TRES

1480 Words
SEÑOR GENEROSO Me presentaba en un espectáculo especial, en esta ocasión vestía con un traje de enfermera, no era mi favorito, pero a los clientes le gustaba, o eso decía Carl, al menos con esto espectáculos dejaban una propina bastante generosa. Salí para dar inicio, las luces del escenario no se encendieron hasta que tomé mi pose agarrada del tuvo, en esta ocasión la iluminación era de color rojo; en cuanto la música empezó, con una sonrisa coqueta no dude en dar lo mejor de mí. ˆˇˆˇˆˇˆˇˆˇˆˇˆˇˆˇˆˇˆ Bajando lentamente por el tubo acabe en el suelo abierta de piernas, la música paró y con ella termino mi acto; desvié la mirada brevemente hacia mi caja de propinas, sentí que todo esto valió la pena al verla rebosante de billetes. Con sublime elegancia me puse de pie y camine hacia la caja, me agache lentamente para tomarla; una algarabía se hizo presente, con esta minifalda tan corta, estaba segura de que con tal movimiento estaba mostrando más de lo debido. Tomé la caja para levantarla, cuando de la nada vi una mano tatuada dejar un fardo de billetes sobre esta, algo sorprendida levanté la mirada encontrándome con unos ojos grises bastante pronunciados. Era el mismo hombre de la otra vez; automáticamente negué por tal cantidad exagerada de dinero. —Es usted muy generoso, señor generoso, pero no puedo aceptar esta cantidad de dinero. —No es ni un porciento de lo que vales, muñeca. Tenía razón en eso, pero esto solo era un baile, un entretenimiento. —Es demasiado. —Murmuré. Su dedo rozó mi mejilla pronunciadamente, haciendo exactamente lo que no debía de hacer, tocarme; me percaté de Elías, uno de los guardias que estaba presente se acercaba, pero este hombre se alejó con dirección a la salida así sin más, dejándome con una cantidad de dinero exagerada en las manos. Si Carl viera esto, no me dejaría quedármelo, se lo devolvería. —¿Estas bien? Miré a Elías, entrando a la realidad una vez más, observé a mi alrededor viendo como la gran mayoría de los presentes solo seguía conversando entre sí y, algunos no me quitaban la mirada de encima. —Estoy bien. —Con una sonrisa le respondí. Tomé la caja y fui detrás de las cortinas rojas, con cierta rapidez tomé el fardo de billetes y lo puse dentro de mi bolso. —¿Qué pasó allá afuera? —Miré a Carl entrar. —¿Te tocaron? La seriedad en su voz me alertaba de lo serio que estaba. —No fue nada, solo un roce amistoso. —¿Segura? Se acercó he hizo mi cabello a un lado viendo con detenimiento ciertas partes de mi cuerpo; a veces veía de más. —Estoy bien. —Susurré por su cercanía. El olor que emanaba me envolvió un poco, su mano se posó entre mi cuello y detrás de mi oreja. —Vas a tener que limitarte a no acercarte a la orilla, no olvides que son unas bestias, los hombres no piensan claramente con tanta tentación frente a los ojos. —¿Estás seguro de eso? —Susurré de manera jocosa al ver su mirada oscurecerse levemente. —Mucho. Éramos humanos y, sí era cierto que una vez llegamos a cruzamos limites, pero eso nunca se repitió; y aunque Carl encendía una parte en mí, él ahora estaba en una relación, y no iba a hacer tal cosa debido a eso. Puse mis manos en su pecho apartándolo un poco. —Lorena —le susurré el nombre de su novia. Retrocedí yo, ya que sabía que él no lo haría. Fui detrás del pequeño vestidor para quitarme este disfraz y ponerme la ropa que traje, una vez acabé tomé la caja de propinas y empecé a contar. Exhalé una sonrisa alegré al ver que la cantidad pasaba un poco de los mil dólares. —No puedo esperar para disfrazarme de diabla. Carl solo sonrió. —Te lo mereces estrellita, pero déjale algo a las demás. Le saqué la lengua de forma infantil; tomé mi dinero, ya lista para irme. —Ya me voy. —Mañana tenía el día libre, aparte de que tenía un compromiso. —Te veré pronto. —Descansa, Rach. Le lancé un beso al aire y tomé el camino hacia la salida. Saqué mis llaves y la giré en mi dedo, campante caminé por el estacionamiento; sin embargo, todo el buen humor que tenía bajó considerablemente. Ya reconocía esa figura, y se trataba de ese hombre otra vez, estaba recostado de mi auto de brazos cruzados. Esto ya no tenía gracia, por un momento pensé en regresar adentro, pero recordé que debía devolverle el dinero, no iba a quedarme con él. Me arme de valor y avance, giró su mirada en mi dirección notando mi presencia. Cuando estuve cerca metí mi mano en mi bolso y tomé el fardo de billetes, una vez frente él se lo ofrecí, su expresión fue bastante obvia. —No sé quién eres y, no soy tonta, no voy a aceptar esta cantidad de dinero, y menos de alguien que no conozco. —Es tu propina. —Nadie da propinas así. —Yo lo hago. Rodé los ojos, resultaba molesto. Pegué el dinero a su pecho. Posee una estatura bastante alta, yo medía 1´62, y aun así debía levantar la mirada para verlo a los ojos. —Te pagaré el triple si vienes conmigo. —¿Ir contigo? —Exhalé una risa. —Sí, venir conmigo. Negué en respuesta aun con mi mano en su pecho. Su apariencia era atrayente, unos ojos grises bastante pronunciados, su cabello era rubio, estaba atado ocultando su longitud, barba ligera, un poco corpulento, no de manera exagerada, pero se veía en forma, veía tatuajes en las áreas descubiertas de su cuerpo. Atractivo. —No iré contigo a ningún lado. —Podemos negociarlo; pídelo, dame una cantidad, te la pagaré. ¿Por qué se afanaba? —¿Cuál es el interés? —Ya te dije, necesito un entretenimiento, tú eres ideal, solo acepta, es un trabajo, nada diferente a lo que sueles hacer aquí. —Para eventos, habla con mi jefe, es el dueño del lugar, se llama Carl, seguro estará encantado de ayudarte. —Me atreví a tomar su mano para ponerla en donde estaba la mía en su pecho. A pesar de mi respuesta negativa, él no parecía estar molesto, la pequeña sonrisita en sus labios no desaparecía. Él se apartó sin decir nada más, dejándome el camino libre hacia mi auto; con mi llave abrí para subir, una vez lo hice aseguré la puerta para ponerme en marcha y dejarlo atrás. Miré por el retrovisor; me preguntaba si, tanto quería que trabajara para él, ¿por qué no hablaba con Carl? Tomé mi teléfono en cuanto me detuve en un semáforo para avisarle a Ameli que estaba de camino, eran las once pm, Sebas debería de estar durmiendo ya. Rachell: Ya casi llego. Avance en cuanto llegó el cambio, durante el resto del camino escuché el tono de mensaje, pero me inhibí de apartar la mirada de la autopista. Unos cinco minutos después ya había llegado. —Lo dormí a las nueve como me pediste. —Muchas gracias, de verdad, te lo agradezco. —No tienes que, es mi trabajo. Hasta mañana. —Ve con cuidado, descansa. Una vez se fue caminé hacía la habitación de mi hijo, como ella había dicho, estaba durmiendo profundamente. Me acerqué y besé su frente sin despertarlo. Con una ducha caliente y algo de comida calentada, ya estaba lista para ir a la cama luego de lavarme los dientes. Me escabullí entre mis sábanas. Escuché una llamada llegar a mi teléfono, abrí mis ojos y lo tomé para ver de quien era. Anton. —Sé qué quedamos para la tarde, pero tal vez quieras venir un poco antes, ¿te parece? —No creo que eso se posible. Iba a pasar la mañana con mi pequeño, no iba a cambiar eso. Hubo un extenso silencio de su lado de la línea. —¿Qué haremos mañana? —Piscina, te gusta, ¿no? —Me encanta, llevaré un lindo bikini. —De hecho, te compré uno. —No será como ese pedazo de hilo igual al de la otra vez, ¿o sí? —No, este es lindo, te va a gustar, ¿quieres verlo? —Preferiría hacerlo mañana, ¿sí? Fue un día agotador y estoy muy cansada. —Claro, descansa, Rach. —Te quiero. —Mm mm, no. Colgó la llamada. Esa frase no era cierta, pero me gustaba decírsela por la manera en que reaccionaba. Dejé el teléfono en la mesita de noche y con una sonrisa volví a cerrar mis ojos.
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