Quería besarlo, morderlo y comérmelo, quería tomarlo en el suelo, en la pared o en aquella cocina donde me encontraba preparando el desayuno.
Mis pensamientos se habían vuelto unos malditos pervertidos. Aunque siendo honesta mis pensamientos no eran ningunos santos, al igual que mi boca.
Nos acomodamos en aquella mesa vieja que nos servía para comer en familia, esa que aparentábamos ser.
Éramos unos desconocidos mirándonos con complicidad, esas miradas que nos dábamos debes en cuando me sacaban pequeñas sonrisas que mi padre noto.
—¿Qué es lo que te parece tan divertido? —Dijo bajando el tenedor molesto.
Deje de sonreír y busque, aunque sea un chiste malo en mis recuerdos.
—Solo me acordé cuando la señora Karina se cayó. —Dije aquello sabiendo como el no paro de reírse por varios días.
No pensé que fuera a funcionar, pero mi padre comenzó a reír, tal vez por la imagen que debe haber aparecido en su cabeza.
Esa donde aquella señora cayó de la silla, donde se estaba sentando.
—Lo había olvidado. —Dijo limpiándose unas lágrimas.
Como lo imaginé, comenzó a relatarle ese suceso a Ernesto, quien no se notaba muy interesado en esa conversación.
Estaba más interesado en usar sus manos, esas que tenía bajo la mesa rozando sus dedos con los míos.
Mi padre se marchó junto a él para los cultivos, y yo volví a la cama, mi cuerpo estaba mallugado por lo sucedido la noche anterior, el dolor entre mis piernas era la muestra que la noche fue salvaje.
No para él, ya que era un hombre experto, en cambio, mi experiencia se basaba en lo que miraba de las novelas, esas que mi madre siempre miraba.
Soñé con él, con sus manos, acariciando mi piel, recorriéndola con las yemas de sus dedos, surcando un camino hasta el monte de venus.
Soñé con sus labios sobre mi espalda, besando cada lunar que se encontraba, con pequeñas mordidas que me daban placer.
Escuche como la puerta era tocada, despertándome de aquel hermoso sueño, ese que tenía mi entre pierna mojada.
—¡Ya voy! — Grite, quejándome por aquellos toques, mi cabeza pulsaba y mi cuerpo se sentía más molido que en la mañana.
Con dificultad me puse de pie y agarré el pómulo de la puerta. — ¿Qué? — Dije pensando que era mi madre, quise retractarme, pero ya era tarde.
—¿Como qué? —Que hacía mi padre en casa, ni siquiera era hora del almuerzo, a que regreso. — Vas a ir con nosotros, no voy a estar manteniendo parásitos.
Vi a mi madre con la cabeza agachada, como siempre con esa mirada que ponía diciendo que estaba de acuerdo con lo que él decía.
Estaba cansada de mi padre y a veces quería golpear a mi madre para que reaccionara.
—Como usted ordene. — Me incliné ante el cómo burla, aunque a él le encantaba que lo hiciera.
Entre a mi habitación para cambiarme de ropa y ahí estaba unos pequeños hematomas en esa piel blanca con la que había nacido.
Seguí a mis padres a los terrenos, al parecer los pocos empleados que le quedaban lo habían abandonado, sabía que eso pasaría.
Mi padre no les pagaba, quería que le hicieran el trabajo de a gratis, unas semanas les daba el dinero y a las siguientes comenzaba a retrasarse diciendo que las ventas, las cosechas estaban malas.
Así era mi padre, un ser despreciable.
—Si pagaras lo que es, no estarías sin mozos. — Le dije a mi padre tomando un camino donde estuviera lejos de él.
Lo que menos quería es que estuviera gritándome al oído lo mal que hacía el trabajo, para él, solo él sabía hacer bien.
En eso Ernesto me siguió, eran campos extensos, así que mi padre estaría más pendiente de su área que de los demás.
—¿Cómo te sientes? —Me pregunto con una sonrisa pícara.
Quería decirle que me sentía desvirgada, que al parecer por la noche un tractor pasó sobre mí casi rompiendo mis huesos, que mi cuerpo deseaba más de esas caricias y que mi boca quería unirse a la de él.
—Estoy bien, aún puedo caminar.
Solo yo sabía cómo estaba luchando por fingir que no me afectaba el dolor de mis caderas.
—Pensé que estarías en cama todo el día, creo que estoy perdiendo el toque, tendré que repetirlo esta noche.
¿Que si me dolió aquellas palabras? No, eso me excitaba aún más, por supuesto que no había perdido el toque, como él lo decía.
Era mi fuerza de voluntad la que me tenía de pie, aún, si esta noche volvía a pasar, entonces si me dejaría en cama por una semana.
Todo el trabajo en el campo más lo que tenía que hacer en casa me dejo tirada en el sillón sin ganas de levantarme.
—Ágata, ¿puedes ir por el pan? — Pregunto mi madre con miedo, ella también se miraba cansada, a pesar de eso estaba de pie cocinando la cena.
Mi padre y Ernesto se quedaron con los únicos amigos de mi padre, esos que solo le hacían compañía cuando tomaban.
Yo no era mi padre, pero era tanto el miedo de ella que estaba acostumbrada a preguntarme las cosas, con el mismo tono de voz con que le hablaba a mi padre.
—Y unos fósforos. — Tomo el tazón donde solía poner el dinero que guardaba para lo que se ocupaba.
Salí de la casa dando pequeños saltos, me sentía feliz, ese hombre de ojos negros me tenía imaginando un futuro con él.
Aunque ese futuro era incierto, me permití soñar.
Una boda, dos niños, si quería la parejita, un perro, yo amaba a los perros.
¿Podría ser mi padre el perro?
No, podría morder a los niños, y mi amor a los perros podría cambiar.
Estaba tan perdida en mis pensamientos que no me di cuenta de una pequeña piedra frente a mí, tropecé con ella volviéndome a la realidad.
Esa donde los vecinos me miraban mal, me odiaban por alguna razón, otros me miraban con ojos de lujuria y algunas con envidia.
— ¿Qué vez? —Le pregunté a un hombre que se encontraba fumando y sonriendo por mi pequeño tropiezo. — Nunca habías visto a una mujer, idiota.
—¡Oh, sí!, he visto muchas, pero ninguna tan fea y con la boca tan sucia como tú. —Su sonrisa había desaparecido
—Necesitas lentes, corazón, comienzas a ver borroso. — Saqué mi dedo de en medio y seguí mi camino a la panadería.
Mi día no podía terminar tan mal, ¿o sí?
—Qué asco, necesitan poner ratoneras, se está metiendo de nuevo las ratas.
Dije viendo a una chica de mi edad, novia del hijo del panadero.
Cuando entré se estaban besando, así que mis ojos casi vomitaron por lo que vieron.
—En eso concuerdo contigo, ¿desde cuándo permiten que las zorras entren?
—No es que lo permitan tú entras y sales sin invitación, ellos aman a los animales, así que no se atreven a sacarte, es piedad animal.
—Cariño me voy, no quiero que se me pegue la mugre. — Dijo volviendo a besar al chico.
—Si no deseas que la mugre se te pegue, deberías bañarte seguido.
Ella puso los ojos en blanco y salió echa furia. — No olvides, llevarte el olor a zorra barata.
Le grité, éramos las mejores enemigas y eso no iba a cambiar.
—No tienes que ser así con ella. — Me dijo el joven sonriendo. — ¿Que deseas llevar?
Pedí mi orden y volvía a casa, esa a la que a veces no deseaba llegar, pero que al final regresaba por mi madre.
—¿De dónde vienes?
Mi padre estaba por hacer un escándalo y yo no estaba para aguantar otro.
—Por tu pan, fui por tu pan. — Levante la bolsa ocultando unos pocos dulces que compre para mis antojos.
—Entra. — Dijo dándome rempujones.
Mis días eran así como ese, si no me quedaba en casa, ayudaba a mi padre con los cultivos, tenía encuentros no muy agradables con los vecinos y terminaba siendo regañada por mi padre.
Solo quería cerrar mis ojos y soñar con lo que me hiciera feliz, y esa era tener mi libertad de vivir mi vida sin las ataduras que yo misma me cree.
Esa donde no podía dejar a mi madre, donde no podría vivir sin ellos, porque al final del día mi padre sonreía contando alguna de sus estupideces.
No era tan malo, él no se atrevería a matarme, solo tenía el carácter de un idiota sin cerebro.
Yo seguía con mis pensamientos sobre morder sus labios, esos que parecían fuego y yo era su agua para apagar la llama.
Quería que me tomara con su cuerpo ardiendo y se mezclara con mi cuerpo deseoso de él.
Sus labios me llamaban y los míos quería correr hacia los suyos como un extintor, porque sus labios eran de fuego y los míos eran de hielo que se derretía al toque de su piel.