Capítulo 4: En la oscuridad del secreto
El sol apenas había salido cuando me miré en el espejo, intentando reunir el valor para lo que estaba a punto de hacer. Sabía que no tenía otra opción. Ningún trabajo "respetable" me ofrecería lo suficiente, y mucho menos en tan poco tiempo. Necesitaba dinero, rápido, para salvar a Martín. Pero el único lugar donde podría conseguir algo significativo sin hacer preguntas era en uno de esos bares que operaban en la penumbra de la ciudad, donde las reglas eran diferentes, y la moralidad era un lujo que pocos podían permitirse.
Sabía que Alexander nunca aprobaría esto, ni siquiera debía enterarse. Si lo hacía, no solo me arriesgaba a perder el poco control que tenía sobre mi vida, sino que pondría en peligro todo lo que había hecho por Martín. No me quedaba más remedio que mantener esto en secreto. Así que, esa mañana, vestida con un atuendo sencillo y nada llamativo, me dirigí al bar en el lado menos favorable de la ciudad.
El lugar estaba impregnado de una mezcla de humo y licor. Las luces eran tenues, apenas lo suficiente para ver las caras de las personas que estaban ahí. La música alta retumbaba en el ambiente, y las risas estridentes de los clientes resonaban en las paredes. No era el tipo de lugar en el que una mujer como yo debería estar, pero no tenía otra opción.
—¿Buscas trabajo? —me preguntó el dueño, un hombre de mediana edad con una barba rala y una sonrisa que no me inspiraba confianza.
Asentí, manteniendo la cabeza baja. No quería llamar la atención.
—Sí, necesito dinero. Rápido —respondí, mi voz apenas audible por el ruido del bar.
El hombre me observó un largo momento, sus ojos recorriéndome como si estuviera evaluando una mercancía. Finalmente, asintió con la cabeza.
—Está bien. Puedes empezar hoy. Solo asegúrate de hacer bien tu trabajo y… de no causar problemas. ¿Entendido?
Asentí nuevamente, sintiendo una mezcla de alivio y miedo. No sabía en qué me estaba metiendo, pero tenía que seguir adelante. No tenía otra opción.
El primer día fue peor de lo que imaginaba. Desde el momento en que empecé a servir las bebidas, sentí las miradas pesadas de los hombres en el bar, observándome como si fuera un objeto en vez de una persona. Algunos me lanzaban comentarios desagradables que intentaba ignorar, otros me miraban como si fuera su próxima presa. Pero lo peor ocurrió cerca del final de la noche.
Había un grupo de hombres en una esquina del bar, todos grandes y rudos, el tipo de personas que no querías encontrar en un callejón oscuro. Desde el principio, sus miradas no se apartaron de mí. Me seguían con los ojos cada vez que me acercaba a su mesa para tomar sus pedidos. A medida que la noche avanzaba y el alcohol fluía, sus intenciones se volvían más evidentes.
—Oye, nena, ven aquí un momento —dijo uno de ellos, su voz pastosa por el licor.
Intenté ignorarlos, pero cuando pasé junto a su mesa, uno de los hombres me tomó del brazo, su agarre fuerte y desagradable.
—No seas tímida —dijo, sonriendo de manera depredadora—. Queremos divertirnos un rato contigo.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Intenté soltarme, pero sus manos eran como grilletes de hierro.
—Por favor, suéltame —dije con voz temblorosa, mirando alrededor en busca de ayuda, pero nadie parecía estar prestando atención.
Los otros hombres se levantaron de la mesa, rodeándome lentamente. El miedo se apoderó de mí como una niebla espesa, atrapándome. Sabía lo que iba a pasar, y no había forma de evitarlo. Intenté luchar, pero eran demasiado fuertes.
—Te va a gustar, ya verás —dijo otro, mientras me empujaba contra la pared, su aliento asqueroso rozando mi rostro.
Cerré los ojos, intentando preparar mi mente para lo peor, cuando, de repente, el hombre que estaba frente a mí fue lanzado hacia atrás con una fuerza brutal. El ruido de huesos rompiéndose resonó en el aire. Abrí los ojos justo a tiempo para ver a Alexander de pie frente a mí, su mirada helada fija en los hombres que me habían acorralado. No dijo una palabra, pero su presencia era suficiente para hacer que todos retrocedieran.
En cuestión de segundos, los maleantes que me habían amenazado yacían en el suelo, inconscientes o incapaces de moverse. Alexander, con movimientos precisos y letales, los había derribado sin esfuerzo, como si fueran solo insectos molestos. Mi cuerpo temblaba, pero no por el miedo que sentía antes, sino por la sorpresa. No entendía cómo había llegado hasta aquí, cómo había sabido que yo estaba en peligro.
Antes de que pudiera decir algo, Alexander me tomó del brazo y me arrastró fuera del bar, sin pronunciar una sola palabra. Su agarre era firme, pero no doloroso. Sentía el calor de su piel contra la mía, pero lo que más me desconcertaba era la forma en que no me miraba, como si todo esto no tuviera importancia para él.
El silencio entre nosotros era ensordecedor mientras caminábamos hacia su coche. La tensión era palpable, pero no me atreví a romperla. No sabía qué decir, ni cómo explicar lo que había hecho. Sabía que, si descubría la razón por la que estaba trabajando en ese lugar, todo se derrumbaría. Pero, al mismo tiempo, era imposible ignorar lo que acababa de pasar.
Finalmente, llegamos a su coche. Me abrió la puerta del copiloto sin mirarme, y me subí, sintiéndome más confundida que nunca. Durante el trayecto a casa, no intercambiamos ni una palabra. Yo estaba perdida en mis pensamientos, tratando de encontrar una forma de explicarme, pero las palabras simplemente no llegaban.
Cuando llegamos a la mansión, Alexander se bajó del coche y caminó hacia la entrada sin esperarme. Lo seguí en silencio, sintiendo el peso de su indiferencia como una losa sobre mis hombros. Al cruzar el umbral, su voz finalmente rompió el silencio.
—No vuelvas a ese lugar —dijo con tono áspero, sin volverse para mirarme—. No vuelvas a ponerte en una situación como esa.
No supe cómo responder. Quería agradecerle por salvarme, pero algo en su voz me decía que no lo había hecho por mí, sino por alguna razón que no alcanzaba a entender. Y, aunque quería preguntarle cómo sabía dónde encontrarme, decidí no hacerlo. Sabía que la respuesta me asustaría más de lo que ya estaba.
Él se dio la vuelta y me miró por primera vez esa noche. Sus ojos oscuros, llenos de una mezcla de furia y algo más que no lograba identificar, se clavaron en los míos.
—No te metas en mi vida, y yo no me meteré en la tuya. Eso fue lo que acordamos, ¿no? —dijo, su tono cortante y lleno de reproche.
Sentí un nudo en la garganta, pero asentí en silencio. No había nada más que pudiera decir. Lo único que sabía era que, de alguna manera, había cruzado una línea que nunca debería haber cruzado, y ahora, las cosas serían aún más complicadas.
Alexander me dio una última mirada antes de girarse y desaparecer en la oscuridad de la casa, dejándome sola, con el eco de sus palabras resonando en mi cabeza.
Sabía que, a partir de ese momento, todo sería aún más difícil. No podía volver al bar, no podía arriesgarme a que Alexander descubriera la verdad, pero aún necesitaba encontrar una forma de salvar a Martín. Y cada día que pasaba, el tiempo corría en mi contra.