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Mis suegros nos han invitado a comer, y me siento incómodo en este lugar donde solía estar tan cerca de Katerina, planeando nuestro futuro. El aire está impregnado de recuerdos que se resisten a desvanecerse, como sombras que se niegan a dejarme en paz.
Al llegar, nos reciben con sonrisas y un ambiente cálido, pero la calidez es engañosa, como una máscara que oculta la frialdad de las relaciones familiares. La comida es deliciosa, y por un breve instante, parece que todo puede ir bien. Pero la tranquilidad nunca dura.
El teléfono vibra en mi bolsillo. Una llamada que no puedo ignorar. Con una sonrisa tensa, me excuso y salgo al pasillo, cerrando la puerta con suavidad. La conversación es breve, directa. Negocios. Siempre negocios. Al colgar, exhalo, me acomodo la chaqueta y regreso, pero algo me detiene.
Justo antes de abrir la puerta, un ruido violento rompe la atmósfera y me alerta. Al entrar, la escena que se despliega ante mí es un desastre. Nadya está en el suelo, recogiendo los restos de unas tazas de vidrio rotas, mientras su madre, Sofía, la increpa con un desprecio que corta como un cuchillo.
—Tienes la suerte de que Katerina se haya ido y de que te hayas casado con Alexéi, ya que él jamás te hubiese elegido —exclama Sofía, con los ojos inyectados de furia—. Nadya, nunca serás como tu hermana Katerina. Todo lo que haces es inútil. No sirves para nada, mírate, eres un desastre.
Mi estómago se retuerce al escuchar esas palabras. La madre de Nadya continúa, sin piedad alguna, como si cada frase la alimentara.
—Katerina era perfecta en todo. Era la prometida ideal para Alexéi. Pero tú… No puedes ni hablar. ¿Qué utilidad tienes? Eres una carga, una vergüenza para esta familia. ¡Compórtate!
Espero una reacción de Nadya, pero el silencio que sigue es más doloroso que cualquier palabra. Imagino su mirada abatida, esa resignación que he visto antes. Es como si las palabras de su madre la hubieran enterrado en su propio mundo de silencios y sufrimiento.
—Ash… lo bueno que ya estás casada y espero que te mantengas así hasta que regrese Katerina, recuerda que solo eres un reemplazo. Ah, un consejo, nena: cuando tu marido intente llevarte a algún evento de esos de alta clase, limítate. No queremos que opaques el regreso de tu hermana.
Nadya no responde. Sus manos tiemblan mientras recoge los pedazos de cristal, su expresión es de absoluta resignación. He visto ese tipo de expresión antes: la de alguien que ha sido golpeado tantas veces que ya ni siquiera intenta defenderse.
Pero fue la siguiente frase de Sofía la que hizo que mi mandíbula se tensara.
—¡Aunque no te voy a negar que hubiese deseado que hubieses sido tú la que desapareciera! Pero ahora que estás aquí, quiero que te comportes, que lo mantengas contento, que él no se arrepienta de este matrimonio, no hasta que nuestra amada Katerina regrese.
La ira y la tristeza se mezclan en mi interior. No puedo quedarme de brazos cruzados mientras humillan a mi esposa.
El silencio que sigue es absoluto, como si incluso las paredes contuvieran la respiración. Entonces, mi voz se impone con la fuerza de un trueno:
—Eso lo debe levantar otra persona. —Mi tono es grave, cortante, sin espacio para discusión. Sofía se queda helada. Nadie me desafía, ni siquiera ella—. Mi esposa debe estar donde yo la dejé. ¿Por qué la culpan? No, la que nos debe una explicación de su desaparición es Katerina.
Nadya alza la vista, sorprendida, con un destello de confusión en sus ojos verdes. Me acerco a ella y me agacho a su altura. Con un movimiento rápido, le quito un fragmento de vidrio que aún sostiene en su mano. Su piel está cortada, y unas finas líneas de sangre corren por su palma.
—¿Eres ingenua? —espeté en voz baja, sin dulzura.
Nadya, como hipnotizada, me entrega el cristal sin resistencia. La observo un momento. Su rostro muestra una mezcla de orgullo herido y dolor, pero no dice nada. No puede decir nada.
Me giro lentamente hacia Sofía, que ahora luce pálida. Mi suegro está a su lado, con la expresión de un hombre que quiere desaparecer.
—Esto es una ofensa hacia mí y mi esposa —digo con frialdad.
Sofía intenta recomponerse, pero su voz suena débil.
—Alexei, no entiendes… Lo siento, solo que yo… Ella tiene que ser mejor que Katerina, no tiene que provocar ningún desastre, tiene que servirte.
—Lo hará como tú le sirves a tu marido, es mi esposa… —Me pongo de pie, imponiéndome sobre todos en la habitación. Mi presencia llena cada rincón—. Y se le debe tratar como lo que es… Mi esposa —recalco—. Ella es merecedora de respeto, no de humillación. No voy a permitir que nadie la trate como algo menos.
Nadya permanece en el suelo, con la mirada perdida. No sé si es por el dolor, la humillación o el hecho de que nadie la ha defendido antes. Entonces, me inclino levemente hacia ella y le susurro: —Levántate.
Ella lo hace. No por miedo, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien ha hablado en su defensa.
La llevo al sillón con determinación, sosteniéndola del brazo con cuidado, pero sin permitir resistencia. Apenas la suelto, le indico con la mirada que se siente. Ella obedece en silencio, aunque su respiración sigue siendo errática y temblorosa. Antes de sentarme junto a ella, giro el rostro hacia sus padres, quienes aún permanecen de pie, observándonos con nerviosismo.
—Déjennos solos —ordeno con voz firme.
La madre de Nadya suelta una carcajada burlona, pero la miro con frialdad, sintiendo cómo la rabia burbujea en mi interior.
—En este momento les pido a ambos, con todo respeto, que me dejen hablar con mi esposa. Luego hablaré con ustedes, no se preocupen, trataré de no demorar.
Los observo hasta que finalmente se marchan, aunque su reticencia es evidente. Una vez que la puerta del salón se cierra, giro mi atención hacia Nadya. Sus ojos están fijos en mí, pero su expresión es ilegible. Sin embargo, el temblor en sus manos la delata. Están llenas de pequeños cortes y un hilo de sangre sigue brotando de algunas heridas.
Chasqueo la lengua y saco un pañuelo de mi saco. Sin pedir permiso, tomó su mano y presionó el paño contra la herida para detener el sangrado. Nadya se tensa al instante y suelta un quejido bajo cuando aplicó presión.
—Es mejor que recibas atención médica —le digo, manteniendo un tono autoritario.
Ella niega con la cabeza rápidamente, con los labios apretados. Un resplandor de orgullo se percibe en sus ojos, algo que no podía anticipar en alguien que acaba de ser humillada por su propia madre. Me intriga.
—No seas terca —espeté, observándola con atención.
Ella aparta la mano bruscamente y saca su celular. Sus dedos se deslizan por la pantalla con rapidez. A los pocos segundos, gira el móvil hacia mí para que lea el mensaje que ha escrito:
“No es grave. No necesito un médico.”
Bufé con incredulidad.
—Eso no es algo que puedas decidir tú sola —repliqué con tono seco.
Nadya me mira, claramente irritada, y escribe otra respuesta. “Si sé cómo tratar heridas. No es la primera vez.”
Esa última frase me deja un mal sabor de boca. ¿No es la primera vez? ¿Qué clase de vida lleva aquí para estar acostumbrada a esto? Algo en mi expresión debe cambiar, porque ella desvía la mirada y guarda el teléfono, como si lamentara haberlo mostrado.
Suspiré y me incliné hacia delante, apoyando los codos sobre las rodillas.
—No tienes miedo de mí —dije, más como una observación que como una pregunta.
Ella me mira sorprendida, pero luego frunce ligeramente el ceño. No escribe nada, pero sus ojos hablan por ella. No, no tiene miedo. Curioso.
Acerqué un poco más el pañuelo a su piel y esta vez ella no se aparta. Sus manos temblaban menos, pero sus labios están presionados en una línea fina, como si no quisiera demostrar debilidad.
Al venir aquí no esperaba esta sorpresa, no pensé que ella sufriera de esta manera emocionalmente. Ante los ojos de sus padres, no es nadie. Esto es lamentable. No puedo imaginar los escenarios humillantes que ha pasado. De una u otra manera, siento lástima por ella, una lástima que se convierte en rabia hacia los que la han hecho sufrir. Me doy cuenta de que, en este momento, no solo defiendo a mi esposa, sino que también estoy luchando contra un sistema familiar que la ha menospreciado y silenciado.
Es una batalla que no puedo perder. Nadya merece más. Merece ser vista, valorada. Y, aunque la carga de su historia es pesada, en este instante, en este pequeño rincón del mundo, haré lo que sea necesario para que ella se sienta digna de ser amada y respetada.