Capítulo 5: Verdades a Medias
El camino de vuelta a casa fue un tormento en silencio. El coche avanzaba a través de la ciudad mientras mi mente daba vueltas sin descanso, repasando todo lo que había ocurrido en el bar. No podía sacudirme el temor que me había invadido al estar tan cerca del desastre, ni el desconcierto que sentía por la forma en que Alexander había aparecido justo a tiempo para salvarme. ¿Cómo supo dónde estaba? ¿Cómo había llegado tan rápido?
La mansión apareció ante nosotros, majestuosa y sombría bajo las luces tenues de la noche. Al detenerse el coche, bajé de inmediato, deseando escapar del silencio asfixiante que compartía con Alexander. Pero cuando crucé el umbral de la casa, su voz cortante rompió la quietud.
—¿Por qué estabas trabajando en ese bar? —preguntó, su tono bajo pero afilado como una daga.
El pánico me envolvió de inmediato. Me detuve en seco, incapaz de girarme para enfrentarlo. No podía darle una respuesta sincera, no podía decirle que lo hacía por Martín. Sabía que si descubría mi secreto, todo se vendría abajo, y la vida de mi hijo estaría en peligro.
Tomé aire, tratando de mantener la calma, pero las emociones me sobrepasaban. Estaba demasiado alterada por todo lo que había sucedido esa noche, por el miedo, la vergüenza y la sensación de estar atrapada en una jaula. Giré hacia él, y las palabras salieron antes de que pudiera controlarlas.
—¿Acaso no teníamos un acuerdo? —respondí con dureza—. Tú no te metes en mis asuntos, y yo no me meto en los tuyos. Lo que yo haga no tiene nada que ver contigo, Alexander.
Sabía que estaba hablando desde la frustración, pero no podía detenerme. La presión de mantenerme a flote, de esconder la verdad, de proteger a Martín, estaba haciendo que me desmoronara lentamente.
Alexander me observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Su rostro era una máscara de frialdad, completamente indiferente a mi arrebato. Cuando finalmente habló, su tono era calmado, casi imperturbable, lo que solo aumentó mi frustración.
—No me interesa lo que hagas, siempre y cuando no me deshonres —dijo, cruzando los brazos con aire despreocupado—. Si te falta dinero, lo que deberías hacer es buscar un trabajo decente, no revolcarte en un lugar como ese.
Sus palabras me atravesaron, pero no de la manera que él probablemente esperaba. En lugar de sentirme avergonzada o intimidada, lo que experimenté fue una furia contenida que creció dentro de mí. ¿Acaso pensaba que no había intentado encontrar un trabajo decente? ¿Que no había agotado todas las opciones antes de caer en esa decisión desesperada?
Lo miré directamente a los ojos, negándome a dejarme intimidar.
—¿Crees que no lo intenté? —repliqué, alzando la voz un poco más de lo que pretendía—. No puedo conseguir un trabajo "decente" porque he ofendido a la gente equivocada. Nadie me va a contratar. Si quiero ganar dinero para sobrevivir, ese bar es mi única opción.
Alexander frunció el ceño, como si no esperara esa respuesta. Lo observé mientras procesaba mis palabras, y por un momento, pensé que tal vez comprendería lo desesperada que estaba, lo atrapada que me sentía.
—¿Quién te ha cerrado esas puertas? —preguntó, con una mezcla de curiosidad y desdén.
No podía contarle la verdad, no podía mencionar a la madre de Melissa y su amenaza de destruir mi vida y la de Martín si no mantenía mi parte del trato. Así que opté por mantener las cosas vagas, esperando que no hiciera más preguntas.
—Eso no importa —dije, bajando un poco el tono, pero manteniendo mi firmeza—. Lo único que importa es que necesito ganar dinero, y si no puedes aceptar que trabaje en ese lugar, entonces deberíamos considerar el divorcio.
Sentí las palabras salir de mi boca como un desafío. Sabía que esa era la última opción que quería tomar, pero en ese momento, era lo único que podía ofrecerle. Si no podíamos seguir adelante con esta farsa, entonces lo mejor sería cortar todo de raíz antes de que las cosas se volvieran más complicadas.
El silencio que siguió fue tenso. Alexander me miraba con una expresión indescifrable, y durante unos segundos, temí haberlo llevado demasiado lejos. Pero en lugar de reaccionar con ira o sorpresa, simplemente sonrió. No era una sonrisa cálida ni amable. Era una sonrisa fría, calculada.
—Divorcio… —murmuró, como si probara la palabra en su boca—. No creo que eso sea necesario, Emma. Pero te aseguro una cosa: no me importan tus secretos ni tus problemas, siempre y cuando no me hagas quedar en ridículo. Si necesitas dinero, encuéntralo de una forma que no nos hunda a ambos.
Su tono era tan distante como siempre, pero había algo en sus palabras que me dejó una sensación de inquietud. Aunque lo negaba, sabía que Alexander estaba cada vez más involucrado en mis decisiones, incluso si intentaba mantener la fachada de indiferencia.
Me quedé allí, de pie, en el pasillo, sin saber qué más decir. No podía explicarle la verdadera razón por la que necesitaba dinero ni la urgencia detrás de mis actos. Tampoco podía dar marcha atrás, porque eso significaría aceptar que estaba en una situación que no podía controlar. Así que asentí lentamente, con el estómago revuelto y la cabeza llena de dudas.
—Está bien. No volveré a trabajar en ese bar —dije finalmente, aunque cada palabra era como un puñal en mi propio orgullo.
Alexander me observó por un momento más, luego simplemente giró sobre sus talones y desapareció en la oscuridad del pasillo. No dijo nada más, y me quedé allí, con la sensación de que, aunque habíamos llegado a un acuerdo, todo seguía siendo tan frágil como siempre.
Mientras me dirigía a mi habitación, supe que las cosas no podían seguir así. No podía seguir dependiendo de un matrimonio falso ni de los caprichos de una mujer cruel que jugaba con la vida de mi hijo como si fuera un simple juego. Tenía que encontrar otra salida, una que me permitiera proteger a Martín y salir de este infierno en el que me había metido.
Sabía que no sería fácil, pero estaba decidida. Haría lo que fuera necesario para salvar a mi hijo, incluso si eso significaba arriesgar todo lo que tenía en el proceso.
Me dejé caer sobre la cama, cerrando los ojos y dejando que las lágrimas que había contenido todo el día finalmente fluyeran. Sabía que no podía permitirme el lujo de rendirme, pero por un breve momento, me permití sentir el peso de todo lo que estaba cargando.
Porque, a partir de mañana, no habría espacio para más debilidad.