Trato
+NADYA+
Me encontraba en la habitación de un lujoso hotel, rodeada de un equipo de estilistas y maquilladores que trabajaban con precisión y rapidez. El vestido de novia, una obra maestra de encaje y seda, se colgaba en un rincón, esperando el momento en que lo llevaría puesto. A pesar de la belleza y la elegancia del entorno, no podía evitar sentirme atrapada en una pesadilla. Hace solo unos días era Nadya el don nadie de 25 años, pero ahora soy el salvavidas de mi familia, sí, hace poco, había descubierto que me casaría con el prometido de mi hermana, Katerina. Ella había huido, dejando atrás una carta que revelaba su decisión de no someterse a un matrimonio arreglado. Mi corazón se hundió al leer sus palabras, pero también entendía su desesperación. Katerina había dado a conocer que le gustaba este hombre; ¿por qué se había ido? Seguía siendo un misterio para mí.
Mientras me peinaban y maquillaban, mi mente daba vueltas en un torbellino de emociones. ¿Cómo había llegado a este punto? ¿Cómo había permitido que me arrastraran a esta situación? Sabía que lo hacía por mi familia, por proteger a Katerina, pero eso no hacía que el peso en mi pecho fuera más ligero. Los estilistas trabajaban en silencio, ajenos a la tormenta que se desataba dentro de mí. Me miré en el espejo y apenas reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. Parecía una princesa de cuento de hadas, pero por dentro me sentía como una impostora. ¿Cómo podría enfrentarme a Alexéi, el hombre que se suponía que debía casarse con mi hermana? ¿Cómo podría mirarlo a los ojos y fingir que todo estaba bien?
El reloj en la pared marcaba el tiempo con una precisión implacable, cada segundo acercándome más al momento en que tendría que enfrentar mi destino. Respiré hondo, tratando de calmar los nervios que amenazaban con desbordarse. No podía permitirme flaquear ahora. Tenía que ser fuerte.
Finalmente, el equipo de estilistas terminó su trabajo y me ayudaron a ponerme el vestido. La tela suave y delicada se ajustaba perfectamente a mi cuerpo, pero no podía evitar sentir que me estaba poniendo una armadura para enfrentar una batalla. Me miré una vez más en el espejo, tratando de encontrar la determinación en mis ojos. Era hora de enfrentar mi destino, de asumir el papel que me había sido impuesto. Con una última respiración profunda, me dirigí hacia la puerta, lista para enfrentar el desafío que me esperaba al otro lado.
Al abrirse la puerta, mi madre entró en la habitación con sus aires de diva. Su presencia llenó el espacio, y su mirada crítica se posó en mí. Caminó hacia mí con pasos decididos, su vestido de alta costura ondeando a su alrededor.
—Nadya, no arruines este evento —dijo con voz firme, sin rastro de compasión—. Recuerda que solo eres una suplente. Katerina debería estar aquí, no tú. Eres una muda que no nos beneficia en nada; al menos al final, nos serviste para esto.
Sus palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago. Sabía que tenía razón, pero eso no hacía que el peso de sus expectativas fuera más fácil de soportar. Respiré hondo, tratando de mantener la compostura. Ella se acercó y me levantó el mentón con un dedo, obligándome a mirarla a los ojos.
—Haz lo que se espera de ti y no nos avergüences —advirtió, su tono frío y autoritario—. Este matrimonio es crucial para nuestra familia.
Asentí lentamente, sintiendo cómo la presión aumentaba con cada palabra que decía. Mi madre se alejó, satisfecha con mi respuesta, y salió de la habitación sin decir una palabra más. Me quedé allí, mirándome al espejo, tratando de encontrar la fuerza para enfrentar lo que venía. Sabía que tenía que ser fuerte, por Katerina, por mi familia, y por mí misma. Pero en ese momento, todo lo que podía sentir era el peso de ser solo una suplente en una vida que no era la mía.
Suspiré profundamente, mirando mi reflejo. La mujer que me devolvía la mirada parecía una princesa de cuento de hadas, pero por dentro me sentía atrapada en una jaula dorada. Imaginé una vida libre de las expectativas y ambiciones de mi familia, una vida donde pudiera ser yo misma sin el peso de las obligaciones familiares. Pensé en Alexéi. Aunque no había amor entre nosotros, al menos él se había portado bien conmigo. No era el monstruo que había temido encontrar. En nuestras breves interacciones, había mostrado una amabilidad y consideración que no esperaba. Quizás, en medio de todo este caos, había una pequeña esperanza de encontrar algo de paz.
Me permití soñar por un momento. Una vida donde no tuviera que fingir ser alguien que no soy, donde pudiera seguir mis propios deseos y aspiraciones. Una vida donde no fuera solo una suplente en el juego de poder de mi familia. Pero sabía que esos sueños eran solo eso, sueños. La realidad era mucho más complicada y difícil de cambiar. Suspiré de nuevo, tratando de encontrar la fuerza para enfrentar lo que venía. Aunque no podía cambiar mi situación actual, podía intentar encontrar pequeños momentos de felicidad y consuelo. Y tal vez, solo tal vez, Alexéi y yo podríamos encontrar una manera de hacer que esta situación funcionara para ambos.
La confusión y la tristeza se mezclaban en mi mente. La imagen de la mujer de ensueño que reflejaba el cristal no coincidía con lo que sentía en mi interior. ¿Quién era realmente Nadya? Una suplente, una sombra de lo que mi familia esperaba de mí. Pero, por dentro, anhelaba ser más que una figura decorativa en un matrimonio que no deseaba. Decidí que, al menos, podría intentar conocer a Alexéi antes de que nuestras vidas se unieran en un compromiso que se sentía más como una condena.
El eco de mis pensamientos fue interrumpido por el sonido del timbre de la puerta. Era el momento. El momento que había estado temiendo y, a la vez, esperando. Con un último vistazo a mi reflejo, respiré hondo y salí de la habitación.
El pasillo estaba adornado con flores frescas y luces suaves, creando un ambiente de ensueño. Cada paso que daba resonaba como un tambor en mi pecho, y a medida que me acercaba al lugar de la ceremonia, podía sentir la ansiedad apoderándose de mí. La sala estaba decorada con elegancia, pero no podía disfrutar de la belleza del entorno. Mi mente estaba ocupada en el dilema moral que enfrentaba, el papel que me habían asignado y las expectativas que pesaban sobre mis hombros.
Al entrar en la sala, sentí todas las miradas posándose sobre mí. Familias, amigos, conocidos y, por supuesto, los miembros más influyentes de nuestra comunidad. Todo el mundo estaba allí para celebrar una unión que no solo era un matrimonio, sino una alianza estratégica entre dos familias. Y ahí estaba él, Alexéi, de pie junto al altar. Su figura era imponente, con un traje que acentuaba su estatura y una mirada que transmitía una mezcla de nerviosismo y determinación. Quien diría que Alexéi Vladímirovich Volkov, heredero de una poderosa dinastía rusa, necesitaría de mi ayuda para completar su proposito.
A pesar de que todo esto era un farol de ansiedad para mí, no pude evitar notar su atractivo. Tenía un aire de nobleza, una confianza sutil que me hizo reconsiderar mis primeras impresiones sobre él. Cuando nuestros ojos se encontraron, un pequeño alivio me recorrió. Tal vez, en medio de todo esto, había un atisbo de conexión que podría explorarse. Mientras caminaba hacia el altar, cada paso se sentía como un acto de valentía. Me obligué a recordar que, aunque estaba allí por razones que no elegí, aún podía encontrar mi voz en esta situación.
La ceremonia se desarrolló con una serie de rituales que parecían interminables. Palabras que resonaban en el aire, promesas que no sentía en mi corazón, y un sentimiento creciente de que estaba siendo despojada de mi libertad. Pero cuando llegó el momento de intercambiar votos, miré a Alexéi a los ojos y, por primera vez, sentí que había una oportunidad de ser auténtica.
Quizás, juntos podríamos encontrar un camino que nos permitiera a ambos ser más que meras piezas en un juego. Con cada palabra que oía durante la ceremonia, sentí que comenzábamos a construir un puente, una conexión que podría ser la base de algo más profundo. Posiblemente, a pesar de las circunstancias, podríamos encontrar una manera de ser compañeros en lugar de simplemente cumplir con un deber. Cuando todo terminó y nos dieron la bienvenida como marido y mujer, sentí una mezcla de alivio y miedo.
La vida de casada con Alexéi podría no ser la historia que había imaginado, pero quizás se convertiría en una historia que valiera la pena contar. Una historia donde yo, Nadya, no solo sería una suplente, sino una protagonista en la búsqueda de mi propia felicidad.