Después de su primer sorbo, mamá volvió rápidamente al tema en cuestión, a aquel con el que comenzó todo cuando me abrió el visillo de la puerta de entrada. En ese punto noté que ni si quiera un simple bolígrafo tenía encima mío, y menos que menos hablar de papeles, portafolios o algo que me expusiera ante ella como un empleado de seguros. Pero el primer objetivo ya estaba logrado: Estar adentro. Ahora todo dependía de mi habilidad, de mi perspicacia y de la pasión y la audacia que yo le pusiera de aquí en adelante. Pero ¿cómo entraba en tema?, ¿cómo le explicaba una demencia semejante?, ¿cómo hacerla entrar en razones y que me creyera el arsenal de confesiones y de verdades que tenía para decirle? ¿Y si el susto o lo que fuere la llevaba a tomar determinaciones alocadas? ¿Y si el miedo provocado la hacía escapar hacia la calle y se ponía a gritar en medio de ella que un loco estaba dentro de su casa y, así, los vecinos alertados y confundidos decidían llamar a la policía? ¿Cómo afectaría esto a su condición de embarazada?
Mamá apoyó con suavidad su tacita sobre el plato. Tragó.
- Bien señor Besteiro, dígame en donde debo firmar.
Por un instante me pareció perder el habla. Sentía que el corazón iba a estallar y se me iba a escapar por la boca. El nerviosismo daba sus primeras señales y ya se me hacía que a esta batalla la iba a terminar perdiendo por alevosía. Nuevamente los fantasmas del raciocinio se pararon sobre mis hombros para aconsejarme, pero esta vez lo hicieron a los gritos, desesperados y tirando de lo poco de estabilidad que me quedaba. Debía superarlo. Más que seguro que mi madre – a pesar de su inocencia – en algún momento podía avizorar las irregularidades de mi estado de ánimo y no pretendía llegar hasta esos términos.
- ¿Necesita una lapicera señor? Debe haber una en el cajón del bargueño.
- No, Olga, muchas gracias, tengo una por acá.
Me hice el que buscaba dentro de la campera que aun tenía puesta. Papeles y otras tonterías dormían en el amplio bolsillo interno del abrigo, papeles y tonterías que nunca habían estado ahí, pero no era el momento de ponerme a descifrar las chucherías que guardaba en mi campera. No daba para más. Había que acabar con este juego, y explicarle decididamente todo. Sólo era cuestión de cordura, tranquilidad y convicción, y si podía aunar esos tres elementos, la mezcla sería triunfal. Pero había que intentarlo. Y lograrlo.
- Olga, necesito que me escuche atentamente.
Su semblante cambió. No se transformó en un rostro miedoso, al contrario, parecía un rostro atento, predispuesto a oír lo que tenía para decirle.
- Yo no pertenezco a ninguna empresa de seguros.
Ella intentó un movimiento brusco, pero inmediatamente la calma extraña de mis manos se posó en la frialdad de las de ella. Recién ahí, sus ojos fueron los ojos del miedo.
- Cálmese Olga, le dije con una voz angelical que nunca había percibido en mí. Mamá quedó a medio sentar con sus manos todavía bajo las mías, presta a escapar en el instante en que ella así lo creyera. Pero mientras tanto parecía interesarle lo que yo tenía para decirle, pero era un interés a medias, algo similar a que si no le cerraba pronto mi discurso atravesaría la puerta llevada por el terror.
- Yo no soy empleado de ninguna firma, ni trabajo para ninguna compañía. Olga, si mis intenciones no fueran sinceras ya hubiera cometido la maldad que en este preciso instante usted está imaginando que deseo cometer, pero no es así, todo lo contrario.
Lentamente, sin desearlo si quiera, volvía a sentarse normalmente como cualquier persona. Y, lentamente, fui soltando sus manos para darle la seguridad y la confianza que ella precisaba, depositando en mi mirada la paz y la tranquilidad necesarias y así, hacerle el camino más llevadero.
- Entonces, ¿quién es usted?, ¿qué quiere aquí en mi casa? Más le vale que sea algo importante porque le juro que no me importa perder a esta criatura si tengo que ponerme a gritar como una loca para que todos me escuchen.
Lejos de ponerle temor a sus palabras, me lo dijo con todo el coraje del mundo. Mamá era así en momentos críticos, guapa, encaradora, determinante y pasaba del espanto a la intrepidez en un abrir y cerrar de ojos. Ella se quedó apuntando con su dedo índice al medio de mis ojos, casi montada sobre la mesa, al aguardo de una reacción mía que le diera algo de sosiego.
- Olga, no se exaspere, piense en Gustavito, de seguro, no le debe estar haciendo nada bien que usted se enoje de esta forma.
- Entonces sea más claro y contundente, y terminemos con esta farsa señor Besteiro.
Se paró repentinamente al costado de la silla con sus manos a los costados de su cuerpo.
- Hable ahora y dígame quién es usted y a qué vino a mi casa, o en este preciso instante salgo al patio y les grito a mis vecinos.
Yo permanecía sentado, y resolví continuar así para no despertarle locuras a mi madre.
- Necesito que tome asiento, Olga. Es muy importante, largo y complicado lo que debo decirle.
- No, mi amigo. O habla ya, o se retira de inmediato.
¿Complicado? A estas alturas ya me parecía imposible, una tarea titánica. Me vi una vez más parado sobre la vereda de los turcos. Regresé una hora en el tiempo y observé de nuevo la película que me había traído hasta esta silla armada por el gitano de mi padre.
- Olga, le ruego que tome asiento por favor.
Y me asaltó un instante nunca esperado. Mi cuerpo se agitó y compulsivamente las lágrimas empezaron a brotar como mares hirvientes. Ya, entregado a que ocurriera cualquier desastre, me dispuse a llorar y a vomitar mediante el llanto toda la presión que venía sosteniendo desde la mañana temprano, apareciendo en la vereda de los turcos, deshojando la verdad y la mentira, batiéndome a duelo entre la realidad y la fantasía, lejos de casa – si es que esto era real -, lejos de Gabriela, lejos de Paulita y de Luciana, lejos de mi vida cotidiana, para caer en mil novecientos sesenta y siete, tres meses antes de mi nacimiento y ver a mis vecinos respirando un aire que ya habían dejado de respirar años atrás, y encontrarme con Estela, mi madre sustituta, y con Marcelo, mi primer amigo, al que perdí diecisiete años después de haberlo visto hacía media hora, con su pelota de goma y sus ojos picarones. Y para terminar de completar este absurdo tan real como la vida misma, cruzarme con mi madre veintidós años menor que yo, con su vientre a punto de parirme, con mi hermana pequeña y con su alma blanca y radiante separada de mí por una pared, durmiendo en la habitación de mamá.
Mis codos apoyados sobre la mesa y mis manos cruzadas sobre mi cabeza gacha intentaban sostener el tormento. Lloraba como un inocente condenado a la hoguera, maltrecho, desarmado, viendo mis lágrimas ensuciar el platito del café. No tenía consuelo, no podía reponerme. El corazón era una bomba flácida con destellos inarmónicos y me costaba contener el agua agria y salada de mi boca.
Una mano suave comenzó a calmar mi infierno apoyada sobre mi hombro izquierdo.
-Señor Besteiro, ¿se encuentra bien? Le pido perdón si fui dura con usted, pero comprenda mis nervios. Yo confié en su palabra cuando allá, en la puerta, usted me dijo que era empleado de la compañía aseguradora de la empresa de mi esposo. Y ahora me sale con que no lo es y que debe explicarme qué hace en realidad usted aquí. ¿Tengo o no tengo derecho a ponerme mal?
Asentí con mi cabeza. No podía emitir palabras.
- Si usted así lo desea, explíqueme por qué está en mi casa, y luego le pediré que se retire y nos deje en paz.
Un silencio lógico se interpuso entre nosotros. Mamá no tenía más remedio que aguantar mi calma; yo no tenía más opción que calmarme. Y en ese proceso el ruido de algunos autos y el trinar de algunos pájaros, allá, en lo frío de la mañana, eran las únicas compañías que llenaban un poco este vacío sideral.
-¿Quiere otro café?
Una vez más la expresión afirmativa de mi cabeza habló por mí. Despacito, mamá se fue hasta la cocina a prepararlo. Y dejarme un instante solo, me sirvió para armarme y volver a buscar el coraje que estaba caído en algún lugar del suelo. Tuve suerte. Demasiada. Con otra mujer las cosas hubieran sido abismalmente diferentes. La policía ya estaría allanando, yo estaría metido dentro del coche policial con mis manos esposadas a mis espaldas, y el vecindario murmurando barbaridades con mi madre sentada en una silla y un agente conteniendo su desesperanza. Pero a mamá no le gustaban los espectáculos públicos, y a pesar de tener agallas como buena campechana que era, su personalidad, su temple y su estilo no le daban para armar semejante borrasca.
Esta vez empujó la puerta con su pie. Mamá ingresó de nuevo pero ahora con la cafetera, como señal de que íbamos a tener para rato. Se sentó y me sirvió un café bien caliente y espumoso mientras me deleitaba con el humo huyendo de la tacita. Ella se sirvió y apoyó la cafetera sobre la mesa.
- Lo escucho señor Besteiro, si es que su nombre es ese.
Mamá tenía tintes de ironía, pero en esta ocasión estaba siendo demasiado severa.
- Sinceramente no sé cómo empezar, no tengo claro el punto de partida. Estoy en una situación que parece no tener pies ni cabeza. Es algo harto dificultoso, Olga, se lo puedo asegurar, y el único deseo que tengo en este momento es que usted me crea absolutamente todo lo que tengo para decirle. Soy una persona buena, honesta, honrada, y no quisiera causarle dificultades. Podría haber venido antes pero puedo asegurarle con un ciento por ciento de convicción que su pancita no estaría en el lugar que se encuentra ahora.
- No lo entiendo, señor Besteiro.
- Cálmese, Olga. Le pido que me tenga extremada paciencia y que esté atenta a todo lo que tengo para contarle.
- No me asuste, señor Besteiro, ¿le pasó algo a mi esposo? ¿Usted es un síquico o algo así? ¿Mis bebés van a estar bien?
Una oleada de angustia empezaba a surcar los contornos de mi madre. Hubiera deseado no tener que hacerla pasar por todo esto a tres meses de mi nacimiento, pero no quedaban muchos caminos, y éste, era el menos ajetreado, el de menor peligro. Todavía faltaba mucho hilo en el carretel por soltar y aún quedaba, si es que ella lo aceptaba, comenzar con el plan demarcado que tenía en mi mente desde que tuve acceso a la razón.
- Primero: ¿puedo tutearla?
- No me parece correcto y propio de un caballero.
- Créame, Olga, es necesario. Y será con todo el respeto del mundo.
Me miró pensativa. Lo masticó. Lo dudó. Finalmente lo aceptó con esa molestia a flor de piel que de seguro le incomodaba.
- Gracias, Olga. Pero también es preciso que vos me tutees a mí . . .
Automáticamente me silenció
- . . . Señor, soy una mujer casada, le pido que no me falte el respeto.
- ¡Por favor, Olga! Te dije que lo hacía con todo el respeto del mundo.
Volvió a pensarlo. Volvió a masticarlo. Volvió a dudarlo. Y finalmente volvió a aceptarlo con esa molestia a flor de piel.
- Proseguí, por favor ¿De qué se trata todo este misterio?
Punto. Aquí debía frenar su iracundia. No me servía para adelantar, sino, la haría encolerizar aun más y me echaría a las patadas de la casa.
- El nombre que te di es totalmente falso . . .
Me cortó de plano.
- . . . ¡Ah!, me lo imaginaba
- Por favor, Olga, no me lo hagas más difícil.
El pedido clamoroso fue como un golpe de puño. Lo rogué desde lo más profundo de mi ser, y pareció surtir el efecto necesario. Mamá tuvo la expresión de haberse dado de lleno contra un muro, y otro gesto la reubicó definitivamente.
- Mi nombre completo es: Gustavo Alberto Moreno.
Se inquietó. La transparencia de su personalidad la delataba siempre en los momentos de las expresiones de ánimo, y ésta, no podía ser una excepción. Yo, conocedor de mi madre, noté que un cosquilleo turbador le recorrió el líquido de su columna, y en sus ojos una imaginación surrealista fue una posibilidad. Continué.
- Hace poco más de una hora que llegué. Estuve un buen rato parado allá en frente, sobre la vereda de los turcos. No entendía qué hacía ahí en realidad. Vi a doña Cecilia, saludé a Adela y antes de llamar a tu puerta me crucé con Estela y Marcelito.
La expresión de mamá se estaba tornando terrorífica. Debía tomar otro atajo o barajar y buscar algún camino menos pavoroso porque tenía esa impresión de que en cualquier momento ella saltaba de su silla y ardía Troya.
- Tardé en venir a llamar a tu puerta. No sabía cómo hacerlo. Sentía miedo. No sabía si era un sueño, o una pesadilla única en mi vida, o si estaba muerto . . . No entendía nada. Pero fueron sucediendo cosas que finalmente me convencieron de que esto era mucho más real de lo que yo suponía. No sabés lo que me costó apoyar mis nudillos en la puerta de entrada, y su olor rancio, lejos de rechazarlo, me conmovió hasta los huesos.
Ella proseguía muda y atenta a mi relato, pero al mismo tiempo un aroma a confusión severa rondaba por su ambiente y podía darme cuenta de ello. Era la expresión del que no entiende ni en dónde está parado, y ni si quiera parecía tener voluntad para pegar un brinco, salir de la habitación y ponerse a aullar a los cuatro vientos. Y mis nervios iban en crecimiento porque internamente sabía que me estaba acercando a la lava hirviente, al abismo, al nudo central y catastrófico de toda esta historia ¿Qué otra me quedaba? Ya estaba con la cabeza a metros de la hoja filosa.
- Yo, estaba descansando en casa, en mi cama, con mi esposa a mi costado izquierdo, mi mascota hacia los pies y mis hijas en su habitación. De repente, algo o alguien, me depositó sobre la vereda de los turcos. Al principio me pareció un sueño demasiado real, pero luego, las situaciones que se me iban presentando me hicieron despegar de aquella idea y de todas las ideas que pasaron por mi mente. Olguita, sé que tu cabeza debe estar a punto de estallar, pero es ahora cuándo más necesito de tu atención. Y no sólo eso: necesito de tu cordura, de tu paciencia, y preciso con mi alma, que creas ciegamente todo lo que tengo para decirte.
- Estoy atenta a todo lo que me estás diciendo Gustavo, sólo que todavía no entiendo qué te trajo hasta aquí y por qué me cuesta hilvanar tu relato.
Y era lógica su postura. Un calor atípico cubría mi cuerpo y le pedí permiso para quitarme el abrigo que traía puesto. Me incorporé para dejarlo apoyado sobre el respaldo de la silla, pero mamá me sugirió que lo dejase apoyado sobre la mesa porque, enhorquetado en el respaldo, las prendas se deformaban. Una leve sonrisa descomprimió mi cara de espanto, porque tuve que soportar sus mañas hasta el mismo día en que me casé con Gabriela, un 11 de abril de mil novecientos noventa y dos: que ponete esto, que sacate aquello, que fijate bien, que qué sé yo y qué sé cuánto . . . Que no dejara mi saco de casamiento colgado sobre el respaldar de la silla porque, de esa forma, las prendas se deformaban.
- No sé qué puede causarte gracia, acaso ¿te estás burlando de mí?
Evidentemente observó cuando me sonreí. A mamá no le agradaban las chanzas personales, como así también, detestaba hacerlas.
- No, Olga ¿cómo pensás que puedo estarme burlando de vos? Fue sólo una mueca, un gesto. Ya comprenderás todo.
- Está bien. Te pido por favor que trates de ser lo más conciso posible. Tengo un día agitado. En un rato debo despertar a mi hija para que se ponga a hacer sus tareas y yo debo salir para hacer las compras.
Observé hacia la cortina que oficiaba de puerta de entrada de la habitación de mamá. Miré con anhelo. Sabía que del otro lado, Alejandra, mi hermana dormía placenteramente y aparecería en cualquier momento.
- Olga, yo soy el hijo que en este preciso instante llevás en tu vientre.
Se incorporó como si una patada la hubiera elevado por los aires. Se tomó del respaldo de su silla y un dolor agudo le interrumpió la tranquilidad. Se tomaba el vientre con su mano derecha y a medio agachar. De inmediato fui en su ayuda. Traté de reincorporarla pero ella continuaba doblada casi a la mitad y tomada aun del respaldo de la silla: “¿Quién sos, loco de mierda?”, me dijo con esa voz clásica del dolor: “Dejame que te ayude por favor”, le supliqué mientras le sostenía el resto del cuerpo. Ella no podía sola y no tuvo más opción que permitirme la asistencia. Su brazo derecho me tomó por la cintura y yo la sostuve bien firme regresándola a su silla. Soplaba fuerte. Soplaba y luego inhalaba, una y otra vez, como creyendo que de esa manera no perdería su bebé. Se fue calmando lentamente. Su respiración fue volviendo a la normalidad. Como si nunca me hubiera ido de esa casa, tomé un vaso del bargueño, corrí hasta la heladera y le serví un poco de agua. La bebió como una descontrolada. Gotas de sudor se asomaban tímidas en su frente, más cerca del nacimiento de su cabello. Me mantuve acuclillado a su costado y tomé su mano para darle fuerzas.