Quiero saber quién soy (Parte 2)

2026 Words
           Cada cuestión que aparentaba ser un momento de alegría resultaba un fiasco y le provocaba un dolor cortante. De alguna forma aquella confesión de mi parte, haciéndole saber que nuestros momentos felices iban a ser muy pocos, estaba calando hondo en el alma de mamá. Pero no había otro recurso, otro camino. No le estaba inventando nada, sólo le arrojaba sobre la mesa la pura verdad y le dibujaba a la perfección los lineamientos de su tránsito al lado de su esposo.             La cortina que separaba esta habitación de su dormitorio se corrió como un telón para dar ingreso a la actriz de turno. Mi corazón parecía no caber dentro de mi cuerpo. Sentía que me bombeaba con una fuerza hercúlea, inusitada. Me tomé del borde de la mesa y me di impulso para incorporarme tan lentamente como Alejandra iba ingresando, dejando detrás la cortina verde musgo que parecía regresar silenciosa a su estado inicial. Mamá alternaba su mirada entre nosotros. Cuando la observaba a ella parecía querer decirle quién era yo; cuando volteaba hacia mí, miles de sensaciones encontradas la azotaban y sólo podía lidiar con ellas mediante el correr de sus lágrimas y una postura poco ortodoxa. Inocente y ausente de cualquier realidad, bajo el peso de una fiaca graciosa y sus cabellos enredados, se dirigió a mamá con sus brazos levantados con el claro lenguaje de la búsqueda de contención y confort. Sin levantarse mamá se lo ofreció, mientras observaba (ahora era mi turno) el estupor que me embriagaba al punto de dejarme mudo frente a la aparición de mi hermana, cuarenta y seis años más chica que yo. Alejandra me observaba con el rabillo del ojo. Mamá intentaba darle las primeras palabras de aliento. Llevaba puesta una polera blanca atestada de bolitas, un cancán azul con tantas bolitas como su polera y sus ojazos marrones e hinchados.           - ¿Sabés quién es él, mi amor?           Un chistido inconsciente me brotó como un manotón de ahogado.           - ¡Mam . . .! ¡Olga! Pude modificarlo en el trayecto.           El gesto tradicional que mi madre exponía ante cuestiones de semejante envergadura se hizo presente en ese instante: un encogimiento de hombros mezclado con esa apariencia que sueltan los inculpados.           - ¿Quién es, mami?, preguntó mi hermana en su idioma particular.           Mamá debía arreglarlo. En su oficio mudo me solicitaba opciones y yo, con cautela, le di a entender que lo salvara con lo primero que se le viniera a la cabeza.            - Es mi tío Gustavo, hermosa. Ha venido a visitarnos.            Mi hermana, como todo niño a esa edad, pareció no darle demasiada trascendencia a las palabras de mamá. Ya era historia: su duda inicial fue despejada.            Allí se quedó, encogida sobre el regazo de mi madre (de nuestra madre), y de a poco volvió a sumirse en su sueño ¡Qué momento espectacularmente infartante! Lo veía y no lo creía. Y de nuevo observaba a mamá para recorrerla mejor: me costaba creerlo. Con un gesto ella me ofreció la oportunidad de acercarme a mi hermana para verla mejor. Sin hacer ruido desplacé la silla hacia atrás, me levanté y me llegué hasta ella caminando casi en el aire. Mamá me miraba, pero ya no con incredulidad, lo hacía con una ternura que sólo tenía para mí, inclusive debió haber sido un sentimiento que ella jamás tuvo y que nunca más volverá a tener. Yo me acuclillé a su costado. El pequeño cuerpo de mi hermana estaba descansando como una bolsa de papas sobre mi madre: era tan tierna, tan frágil; sus manecitas tenían el calor de un bebé: sus uñas comidas y sus padrastros estaban esperando por los dientes de leche de mi hermana. Acaricié su carita calentita. Ella hacía movimientos como si un insecto estuviera merodeando. Mamá no me quitaba los ojos de encima y su mano izquierda comenzó paulatinamente a acariciar mi cabello. Ella lloraba. Lloraba con un sentimiento cortante. Le costaba retener las lágrimas que caían como témpanos sobre los pequeños hombros de Alejandra. Tuvo la necesidad imperiosa de abrazarnos. Y lo hizo. Con los inconvenientes de su vientre - en donde yo aguardaba por nacer tres meses más adelante – me arrimó a su calor y al de mi hermana y así nos quedamos un largo rato, dejando que el silencio se encargue de poner la música faltante.            Poco después, me fui retirando tan despacio como llegué. Alejandra remoloneaba sobre mamá como si quisiera despertarse, pero el frío de la mañana le inducía mas sueño y la ovillaba aun más contra el cuerpo de mi madre. Regresé a mi silla. El horrible reloj de madera marcaba las doce pasadas del mediodía. Afuera, y a pesar del sol radiante y del cielo totalmente celeste, los cuchillos del invierno eran implacables, pero aquí dentro reinaba un clima ameno y no nos hacía falta prender la estufa que descansaba a mis espaldas.            Mi hermana estaba inconsciente de dormida. Mamá me solicitó un minuto para llevarla de nuevo a su cama, de esa forma, ella no cargaba tanto peso y podíamos seguir tranquilos en nuestra conversación.             - Ramón, tu padre, llega pasadas las seis de la tarde, me comentó parada frente a mí, del otro lado de la mesa -: “¿Querés quedarte a comer? No tengo mucho, pero si me pongo a hurgar algo voy a encontrar y algo rico voy a preparar, ¿te parece?”.              Sus palabras me hicieron un hoyo profundo en el corazón. Primero, ¿cómo desaprovechar semejante oferta? Segundo, ¿cómo salía de mi consternación ante tamaña confesión de su parte? Me dio a entender que – como sucedió toda la vida – mi padre no le había dejado ni para el pan. Pensé en mi hermana. Sin girar, me pregunté en silencio si habría un poco de leche en la heladera para ella. Recién ahí caí en la cuenta de que hacía unas cuantas horas que yo había llegado y Alejandra no había si quiera probado bocado. Mamá aguardaba por mi respuesta. Yo la observaba tratando de disimular lo que más podía este instante de reflexión dramática. Y de pronto me pregunté ¿De qué forma podía ayudarla? No quería ser un caradura y pedirle dinero para ir en busca de algunos alimentos, sabiendo además, que indudablemente, no tenía la pobre. Y a mí, por más que me hubieran puesto de cabeza, no se me hubiera caído una burda moneda de mis bolsillos. Además, ¿de qué me hubiera servido tener las arcas llenas si el dinero de mi época era incompatible en este mil novecientos sesenta y siete? Más allá de todo este circuito de meditaciones, no podía deshacerme de uno de los ofrecimientos más deliciosos que se hayan presentado en mi vida. Los ojos de mamá permanecían expectantes y ávidos de una respuesta afirmativa.            - Claro que sí.            - ¿Te gustaría recorrer la casa? Yo, en tu lugar, lo haría. Si yo pudiera regresar a mil novecientos cuarenta y seis, en donde tendría cinco años, y volver a transitar los patios de mi casa, y treparme a la higuera, y jugar de nuevo con los perros y volver a ser la mejor amiga de Nino, daría lo que sea.             - ¡Pobre tío!, agregué. Y continué -: “El 24 de enero me acordé de su tragedia. Para mi época se cumplían cincuenta y dos años de su muerte. Hoy, aquí, sólo han pasado cuatro. Siempre te llenaste la boca con tu hermano del alma. Fueron inseparables”.             Con una mano cubriendo el dolor y la tristeza en su rostro y con la otra tomada del respaldar de la silla, mamá parecía asentir mis palabras. Mi tío Nino fue su estrella en vida y en muerte, su camino a seguir, la voz que le marcaba los pasos a mi madre. Se mató en un accidente automovilístico un día antes de contraer matrimonio con Marita, la chica con la cual noviaban desde hacía cinco años. Él partió desde Cruz del Eje hacia Córdoba con el fin de comprar los últimos muebles que terminarían de llenar la casita que hacía un tiempo habían adquirido. Nunca llegó. A menos de la mitad del camino, él y su mejor amigo, Panchito Soloaga – que también se casaba con la cuñada de mi tío, el mismo día, a la misma hora y en la misma iglesia – murieron instantáneamente luego de colisionar con un mastodonte en “La curva de la muerte”, un tramo cerrado entre La Cumbre y Villa Giardino. Para mi madre fue un golpe desbastador, una herida con la que convivió hasta el último segundo de su paso por esta tierra.            - De Marita sólo supe que se confinó en su casa y que se dedicó de lleno al estudio ¿Viste cómo es esto? Luego de la muerte de mi hermano nos cruzamos en algunas cuantas oportunidades, pero de a poco, la brecha se fue abriendo, se fue abriendo, hasta que, como mucho, nos veíamos en el centro por casualidad una vez cada tres meses. Luego yo me vine para acá y perdí todo contacto con ella.             Quise ser respetuoso de su momento. Me quedé en silencio y esperé a que su estado mejorara.             - Bueno, sigamos, dijo regresando de aquel instante -: “¡Que locura es todo esto, hijo! Tengo esa sensación de que si yo me estuviera mirando desde los ojos de otra persona, me vería hablando con el aire, como una loca, y me preguntaría: “¿Olga, estás bien? ¿Con quién hablás?”              Ambos soltamos una carcajada que nos sirvió para descomprimir un poco los nervios anudados.              - ¿Y? ¿Vas a querer recorrer un poco todo esto y llenarte el alma de recuerdos?              Asentí con notable seguridad. Colmé mis pulmones de aire, castigué con mis dedos sobre la mesa y mientras mamá se dirigía a la cocina, yo me paré en medio del patio a buscar remembranzas.             - No tardes mucho. Te espero, dijo mi madre.             Tomé como punto de inicio la unión entre el patio y el corredor que llevaba a la puerta de salida. Ahí me instalé. El mediodía era espectacular, con un sol radiante a pleno y el cielo en lo más profundo de su color. Pero los árboles temblaban desnudos soportando éste invierno desalmado y las plantas en sus macetas dormían una especie de hibernación. No tuve que esforzar demasiado mis sentidos. Las imágenes parecían frescas aun en los pliegues de mi memoria, como si a lo largo de todos mis años sólo hubiese pasado un día. Con las manos en mis bolsillos recorrí ese pasillo largo, con la puerta, allá, al fondo, casi inalcanzable, que ahora veía corto y estrecho, pasillo en donde pasé la mayor parte de mi infancia metido en mi mundo de fantasías; la puerta de chapa que unía esta galería con el resto de la casa de mi abuela, con la que alguna vez, El Gringo, uno de los pocos primos al que realmente estimaba de corazón, trituró mis dedos luego de dar el portazo por una discusión estúpida; me acercaba a las paredes de ladrillo y volvía a oler su aroma característico que todavía parecía persistir desde aquellos tiempos en que me pasaba horas aspirando el perfume después de que las lluvias dejaban su sello distintivo en ellas; las grietas de las mismas que se asemejaban a montañas dibujadas y a las que yo le agregaba un sol hecho por mí con tizas de colores para ganarme posteriormente la desaprobación y hasta el castigo severo de papá; la alcantarilla central del corredor, por donde toda el agua que se usaba en casa se deslizaba y se perdía vaya a saber dónde, a la que yo saludaba con un “hasta siempre”, sentado por horas en mi viejo banquito de madera. Volví al punto de partida: las flores, la tierra de la otra mitad del patio, los cachivaches al fondo como una muestra gratis del perfil que mi padre empezaba a imponer, lo árboles de Cecilia y el ruido a gallinero que la tapia separaba de nuestro patio;
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