+ALEXEI+
Apenas puse un pie en el evento, una sonrisa se dibujó en mi rostro como una máscara bien ensayada. Saludé con cortesía a los presentes, inclinando levemente la cabeza en señal de respeto y ofreciendo apretones de manos firmes pero amables. La sala resplandecía con una opulencia que casi dolía a la vista: candelabros de cristal brillaban en el techo, mientras que las risas y conversaciones se entrelazaban en una sinfonía ensordecedora.
De repente, mi asistente se me acercó, su expresión preocupada contrastando con el brillo del entorno. “Alexei, siguen insistiendo en esas llamadas desconocidas”, susurró, su voz apenas audible sobre el murmullo de la multitud. Su mirada inquieta me hizo sentir un escalofrío que se deslizó por mi espalda, como si alguien hubiera caminado sobre mi tumba.
Sin perder la sonrisa, respondí con voz baja pero firme: “Apaga el celular. Seguramente algún tipo quiere jugarme una broma”. Pero en el fondo de mi mente, una sombra oscura comenzaba a formarse. Sabía que mi esposa estaba durmiendo en casa, y no había razón para preocuparme. Esto no era más que una molestia menor, un intento inútil de perturbar mi tranquilidad.
Sin embargo, a medida que me giraba hacia el siguiente invitado, la sonrisa que había mantenido con tanto esfuerzo comenzó a sentirse más como un grillete que como una expresión de alegría. El rostro del siguiente asistente se desdibujó en mi mente, mientras luchaba por mantener la fachada de calma y control. Me preguntaba si realmente podía ignorar la creciente inquietud que anidaba en mi pecho.
Un sonido repentino, como un estallido, resonó en mi mente. No era el murmullo de la multitud ni el tintinear de copas; era una advertencia. Mis pensamientos comenzaron a girar en torno a la posibilidad de que esas llamadas no eran solo una broma. ¿Y si había algo más oscuro en juego? ¿Y si alguien estaba acechando en las sombras, esperando el momento oportuno para desatar el caos?
A medida que avanzaba entre los invitados, cada saludo y cada sonrisa se sentían como un acto de equilibrio sobre un alambre delgado. La opulencia del evento se convirtió en un telón de fondo de una obra de teatro trágica en la que yo era el protagonista atrapado entre la luz y la oscuridad. La presión en mi pecho aumentó, y la risa de los demás comenzó a sonar como un eco burlón, como si supieran algo que yo no.
De repente, la calidez del evento se tornó gélida, y la multitud, que antes me había parecido animada, se convirtió en un mar de rostros indiferentes. ¿Quiénes eran realmente estas personas? ¿Amigos o enemigos? ¿Qué secretos ocultaban detrás de sus sonrisas? La paranoia se apoderó de mí, y sentí que el aire se volvía más denso a cada paso que daba.
Mis pensamientos se dispersaron mientras buscaba con la mirada a mi asistente, quien parecía atrapado en sus propios pensamientos. “Necesito un trago”, murmuré para mí mismo, sintiendo que el alcohol podría ahogar la creciente ansiedad que me asediaba. Pero, en el fondo, sabía que no había un trago lo suficientemente fuerte para borrar la inquietud que se había instalado en mi pecho.
Finalmente, decidí dar un paso atrás y observar a la multitud desde una distancia segura. Mientras lo hacía, mi mente se llenó de preguntas que no podía responder.
Después de un buen tiempo en el evento, decidí llamar a Nadya para asegurarme de que todo estaba bien. Tomé mi celular y marqué su número, esperando escuchar su voz familiar y reconfortante. Pero la llamada se fue directamente al buzón de voz.
Una pequeña espina de duda comenzó a crecer en mi interior. “Tal vez está ocupada”, pensé, repitiéndome esa frase como un mantra para calmar mi creciente ansiedad. Pero a medida que pasaban los minutos, no podía evitar mirar el reloj. Cada segundo se sentía como una eternidad, y el sonido del tic-tac era un eco perturbador que resonaba en mi mente.
Intenté llamarla de nuevo, pero otra vez, el teléfono se fue al buzón de voz. La inquietud se instaló en mi pecho como un peso insoportable.
Miré alrededor del evento, intentando mantener la compostura; sin embargo, el ruido de las risas y las conversaciones a mi alrededor se desvaneció. Todo se volvió borroso y distante, como si estuviera atrapado en una burbuja de desesperación. La espina de duda se transformó en una daga punzante, y la imagen de su sonrisa se desvanecía en mi mente, reemplazada por un abismo de preocupación.
Cada segundo que pasaba sin escuchar su voz aumentaba la sensación de pánico que me ahogaba. Me levanté de la silla, incapaz de quedarme quieto. Las palabras de los demás se convirtieron en un murmullo irrelevante mientras mi mente se llenaba de imágenes aterradoras. ¿Y si había tenido un accidente? ¿Y si le había pasado algo terrible? La idea de que pudiera estar en peligro me hizo sentir como si el suelo se abriera bajo los pies.
Decidí salir del evento, la necesidad de encontrar respuestas superaba cualquier preocupación social. Corrí hacia la salida, el aire fresco me golpeó la cara, pero no me trajo alivio, solo más preguntas. Marqué su número una vez más, el sonido del tono de llamada resonó en mi cabeza como una campana de alarma, y cuando la llamada se desvió nuevamente al buzón de voz, sentí que el mundo se desmoronaba a mi alrededor.
“¡Nadya!”, grité al aire, desesperado, como si eso pudiera traerla de vuelta. La angustia me envolvía, y en ese momento, comprendí que no podía quedarme de brazos cruzados. Tenía que encontrarla, tenía que saber que estaba bien. Sin pensarlo dos veces, corrí hacia el aparcamiento, sintiendo que mi corazón se aceleraba con cada paso. La oscuridad de la noche parecía envolverme, pero el miedo a perderla era más fuerte que cualquier sombra que pudiera acecharme.
Al salir apresuradamente del evento, mi mente solo podía pensar en Nadya, atrapada en un torbellino de ansiedad y terror. Conduje a toda velocidad hacia nuestra casa, cada kilómetro que recorría parecía estirarse como un chicle, la angustia creciendo en mi pecho como una bola de fuego. Cada semáforo en rojo se convertía en una condena, cada instante que pasaba sin ella era una agonía.
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Al llegar, apenas bajé del coche. La adrenalina me impulsó a correr hacia la puerta. La empujé con tal fuerza que el golpe resonó en el silencio de la noche.
“¡Nadya!”, grité, mi voz resonando en la oscuridad, pero solo el eco me respondió. La casa, normalmente un refugio cálido, ahora se sentía como una trampa fría y vacía. Mi corazón latía con fuerza, como un tambor de guerra anunciando una batalla inminente.
Me dirigí rápidamente hacia nuestro dormitorio, la luz de la luna filtrándose a través de las cortinas, creando sombras danzantes que parecían burlarse de mí. Tenía la esperanza de que la encontraría allí, dormida y ajena a la tormenta que se había desatado en mi interior. Pero la cama estaba vacía, deshecha y con las sábanas aún frescas, como si ella hubiera salido corriendo solo un momento antes. El silencio era abrumador, un peso palpable que me oprimía el pecho.
La llamada del desconocido resonó en mi mente, como un eco siniestro que no podía ignorar. ¿Qué significaba todo esto? ¿Podría haber algún oscuro secreto detrás de su desaparición? Comencé a buscar, desesperadamente, mis ojos recorriendo cada rincón de la habitación, cada objeto llevando el peso de la incertidumbre. La desesperación crecía como una sombra que se cernía sobre mí.
Fue entonces cuando lo vi. Un papel arrugado, medio escondido bajo la cama, como si también intentara ocultar su significado. Me agaché y lo recogí con manos temblorosas, el corazón latiendo con fuerza mientras desdoblaba el mensaje. Al leer las palabras escritas con su letra, un frío helado recorrió mi espalda: “El mirador, la colina de los gorriones”.
El mundo se detuvo por un segundo. El mirador. Ese lugar se convertía en un laberinto de incertidumbre y miedo. No perdí ni un segundo más. Salí corriendo de la casa, el aire frío de la noche golpeándome el rostro, un recordatorio de la realidad que me rodeaba.
La preocupación y la determinación se entrelazaban en mi pecho, impulsándome hacia delante. Cada paso que daba era un grito mudo, una súplica al universo para que me la devolviera. No importaba lo que tuviera que enfrentar, no importaba el peligro que pudiera acecharme en la oscuridad. Nadya era una chica frágil, no puedo abandonarla, y no descansaría hasta tenerla de nuevo a salvo.
El camino hacia el mirador se tornó una carrera contra el tiempo, las luces de la ciudad desvaneciéndose a medida que ascendía hacia la colina. La luna iluminaba el sendero, pero su luz no podía ahuyentar la sombra que se había apoderado de mi corazón. Pensamientos oscuros se agitaban en mi mente, imágenes de lo peor que podría haberle sucedido. La culpa y el miedo se entrelazaban, convirtiendo cada respiración en una lucha.
Finalmente, llegué al mirador. El aire estaba cargado de una tensión palpable, como si la naturaleza misma estuviera conteniendo el aliento. Miré alrededor, pero no había señales de ella.
“¡Nadya!”, grité de nuevo, mi voz desgarrándose en la noche. La desesperación se apoderó de mí mientras mis ojos escaneaban el área, buscando algún rastro, una pista, cualquier cosa que me indicara que ella estaba cerca.