La sentí regresar y me acomodé para quitarle el telón a su huida repentina.
- Hijo, escuchame atentamente. Aquí tengo unos pesos ahorrados: vueltos que me voy quedando, artimañas de las que me valgo para tener siempre unas monedas por las dudas llegara a sucederme algo; dinero de impuestos que tu padre cree que yo he pagado y que, en realidad, no he abonado, etcétera, etcétera.
Puso el dinero sobre la mesa y lo arrastró hacia mí como pagando una mercancía ilegal.
- Es todo tuyo, hijo. Con eso vas a poder abarcar dos meses en lo de Doña Pura. Yo, todos los días, a partir de hoy, voy a ponerme en vereda para juntar y así saber que siempre vas a tener para el alquiler. No te hagas problema.
No podía aceptarlo. Era el “esfuerzo disfrazado” de ella para tener unos pocos centavos en sus bolsillos, a costa de mentiras piadosas y de engaños inocentes, aprovechando el total desinterés de mi padre. Pareció como que me conocía de antemano, porque el gesto que yo iba a utilizar para negarme a su donación, lo olfateó de inmediato, y de inmediato me frenó.
- No quiero que me digas nada, no lo voy a aceptar. Es una decisión tomada y se acabó. Este dinero es tuyo porque yo quiero regalártelo, y no quisiera creer que todo lo bueno que te he enseñado se ha perdido en el tiempo.
Nuevamente quedé sin reacción. Ella empujó aun más el dinero y lo incrustó a presión entre mis manos, sellando definitivamente su irrevocable determinación.
- Antes de que tu padre llegue del trabajo pasaremos por lo de Pura y haremos todo el trámite. Ahora, ¿qué le decimos a la viejita? ¿Por quién te hago pasar? ¡Ay, mi Dios!
Mamá se agarraba la cabeza con sus dos manos como si estuviéramos planificando la muerte de alguien. O peor aún: como si estuviéramos escondiendo el c*****r de alguien. Ahí empezaba su acto inconsciente de desconectarse del mundo, y ahí entraba a jugar yo, para sostenerla y no dejar que lo estropee todo.
Ya eran más de las cuatro de la tarde. En un par de horas estaría llegando papá desde su trabajo, y todavía restaban hacer un par de cosas antes de su arribo. La más importante era llegarnos hasta lo de Pura para cerrar lo de mi alquiler y planificar bien quién sería yo a partir de este momento. Mamá terminó de lavar los platos y de repasar la cocina. Luego, en su habitación, mientras se tiraba encima sus perfumes y sus pinturas, yo me dediqué a jugar al Ludo-matic con mi hermana, mientras aguardaba por mi madre para ir de un “disparo” como ella decía, hasta lo de Doña Pura. Arropó bien a Alejandra. Afuera, el frío calaba los huesos y un manto gris oscuro estaba ganando el cielo de Córdoba, dejando atrás aquellos primeros rayos de sol de la mañana y deshaciendo el celeste límpido con el que esa mañana nos había recibido.
Un compendio de temores empezó a bullir por mi cabeza. Me sentía observado por todos y, al mismo tiempo, sentía la necesidad de gritarles a todos quién era yo en realidad. Ingresamos al pasillo que nos conducía hacia la puerta aceitosa de la entrada y yo sabía que debíamos cruzar el atajo que, en el medio del corredor, unía el departamento de mamá con el resto de la casa de mi abuela. No podíamos detenernos para saludar a nadie, si es que alguien estaba en ese instante ahí. Imaginaba que sí, pero dentro mío sabía que podía ser contraproducente para los fines de esta misión que aun, a pesar de las horas que ya habían transcurrido, continuaba siendo un hecho absurdamente increíble y difícil de sobrellevar. Inesperadamente mi abuela Eva lavaba a mano algunas prendas en la gris y decrépita pileta de cemento que estaba al costado de su cocina. El resto, seguramente, estaría adentro, cada familia en cada habitación, refugiándose del frío demoledor y de la probable lluvia. Pero la vieja estaba ahí, desafiando al invierno, en vez de estar mateando en la cocina con la estufa encendida al costado de sus pies. Nosotros pasamos despacio y detuvimos a medias nuestras marchas casi inconscientemente, como no queriendo hacerlo y, a la vez, deseándolo. De todos modos, el ángulo de giro y los achaques físicos de mi abuela, no alcanzaron para que su vuelta hacia nosotros sea completa, por lo que no pudo divisar bien, más allá de saber, o creer saber, que mamá estaba pasando en ese preciso momento acompañada de alguien. “Adiós, Eva”, le gritó mi madre con cierto nerviosismo en su saludo: “Chau, m’hija”, contestó la vieja mientras descansaba en su afán de refregar la ropa sobre la cara serruchada de la pileta y secaba su transpiración de invierno con su antebrazo.
Alejandra estaba muy graciosa, con una pollera a cuadros y, debajo de ella, unos cancanes blancos y gruesos que le levantaban su natural cola gorda; unas botitas marrones adornada con piel de cordero por dentro, y un tapado voluminoso que la dejaba escondida en todo ese atavío; un gorrito de lana tejido por mamá de diversos colores y una sonrisa pícara, sabedora de que sería el chiche de la tarde para los ojos de los demás.
Yo no tenía dentro de mí esa capacidad de alegría de mi hermana. Mamá tampoco, pero usaba una sonrisa dibujada producto de su peculiar y autodestructiva forma de disimular. Por suerte la calle estaba vacía. Ya estábamos pisando las cinco de la tarde y algunos, desafiando la crueldad, empezaban a salir a comprar las tortillas para el mate. Eran muy pocos en realidad, pero mis nervios me tenían totalmente a su merced.
Llegando a la calle Artigas recordé a aquel hombre de gafas oscuras esperando el 26 debajo de la garita, ese que, mientras yo decidía muy temprano qué hacer y cómo hacerlo, dejaba pasar los transportes y parecía otearme desde su posición. Y en esa esquina, la de Artigas y Brasil, estaba la casa de Marcelo, mi amigo del alma y de la infancia. Con mamá y Alejandra pasamos despacio por ahí, y a pesar del frío, las persianas de la casa estaban totalmente levantadas pero sus ventanas permanecían cerradas. Sólo podía ver nuestros reflejos distorsionados y los árboles de la vereda por la cual caminábamos. Por momentos atravesaba por mi cabeza la idea de estar siendo un personaje de importancia que debía pasar lo más desapercibido posible para no alterar el orden reinante en el barrio. Y, al mismo tiempo, sufría por estar poniendo a mamá en esta situación, porque, entre las miles de fantasías que poblaban mi mente y que correteaban por ella casi de manera burlona, no podía deshacerme de aquella de, verdaderamente, no estar existiendo, de ser sólo un acto delirante de mi madre que, junto a mi hermana, deambulaban como dos locas hablando con nadie. Por fortuna a esa hora de la siesta y con el frío que azotaba, muy pocos dementes caminaban por las calles, sólo nosotros. Traté de relajar un poco al menos las presiones y cada recuerdo que me inundaba me ayudaba a lograrlo: la humilde casa de los Tapia, de donde mi madre me sacaba a los tirones creyendo que la escasa higiene de los niños se me contagiaría como un cáncer terminal; la c********a de los Antúnez y, al frente, las uvas moscatel de la casa del gordo Piti; cruzando el Pasaje once, el portón gris claro de Jorgito Cuello, otro gran amigo de la barra, junto a Marcelo y a Tati, que vivía sobre Perú, muy cerca de la casa de Doña Pura.
La casa de la señora era una de esas que, al pasar el tiempo, no quedaba registrada como una foto en la memoria. Recordé haber pasado en incontables oportunidades por ahí, a veces por la vereda de en frente, o por el medio de la calle, para visitar a Tati que vivía unos metros más adelante, y justamente esa vivienda, no la tenía guardada en mi memoria al igual que otras de alrededor. Pero su imagen, después de que mamá tocara la campanita que Doña Pura tenía a escasos centímetros de la puerta del lado de adentro y que usaba como llamador, hizo saltar mi corazón y estamparlo contra los ladrillos de la casa de en frente. Ella era la bruja de quien hablábamos en nuestras juntadas de niños después de haber estado jugando fútbol en la calle a la altura de la casa de Jorgito Cuello, cincuenta metros antes: la que hizo que Don Reynoso huyera de su casa y abandonara a la familia por expreso pedido de su esposa, abonándole a la vieja una suma importante de dinero; la que logró disolver la joroba de Miriam, chepa que, al desaparecer, dejó de hacerle desorbitar los hermosos ojos verdes de su rostro desfigurado; y la que nos robaba las pelotas y hacía caldos con sus cueros para que, mientras jugáramos, un camión nos atropellara y así dejáramos de molestar en el medio de la calle.
Doña Pura era la mujer más buena del mundo, según dichos de mi madre. Pero nuestras cabezas locas se intimidaban y la sepultábamos en el peor de los conceptos por verle aspecto de hechicera o de mujer extraña. En realidad Doña Pura tenía una imagen poco ortodoxa, es verdad, pero estaba lejos de ser ese nigromante que sólo vivía en nuestras mentes.
Mamá le dijo que yo era su tío, el hermano menor de su padre, es decir, de mi abuelo Obeto, nacido a fines de la década del diez. La habitación que el estudiante disponía hasta hacía unos días estaba desocupada y lista para ser habitada nuevamente. Doña Pura nos hizo pasar y con gran amabilidad nos mostró el cuarto. Estaba impecable. Un perfume particular danzaba por el aire y los muebles (una pequeña cama, un armario para la ropa y una mesita con dos sillas) terminaban de decorar la pieza; los pisos, con los clásicos arabescos de la época, además de toallas y toallones limpios y aromatizados puestos al pie de la cama. Luego nos llevó para que le echáramos un ojo al baño que también se presentaba con una impecabilidad sorpresiva. En el patio, que era bastante grande, uno de los inquilinos usaba la pileta de lavar. Él nos saludó con mucho respeto y prefirió dejar sus prendas en remojo y guardarse en su habitación hasta que Doña Pura terminara de mostrarnos todo, de paso, aplacaba un poco el movimiento impulsivo de su cuerpo que alcancé a observarle mientras lavaba su ropa bajo este invierno cruento. Mamá le explicó que mi estadía sería de tres meses, que era el tiempo que yo debía permanecer en Córdoba hasta terminar de llevar a cabo unas diligencias. Muy por encima, sin muchos detalles. Doña Pura no pareció darle importancia a los porqués y le hizo un precio espectacular por ese tiempo. La negociación la hizo en voz baja, para que los oídos intrépidos no se hicieran eco de su convenio. En definitiva, ese dinero que mi madre me regalaba para abarcar al menos dos meses de alquiler, iba a servirnos a los dos, porque Doña Pura le cobraba la mitad del total que mamá me había prometido por los tres meses, y la otra mitad, yo haría que mi madre se lo guardara para que no quedara desprovista por cualquier vicisitud. Inmediatamente cerramos el trato, no fuera a ser que a la vieja se le atravesara un coágulo en el cerebro y se arrepintiera de sus propios pactos.
Doña Pura, con mucha amabilidad y cortesía, nos acompañó hasta la puerta de entrada. Le aboné la totalidad del tiempo que iba a permanecer ahí para quedar absuelto de cualquier contrariedad. Aun teníamos algo de tiempo antes de la llegada de papá. Mamá me decía que generalmente arribaba a casa cerca de las siete y media de la tarde, antes, jamás. Una vez parados en la vereda de Doña Pura, nos miramos a los ojos y dudamos a cerca de lo que vendría inmediatamente.