Contrato hacía el infierno.

1921 Words
Tarareaba en el bosque, aunque mi padre me prohibía salir sola, nunca le hacía caso no sabía si lo hacía por llevarle la contraria o solo era mi naturaleza siendo la herencia de él. Le molestaba, no cabía duda de eso, pero amaba sentir los árboles, me sentía parte de ellos. Por eso siempre escapaba de casa y me escondía entre sus hojas y sus raíces. Siempre se daba cuenta de mis escapadas, por los vecinos tan chismosos que teníamos. No me importa, ya estaba acostumbrada a sus insultos y su falta de amor. Que más podía hacerme además de dejarme sin comida o darme con la correa. —Ernesto, es un gusto encontrarte aquí — caminé entre los árboles escondiendo me dé él —sabes me encanta el bosque… ¿Escuchas eso? —No escucho nada. — Me contestó él, caminando en mi dirección. —Exacto — Respondí escondiéndome detrás de un árbol — Por eso me encanta este lugar, puedo pasar horas aquí. — Cerré mis ojos para concentrarme y escuchar el viento, las hojas moverse y los pajaritos cantar, pero solo había silencio. —¿No tienes miedo? — Abrí mis ojos y él estaba parado frente a mí, miraba mis labios y no podía negar que sus ojos oscuros me gustaban. —¿Miedo? ¿Por qué tendría miedo? — En ese momento no conocía más maltrato que el que mi padre me daba, no podía tener miedo a lo desconocido. —De que algún hombre te tome y te dome. — Coloque mis brazos alrededor de su cuello y bese su nariz que la tenía helada por el clima. —Solo deseo que tú me tomes, pero no ahora — lo solté y seguí mi camino mientras tarareaba. —¿dónde vas? – pregunto mientras me seguía —donde mi abuela. —¿te acompaño? — camino detrás de mí, todo el tiempo se mantuvo en silencio y eso me encanto de él, disfrutaba del silencio siempre que me encontraba en el bosque. Llegamos a una pequeña casa que estaba rodeada de maleza, no había posibilidad que alguien habitara esa casa y en realidad nadie vivía ahí, mi abuela había muerto unos años atrás dejando solo una herencia que era para mí —No creo que tu abuela viva aquí — dijo él viendo en la mala condición que se encontraba, camine hasta un árbol donde estaba una lápida con el nombre de mi abuela. —no dije que mi abuela estaba viva —me arrodillé y me persigné como siempre lo hacía cuando la visitaba. —Tampoco mencionaste que estaba muerta. —¿quieres entrar? —saque una llave de mi ropa interior, la guardaba ahí, ya que si mi padre la obtenía tendría la clave para vender la casa. Podría romper alguna ventana, o votar la puerta, pero no lo hacía porque pensaba que la casa ya tenía dueño. Si se daba cuenta de que la casa estaba a mi nombre, buscaría el título y la vendería. —No eres como las demás — Una sonrisa se formó en sus labios. Entramos en la casa que aún tenía todos los muebles intactos, tapados con sábanas blancas por el polvo, me acosté en un sillón viejo que rechinaba y cerré mis ojos para descansar un poco. Sentí como él se sentaba por mis pies, quitando mis zapatos, comenzó a masajearlos, cosa que no me molestó, ya que me causaba un gran placer. Sus masajes comenzaron a subir de un momento para otro, sus manos estaban bajo mi vestido, pero yo no hacía nada por evitar lo que él haría. Movió mi ropa interior, introdujo uno de sus dedos en mi v****a provocando que de mi boca saliera un gemido, abrí mis piernas para dejar más espacio y que su mano hiciera su trabajo. Levantó mi trasero y bajo mis bragas, escupió su mano y acaricio todo lo que era mi entrada. Solo me penetraba con sus dedos, dejando su m*****o dentro de sus pantalones, era extraño que estando a su disposición no hizo nada por tener sexo conmigo. Nos quedamos ahí por dos horas, él acariciaba mis piernas y yo solo mantuve mis ojos cerrados, no dijo nada y yo tampoco. Él entendía perfectamente mi deseo de estar en silencio, no quedaba duda que él era el indicado. No me sentía avergonzada, tampoco arrepentida, era extraño el deseo que sentía hacia él. No lo conocía, no sabía si tendría malas intenciones, en ese momento no me importaba. Solo deseaba a ese extraño de ojos oscuros. —Creo que es hora de irnos — me puse de pie, tomé mis zapatos para salir descalza de la casa, sin mi ropa interior. —puedes quedártelo. Le dije mirando el calzón que tenía en sus manos, lo llevo a su nariz para inhalar de él. Sonreí al ver ese gesto, tal vez ese fue el momento en que me enamoré de él. No lo podría decir con seguridad, pero la manera en la que me tocó, en cómo me miraba y como seguía mi juego me encantaba. Al ponerse de pie noté como tenía una gran erección, solo se acomodó los pantalones para seguirme a la salida, estando afuera camine un poco para sentir la energía de la tierra, luego me coloque los zapatos. —Ágata ¿Dónde has estado? — Mi madre corrió al verme. —tienes suerte que tu padre no llegue aún — entramos a la casa y le ayude a preparar la cena. Cuando iba al bosque me iba de mañana, ya que caminando estaba muy lejos, casi a dos horas, viajar en carro era más fácil llegar, pero mi padre odiaba que fuera a ese lugar, él odiaba a su madre, él odia a todos. Tal vez asta se odiaba a sí mismo, quien no se odiaría si fuera él, yo si lo hiciera. En verdad no quería ser él, desgraciadamente tenía su carácter. Ernesto me dio tiempo de llegar, no quería que pensaran que él había estado conmigo. —Buenas noches —saludo Ernesto cuando entro a la sala. —siéntate, amigo. — Le dijo mi padre con cerveza en mano —mujer sírvele comida a mi amigo. —Mi padre era débil para la cerveza rápido se le subía. Ernesto se sentó junto a mí y espero a que mi madre le sirviera, mi padre seguía tomando, platicando sobre sí mismo, sobre los sueños que tenía y sobre todas las mujeres con las que durmió. Mi pobre madre parecía presente, pero estaba ausente, lo miraba en sus ojos. No entendía como ella seguía con él. No entendía por qué yo también seguía aquí, deseaba irme y salir de este pueblo que me sofocaba y me cortaba las alas. Quería que mi madre se marchara, que abriera los ojos y viera que mi padre no era bueno. Ernesto metió su mano bajo mi vestido acariciando mis piernas, él quería jugar y yo estaba encantada, me acomodé en el asiento abriéndolas para que el jugara. Era una descarada, pero en verdad su juego me gustaba. Mis padres estaban presentes y él me estaba masturbando frente a ellos. Él lo sabía, él sabía el peligro que corríamos, pero no se detuvo. Mordía mis labios para no gemir, deseaba que ellos se fueran a dormir. ¡Santo bendito! Sus manos sabían cómo darme placer. Agarre su mano para que se detuviera porque estaba a punto de explotar, me levante y le di un beso a mi padre. —Con su permiso me retiro — mi padre estaba tan ebrio que me persigno y me deseo una hermosa noche, mi madre me siguió para así entrar a su habitación y dormir. —¡Ágata! —Llamó ella cuando estaba por entrar a mi habitación, sentí por un momento que mi corazón se detuvo. —Que pases una feliz noche. Dijo aún perdida en sus pensamientos, ella no parecía una mujer feliz, la verdad es que no lo era. Espere a escuchar los ronquidos de mi padre. Habría pasado dos o tres horas, cuando por fin lo escuché, me puse de pie y sin nada de ropa, así como Dios me mando al mundo, salí de la habitación para llegar a la sala donde se encontraba él. Él estaba boca arriba, con los ojos cerrados, su cobija tapaba todo su cuerpo, hasta el cuello. —¿estás dormido? — pregunté y él abrió los ojos, no se sorprendió al verme. Solo sonrió y eso me hizo pensar que él ya lo esperaba. Quitó su cobija para dejar ver su desnudez, él ya lo sabía y no entendía ¿cómo es que él sabía que llegaría?, no había forma, ¿O sí? Tuve el pensamiento de que tal vez solo le gustaba dormir desnudo, o que tal vez era un tipo de adivino, pero recordé que lo había buscado la noche anterior, tal vez él si esperaba que llegara de esa manera. Esa noche me coloqué sobre él, dejando que su m*****o rozara mi entrada. Un gemido escapo de mis labios. Comencé a besar los suyos, mientras su dedo me penetraba, estaba deseosa de entregarme a él. Un deseo se había apoderado de mi cordura. No estaba pensando con claridad, solo me estaba dejando llevar por sus besos, por su tacto. Era adictivo sentir las caricias entre mis piernas, quería volver a sentir aquel clímax que sentí horas atrás. Quería más de eso, lo quería todo. Cambiamos de posición, me encontraba debajo de él y él estaba sobre de mí haciendo más fácil el trabajo de quitarme lo que más mi padre me había cuidado. “No seas como esas putas de las calles, tu virginidad vale oro” Mi padre podría ser un idiota, pero ese consejo siempre me lo daba estando ebrio. Fue doloroso, al principio quise que parara, pero al final lo disfrute, me había entregado a él y no me arrepentía. Firme un contrato con él sin saberlo. No el típico contrato de amigos con derecho, ni mucho menos el de amistad. No era un contrato con cláusulas. Era un contrato hacia el infierno. Al igual que el día anterior me desperté esa noche para no verlo junto a mí, regresé a mi cuarto para seguir durmiendo. Sin ropa me acosté en la cama con dolor en todo el cuerpo. Coloque el seguro, me quedaría así desnuda y no quería que mis padres se llevaran un susto, si se les ocurría entrar. Nunca lo hacían, pero mujer prevenida vale por dos. Si me lo pregunta, ¿que si era virgen?, si lo era. En verdad no tengo la respuesta para lo que paso ese día. Me dejé llevar por sus ojos negros, sus manos hacían arte conmigo, al probar sus labios sabían mejor que el vino. Acaso no tenía miedo de mi padre, que más podía hacer conmigo. Aguantar hambre, aguantar frío, lo único que le faltaba era aventarme por el río. Podía irme en cualquier momento, pero estaba mi madre y a pesar de todo la quería, ella me dio la vida. Ella no era mala, hacía lo mejor que podía para cuidarme y darme todo. Solo era sumisa, fue la crianza que le dio mi abuela. “Has todo lo que te pida tu marido” Un contrato hacia el infierno, yo feliz de que él ardiera conmigo. De que me servía el paraíso. Si sus labios son las llamas, y sus manos el pecado, su cuerpo el camino hacia el inframundo.
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