que solía cargar; esta vez su expresión era más serena, curiosa, como si acabara de ver algo que no esperaba, algo tierno, algo real.
Ella, sin notarlo, partió un pedazo de pastel con el tenedor y lo llevó a su boca, cerró los ojos al saborearlo y por un segundo, Leo pensó que verla disfrutar de ese pastel era más peligroso que cualquiera de sus respuestas afiladas.