Ella gimoteaba y deseaba llevar el control de su respiración. Mientras lo hacía me observaba como quién observa a un monstruo, de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba, con asco, con repulsión. Pero al mismo tiempo la presión que infligía su mano en la mía me provocaba cierta ternura dentro de tanto caos, y hasta aquella frase, “Es el corazón de madre”, me asaltó inesperadamente. El amor que por ella sentí toda mi vida se duplicó en este instante al tenerla frente a mí. Y ella parecía notarlo. Fue un momento de zozobra, mezclado con pinceladas de ternura y sentimientos extraños para ambos. Aquel rostro de asco y de repugnancia lentamente fue transformándose en un rostro más tranquilo, y en su mirada, parecía estar despertando una pequeña chance. Tal vez mi pedido de “Necesito que creas todo lo que tengo para decirte” estaba, de algún modo, ingresando en la razón de mamá.
Con mi mano libre acerqué la silla en la que yo estaba sentado frente a ella y la coloqué en éste costado en donde me encontraba, el costado derecho de mi madre. Lo hice aun sosteniendo su mano y sin quitar mi mirada de la de ella. Dentro de la mejoría su expresión seguía teniendo vetas de incredulidad y podía notar que una violenta batalla se había desatado en su interior. Debía continuar.
- ¿Por qué me estás haciendo esto?, me preguntaba con el llanto ahogando su garganta: -“¿Qué te hemos hecho? ¿Querés las pocas cosas que tenemos? Pues bien, llevátelas, pero no me lastimes, ni lastimes a mi bebé ni a mi hijita”.
No pude sostener más mis lágrimas. Ella finalmente pareció entregarse. Se sabía indefensa y lloraba con su cabeza apoyada en su mano izquierda, mirando a ningún lugar. Luego volteaba y volvía a observarme. Yo percibía que al menos una pregunta luchaba por salir de su boca. Y salió nomás.
- Quiero que me digas de qué se trata todo esto ¿Cómo podés ser tan estúpido y quererte aprovechar de nosotras bajo la barbaridad que me acabás de decir recién? Hubieras inventado cualquier otra excusa y no venir a jugar con la vida de mi bebé. Te pido que me expliques y después quiero que te retires, con lo que desees llevarte o con tus manos vacías.
- ¿Puedo hacerte una proposición?
- Silencio sepulcral
- Desde que naciste hasta este instante mismo de tu vida preguntame lo que quieras. Una sola respuesta fallida que te dé y te pido que salgas al patio y hagas lo que quieras.
Daba la sensación de que iba a impacientarse otra vez. Presioné su mano. Ella desvió su mirada hacia esa acción y la regresó a mis ojos. Silencio lúgubre. Tensión. Espera.
- ¿Qué bicho atacó a mi hermana a sus trece años de edad?
- Una yarará, respondí velozmente y con toda la seguridad.
Se inquietó.
- ¿En qué lugar de mi casa papá guardaba sus botellas de vino para que mi madre no lo descubriera?
- Papá Obeto (mamá abrió los ojos tan grandes como físicamente pudo) había mandado a construir a mediados de los cincuenta un pozo de agua al fondo del patio, a escasos metros de la higuera en donde Mamaría y yo mateábamos desde diciembre hasta marzo, cada año, desde los cuatro hasta los doce años.
No podía definir la expresión que su semblante dibujaba, pero interpretaba la conmoción. Le estaba dando datos demasiado precisos, con seguridad y con certeza, sin titubear y pintándole el paisaje que ella necesitaba ver. Proseguí.
- Papá Obeto hizo hacer ese pozo de agua con dos finalidades: una para que en las fiestas de fin de año las bebidas se mantuvieran lo más heladas posible. Y lo lograba. Y la otra, para hacer pequeños hoyuelos en la cara interna del pozo con la misma base de la botella, aprovechando la blandura del barro. En esos huecos las metía y se tomaba el trabajo de dejar las puntas de las botellas apenas unos milímetros hacia afuera para poder después extraerlas con total facilidad ¡Un maestro!
Presentía una especie de descompostura en mamá. Muy dentro de ella, seguramente, no podía lidiar más con todo esto. Volvía a tomarse el vientre. Era una situación extrema, pero yo presumía que la guerra que estaba acaeciendo dentro de la vida de mi madre, la estaba empezando a ganar esta lógica absurda, esta fantasía real, esta especie de engaño con sabor a verdad absoluta.
- ¿Cómo puede ser posible que sepas todo lo que me estás contando?
Me lo preguntaba y me observaba como si yo fuera un ser de otro planeta. Bueno, en realidad era un ser de un tiempo distinto al de ella.
- Y puedo seguir, “mamá”.
Se tomó la boca con sus dos manos. Quería silenciar la emoción, esa emoción con tintes de miedo y de no entender nada. Era mi momento de hacerla partícipe de toda esta “locura”, o de sacar de sus entrañas algún monstruo escondido que me asestara un palo por la cabeza.
- Adoraba ir de vacaciones a Cruz del Eje. Recuerdo que llegaba el último viernes de clase y mi cabeza no hacía más que pensar en que a la tarde nos pondríamos, vos y yo, a preparar las valijas. Y al otro día, bien tempranito, nos íbamos a la terminal de ómnibus, me subías a la Cotil*, y solito me embarcaba esas tres horas hasta allá. Mamaría ya me estaba esperando en la humilde estación, avisada por vos de que yo estaba en camino. Adoraba llegar y jugar con Querucho, con Sandra y con Cacho. Eran tres meses que los disfrutaba como nadie. Finalmente, el domingo, es decir, un día antes del comienzo de clases, en marzo, regresaba de mi expedición ¡Qué hermosos momentos! ¡Qué recuerdos, mamá!
Fue un pasaje en donde solté el hilo, pero recordar aquellos tiempos me hacía divagar y perder la conciencia. Debía haberlo hecho de manera distinta, mirándola a los ojos, contándoselo a ella, concentrado en su atención. Pero no pude. No supe porque para mí todo esto también era algo nuevo. De inmediato me lo dije y a partir de ahí procuré hacer lo humanamente imposible por no caer en nuevos errores. Volteé hacia mamá y ella estaba perpleja.
- ¿Te encontrás bien?, pregunté
Me miraba y no respondía. No había reacción en ella.
- Quiero que sepas que esto es tan extraño y tan ilógico para vos como para mí. Puedo asegurártelo. Yo estoy en la misma posición tuya, la única diferencia, es que yo he venido hasta aquí sabiéndolo todo. Pero también necesito que me comprendas. Yo pedí estar en esta situación durante muchos años de mi vida. Fue el deseo más grande que tuve, más que el deseo de traer hijos a este mundo. Cada noche de cada día le pedía a quién rigiera en este planeta que me diera la posibilidad de regresar en el tiempo y poder modificar el sendero de tu existencia, más allá de saber, o al menos de imaginar, que estaba pidiendo imposibles. Y no sé, no puedo explicarlo, no encuentro las palabras. Estoy en el aire y siento que no estoy pisando tierra firme. Pero es real. Mamá, tal vez estoy muerto y los destinos de esta vida de misterios me enviaron hasta este tiempo para estar a tu lado y ayudarte en lo que más pueda. Quizás estoy cometiendo el error de interferir en los trazados de tu destino, y eso me valdrá un castigo, no lo sé. No sé nada, mamá.
- ¿Qué le sucedió a Alejandra el día de su nacimiento?
Mamá lanzó la pregunta como sabiendo que mi respuesta iba a ser la correcta. Había resignación en su proceder.
- Ale nació con hidrocefalia, mamá.
Y sin darle la opción a repreguntarme nada, agregué:
- Recuerdo la incontable cantidad de veces que nos relatabas a cerca de los pasos posteriores al nacimiento de ella, y lo primero que se me viene a la mente son las noches enteras dándole la leche de tu pecho mediante una cucharita, porque su estado, casi crítico, no le permitía, como a cualquier bebé, prenderse de la teta y tomar su alimento.
Las lágrimas de mi madre caían sobre el pocillo como si una leve tormenta escapara de sus ojos. Levantó su cabeza. Sus ojos eran dos bolas de sangre desorbitadas por el dolor del llanto, y su rostro estaba cobrando una hinchazón importante. Sus manos no paraban: secaban sus lágrimas y envolvían su vientre. Volvía a su rostro deshecho y una vez más se tomaba la gran panza.
- ¿Cómo puede estar sucediendo esto? Es irreal. Es ilógico ¿Será una pesadilla mía? ¿Habré muerto y esta vida de misterios, como bien decías hace instantes, me está uniendo a vos hecho todo un hombre? ¿Será que moriré en el parto y a vos te salvarán y aquí estás para darme la tranquilidad con la que no me fui de este mundo? ¡Por Dios! ¡Qué locura! ¿Será una señal? Porque esto es totalmente imposible, Gustavo.
Yo sólo observaba su exposición. Y asentía. Tal vez entre ambos podíamos encontrar la punta de este ovillo.
- Veamos, dijo, y sus lágrimas se retrotrajeron y su semblante pareció recomponerse:
- Esto es inconcebible. La vida no funciona de esta forma ¿Cómo le explico yo al mundo que me rodea que mi hijo ha venido por el tiempo, es mayor que yo, y trae consigo una misión? Es como una aberración. Me tildarían de loca desquiciada. Me dirían: “Es un timador”, “es un mentiroso”, “es un embustero”, y cuántas barbaridades más.
- Y, ahora que te dije muchas cosas que sólo yo podría decirlas, ¿les darías la razón a aquellos que te gritasen en la cara esas infamias?
- No.
Lo dijo y me dio a entender con su expresión que sus dichos debían aplastarse de inmediato. Se tomaba la cabeza e intentaba seguir sacando conclusiones. Su mirada se perdía en algún punto lejano de esta mesa de mierda que el descabezado de mi padre había fabricado para no malgastar el dinero.
- Es por eso, mamá, que a esto debemos manejarlo entre nosotros dos. Nadie debe saber quién soy realmente y qué hago acá. Si por accidente me llegaran a ver o nos llegaran a encontrar juntos diremos que soy un amigo de la familia, no sé, algo se nos ocurrirá.
Mamá se detuvo ante mí. No me quitaba su mirada penetrante. Yo me daba cuenta que la incredulidad estaba muerta debajo de la mesa y que ella se había convencido definitivamente.
- ¿Cuántos años tenés, hijo?
Esas palabras me derrumbaron. Y como si hubiese estado planificado, nos fundimos en un abrazo eterno, llorando a destajo los dos: yo, taladrando su oído mientras le decía una y otra vez que la amaba; ella acariciando mi pelo, igual que lo hacía en aquellas épocas de niño, con la misma delicadeza y con el mismo amor de madre.
Lentamente se fue retirando y, como buena mamá, me acomodó el cuello de mi camisa y enderezó mi pullover. Moqueaba como un niño. Se secaba las lágrimas y esbozaba una sonrisa chiquita. Yo me dejaba. Era su juguete en ese momento.
- ¡Me cuesta tanto todo esto! Todavía no me has dicho tu edad.
- Cuarenta y ocho, mamá.
- ¡Cua-ren-ta-y-o-cho!
Le causó un estupor de magnitudes. Volvía a mirarme de arriba hacia abajo. Luego se detuvo.
- Quiero que me prometas que esto no es un engaño ¿No sos un loco de atar? ¿No te estarás burlando de mí? ¿No será una prenda que tus amigos te están haciendo pagar y te estás haciendo pasar por mi hijo? Tal vez sos de por aquí cerca y me has cruzado alguna vez en lo de Cortés y, viendo mi estado, con tus amigos planificaron toda esta insania.
Yo sonreía mientras ella se soltaba con sus fantasías, aunque, si me ponía en su lugar, más que fantasías eran probabilidades.
- Tranquila, mamá. Soy yo, Gustavo, tu Gustavo, ese bebé que tenés ahí dentro, le respondí mientras con tacto y con respeto acariciaba su vientre que ella orgullosa dejaba tocar.
-¡No puedo creerlo! ¿Quién pensaría vivir una experiencia semejante? Ni un loco, hijo. Y decime, ¿qué día vas a nacer? ¿Se puede saber eso?
- Mientras yo permanezca a tu lado, el tiempo que sea, vas a poder saberlo todo: El 18 de septiembre nací, ó, mejor dicho, voy a nacer.
- ¿El 18? El doctor Zurita me dijo que era entre el diez y el catorce. ¡El 18! ¡Qué hermoso número! Y, ¿voy a estar bien? ¿No tendré ningún problema?
- En lo absoluto, mamá. Todo va a ir de maravillas.
De pronto, mamá pareció recordar alguna cosa, algún detalle. Su actitud tuvo un giro de timón.
- Perdón, hijo. Estoy sacando cuentas y . . . ¿Vivís en dos mil quince?
- Así es, mamá. Yo estaba en junio de dos mil quince, durmiendo bien arropado porque el frío estaba calando hondo. No me preguntes cómo llegué hasta aquí. No sé si fue algo o fue alguien. No lo sé. Tal vez tenés razón al decir que estás muerta y que la vida te ha unido a mí en este tiempo. No lo sé. Yo tampoco puedo salir de todo este asombro. Parece una locura, algo ridículo y desvariado, carente de toda sensatez. Pero es real. He tenido mucho miedo y lo tengo todavía en menor proporción. No sé, sinceramente, qué saldrá de todo esto. O si saldremos. No estoy capacitado para responderte absolutamente nada, sólo lo que me preguntes a cerca de nuestras vidas, pero por lo demás, estoy tan abatido y confundido como vos.
-Hijo, si es tal cual como lo estás diciendo, ¿puedo preguntarte algo?
- Lo que quieras, mamá.
- ¿Cuál es ese deseo con el que has vivido toda tu vida y qué necesitas modificar de mi camino trazado?
La pregunta impactó como una bomba en mi pecho. No la esperaba, era un punto que había reservado para más adelante, una vez que nos situáramos en tiempo, forma y espacio. Tomé envión y llené mis pulmones de mucho aire. El reloj colgado en la pared señalaba las once en punto, ese reloj que papá había traído desde Necochea como parte de pago por los servicios ofrecidos a la empresa petrolera de la víbora de su hermana menor, mi tía Porota. Mamá desvió su mirada también hacia ese armatoste de madera.
- ¿Te acordás de este reloj?
- No podría olvidarlo ¡Qué broncas te agarraste cuando papá llegó con ese mugroso reloj desde Necochea! Se lo facturaste hasta el cansancio, es decir, se lo echaste en cara.
Ignoraba la mayoría de los modismos de la época, aunque muchos todavía los tenía frescos en mi memoria. De ahí la aclaración.
No me respondió con palabras. Su gesto me dio a entender que me estaba creyendo cada cosa que le decía y que yo no era ni un timador, ni un fabulador ni un vendedor de ilusiones. Es más, le añadía a su respuesta silenciosa una actitud de sorpresa, y ese comportamiento iba paralelamente descomprimiéndome a mí también.
- ¿Podrás responder a mi pregunta?
El cúmulo de aire que previamente había adquirido, se me fue y quedó sembrado en Necochea. Debía prepararme una vez más, pero a estas alturas el proceder de mamá había variado considerablemente con respecto al comportamiento anterior. La notaba más suelta, más predispuesta, con más ánimo y un temor vencido.
- Mami, vos y yo sabemos que papá no es el mejor hombre del mundo.
Asentía con un dejo de dolor en su rostro.
- En tan pocos años, desde ese enero del sesenta y cuatro, los comportamientos y las actitudes de él para con vos han dejado mucho que desear. Cuando tuvimos algo de razón, con Ale, muchas veces te sentabas con nosotros y nos relatabas pormenorizadamente las cagadas de este tipo y las palizas a las que te sometió durante el embarazo de mi hermana, posterior al nacimiento y en el proceso de gestación mío ¿Es así, o no?
- Es perfecto lo que decís, hijo
Una pena profunda comenzó a hacerme cosquillas en la parte más débil de mi alma. Debía ingresar en el camino sinuoso de su vida al lado del infeliz y mostrarle paso a paso el cúmulo de maldades y de desvaríos que mi padre había volcado sobre ella y sobre todos lo que lo rodearon. Tenía que mostrarle - como si se tratase de una máquina de pasar fotografías – la secuencia viva de su infelicidad, de la barbarie a la que fue expuesta por el perverso; mostrarle sus penas y sus júbilos, sus dichas y sus desdichas, sus llantos y sus sonrisas, sus pesares y las pocas victorias; lo blanco y lo n***o, sus frustraciones y sus logros, pero fundamentalmente, el costado amargo y tortuoso de su agitada vida junto al hijo de puta. Me dispuse entonces a buscar en los cajones las mejores y más valiosas herramientas para provocarle a mamá las heridas menos lacerantes.
- Hijo, perdón que interrumpa. Antes de que continúes, ¿puedo hacerte una pregunta muy importante?
Temblé. Mi silencio abrió las puertas de su inquietud.
- ¿Sigo viva en dos mil quince?