Una semana después. Exactamente una semana había pasado desde que encontré a una pobre niña asesinada en mi casa, sin sus ojos, sin sus sueños, sin su vida. La vida se le había ido injustamente, es más, se la habían arrebatado y yo, sabía quién lo había hecho, o por lo menos, sabía quién no lo había hecho. No había sido una banda, o unos asesinos cualquieras, había sido un hombre en específico, el hombre que se ha empeñado en torturarme, sin embargo, me ha ayudado y fui muy egoísta con esa niña al aceptar esa ayuda. Dos días después de haber estado en esa estación de policías, llamaron al abogado de la familia, diciendo que todo estaba controlado y que podía volver a mi rutina normal ya que la investigación contra mí se había cancelado. Mis padres saltaron de la alegría, ya yo lo sabía.

