Seguía doliendo.
No igual que antes, no ya no, pero dolía.
Dolía verla sonreír y ser feliz sin mí.
Dolía saber que simplemente yo no valía la pena como para que ella se quedara a mi lado, dolía y siempre seguiría doliendo.
Sin embargo, los recuerdos, esa tormenta, esa noche, su cuerpo, mi cuerpo… Me podía escuchar a mí mismo decir su nombre en la oscuridad, deseándola en silencio, deseando su alma en silencio por siempre.
Me permití destrozarme un poco más, me permití llorar mientras la veía desde mi lado de la carretera, hermosa, perfecta, el amanecer que yo deseaba todos los días.
***
“Sentí como sus caderas se presionaron contra las mías suavemente, mis labios siguieron dejando una estela de besos un poco más apresurados por su abdomen plano, mientras mis manos recorrían con timidez sus muslos y sus caderas, temblé de anticipación y ella acarició mi rostro con ternura.
Tomé su suave cabello oscuro con mis manos y tiré de ella hacía arriba, sus ojos se clavaron en mis labios y su sonrisa se extendió hacia un lado. Me acerqué apresuradamente a sus labios una vez más, la besé con fuerza mientras sus manos se enredaban en mi cabello atrayéndome más cerca como si eso fuera lo más importante en su vida, simplemente tenerme más cerca, más.
Sus manos recorrieron mi espalda una y otra vez, mientras yo trataba de encontrar la manera de no ser tan cobarde de hacerla feliz, de hacerme feliz…
Seguí besándola sus labios, su cuello, sus pechos… sin pensar en las consecuencias, sin pesar en que quizá mañana todo esto estaría mal, pero no me preocupaba ahora, realmente me ocuparía de eso después.
Pasé una de mis manos por su entrepierna, ella se encorvó en respuesta a mis caricias y solo pude más que sonreír como un idiota cuando jadeo suavemente contra mi oído, la toqué con cuidado porque a pesar de todo la quería y no deseaba hacerle daño, no deseaba que se arrepintiera de estar ahí, de estar conmigo. Estaba húmeda, demasiado húmeda, mis dedos se deslizaron suave y fácilmente sobre ella, buscando, explorando.
Repartí los besos suavemente entre sus labios y su cuello, escuchando los sonoros gemidos que lanzaba contra mi propio cuello haciendo que me estremeciera en respuesta, sus uñas se clavaron en respuesta contra mi espalda, gruñí.
— Te quiero — susurré despacio entre jadeos, la miré un momento, ella acarició mi mejilla con suavidad mientras uno de mis dedos se colaba en su interior con facilidad aprovechando la humedad que se extendía entre sus piernas, haciendo que su cuerpo volviera a encorvarse en respuesta y gimiera más fuerte. La lluvia seguía cayendo afuera, y ella no dijo nada, solo guardó silencio mientras mis palabras se perdían entre los gemidos de ambos, entre el roce de nuestra piel desnuda.
Lo dejé pasar, porque teníamos mucho tiempo, porque podría decírselo después cuando se durmiera entre mis brazos o tal vez mañana mientras caminaba de su mano a algún lugar.
Un fuerte y sonoro gemido escapó de sus labios cuando entré en ella, la observé por más tiempo del que creí que fuera posible antes de moverme, su cuerpo ligeramente sonrojado y perlado en una fina capa de sudor, sus ojos cerrados y sus manos oprimiendo con fuerza las sábanas de mi cama.
Me moví entonces, jadeando su nombre en la oscuridad y con la lluvia cayendo afuera de la ventana con más violencia que antes. Ella mordió mi hombro mientras me pedía ir más de prisa, aunque la verdad no era necesario que lo pidiera, yo necesitaba aún más el contacto con su cuerpo de lo que dejaba ver.
Seguí moviéndome dentro de ella con fuerza, cada vez más rápido ya en ese momento sus caderas me alcanzaban a medio camino para hacer todo aquello más fácil. Podía sentir sus piernas presionando mis caderas con demasiada fuerza, los pequeños espasmos que recorrían sus muslos, y sus gemidos más insistentes contra mi oído, mordió suavemente mi labio inferior y me besó sin delicadeza, rosando suavemente su lengua con la mía y arañando mi espalda a medida que hacía aquello; mis caderas se movieron con más fuerza y más deprisa cuando susurro mi nombre, cuando grito mi nombre enterrando su rostro en mi hombro.
Sentí los espasmos invadir mi cuerpo, mi visión se tornaba borrosa y me costaba respirar, mientras su interior me presionaba con repetidas contracciones que me hicieron terminar de golpe.
No quería que eso terminara.
Ella me observó un momento, el rubor y el sudor cubría sus mejillas, pasé una mano por su rostro mientras me retiraba de su interior con cuidado, en silencio. No dijo nada después de eso, simplemente la vi sonreír con ternura mientras se cubría con las mantas consciente de lo que acaba de suceder entre los dos, consciente tal vez por primera vez que estaba ahí, conmigo.
Besé sus labios una vez más, ella siguió sin decir nada y me acomodé a su lado, sus uñas recorrieron mi pecho arrancándome un gemido que se perdió en la oscuridad de mi habitación. Se acomodó entre mi pecho y la almohada azul y cerró los ojos, lo último que logre escuchar antes de que el sueño me invadiera fue su voz diciendo:
— Lo siento.
Cuando desperté, mis manos tocaron la calidez de su cuerpo, dormía tranquilamente con su cabello esparcido sobre la almohada, aún desnuda. No pude evitar recorrer suavemente las curvas de su cuerpo con mis manos en silencio, pues la lluvia había parado hacia horas, mis padres no llegarían a casa esa noche.
Despertó susurrando mi nombre, sonreí, aunque no fui capaz de saber si ella logro ver esa sonrisa en la oscuridad. Pasó una mano por mi rostro y dejó un beso en mis labios, y luego sus manos me recorrieron con firmeza como si tratara de memorizar cada parte de mi cuerpo, cada parte de mí. No dije nada, solo guardé silencio y dejé que sus manos siguieran su recorrido; volví a dormir escuchando por segunda vez esas dos palabras en mi mente “lo siento”.
Mis ojos se abrieron de golpe cuando no encontré su cuerpo a mi lado, la calidez de su cuerpo se había ido hacia horas.
No dijo nada.
No dejó nada.
No se despidió si quiera.
Simplemente se fue y pensé que quizá luego podría verla, que luego podría ir a buscarla a casa para hablar de lo que había sucedido o simplemente sentarnos en silencio toda la tarde.
***
La realidad me golpeó en la cara con fuerza.
Maldita sea, ¿Cuánto tiempo tendría que pasar para que los recuerdos no dolieran? Y sí, era lo único que había tenido por meses, lo único que me unían, pero en ocasiones solo me dañaban solo me decían lo estúpido que había sido por creer que era importante por creer que yo y ella podíamos ser algo más. Por creer en nosotros.
Seguí ahí, observando como su cabello caía en su espalda, como su falda gris era levemente levantada por el viento y el rubor en sus mejillas se extendía hacia su cuello. Seguía ahí para reparar los 8 meses que había pasado sin ver su hermoso rostro, su sonrisa perfecta, seguí ahí para entender, cuánto más iba a doler.
Me odié.
La odié.
La seguí odiando mucho y mucho más.
Y por último me volví a odiar cuando caminé un par de pasos más cerca de donde se encontraba, me odié porqué las lágrimas seguían cayendo por mis mejillas y mi corazón seguía rompiéndose al escuchar su risa.
Limpié mi rostro con la manga de mi sudadera, y di media vuelta para regresar a casa, fue cuando la escuché susurrar mi nombre demasiado cerca, y entonces supe que iba a seguir doliendo ahora, mañana, toda mi vida.