Es increíble saber, y ver, que los gestos de una persona están tan grabados a fuego en cualquier etapa de la vida. Es un sello único, personal, característico, una huella digital perfecta de la personalidad. El gesto de mamá luego de su pregunta me hizo pasear por incontables situaciones a lo largo de sus setenta años, pero verlo en su rostro joven y angelical, me provocó cierto escozor.
Con ese gesto se quedó aguardando mi respuesta. Su mano apoyada en la mía, sumada a su postura, la entregaron en cuerpo y alma: sentía que la respuesta era un “no” rotundo. Pero muy en el fondo de su ser un último latido le servía de esperanza.
- Por supuesto que sí, mamá.
¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Mentirle? ¿Para qué? ¿Con qué fin? Si yo tenía el poder y las armas de intentar modificar en algo su existencia de aquí en adelante, ¿con que objetivo le dejaría rondando en la cabeza la certeza de que cuarenta y cuatro años después se iría de esta tierra? Era obvio que si en algo podía maniobrar los pasos establecidos para ella, la seguridad de que mamá falleciera el mismo día, del mismo mes y en el mismo año, no iba a ser tan seguro. Así como ella comenzaría a transitar un nuevo camino, nuevas serían todas y cada una de sus experiencias.
Ella se descomprimió como un globo. Una paz inigualable le terminó cambiando ese semblante endurecido y triste con el que me formuló la pregunta.
- Contame, ¿cómo es mi vida?
Su postura cambió.
- Aunque en realidad no quisiera saberlo, pero en vistas de que has sido enviado a este tiempo para hacer realidad tu deseo, como parte de una misión en tu vida, no tengo más chance que escucharte.
Repentinamente Alejandra, mi hermana, se me vino a la mente. Me salí de mi concentración y mi mirada se dirigió hacia la habitación en donde ella dormía.
- Mamá, ¿no deberías despertar a Ale? Debe ir a la escuela.
- No te preocupes. Ella está yendo a una guardería unas cuantas horas nomás, como parte de su adaptación. A veces la mando, otras, no; a veces tiene ganas, otras veces quiere estar todo el día pegada a mí. La maestra ya lo entiende. Además, hace mucho frío y ella es muy dormilona.
Bruscamente algo se le vino a la mente.
- Hablame de ella antes de entrar en mi vida ¿Qué hace? ¿A qué se dedica? ¿Tengo nietos?
- Sí, tres.
- ¿Tres? ¡Dios me libre y me guarde! ¿Cómo se llaman?
- Gustavo, igual que yo, Francisco y Emilia.
- ¡Qué maravilla!
Mamá estaba sumida en un asombro desconcertante.
- Si supieras qué hermosa es tu relación con ellos. Los amas con locura, son tu vida.
- Me imagino, sí. Mamá, tu abuela Mamaría, siempre nos decía que un nieto es la bendición más grande, así que supongo que con tres debe ser una bendición envidiada. Y contame de mi hija.
- Alejandra es una profesional, mamá. Ella dicta clases en diferentes establecimientos. Se recibió de profesora de matemáticas y es muy buena en lo suyo.
- ¡Qué lindo es todo lo que me estás diciendo, hijo! ¿Y su esposo? Contame, ¿cómo es?
- Es una historia larga: Papá tuvo un accidente en mil novecientos ochenta y siete.
Mamá se horrorizó. Se tomó su rostro con las dos manos como esperando la peor de las noticias. Yo me sonreí.
- ¡Calma, mami!, no pasó nada, todo está bien. Papá se había comprado una motocicleta unos días antes de su accidente y la alegría de la compra de su vehículo le duró un suspiro. Sufrió un percance no muy leve. Lo internamos en un hospital que se va a fundar dentro de quince años. Ese será el futuro Hospital de Urgencias que va a estar anclado sobre el Boulevard Mitre que está al costado del río.
Ella asintió entendiendo a la perfección el lugar que le estaba señalando.
- En la habitación en donde se encontraba papá estaba internado un muchacho de Buenos Aires llamado Gabriel. De tanto ir a visitarlo a papá nos terminamos haciendo grandes amigos con Gabriel. Él había sufrido un accidente con su motocicleta también unos cuantos meses antes. La novia de Gabriel, que iba en la motocicleta junto a él, desapareció de la faz de la tierra y el pobre quedó a la deriva, solo como un perro internado en ese hospital. A Ale le dio pena toda esta situación y de a poco comenzó a hacerse responsable del bienestar de Gabriel. Una cosa llevó a otra y finalmente terminaron enamorándose. Casi al mismo tiempo le dieron el alta a los dos. Papá prosiguió con sus curaciones en casa y Gabriel se fue a Buenos Aires un par de meses. Se siguieron escribiendo y hablando por teléfono y, finalmente, en marzo de mil novecientos ochenta y ocho se casaron aquí en Córdoba. En enero del ochenta y nueve nació Gustavo y a fines del noventa y nueve, Ale y Gabriel, terminaron separándose por motivos que después te contaré. Meses más tarde ella conoció a Francisco con el qué, luego, contrajo matrimonio. Y de ese enlace nacieron Francisco y Emilia. En la actualidad ellos están separados y Alejandra está viviendo con sus hijos en Alta Córdoba, ¿conocés?
- Poco, hijo, muy poco. Pero me parece haberlo sentido nombrar.
No se la veía muy contenta ni muy conforme después de mi reseña. Tampoco la notaba triste y apagada.
- Que vida agitada va a tener mi hija, pobrecita, tantos tropiezos.
- Mamá, rescatarte a vos de alguna manera nos va a beneficiar a todos, y tal vez, tengamos una mejor vida.
Ella me miró con angustia.
- ¿Tanto así Gustavo? ¿Tan hiriente es nuestra vida?
Salvo aquella pregunta que desarmó mis huesos sobre si aún seguía con vida en mi tiempo real, por lo demás, incluida esta última inquietud, debía serle lo más sincero y frontal posible. Era, quizás, la clave primordial de todo este proceso, la honestidad, para encausarla a mamá de lleno en el camino y para que, a medida que la conversación fuera transcurriendo, aquel descreimiento totalmente lógico con el que arrancamos este encuentro casi demencial, fuera desapareciendo, se transformara en credibilidad y le diera a ella las fuerzas necesarias para intentar voltear su destino.
- Así es mamá. Nuestra vida en familia y fuera de ella, a lo largo de estos cuarenta y ocho años que tengo, ha tenido contados tramos de felicidad y de bienestar. Papá se encargó de que así fuera. Sus frustraciones, sus miedos, sus desdichas y penas, sus inseguridades y la vida hostil que vivió desde muy chico en esta casa de monstruos, su infancia interrumpida y su adultez demasiado temprana, sólo le provocaron caos y más caos en la prosecución de su camino. No pudo ni supo enfrentarlo. Creció con eso y se acostumbró a que la vida estaba condenada a pasar por esos carriles, y a pesar de su inteligencia, nunca hizo nada para torcer los parámetros. Y esa fue una de las luchas más cruentas y titánicas que él tuvo a lo largo de su vida. Dos realidades paralelas se le apostaron a ambos costados: de un lado, la vida propiamente dicha vivida por todo el mundo bajo las normas impuestas, con sus idas y vueltas, y del otro, la vida que a él le mostraron, la vida que sus padres armaron en base a sus desechos mentales y que sin prejuicio y sin tabúes, le inculcaron a papá.
Verla a mi madre observando mi exposición con ese dejo de tristeza y melancolía subyugaba mis entrañas. Yo, hacía esfuerzos denodados por no mostrarle mi impacto ante semejante muestra de dolor impartida por su mirada. En este punto y después de enfrentarme a tantos episodios en tan pocos minutos, mi control estaba en lo más alto. Podía continuar sin desviarme de la tangente. Pero ella me interrumpió:
- Ya sabrás, hijo, lo ingenua que soy. Y debo seguir siéndolo en tu época, y no tengo vergüenza de decirlo a los cuatro vientos. Pero dentro de esa inocencia, en estos pocos años junto a tu padre, he notado comportamientos poco comunes alrededor de su familia, y en él puntualmente. A veces me acuesto por las noches y pienso durante un largo rato; vuelvo y empiezo de nuevo; me convenzo de lo que imagino pero posteriormente regreso y digo: “¿Qué estoy pensando?”. Aquí prácticamente se comparte todo. No hay intimidad de ningún tipo. Eva es una metiche de mierda; Beto, es un vago de porquería que hay que estar sacándolo de la cárcel de vez en cuando; el tío Enrique y su vida misteriosa junto a una esposa que decidió, por miedo, callarse la boca y hacer la vista gorda; Alejo y sus negocios turbios junto a una mujer como Cristina que lo único que le interesa es pasarse la mayor parte del tiempo frente al televisor; y Pocho que trabaja como un burro, al lado de Graciela que vive metida en esa pieza de cuatro por cuatro con tal de no verse enredada en los chismes de cada día. Menos mal que, de algún modo, nosotros tenemos nuestro ingreso individual y estamos prácticamente aislados del cúmulo de basura, pero así mismo, tengo que soportar, de vez en cuando, las presiones por estar de prestado en una casa, como si habernos ofrecido éste mugroso lugar para vivir hasta que en un futuro lleguemos a tener nuestra propia vivienda, nos condenara a tener que acatar cada estupidez y bajar constantemente la cabeza.
De inmediato, una inquietud la saltó bruscamente.
- Hijo, decime si esto va a seguir de esta manera o si, por el contrario, alguna vez tendré la posibilidad de irme de este infierno.
- En enero del ochenta y dos mamá. Falta aun. Dentro de tres años empezarás a trabajar como docente en la Escuela Emilio Olmos, el establecimiento que está frente a la Casa Radical, escuela que se transformará en un paseo de tiendas veinticinco años después.
- ¿El colegio Olmos, hijo?, preguntó azorada.
- El mismo mamá. Sucede que dentro de diez años habrá un terremoto en San Juan, más precisamente, en Caucete.
Mamá se tomaba el rostro dejando exteriorizar su horror.
- Sí, va a tener consecuencias penosas, pero acá en Córdoba vamos a estar bien.
- ¡Qué noticia desalentadora, hijo!, dijo mi madre con su mirada desviada en algún punto e imaginando el desastre.
- Debido a ello, el colegio sufrió serios desperfectos y no tuvieron más opción que cerrarlo. Poco a poco fue quedando en el olvido hasta que su refacción fue una realidad y se construyó el paseo que anteriormente te mencioné.
- ¿Y ahí dictaré clases yo?
- Sí, mami. Serán unos años nada más porque después vas a conseguir una titularidad en una escuela rural, en Media Luna Sur, a pocos kilómetros de Monte Cristo.
Su rostro se llenaba de asombro y curiosidad.
- Ese trabajo va a ser el puntapié para comenzar a delinear los primeros bocetos de lo que en mil novecientos ochenta y dos será nuestro hogar, en un barrio bastante alejado de la ciudad, hacia el norte, camino a Jesús María.
- O sea que ese sueño con el que vivo todos los días de poder tener nuestra casa, ¿se va a hacer realidad? ¿Podremos levantar nuestro sueño, hijo?
- Sí mamá. Pero en rigor de verdad debo decirte las cosas como son: lo vas a levantar vos solita, porque él va a decidir no colaborar para ese proyecto, dolido en sus fueros más íntimos al percatarse de que te querés aislar de su familia. Eso desencadenará una serie de desavenencias entre ustedes y momentos de violencia. Finalmente lo lograrás, terca como sos, haciendo gala de tu sangre geminiana. Con el correr de los años él se irá adaptando, con desagrado y con placer al mismo tiempo, pero no tendrá más opciones: ó es eso, ó se queda al lado de la vieja harpía.