Uno

1709 Words
YO SOY RACHELL Me vi al espejo después de darle los últimos retoques a mi maquillaje. Poseía unos ojos de color azul oscuro, los cuales de vez en cuando suelen ser grises, tenía largas y claras pestañas, las que oscurecía al pasar el Rimer, también tenía una nariz fina y labios delicados los cuales eran teñidos por un leve color rosa natural, y mi cabello, rubio dorado de larga longitud que caía como cascadas sobre mi espalda terminando en un corte recto a la mitad de mis glúteos. «Eres hermosa» esa era una frase que a menudo solía escuchar, y era consciente de ello, sabía que era por mi apariencia física que hoy estaba aquí; amaba el baile, la danza en particular, era buena en ello y, debido a ciertas circunstancias en mi vida me he visto con la necesidad de vivir de esta manera. Al pasar de los años he adquirido la suficiente experiencia y, decir que era la mejor en lo que hacía tal vez era exagerar, pero cabe recalcar que aquellas no eran mis palabras. Con mucha practica he logrado tener el auge que hoy en día tengo sobre el escenario, tanto así que aquellos hombres, he incluso mujeres, pagaban mucho dinero solo por verme bailar por quince y, de vez en cuando, un poco más por secciones privadas. Aunque suelo presentarme en el club The velvet rose, que es mi lugar habitual, usualmente era solicitada en otros lugares para ofrecer entretenimiento. Aunque cada bailarina es respetada, había que admitir que a mí se me suele brindar un trato único, era muy especial para Carl, el dueño del lugar, puesto que a menudo gana mucho dinero a puesta mía. Algunos de aquellos tratos especiales era la Exclusividad: Mi tiempo de presentación era limitado, y aunque daba actos privados no a todos se le concedía aquel deseo. No obstante, a pesar de que solo me presentaba por pocos minutos, no significaba que tenía mucho tiempo libre, y esto se debía a que me correspondía entrenar a las recién llegadas, aparte de eso debía de ayudar a Carl, mi jefe, con el buen funcionamiento del club, realmente hacía muchas cosas en este lugar aparte de bailar, razón número uno por la cual mi sueldo era bastante bueno. Y ese también era otro privilegio que tenía, aunque honestamente preferiría no hacerlo, pero necesitaba el dinero, tanto que igualmente hacia trabajo extra fuera del club, puesto que no solo debía de cuidar de mí. Me deje caer lentamente deslizándome por el tuvo metálico para luego volver a subir con ayuda de mis manos. Mi área era la zona VIP, en donde las personas pagaban más por el espectáculo. Existía una pregunta en particular: ¿Qué me hace diferente de las demás? Esa se respondía fácilmente, era consciente de que mis compañeras de trabajo también son realmente buenas en lo que hacen. Entrenaban, aunque no como yo lo hacía cada día; bailaban muy bien, pero no con la pasión con la que suelo hacerlo. No me gusta ser altanera, mucho menos presumir, pero cuando entre aquí me dije a mi misma que si de esto me sustentaría, entonces sería la mejor, pero nuevamente repito: lo necesitaba. En mi puesto suelo tener una caja de mediana longitud echa de un material transparente, era en donde caían las propinas, y en cada presentación esta terminaba repleta a más no poder. La música puso fin al espectáculo, y de manera sensual y provocativa gatee hasta el borde del escenario, con una sonrisa coqueta le lance un beso al aire al caballero de en frente, como solía hacer a menudo. Tomé la caja en mis manos y me puse de pie para luego hacer una reverencia, de hecho, antes de irme aquel hombre se puso de pie y del bolsillo de su pantalón saco muchos billetes, depositándolos dentro de la caja, eran tantos que casi caen al suelo. Aquel fue un acto generoso, no sabía cuánto dinero había puesto ahí, pero era mucho, y me fue imposible no notarlo. Su rostro no lo había visto antes, pero, así como solía ver las mismas caras, también me encontraba cada día con innumerables rostros nuevos, y esta era una de ellas. Sostuve la caja con una mano, y como estaba justo frente al escenario, a una altura favorable, me acerque inclinándome en su dirección y con mi mano libre tome su rostro y presione mis rojos labios en su mejilla; dejándole una cariñosa marca. Había una regla sobre no ser tocada, pero yo tenía permitido hacerlo siempre y cuando ambas partes se muestren a gusto. La algarabía no tardó en llegar, por todos lados se escucharon silbidos y de un momento a otro solo se escuchaba mi nombre en proclamación de parte de todos, menos de parte del hombre generoso, quien solo permanencia con una expresión complacida. Hice otra reverencia dando las gracias antes de desaparecer detrás del telón rojo —Estuviste increíble. Escuche a Carl a mi derecha, tenía su teléfono pegado a la oreja. —Gracias —murmure en voz baja. Dejé la caja sobre el tocador para deshacerme del pequeño traje que llevaba, quedando en ropa interior, me vestí con el jean y la camiseta con la que había llegado, al igual que mis zapatos. El reloj ya marcaba las once de la noche, no tenía mucho tiempo, debía de irme ya, pero no podía hacerlo sin antes contar la propina. Tomé asiento en el tocador y empecé a contar todo lo que había en la caja hasta dar con el ultimo dólar. —¿No te parece que es demasiado? Carl se recostó del tocador con los brazos cruzados, una pequeña sonrisa relució en sus labios, yo sonreí por igual tomando todo lo que tenía. —Cuando tengas mis gastos entenderás que mil dólares de propinas nunca es suficiente. —¿Hiciste mil dólares de propina? «Quisiera.» —No, pero me falto muy poco para llegar. —¿Segura? Es que veo mucho ahí, ¿quieres que lo cuente por ti? Con una sonrisa inocente deje el dinero en mi bolso junto a mis otras pertenencias. —Ya debo irme. —Te vere mañana estrellita. Me levanté y le di un abrazo de despedida. Carl para mí era más que mi jefe, me tendió una mano cuando más lo necesitaba. Atravesé el lugar hasta finalmente llegar a la salida, aun debía de caminar un poco más para llegar al parqueo. Mientras llegaba a mi auto escuchaba el tono de llamada de mi teléfono, con la mano en mi bolso intente dar con el aparato que, poco después, dejo de sonar. Maldije por la bajo a un sin poder encontrarlo, tenía tantas cosas ahí dentro; removí todo hasta que finalmente di con la llave y el teléfono. Note un mensaje: Luchy Olsen: ¿Llegaras? Necesito dormir, mañana regreso al trabajo. —¿Que?... Pero… Levante mi cabeza suspirando con agobio. Ella me resultaba indicada porque tenía mucho tiempo libre, fue difícil encontrar a alguien responsable, aunque estoy segura de que me odia porque siempre llego tarde. Rachell Martínez: Casi llego. Presione el botón en mi llave para remover el seguro del auto. —Buen espectáculo. Gire la vista en busca de la voz a mis espaldas. Se trataba de aquel hombre generoso de hace un momento, aún tenía aquella parte de su mejilla teñida por mi labial rojo. —Gracias. —Murmure con toda la intensión de subir a mi auto, sin embargo, su voz volvió a interrumpirme nuevamente. —¿Cuál es tu precio? —Volteé la mirada hacia la suya. —No pienses mal, tendré una reunión privada pronto y pensaba en dar un buen espectáculo, me pareciste buena opción. —Para esa clase de servicios puedes comunicarte con el dueño del lugar, te proporcionara todos los detalles que necesites… —Honestamente, buscaba algo más privado, sin jefes de por medio. —No hago esa clase de colaboraciones, perdona. Ya no más. Abrí la puerta lista para irme, pero su voz otra vez… —¿Estás segura? Sería una buena paga por tan solo una hora. No era la primera vez que recibía esa clase de ofertas, quizás en el pasado sí hubiese aceptado, pero ya no tenía tantas ganas de hacer tratos con extraños. Lo mire apenada. —Lo siento. Saco su mano del bolsillo de su pantalón de tela n***o, dudoso giro una pequeña tarjeta entre sus dedos antes de ofrecérmela, acercándose unos pasos. —En caso de cambies de opinión. No iba a hacerlo, pero con fingido interés acepté aquella tarjeta de presentación, volví a girar para seguir mi camino. —Linda noche. Ya no retrocedería más, se me acababa el tiempo. Encendí el motor y me abroché el cinturón de seguridad. Con la ruta grabada en la memoria tome camino hacia el pequeño complejo de apartamentos; no me tomo mucho tiempo en llegar, fueron alrededor de unos diez minutos. Deje mis pertenencias en el auto y tan solo tome las lleves, entre al pequeño lobby y subí las escaleras hasta el tercer piso, ya que el ascensor estaba descompuesto Frente al apartamento número doce, toque con mis nudillos, la puerta no tardo en abrirse y, aunque la expresión de inconformidad de Luchy fue muy notable, toda mi atención se desvío hacía mi pequeño que estaba de tras de ella. Me agaché y le abrí los brazos, el rápidamente acepto y se acercó. —Lo siento mucho, tuve un conveniente. —No te preocupes, de todas formas, tendrás que buscar otra niñera que cuide de él, yo ya no podré hacerlo. Esa noticia me dejaba un mal sabor, era difícil poder conseguir una buena niñera en estos lados y que esté dispuesta a cuidarlo en las noches. Sebastián bostezó y estrujo sus ojos, claro que ha de estar agotado, su hora de ir a la cama ya paso hace un buen rato. Me levante y tome su pequeña mano. —Entiendo, de todos modos, gracias, te enviare el pago mañana temprano. Sin esperar respuesta tomé a mi hijo en brazos y me dirigí hacia las escaleras. No bastaba con tener la incertidumbre de si «¿podrá cuidarlo hoy?», si no que específicamente ya no tenía niñera.
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