Ninguno de los dos quería separarse del otro. Daríamos la vida con tal de seguir juntos, unidos, hasta que los hilos de este destino implacable e inentendible, terminara por dividirnos en algún momento.
- ¿Querés que nos sentemos un rato en la plazoleta?, me dijo mamá sin tener en cuenta el frío reinante ni para ella ni para Alejandra.
Ocultándome de ese pensamiento respondí que sí con una alegría inmensa. Deseaba tenerla a mi lado por siempre. Me atormentaba la idea de quedarme en lo de Pura, parado y saludándola mientras volvía a su casa con mi hermana, sin saber si, al dar vuelta la esquina, este “hechizo” que estábamos viviendo se disolvería para siempre o no. Le tenía terror a los designios. Me espantaban los artilugios que pudieran desprenderse de sus condenadas resoluciones. Nada era seguro y deambulaba esta etapa de mi vida como penado a caminar eternamente por un campo minado. No sabía qué ocurriría en el segundo posterior al vivido porque ya estaba viviendo una irrealidad, ya estaba atravesando por un estado que no entraría ni en la cabeza del más avezado.
Sin darle tantas vueltas, subimos por la calle Perú, cruzamos Mariano Moreno, y entramos en la plazoleta central del barrio: El Trami. Así era su nombre, o por lo menos, lo fue hasta enero del año mil novecientos ochenta y dos, mes en que nos mudamos a Jorge Newbery, unos veinte kilómetros hacia el norte, camino a Jesús María. Todavía restaban un par de horas para la llegada de mi padre, la llegada verdadera, no la estipulada. Mamá encontró unos asientos muy cerca de las hamacas y de los subibajas y ahí nos quedamos para charlar mientras controlábamos a Alejandra que, como era su costumbre, se perdía en la vida de los juegos de la plaza.
Si ella no hubiera sido mi madre igual me hubiera dado cuenta de que necesitaba decirme cosas importantes y urgentes. Algo había notado cuando me propuso venir hasta la plazoleta desafiando al invierno. Lo vi en sus ojos y aquí, lo terminaba de confirmar. Reíamos a carcajadas viendo a mi hermana comportarse como un mono mientras se desarmaba en piruetas. Pero esas carcajadas eran el paso previo a la tormenta que necesitaba expulsar mamá desde el fondo de su estómago, una tormenta ácida que le estaba haciendo mal y que la venía colapsando desde hacía un tiempo ya. Luego Alejandra halló piedras, hojas y ramitas, y con ellas empezó a construir casitas y especie de ciudades. El mono pareció haberse dormido y haberle dado paso a la creatividad. Nuestras risotadas se aplacaron al tiempo que se aquietaban los espíritus alegres de mi hermana y el paso se abrió solo, como una puerta silenciosa, a la seriedad.
- No me cabe el corazón dentro del pecho, hijo, abrió mi madre y prosiguió -: “No sabés lo difícil que me resulta tener que llamar “hijo” a una persona que puede ser mi padre, pero que es mi hijo en definitiva. No sabés lo difícil que es conocer que te tengo en dos lugares al mismo tiempo, aquí en frente mío y aquí en mi vientre”. Lo decía mientras acariciaba su panza con una mano y encerraba la mía en la otra. Ella continuó -: “Sonará a repetitivo, pero te juro, hijo mío, que no puedo creer todo esto que está sucediendo ¿Me estaré volviendo loca? ¿Estaré soñando? ¿Habré muerto? No lo sé. Hace un rato, mientras me arreglaba para ir hasta lo de Pura, pensaba: “Esto es imposible que esté sucediendo, no puede ser, no es lógico, no tiene sentido, es todo una imaginación, una burla de la vida, un sueño, una pesadilla extrema”. Pero giré para ver cómo jugabas con Alejandra y te veía tan real como te estoy viendo en este instante”.
Mamá dejó su vientre para llevar sus dos manos a mi rostro. Me acariciaba con al amor que sólo una madre podía hacerlo mientras se regocijaba con palabras.
- Sos todo un hombre, hijo de mi alma. Un hombre hecho y derecho, con una familia hermosa que desespero por conocer. Tengo tanto que agradecerte y si todo esto sale bien, nunca dejaré de retribuírtelo. Ojalá, mi vida pueda llegar a dar un verdadero vuelco, Gustavo, y que ese vuelco sea positivo para todos, para vos y Alesita (así llamaba mi madre a mi hermana). Tu padre es muy malo conmigo, injusto, irrespetuoso, desalmado y calumniador. No sé qué demonio me tocó el hombro para decidir venirme de mis pagos a vivir esta vida miserable con Ramón ¿Cómo no escuché a mamá? ¿Cómo desoí las palabras de papi? Cuánto odié a tu madrina por todas las difamaciones que volcó contra tu padre luego de que nos instalamos aquí en la ciudad, pero cuánta razón tenía ¿Por qué no escuché, hijo? ¿Por qué?
Tomados de las manos la dejé en su espacio de dolor. Alejandra, con una rama larga y de buena punta, trazaba las calles que circundaban la ciudad hecha con piedritas y porquerías que hallaba por ahí. Mamá lloraba. Alejandra hablaba con ella misma en su lenguaje inentendible y parecía darse cuenta de la tristeza de nuestra madre.
- A veces pienso que él es así porque es muy joven todavía. Quizás no estábamos listos para casarnos, pero yo sentía que lo amaba con todas mis fuerzas y que él me amaba a mí también. Él cambió, hijo. Él fue una persona hasta el casamiento, y otra después. Pero toda mi familia lo veía, menos yo. Me encapriché y me casé, ese fue mi pecado, mi error, y me sentía condenada a tener que pagarlo de por vida. Pero llegaste vos, hijo mío. Dios no nos abandonó, ni a vos con tu deseo de toda la vida, ni a mí, más allá de haber ido en contra de lo que todos me decían. Fui siempre una buena hija, responsable, destacada. Amaba y amo a mis padres, a mis hermanos; he sido una gran estudiante y una hija aplicada, y siempre anduve por la senda que mis padres me marcaron. Entonces, ¿por qué el destino me tenía preparado este camino alternativo junto a un hombre que no me valora y que me desprecia? Si fui lo que fui, ¿por qué mi vida no siguió por los senderos que mis padres abrieron ante mis ojos? Hoy, hijo, en este instante, aquí, sentada a tu lado, siento que la vida es muy justa y que, de algún modo, se equivocó conmigo, y que aunó nuestros deseos para encontrarnos en este tiempo y cambiarlo todo para mejor, para que yo sea una mejor mujer, una mejor madre, una gran profesional, una excelente esposa; para que tu vida, hijo de mi corazón, sea fructífera, como seguramente va a ser la de tu hermana a partir de este momento; para que ustedes hijos míos crezcan en un ambiente de paz y armonía, de amor y de respeto, de buenos modales y de precisos caminos enseñados. No quiero esto que hoy vivo para mí, no me hace bien, me desagrada y me corta todos los sueños y todas las esperanzas. Vivo con miedos, vivo con temores; siento que cada día que pasa voy perdiendo una palabra más; siento que cada día que transcurre es en realidad un día menos de vida. No puedo salir ni tener amistades; estoy controlada en todo momento, y si ese control se pasa del límite, debo soportar los insultos, los desaires y alguna que otra paliza. Yo seguía callando porque creía que algún día él iba a cambiar, pero después de lo que me confirmaste, de cuáles iban a ser los pasos de mi vida, y de lo que me espera de aquí en adelante, juro no callar más ni tener fe en él. No voy a negar que estoy aterrada. No voy a negarte, hijo mío, que el solo hecho de tener que enfrentar todo esto, me provoca un terror sin igual. No quisiera ver lo que voy a confrontar; no quisiera ver sus reacciones. Le tengo pavor. Pero estoy dispuesta, Gustavo, estoy dispuesta a hacerle frente a esta batalla en la que estamos vos, tu hermana y yo, y nadie más. No sé cómo lo haremos, pero lo vamos a lograr, y por fin tendremos una vida hermosa en la cual podremos acariciar la felicidad que nos merecemos.