Capítulo 7: El juego del engaño
La vida parecía haber encontrado un extraño equilibrio, pero debajo de la calma superficial, algo oscuro comenzaba a gestarse. Después de conseguir el trabajo en Olivetti Enterprises, pensé que, por fin, tenía una oportunidad de avanzar por mi cuenta. Sabía que el dinero no llegaría de inmediato, pero al menos ahora tenía una fuente de ingresos que me permitiría empezar a reunir lo necesario para la operación de Martín. Y lo mejor de todo, sin tener que recurrir a trabajos que me ponían en peligro.
Sin embargo, esa chispa de esperanza que había sentido en los últimos días no duraría mucho. Lo que no sabía era que el equilibrio de mi nueva vida estaba a punto de desmoronarse, y que Alexander ya sabía más de lo que debería.
Mientras yo me concentraba en mantener mi nueva rutina de trabajo, lejos de las miradas de la madre de Melissa, un subordinado de Alexander lo había estado informando en secreto de todos mis movimientos. Las palabras que más temía que escuchara llegaron a él: yo no era quien debía haber sido su esposa. Su matrimonio conmigo era una farsa en todos los sentidos. Y peor aún, que tenía un hijo, algo que yo me había esforzado por ocultar a toda costa.
El subordinado había reunido esta información con precisión. Las visitas secretas al hospital, mi lucha por conseguir dinero, y la verdad de mi pasado. Alexander se enteró de todo, y en lugar de enfrentarlo directamente, decidió jugar su propio juego. Sabía que yo le había mentido, que lo había engañado, y ahora, tenía un plan para hacerme pagar, para controlarme bajo su propio ritmo. Era su forma de equilibrar la balanza.
Esa tarde, mientras me preparaba para terminar mi jornada laboral, sentí una calma extraña, como si algo estuviera por suceder. Había pasado el día intentando concentrarme en mis nuevas responsabilidades, pero no podía evitar que mi mente volviera una y otra vez a Martín. Quería verlo, quería sentir el alivio de saber que estaba bien, de verlo sonreír, aunque fuera por unos minutos. Cada día, mi plan era simple: salir del trabajo, visitar a mi hijo a escondidas en el hospital y regresar antes de que Alexander sospechara. Hasta ahora, había logrado mantener mi doble vida sin que él se diera cuenta.
Sin embargo, justo cuando me disponía a salir, mi teléfono vibró en el bolsillo. Era Alexander. Sentí una punzada de nervios al ver su nombre en la pantalla, algo en su llamada me hacía pensar que esta vez no era una simple conversación.
—¿Sí? —respondí, tratando de mantener mi tono neutral.
—Ven a casa inmediatamente. —Su voz era tan fría como siempre, pero había algo en su tono que no me gustó—. Vamos a un banquete esta noche, necesito que me acompañes.
Me quedé en silencio por un segundo, sorprendida. No era típico de Alexander pedirme que lo acompañara a eventos. Sabía que manteníamos las apariencias, pero hasta ahora había sido discreto respecto a mis participaciones en su mundo.
—No creo que sea buena idea —respondí, buscando una excusa—. Tengo otros planes esta noche.
Mi corazón latía con fuerza. Sabía que debía ir al hospital a ver a Martín. Eso era lo único que importaba en ese momento.
—No te estoy pidiendo que lo pienses, Emma —dijo con dureza—. Si no vienes, puedes olvidarte de tu trabajo en Olivetti Enterprises. Mañana mismo lo perderás.
Un escalofrío recorrió mi espalda. ¿Cómo sabía él sobre mi trabajo? Intenté mantener la compostura, pero mis manos empezaron a temblar ligeramente. No puede saberlo, me repetí. No puede saberlo. Pero su tono me indicaba lo contrario. Me estaba obligando a ir, y no tenía elección.
—Está bien —respondí con un susurro—. Estaré ahí.
Llegué a casa poco después, mis pensamientos nublados por la incertidumbre. Alexander me esperaba en el vestíbulo, vestido con un impecable traje n***o. Su semblante era el mismo de siempre: impenetrable, frío. No me dio tiempo de preguntarle nada. Sin decir una palabra, me entregó un elegante vestido de gala que yo no había visto antes.
—Cámbiate, tenemos que irnos pronto —dijo, sin ni siquiera mirarme.
Me sentía atrapada, como un ratón en una jaula. Sabía que algo no estaba bien, pero no podía entender exactamente qué. Mientras me cambiaba, mi mente seguía buscando respuestas, tratando de unir las piezas de un rompecabezas que aún no lograba ver por completo. ¿Por qué de repente quería que lo acompañara? ¿Por qué amenazarme con perder mi trabajo? Algo no encajaba.
El banquete se celebraba en un lujoso salón que desbordaba opulencia. Las luces doradas iluminaban cada rincón, y el sonido de las copas tintineando llenaba el aire junto con risas y conversaciones. Alexander me guió dentro, su mano firme en la parte baja de mi espalda, como si fuera un acto posesivo más que un gesto de cortesía. Lo que más me sorprendió fue ver la cantidad de gente que había allí. No era una simple reunión de negocios, era un evento importante, y él no había mencionado nada al respecto.
Miré a mi alrededor, sintiéndome completamente fuera de lugar. Los hombres y mujeres que llenaban el salón eran figuras poderosas, con trajes y vestidos de alta costura, que me miraban con curiosidad, como si supieran algo que yo no.
Alexander se movía entre ellos con la facilidad de alguien que pertenecía a ese mundo, y yo intentaba seguirle el ritmo, aunque me sentía cada vez más pequeña. Fue entonces cuando entendí: no era solo un banquete. Era una demostración de poder. Estaba usando mi presencia para mostrarse como alguien inquebrantable. Pero, ¿por qué?
Durante toda la noche, traté de mantener la compostura, fingiendo que sabía lo que estaba haciendo, que no me sentía como una extraña en medio de ese ambiente tan hostil. Cada vez que Alexander me presentaba a alguien, sentía una tensión creciente en mi interior, como si en cualquier momento algo terrible fuera a suceder.
A mitad de la noche, mientras servían el postre, Alexander se inclinó hacia mí y susurró:
—Recuerda quién eres en este mundo, Emma. Todo lo que haces está bajo mi control.
Mi cuerpo se tensó ante sus palabras, pero intenté no mostrar mi nerviosismo. No había duda, Alexander sabía más de lo que dejaba ver, y estaba usando ese conocimiento para manipularme. Lo peor de todo era que no sabía hasta qué punto llegaban sus intenciones.
Mientras sonreía a los invitados, supe que esta batalla solo estaba comenzando.