+ALEXÉI+
¡Soy un hombre casado, pero no con la mujer que imaginé! Reflexioné.
Al llegar al Penthouse, le indiqué su habitación a Nadya. No dije nada. Mientras ella se acomodaba, me desplacé hacia la sala, con la cabeza sujeta a un nudo y el corazón aún peor. “Todo estaba planeado”.
Con un suspiro, aflojé el nudo de mi corbata, dejándola caer sin cuidado sobre el sofá. El esmoquin siguió el mismo camino, deslizándose por mis hombros hasta quedar abandonado. Caminé hasta el minibar, saqué una botella de whisky y llené el vaso hasta la mitad. Sentí el frío del cristal en mis dedos mientras me acercaba al ventanal, donde la ciudad brillaba a lo lejos, como un espejismo de lo que había soñado.
Giré la muñeca, haciendo que el líquido ámbar girara en círculos lentos. Lo observé en silencio, como si en ese vórtice pudiera encontrar respuestas que se me escapaban.
Y entonces, las palabras salieron sin que las pensara.
—¿En qué momento llegué a esto? —mi voz sonó extraña, rebotando en la soledad del Penthouse, como un eco de mis propios pensamientos.
Tomé un sorbo de whisky, experimentando una sensación de ardor que se extendía por mi garganta y se intensificaba, como si pudiera eliminar el nudo en mi pecho.
—¿En qué momento ella decidió dejarme plantado? —continué, casi escupiendo la pregunta al aire, esperando una respuesta que no llegaría.
Otro trago. Más ardor. Menos respuestas.
—¿En qué momento, Katerina, decidiste mandarme al diablo?
¡¡Katerina!! Su nombre resonaba como un latigazo en mi alma, una punzada aguda y constante que despertaba cada rincón de mi memoria, llenándola con su omnipresencia. Cada vez que cerraba los ojos, la veía con dolorosa claridad. Su rostro, más que una simple visión, era una obra maestra de perfección y crueldad, grabado en mi ser como una herida que se negaba a cicatrizar.
Su cabello rubio, siempre impecablemente peinado, reflejaba la luz con una suavidad casi etérea, mientras que sus ojos, dos zafiros afilados y fríos, escudriñaban con una inteligencia que penetraba hasta lo más profundo de mi ser. Había en ellos una seguridad inquebrantable, una fuerza que arrebataba el aliento. Su voz, un susurro en el silencio, resonaba con una elegancia y una firmeza que captaban la atención sin esfuerzo.
Cada movimiento suyo, cada gesto calculado y preciso, era un recordatorio implacable de lo que había perdido, de la perfección inalcanzable que se me había escapado entre los dedos. Ella era el epítome del dolor, una figura que habitaba en cada sombra de mi ser, siempre presente, siempre recordándome lo irremediable de su ausencia.
La boda estaba arreglada. Todo estaba seguro. Cada detalle, cada paso, cada sonrisa. Todo perfectamente planificado.
Recuerdo la última vez que hablamos de la boda. Era una noche cálida, la luna brillaba como un farol en nuestro futuro. Estábamos en el jardín de la casa de verano de mi familia, lejos del bullicio de la ciudad, con copas de vino en mano y el futuro asegurado en cada palabra.
Katerina se recostó en el respaldo de la silla, cruzando las piernas con su habitual porte de realeza.
—Será el evento del año —dijo con una sonrisa confiada.
—El evento de la década —corregí, girando mi copa, sintiendo el peso de nuestras ambiciones.
Ella soltó una risa baja y elegante.
—Nos conviene a ambos. No solo a nuestras familias. Esta boda nos convertirá en la pareja más poderosa de la élite. Imagina los titulares: Alexéi Volkov y Katerina Ivanovna, el futuro de Rusia.
—Candidato presidencial —musité, tomando un sorbo de mi copa, sintiendo cómo se desvanecía la calidez del momento.
—Nieto del expresidente —agregó, con esa mirada astuta que siempre me había fascinado, pero que ahora me resultaba amarga.
Yo sonreí.
—Y tú, la mujer perfecta a mi lado.
Ella inclinó la cabeza con satisfacción.
—Exactamente —se acercó un poco más su perfume, envolviéndome, intoxicándome—. Es un trato justo.
Sus dedos se deslizaron por el borde de su copa. Me observó con esa intensidad que siempre me desarmaba antes de volver a armarme a su manera.
—Pero dime, Alexéi… —su voz se volvió más suave, más íntima—. ¿Lo haces solo por el poder?
Esa pregunta me tomó por sorpresa.
La observé en silencio por un momento. Su expresión era enigmática, pero había algo en su mirada… algo que me retaba a decir la verdad.
—No —respondí al final, aunque ya sabía que estaba mintiendo.
Ella esbozó una sonrisa pequeña.
—Eso pensé.
Extendí la mano y tomé la suya.
—Entonces, hagamos de esto algo grandioso.
La besé. Fue un beso lento, calculado. Como todo entre nosotros.
*
Un pacto. Mis ojos volvieron a enfocarse en el reflejo del whisky en el vaso. Solté una risa baja y amarga. “Todo estaba bien”. Todo estaba acordado. Mis dedos se tensaron alrededor del cristal. “Entonces, ¿por qué? ¿Por qué lo arruinó todo?”
Me llevé el vaso a los labios, tomando otro trago, pero el ardor ya no era suficiente para apagar la furia que brotaba de mi interior. La respuesta estaba allí, oculta en el momento en que Katerina cambió de opinión.
Durante ese instante en que desapareció sin ninguna explicación. Y en el momento en que terminé casado con Nadya en su lugar.
Este maldito recuerdo me atormenta. “¿Qué salió mal para que huyera? ¿Qué voy a hacer con este matrimonio no planeado?”. La botella de whisky tembló en mi mano cuando serví otro trago.
Esta noche, me siento completamente agotado. La tensión y el peso de los últimos días han caído sobre mí como una tormenta. Decido irme a descansar, esperando encontrar algo de paz en el refugio temporal de mi cama. Mientras me dirijo a mi habitación, paso por la puerta de la habitación de mi nueva esposa.
Allí está ella, durmiendo plácidamente, tan ajena al tumulto que se ha convertido mi vida. Su respiración es suave y rítmica, y su rostro refleja una calma que anhelo. No puedo evitar detenerme y observarla por un momento.
Entonces, me doy cuenta de que dejó la puerta entreabierta. Una pequeña sonrisa se dibuja en mi rostro. Este simple descuido me hace verla de una manera más humana y cercana. Es en estos pequeños detalles donde encuentro consuelo, recordándome que aún hay belleza y simplicidad en medio del caos.
Finalmente, me alejo en silencio, sin querer perturbar su sueño. Me acuesto en mi propia cama, mi mente aún llena de pensamientos confusos, pero con un pequeño rastro de tranquilidad gracias a esa imagen serena que llevo conmigo.
Me encuentro tumbado en la cama, tratando de conciliar el sueño, pero mi mente no deja de divagar. La incertidumbre de mi situación y los recuerdos del pasado me mantienen despierto. Pienso en mi esposa, dormida en la habitación de al lado. ¿Cómo será nuestra vida juntos a partir de ahora?
La idea de ocultarla para protegerla del mundo que nos rodea atraviesa mi mente. Sé que es vulnerable y que nuestra situación es complicada. Imagino una vida en la que la mantengo a salvo de todo peligro, donde solo nosotros dos existimos en un refugio seguro y aislado. Nos rodearíamos de pequeñas alegrías cotidianas, lejos de la mirada y el juicio de los demás. Podríamos construir un hogar lleno de amor y comprensión, un lugar donde su silencio no sea una barrera, sino una forma más de comunicarnos.
Me veo cuidándola, protegiéndola de cualquier amenaza externa. Pero también reconozco que esta idea de aislamiento podría privarnos de experiencias y conexiones importantes con el mundo. Es un dilema que no sé cómo resolver.
Mientras sigo debatiéndome entre estos pensamientos, una sensación de responsabilidad me invade. No puedo simplemente ocultarla del mundo; necesito encontrar un equilibrio donde ambos podamos ser felices y vivir en paz.
Finalmente, los pensamientos comienzan a desvanecerse y la pesadez en mis párpados aumenta. A pesar de la incertidumbre, hay una pequeña esperanza de que, con el tiempo, encontraremos una manera de navegar por esta nueva vida juntos.
Cierro los ojos, esperando que mañana traiga algo de claridad.
Esta noche, mientras el sueño finalmente me envuelve, me encuentro atrapado en una pesadilla que me llena de angustia. Estoy en un lugar oscuro y desolado, la atmósfera pesada y opresiva.
De repente, veo a Katerina, mi antigua prometida. Está a lo lejos, gritando por ayuda, su voz es desesperada. Sus ojos reflejan un miedo profundo, como si algo terrible la estuviera persiguiendo. Trato de correr hacia ella, pero mis pies están anclados al suelo, incapaces de moverse. La impotencia me consume.
¡Katerina!
—¡Alexei, por favor, ayúdame! ¡No me dejes sola!
Intento gritar su nombre, pero mi voz no sale. Las lágrimas comienzan a correr por su rostro y, en un instante, desaparece en la oscuridad. El dolor en mi pecho es insoportable, me siento completamente impotente.
De repente, mi visión cambia y veo a Nadya, mi nueva esposa, acurrucada en un rincón. Está asustada, temblando, sus ojos llenos de terror. Me acerco lentamente, con la esperanza de consolarla, pero cuando estoy a punto de tocar su hombro, ella se desvanece, como si fuera una ilusión.
Me despierto bruscamente, mi corazón latiendo con fuerza. La habitación está en silencio, y la oscuridad es total. Me siento solo y confundido. La pesadilla aún está fresca en mi mente, y el miedo por Katerina y Nadya sigue persiguiéndome. Me quedé sentado al borde de la cama, mi respiración todavía entrecortada por la pesadilla.
El rostro de Katerina, lleno de desesperación, y la imagen de Nadya acurrucada en el rincón, no se desvanecen de mi mente.