esa porción de patio hecha con estucado pero que dentro de un par de años mi padre cambiará por mosaicos, y que yo usaba como pista de carreras, demarcando el circuito con una tiza, dibujando su grilla de partida y emulando las grandes competencias con Emerson Fittipaldi, Nikki Lauda, Ronnie Peterson y Jody Scheckter como números uno de mi Grand Prix.
Desde este punto podía ver a mamá removiendo la olla. Ella hacía su trabajo y disfrutaba de mi embelesamiento. No había mucho más para recorrer, sólo me lamentaba por no haber hallado algo correspondiente a mí, para apreciar mi aroma cuando niño o para tocar en carne viva lo que por años solamente disfruté a través de fotografías. La decisión de caer en este peldaño de la existencia fue algo con lo que soñé. La idea de modificar en algo el destino de mi madre para que no lleve una vida miserable (como la que va a llevar) me podría haber conducido a buscar el punto justo antes de conocer a mi padre, pero entonces, ni Alejandra ni yo hubiéramos existido, y no es lo que pretendía. Por eso regresar a este tiempo, justo en este mes – para tener el espacio suficiente y poder preparar a mamá – era la única opción más allá de saber que de mí todavía no existiría ni mi presencia, sólo esa panza hermosa que mamá cargaba, mientras una sonrisa dulce y tierna adornaba su estampa parada, ahí, al lado de la cocina.
Ella sacó de la olla la cuchara de madera con la que estaba revolviendo la comida y me la ofreció desde lejos para que yo le diera una probada, analizara el contenido y ofreciera mi opinión. Mamá jamás se caracterizó por ser una buena y dedicada cocinera, pero el guiso de arroz estaba espectacular, con esa salsa crujiente que desarmó mis recuerdos más que mi paladar.
Corrí una silla destartalada dentro de esa cocina y al tiempo que ella proseguía en su mundo culinario, continuábamos nuestra charla.
- ¿Te molesta si le hecho un ojo a Ale?, le pregunté imaginando que podría incomodarle mi ingreso a su habitación. Su gesto fue el de no querer que yo vea, tal vez, semejante despiole. Finalmente le di la tranquilidad y me llegué a ver a mi hermana.
Ingresar en su dormitorio me hizo hacer un recorrido fugaz pero pormenorizado al mismo tiempo. Alejandra, se acomodó mejor, se cubrió más de lo que estaba y ya me quedé en paz sabiendo que ella permanecía bien. En definitiva, y en mi tiempo, mi hermana seguía vivita y coleando. Nada le va a suceder por lo menos hasta sus cincuenta años, pero esos hilos de protección natural son inmanejables, y sin analizar los tiempos, necesitaba saber si ella se encontraba bien metida en su descanso. Me senté en la punta de la cama, despacio, para no hacerle ruido ni incomodarla. Recién allí, me puse a despuntar con calma. El golpe de una lágrima retumbo en mi pecho. Cubrí mi boca para que su sonido se disgregara dentro de mi cuerpo y no me expusiera. Pero lo que pude contener en mi boca no lo pude contener en mis ojos, que rápidamente se llenaron con el agua tibia del llanto y resbalaron por mis mejillas todavía impregnadas de frío.
A mediados de abril de dos mil once dejé a mamá durmiendo en su cama luego de haber sufrido un episodio doloroso asociado a su cirrosis. Esos incidentes eran moneda corriente en su vida desde hacía un tiempo, y había ingresado en un estado algo crítico a pesar de mantener intactas todas sus facultades. Se bebió una sopa liviana y un té de yuyitos, le conté algún pasaje que había vivido esa semana, y se fue durmiendo como un niño. Dejé su velador encendido y al salir de su habitación, papá, desde la oscuridad lúgubre de su dormitorio, me hizo un llamado. Encendí su luz. Él estaba en su cama, como siempre, desde hacía casi un año, y me dijo: “¿Podrás quedarte un rato conmigo hasta que me duerma?”, suplicó susurrante. Le pedí un instante para dejar las cosas que había utilizado mamá y regresaba. Cuando entré la luz pareció molestar su descanso y apenas pudo abrir sus ojos. Una pequeña sonrisa se dibujo en la comisura de sus labios y volvió a cerrarse en su sueño. Me desparramé en el sillón que estaba junto a la ventana y el cruel silencio de la noche comenzó a emerger de entre sus cenizas. Afuera, la desolación tenía vida propia. Sólo las pocas luces y el aura de la luna permanecían despiertas para hacerme compañía. Busqué un poco de lectura y volví a mi sillón confortable. Algunas hojas fueron pasando pero evidentemente no me sentía a gusto para internarme en algo tan abstracto como “Ojos de perro azul”. Dejé mi índice como señalador mientras colgaba la mano que sostenía el libro y me perdí en el cuadro que pendía de la pared, el cual portaba la foto de mamá y de papá en el preciso instante en que la jueza del registro civil le leía los derechos y obligaciones. Mamá estaba hermosa; papá, un actor de cine. Detrás, un paisaje realizado por el artista con el fin de quitar las caras amargas de los invitados como se solía hacer en esas épocas, es decir, hacía tres años a partir de este momento en el que me encontraba.
La misma nostalgia que me asaltó en aquel instante, me embriagó en este momento, sentado en la punta de la cama de mamá, con mi hermana a punto de cumplir sus dos añitos durmiendo en ella. Junto a mi padre postrado, los mismos muebles de toda una vida permanecían como un castigo, muebles que aquí, en el tiempo de mi madre, observé como si, junto a mi viaje ilógico, ellos se hubieran colado a mi aventura ¡Pobre mi madre! Se pasó la vida diagramando la adquisición de sus próximos muebles, y papá, se pasó la vida tirando por la borda los sueños de mamá. Y aquí estaban. Esa cómoda decrépita, y esas mesitas de luz arruinadas, y esta cama ruidosa y ese cuadro escondiendo una mentira. Iguales. Sin modificaciones. Partes de un sello distintivo que morirá junto con ellos.
Giré y mamá me observaba apoyada sobre el arco de ingreso a su cuarto.
- ¡Mamá! dije con sorpresa.
- Ya está el almuerzo.
El guiso de arroz con papas, cebolla y verdeo, mezclado con pequeños trozos de una carne más blanda que una manteca, se me desarmaba en el agua de mi boca. El día era ideal para una comida de este tipo y mamá se valió de su impulso natural más que de sus artilugios de cocinera. Le puso el corazón. Ella, como yo, no sabía el tiempo exacto de toda esta película sin sentido aparente. Mamá disfrutaba viéndome comer. Yo la instaba a que se diera prisa antes de que se congelara su almuerzo, pero a ella no parecía importarle demasiado, sólo quería disfrutar cada instante, sacarle el mayor rédito posible antes de que el cuento termine como el de “Cenicienta”.
El cuarto era una postal de la pobreza extrema y en el acto todos mis recuerdos dormidos de ese lugar se hicieron presentes y me invadieron sin piedad alguna. Podía olerse la humedad comiendo con su cáncer a los ladrillos y daba la sensación de que con sólo una mirada poderosa, la cocina se derrumbaría sin más. El techo estaba partido al medio, de forma transversal, y en mis remembranzas, sólo pude recordar el día en que gran parte de su revoque se vino abajo mientras papá se bañaba en el gran latón. Y cada cosa que llamaba mi atención y unía a mis recuerdos se la hacía saber a mamá para que fuera diagramando en su cabeza el futuro que aguardaba por ella. Y ahí estaba el viejo armario, sostenido por los pocos esfuerzos que mi madre podía proveerle, y el mesón de madera (también fabricado por mi padre y que debía seguir pudriéndose en la casa deshabitada de ellos en mi época), con sus cajones destartalados y sus clavos amenazantes. Lo único que valía la pena era la Aurora* que mamá adquirió poco después de mudarse a este cuchitril. Enlozada y radiante, poco a poco la ruina la fue despedazando hasta que, finalmente, quedó en el abandono aquel 31 de enero de mil novecientos ochenta y dos, cuando, gracias al encono de mamá, pudimos alejarnos de este conventillo.
Ella empezó a remolonear con su comida, la llevaba y la traía – costumbre con la que vivió toda su vida -, apoyaba su tenedor sobre el borde del plato y se perdía pocos segundos mirando a través del pequeño hoyo en la pared que oficiaba de ventana. Volvía a remover su guiso y otra vez se internaba en algún pensamiento. No aguantó más.
- Gustavo, quiero que aprovechemos estas horas hasta la llegada de tu padre, y me hagas un compendio pormenorizado de lo que me espera de aquí en adelante. Tu padre fue un gran simulador y un perfecto estafador. Llenó de ilusiones mi vida y la de mi familia. En la navidad del sesenta y uno cayó a mi casa de Cruz del Eje con sus aires de tipo bien posicionado y con ese encanto que parecía comerse al mundo. Se aprovechó de nuestra simpleza y de nuestra humildad, de nuestra inocencia de gente pueblerina, de la bondad con la que vivimos toda nuestra vida, de la confianza que tu abuelo le ofreció y de la madre sustituta que Mamaría le proporcionó. Desde que puso un pie en casa su actitud dejó de ser aquella con la que me enamoró perdidamente: ya no fue más aquel muchachito que conocí en la puerta de esta inmunda casa, ese que me recibió como si por su sangre corriera la misma humildad y la misma inocencia que corría por la sangre de los González. No lo sé. Habrá imaginado, por todo lo que tu tía Nuna refería cada vez que venía a Córdoba a hacer trámites y diligencias, que éramos una familia de estirpe, adinerada, con campos, vacas, caballos y una cuenta jugosa en el banco, porque, sino, no se podía entender el comportamiento que adquiría cada vez que llegaba a casa, generalmente para las fiestas de fin año. Ya cuando nos mudamos aquí, se calzó el disfraz con el que vivió toda su vida: mujeres, salidas, cuernos, borracheras, viajes y fiestas, y yo, siempre sola. Así ha sido mi vida hijo desde hace tres años. Y todos los días rezo para que asiente cabeza definitivamente y se dé cuenta la clase de mujer que eligió y los hermosos hijos que tiene, más allá de que a vos todavía no te conozca. Por ahí pienso que jamás va a cambiar; por ahí tengo tantas esperanzas y digo: “Lo que pasa es que es joven aun”. . .
Su coloquio se cortó abruptamente. Yo hice un gesto corporal buscando que prosiguiera, pero me di cuenta de que su pausa era necesaria para ella.
- No tengo amigas – prosiguió -, ni enemigos; él me prohíbe hablar con la gente. Al principio me custodiaba, pero lejos de que los celos fueran su excusa, entendí que cuidarme extremadamente de lo que hablaba con los demás era su miedo, su berretín. Y lo sigue siendo. Su vida de la puerta de calle para allá (hizo un gesto con su mano indicando el exterior de la casa) es un misterio cerrado bajo siete llaves. En unas cuantas ocasiones me ha levantado la mano o me ha tironeado el cabello al enterarse de que yo he andado preguntando por su vida o su trabajo en la despensa o en el mercado. Y la he ligado.
No quería mirarme. Sentía vergüenza de los dichos que salían de su propia boca. De inmediato, tomé su mano para que no se me viniera abajo. Ella continuó: - Y así, hijo de mi corazón, he venido trayendo mi vida al lado de tu padre.